La Palabra Entre Nosotros

Adviento de 2019 Edición

El viaje de los sabios

La alegría del encuentro con Jesús

El viaje de los sabios: La alegría del encuentro con Jesús

En el primer domingo de Adviento escuchamos al profeta Isaías que promete la llegada de un tiempo en el que “todas las naciones” vendrían al monte Sion para adorar al Señor en su templo (Isaías 2, 2). Durante siglos, los israelitas mantuvieron viva esta esperanza, de que un día “el monte donde se halla el templo del Señor” se levantaría por encima de los demás: Israel sería tan glorioso que todas las naciones confluirían hacia él.

Luego, en el duodécimo día de Navidad, celebraremos la fiesta de la Epifanía, y cuando lo hagamos, nos alegraremos por el cumplimiento de la profecía de Isaías. Claro, porque recordaremos el día en que los sabios (o magos) venidos de Oriente en representación de “todas las naciones” fueron en efecto a “la casa” del Señor.

Pero esta casa no era un templo grande y fastuoso; sino el humilde hogar de un carpintero y su esposa. Y no estaba sobre el monte Sion, sino en un pequeño pueblo rural, en Belén de Judea. Además, los que llegaron a honrar al Rey recién nacido fueron apenas unos pocos. Finalmente, lo que encontraron no era un príncipe ataviado con los ropajes más finos y atendido por muchos sirvientes, sino un niño pequeñito junto a sus padres.

Todo esto puede parecer sumamente ordinario; pero aquello que vieron los sabios los llenó de alegría (Mateo 2, 10-11). Su larga peregrinación de Adviento había llegado a un sorprendente y glorioso final: El encuentro con Jesús, que les cambió la vida.

¿Por qué hacer el viaje? ¿Qué motivó a los sabios para hacer ese viaje tan agotador? En aquella época se creía que una nueva estrella u otra señal que apareciera en el firmamento anunciaría el nacimiento de un nuevo rey, especialmente un soberano particularmente importante. Así que cuando vieron una nueva estrella sobre la tierra de Israel, la entendieron como una señal de que había nacido el “rey de los judíos” y decidieron ir a adorarlo (Mateo 2, 1-2).

Estos sabios posiblemente llegaron a la conclusión de que Herodes el Grande, el “rey de los judíos” que gobernaba en aquella época, había tenido otro hijo y decidió nombrar a este niño su heredero oficial. Para ese momento, Herodes ya había tenido al menos quince hijos y era conocido porque cambiaba de opinión a menudo sobre quién debía ser su sucesor, así que esta decisión no representaba una gran sorpresa. En todo caso, en un gesto de cortesía y tal vez con algo de curiosidad, los sabios decidieron hacer una visita diplomática para dar la bienvenida al niño y ofrecerle regalos apropiados a su rango.

Cabría preguntarse cómo se habrán sentido los sabios cuando llegaron a Jerusalén y en lugar de encontrar una corte celebrando con regocijo el nuevo heredero del trono de Herodes, descubrieron que el rey no tenía un hijo nuevo y que más bien se sentía perturbado por la presencia de ellos en su palacio, como también se encontraba la corte real y el pueblo (Mateo 2, 3). Su llegada y sus noticias sobre un nuevo rey angustiaron tanto a Herodes que decidió convocar a sus consejeros a una reunión especial para descubrir quién era aquel Niño.

Luego llegó la sorpresa final: Herodes pidió a los sabios que se adelantaran para ver al Niño y luego le avisaran dónde se encontraba para “que yo también vaya a rendirle homenaje” (Mateo 2, 8). Esa fue una solicitud inusual. Herodes podría haber enviado una delegación personal, especialmente porque sabía que el Niño estaba en Belén (2, 5). Los sabios percibían que Herodes estaba tramando algo y tal vez sospecharon que este era otro de sus retorcidos planes. Así que se marcharon desconfiados, pero ilusionados con encontrar al verdadero Soberano recién nacido que “guiará a… Israel” (2, 6). Y su perseverancia fue recompensada.

El encuentro con Jesús. Debido a que Belén está apenas a seis millas al sur de Jerusalén, probablemente los sabios solo necesitaron unas pocas horas para llegar allá, de modo que su extraña entrevista con Herodes seguía fresca en su memoria cuando llegaron al lugar donde se encontraban José y María. Pero toda su desconfianza y cansancio dieron paso a un gran júbilo cuando María, probablemente confundida ella misma, les dio la bienvenida y les mostró a su Hijo (Mateo 2, 10).

Hermano lector, trata de visualizar la escena. Una joven madre de una pequeña aldea se encuentra con unos nobles desconocidos que vienen de tierras lejanas y preguntan por un rey. ¡Sin duda algo extraño y asombroso estaba ocurriendo!

Piensa también en la conversación que posiblemente siguió. Primero los sabios explicaron por qué estaban ahí: Su larga y tortuosa travesía desde sus tierras de origen, el incómodo recibimiento de Herodes y su extraña petición de que le sirvieran de espías. Luego María completa las piezas que hacen falta en aquel enigmático rompecabezas al contarles sobre la visita del ángel, el milagroso embarazo de Isabel, la maravilla de su propio embarazo y los magníficos eventos que sucedieron en torno al nacimiento de Jesús. Tal vez José les contó la historia de cómo un ángel se le apareció a él y lo convenció de que tomara a María por esposa.

Ver al niño y escuchar el relato de María fue algo que caló profundo en los sabios. De hecho, estaban tan conmovidos que “arrodillándose le rindieron homenaje” (Mateo 2, 11). Y así estos hombres sabios y paganos se convirtieron en los primeros en adorar al Niño Jesús.

Lo que vieron y oyeron debe haberles abierto los ojos a la verdad de quién es Dios en realidad y, más sorprendente aún, la inesperada forma en que el Todopoderoso había venido al mundo a salvar a su pueblo. Así como José y María estaban asombrados de que Dios hubiera elegido a personas tan humildes como ellos para traer la redención a la humanidad, los sabios estaban sorprendidos de encontrar al Salvador de Israel en un lugar tan humilde. Así que, postrándose, adoraron a Jesús. Habían conocido al verdadero Rey de los judíos recién nacido ¡y su vida cambió por completo!

Vengan y vean. De una forma muy real, los sabios nos representan a todos los creyentes. Nosotros somos las “naciones” que Isaías profetizó que acudirían a la presencia del Señor. Durante el tiempo del Adviento, Dios nos llama a cada uno de nosotros a encontrarnos con Jesús, a arrodillarnos, adorarle y entregarle todos los tesoros de nuestro corazón. Jesús nos está invitando a visitarlo en su sencillo hogar de Belén, donde veremos su humildad y su gloria. Y ahí, al igual que los sabios, podremos adorarlo y entregarle nuestra vida voluntariamente y con plena gratitud.

¡Aceptemos esta invitación! Si la aceptamos, veremos al Niño Dios que ha nacido. Veremos al verdadero Rey soberano, cuyo reinado está fundado en el amor y la misericordia, en la humildad y la solidaridad. Veremos a este Dios todopoderoso que ha venido al mundo a rescatar a los que se encuentran perdidos, pues ha venido a salvarnos a cada uno de nosotros.

¿Y qué nos dirá María cuando nos unamos a los sabios en adoración? Nos relatará una historia de amor divino, un amor que es tan fuerte que está dispuesto a ir a la cruz por nosotros. Nos dirá que este amor no es simplemente una teoría o una doctrina; sino un amor incondicional que Dios quiere que cada uno experimente personalmente. Nos dirá que nuestro camino de fe, al igual que el de ella, puede ser difícil, pero vale cualquier sacrificio que hagamos, cada dificultad que soportemos, y nos dirá también que su Hijo es digno de adoración y alabanza.

Vamos a adorarlo. La Navidad debería sorprendernos, así como sucedió con los sabios. Debería cambiarnos, así como Zacarías se sintió transformado por el encuentro con el ángel. Y también debería llenarnos de gozo, así como María se regocijó con Isabel.

Al igual que todos ellos, tú has venido recorriendo el camino del Adviento en estas últimas semanas y la Navidad se aproxima rápidamente. Te invito, querido lector, a hacer una pausa y reflexionar en cómo has visto que Dios ha estado presente durante este Adviento. ¿Ha fortalecido tu fe cuando permaneciste en silencio en su presencia? ¿Te ha mostrado el Señor su fidelidad cuando has leído los pasajes bíblicos del Adviento? ¿Se ha conmovido tu corazón para adorarlo con más reverencia en la oración y durante la Misa? Si no estás muy seguro, no te preocupes. Nunca es demasiado tarde para intentarlo de nuevo.

Así que busca a Jesús junto con los sabios, pues él quiere que lo encuentres en tu caminar de fe. De hecho, te está esperando en la Misa y en la Confesión, en la oración y en las Sagradas Escrituras e incluso en tus actos comunes, como cocinar, limpiar o cumplir tu oficio, de la misma forma en que estuvo presente cuando María cuidaba a Isabel.

Deja que cada parte de tu peregrinación te mueva a adorar a Cristo Jesús como lo hicieron los sabios usando tu imaginación. Los tesoros que le ofreces no son oro, incienso ni mirra, sino tu amor y tu fe; también tus debilidades y tu confianza. Imagínate que estás allí en el pesebre y pídele al Espíritu Santo que te ayude a ver al Niño Dios que vino a salvarte de tus pecados.

Al hacerlo, encontrarás que la gratitud, el amor y la alabanza brotan de tu corazón, y con gusto le ofrecerás estos tesoros a Jesús, tu Salvador. Así que vamos todos, ¡adoremos al Señor!

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