La Palabra Entre Nosotros

Febrero de 2020 Edición

En preparación para las 40 horas

La Adoración Eucarística: Fuente de gracias y fortaleza espiritual

By: Mons. Peter Magee

En preparación para las 40 horas: La Adoración Eucarística: Fuente de gracias y fortaleza espiritual by Mons. Peter Magee

Era peligroso ser cristiano en el siglo I en Roma. El cristianismo era considerado un enemigo del Imperio e innumerables cristianos fueron condenados a muerte mediante horribles formas de tortura, pues eran flagelados y golpeados hasta morir o eran arrojados a los leones. Tratando de sobrevivir, los cristianos construyeron las catacumbas, corredores y cuartos subterráneos, para reunirse, celebrar la Santa Misa y enterrar a sus difuntos.

Jóvenes mártires. Se cuenta la historia de un muchacho llamado Tarcisio (a veces deletreado Tarsicio), que a los 11 años era monaguillo en las catacumbas. Un día le llevó al sacerdote un mensaje de unos cristianos presos en un calabozo romano, que suplicaban que alguien les llevara la Santa Comunión de contrabando a la prisión, para ayudarles a enfrentar sus padecimientos con mayor valentía. El sacerdote no quería poner en peligro a nadie por el peligro que suponía semejante tarea, pero Tarcisio exclamó: “Envíeme a mí.” Al principio el sacerdote se negó, pero luego se dio cuenta de que nadie sospecharía de un niño.

Tarcisio partió llevando las hostias envueltas con mucho amor y cuidado. Por el camino, algunos de sus amigos lo vieron y lo llamaron para completar el equipo para un juego que estaban empezando. Tarcisio dijo que no podía ese día, pero los muchachos trataron de obligarlo a que jugara con ellos. Como Tarcisio insistía en que no podía quedarse, empezaron a sospechar que algo oculto llevaba y viendo que él tenía las manos juntas contra el pecho les creció la curiosidad y quisieron descubrir qué era lo que estaba ocultando. Sabían que Tarcisio era cristiano y supusieron que llevaba algún secreto cristiano, por lo que comenzaron a golpearlo para obligarle a revelar el secreto, pero él nunca lo soltó.

Un adulto que pasaba por ahí preguntó qué sucedía y los chicos le dijeron que Tarcisio era cristiano y que llevaba algo escondido; el hombre le propinó un golpe muy fuerte que lo hizo caer al suelo. Los muchachos siguieron golpeándolo con palos y piedras hasta que llegó un soldado romano y lo salvó, incluso dispersó a los muchachos y luego levantó a Tarcisio. Éste conocía al soldado y sabía que también era cristiano, así que le dijo: “Voy a morir, pero llévales la Santa Comunión a los que están en la cárcel.” Poco después, expiró.

También era peligroso ser cristiano en China a comienzos del siglo XX. En aquella época, ese país estaba controlado por potencias imperialistas occidentales, pero alrededor de 1900 tuvo lugar la llamada “Rebelión de los Boxers”, cuando las fuerzas nacionalistas se movilizaron para retomar el control de China. El nuevo gobierno ordenó destruir las iglesias católicas en todo el país, una de las cuales estaba situada en el campo y fue destruida totalmente, pero una niña pequeña se escondió en la parte posterior, donde pasó desapercibida, y desde allí observó lo que sucedía. Desde su escondite vio cuando detuvieron al sacerdote, arrancaron y destruyeron el tabernáculo y las hostias consagradas que había en un copón fueron esparcidas por el suelo. Vio como cayeron las hostias y los soldados no se molestaron en recogerlas.

Luego regresó a su casa y les refirió a sus padres lo que había presenciado. Esa misma noche, pasando furtivamente entre guardias y policías, volvió a la iglesia, se arrodilló delante de las hostias descartadas y estuvo una hora en adoración. Después del tiempo de oración, consumió una de las hostias y con sumo cuidado regresó a su casa. Las hostias que habían sido esparcidas por el suelo de la iglesia eran 32, y durante 32 noches consecutivas la muchacha volvió a la Iglesia, pasaba un tiempo en adoración y luego consumía una por una las hostias de la Sagrada Eucaristía.

La última noche, después de haber recibido la Eucaristía, accidentalmente tropezó con un guardia que dormía, el cual despertó y al verla la persiguió hasta alcanzarla y la golpeó brutalmente hasta darle muerte. El sacerdote de la parroquia, que estaba bajo arresto domiciliario, pudo ver el suceso a través de su ventana, pero no pudo hacer nada mientras la niña se convertía en mártir.

El valor de la adoración eucarística. La historia del martirio de la joven china fue pasando de casa en casa, y de un sacerdote a otro, hasta que finalmente le llegó al joven sacerdote estadounidense Fulton J. Sheen, que más tarde llegaría a ser arzobispo y uno de los evangelistas más activos e importantes en la historia de los Estados Unidos. Cuando el padre Sheen se enteró de la historia de esta joven mártir, decidió que iba a pasar una hora en adoración ante el Santísimo Sacramento cada día durante el resto de su vida, y promover la adoración a Cristo en la Sagrada Eucaristía. Así lo hizo, en persona y en sus programas de radio y televisión, que llegaban a millones de hogares estadounidenses.

Hay miles de historias de fieles que han muerto como mártires de la Eucaristía; pero todo esto se reduce a una sola cosa: la fe viva en la Presencia Real de Jesucristo, nuestro Redentor. Estas personas prefirieron morir en lugar de ver la Eucaristía profanada, pisoteada o arrojada al suelo. Esto no lo habrían hecho por un mero signo o símbolo, algo que la Eucaristía por supuesto no es. Es un sacramento, y de hecho es “el Sacramento” de todos los sacramentos, en el sentido de que es un signo externo de una gracia interna que está contenida dentro de ella. Cuando la recibimos con fe, comunica al alma la Persona de Cristo.

Si bien no todos pueden pasar una hora al día en adoración frente a la Sagrada Eucaristía, y probablemente ninguno de nosotros tenga que enfrentar el martirio, el testimonio de estos dos niños nos debería hacer reflexionar, especialmente estando en el umbral de la Cuaresma, en los preparativos que se hacen para las 40 horas de adoración. La Iglesia vive de la Eucaristía, lo que significa que nuestra vida de fe individual vive de la Eucaristía. Sin duda, la máxima prioridad es la de recibir la Eucaristía en la santa Misa cada domingo y hacerlo dignamente.

Una reflexión propia. La recepción de la Eucaristía planta una semilla en lo profundo del alma; es la semilla del deseo de comunión con Cristo, una semilla que debe germinar y crecer y, por ende, un deseo que también debe germinar y crecer. El deseo es de conocerle y amarle, de ser conocido por él y amado por él. Es la semilla la que me exige más y más que trate de pasar tiempo con él, para comprender sus pensamientos, sentir sus sentimientos, optar por sus prioridades. Es la semilla de la adoración la que florecerá en definitiva en la visión de su gloria en la vida eterna, pero que se nutre de la adoración de su gloria sacramental en esta vida. Entonces, ¿dónde me encuentro yo en la adoración eucarística? A continuación ofrezco, para mí mismo y para ustedes, un examen de conciencia sobre la Eucaristía.

¿Creo honestamente en la Presencia Real, como Cristo y la Iglesia la enseñan? Si lo creo, ¿me preparo para recibir la Sagrada Comunión dignamente, libre de pecado mortal confesado al sacerdote y arrepentido de pecado venial? Si no creo en la Presencia Real, ¿quiero hacerlo? Y si quiero, ¿le pido a Cristo tener esa fe? Y si no quiero creer, ¿qué quiero?

¿Dónde me encuentro en la adoración del Santísimo Sacramento? ¿Es mi postura una de acción? ¿Es una de deseo, en realidad frustrado por las circunstancias de la vida? ¿Me contento con tener excusas para evitar la adoración? ¿Es mi postura una de apatía o escepticismo? ¿Me parece que la adoración es una pérdida de tiempo y, si es así, de qué otra manera pierdo el tiempo? ¿Es en realidad posible perder el tiempo con Dios? Es que no sé cómo adorar, y si es así, ¿qué estoy haciendo para aprender?

Un niño y una niña estuvieron dispuestos a dar su vida por la Eucaristía. ¿Qué estoy dispuesto a sacrificar yo para recibir dignamente la Eucaristía o incluso para darme un poco de tiempo para la adoración? ¿Es aquello que me impide recibir dignamente la Santa Comunión, o incluso dedicar un poco de tiempo para adorar la Eucaristía, verdaderamente digno de mí, y menos aún de Cristo? ¿Es la Eucaristía el centro de mi vida personal, de mi vida familiar y de mis amistades? ¿Son mis amistades dignas de la Eucaristía?

Si estoy al pie de la Cruz y miro a Cristo crucificado; si estoy frente al sepulcro vacío y miro a Cristo resucitado; si estoy en esta o cualquier otra iglesia delante de Cristo Eucarístico, me puedo preguntar sinceramente: ¿Qué he hecho yo por Cristo? ¿Qué estoy haciendo por Cristo? ¿Qué voy a hacer por Cristo?

Mons. Peter Magee es actualmente Presbítero de las parroquias de Santa María y de Nuestra Señora del Perpetuo Socorro, en Largs y Millport, Escocia, respectivamente.

Comentarios