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Octubre 2017 Edición

El “tercer secreto” de Fátima

Revelado por San Juan Pablo II

El “tercer secreto” de Fátima: Revelado por San Juan Pablo II

Las apariciones marianas y los signos sobrenaturales salpican la historia humana, entran en la vivencia de los acontecimientos humanos y acompañan el camino del mundo, sorprendiendo a creyentes y no creyentes.

Estas manifestaciones, que no pueden contradecir el contenido de la fe, deben confluir hacia el objeto central del anuncio de Cristo: el amor del Padre, que suscita en los hombres la conversión y concede la gracia necesaria para abandonarse en sus manos con devoción filial. Este es también el mensaje de Fátima que, con un angustioso llamamiento a la conversión y a la penitencia, impulsa en realidad hacia el corazón del Evangelio.

Fátima es sin duda la más profética de las apariciones modernas. La primera y la segunda parte del secreto se refieren sobre todo a la aterradora visión del infierno, la devoción al Corazón Inmaculado de María, la Segunda Guerra Mundial y la previsión de los enormes daños que Rusia, en su abandono de la fe cristiana y su adhesión al totalitarismo comunista, provocaría en la humanidad.

Nadie en 1917 podía haber imaginado todo esto: los tres pastorcitos de Fátima ven, escuchan y memorizan. Lucía, la testigo que ha sobrevivido, lo pone por escrito en el momento en que recibe la orden del Obispo de Leiria y el permiso de Nuestra Señora.

El “tercer secreto.” En cuanto a la descripción de las dos primeras partes del secreto, ya publicadas y por tanto conocidas, se ha escogido el texto escrito por Sor Lucía en la tercera memoria del 31 de agosto de 1941; después de la cual añade alguna anotación en la cuarta memoria del 8 de diciembre del mismo año. La tercera parte del secreto fue escrita el 3 de enero de 1944.

El sobre lacrado (que contenía el único manuscrito) estuvo guardado primero por el Obispo de Leiria y luego, el 4 de abril de 1957, fue entregado al Archivo Secreto del Santo Oficio. Sor Lucía fue informada de ello por el Obispo de Leiria.

Según los apuntes del Archivo, el 17 de agosto de 1959, el Comisario del Santo Oficio, padre Pierre Paul Philippe, O.P., llevó el sobre al Papa San Juan XXIII, quien “después de algunos titubeos”, dijo: “Esperemos. Rezaré. Le haré saber lo que decida.” Finalmente, el Santo Padre decidió devolver el sobre lacrado al Santo Oficio y no revelar la tercera parte del secreto.

Una indicación para la interpretación de la tercera parte del secreto la había ya insinuado Sor Lucía en una carta al Santo Padre del 12 de mayo de 1982, en la que dice: “La tercera parte del secreto se refiere a las palabras de Nuestra Señora: “Si no, [Rusia] diseminará sus errores por el mundo, promoviendo guerras y persecuciones a la Iglesia. Los buenos serán martirizados, el Santo Padre sufrirá mucho, varias naciones serán destruidas.”

La tercera parte es una revelación simbólica, que se refiere a esta parte del mensaje, condicionado al hecho de que aceptemos o no lo que el mismo mensaje pide: “Si aceptaren mis peticiones, Rusia se convertirá y tendrán paz. Si no, diseminará sus errores por el mundo, etc.”

Y, aunque no constatamos aún la consumación completa del final de esta profecía, vemos que nos encaminamos poco a poco hacia ella a grandes pasos, si no renunciamos al camino del pecado, del odio, de la venganza, de la injusticia que viola los derechos de la persona humana, de la inmoralidad y de la violencia, etc.

Acto de consagración. Años más tarde, el Papa San Juan Pablo II pidió el sobre de la tercera parte del secreto después del atentado que sufrió el 13 de mayo de 1981. Como es sabido, el Papa Juan Pablo II pensó inmediatamente en la consagración del mundo al Corazón Inmaculado de María y compuso él mismo una oración para lo que definió “Acto de consagración”, que se celebraría en la Basílica de Santa María la Mayor el 7 de junio de 1981.

Citamos a continuación el texto del Acto de Consagración:

“Madre de los hombres y de los pueblos, tú conoces todos sus sufrimientos y sus esperanzas, tú sientes maternalmente todas las luchas entre el bien y el mal, entre la luz y las tinieblas que sacuden al mundo, acoge nuestro grito dirigido en el Espíritu Santo directamente a tu Corazón y abraza, con el amor de la Madre y de la Esclava del Señor, a los que más esperan este abrazo, y, al mismo tiempo, a aquellos cuya entrega tú esperas de modo especial. Toma bajo tu protección materna a toda la familia humana a la que, con todo afecto a ti, Madre, confiamos. Que para todos se acerque el tiempo de la paz y de la libertad, el tiempo de la verdad, de la justicia y de la esperanza.”

Pero el Santo Padre, para responder más plenamente a las peticiones de Nuestra Señora, quiso explicitar el acto de consagración durante el Año Santo de la Redención el 7 de junio de 1981, luego repetido en Fátima el 13 de mayo de 1982. Al recordar el fiat pronunciado por María en el momento de la Anunciación, en la Plaza de San Pedro el 25 de marzo de 1984, en unión espiritual con todos los Obispos del mundo, a tal efecto convocados, el Papa consagra a todos los hombres y pueblos al Corazón Inmaculado de María, añadiendo:

“De modo especial confiamos y consagramos a aquellos hombres y aquellas naciones que tienen necesidad particular de esta entrega y de esta consagración. Nos acogemos a tu protección, Santa Madre de Dios. ¡No deseches las súplicas que te dirigimos con nuestras necesidades!

“¡Oh, cuán profundamente sentimos la necesidad de consagración para la humanidad y para el mundo, para nuestro mundo contemporáneo, en unión con Cristo mismo! En efecto, la obra redentora de Cristo debe ser participada por el mundo a través de la Iglesia.

“Te saludamos a ti, que estás totalmente unida a la consagración redentora de tu Hijo. Madre de la Iglesia: ilumina al Pueblo de Dios en los caminos de la fe, de la esperanza y de la caridad. Ilumina especialmente a los pueblos de los que tú esperas nuestra consagración y nuestro ofrecimiento. Ayúdanos a vivir en la verdad de la consagración de Cristo por toda la familia humana del mundo actual.

“Al encomendarte, oh Madre, el mundo, todos los hombres y pueblos, te confiamos también la misma consagración del mundo, poniéndola en tu corazón maternal. ¡Corazón Inmaculado! Ayúdanos a vencer la amenaza del mal, que tan fácilmente se arraiga en los corazones de los hombres de hoy y que con sus efectos inconmensurables pesa ya sobre la vida presente y da la impresión de cerrar el camino hacia el futuro.

“Del hambre y de la guerra, ¡líbranos! De la guerra nuclear, de una autodestrucción inimaginable y de todo tipo de guerra, ¡líbranos! De los pecados contra la vida del hombre desde su primer instante, ¡líbranos! Del odio y del envilecimiento de la dignidad de los hijos de Dios, ¡líbranos! De toda clase de injusticias en la vida social, nacional e internacional, ¡líbranos! De la facilidad de pisotear los mandamientos de Dios, ¡líbranos! De la tentativa de ofuscar en los corazones humanos la verdad misma de Dios, ¡líbranos! Del extravío de la conciencia del bien y del mal, ¡líbranos! De los pecados contra el Espíritu Santo, ¡líbranos!

“Acoge, oh Madre de Cristo, este grito lleno de sufrimiento de todos los hombres. Lleno del sufrimiento de sociedades enteras. Ayúdanos con el poder del Espíritu Santo a vencer todo pecado, el pecado del hombre y el ‘pecado del mundo’, el pecado en todas sus manifestaciones. Aparezca, una vez más, en la historia del mundo el infinito poder salvador de la Redención: poder del Amor misericordioso. Que en tu Corazón Inmaculado se abra para todos la luz de la esperanza. Amén”

Autenticidad. Sor Lucía confirmó personalmente que este acto solemne y universal de consagración correspondía a los deseos de Nuestra Señora (“Sí, desde el 25 de marzo de 1984, ha sido hecha tal como Nuestra Señora había pedido.” Carta del 8 de noviembre de 1989). Por tanto, toda discusión al respecto, así como cualquier otra petición ulterior, carece de fundamento.

Y no se diga que de este modo es Dios que nos castiga; al contrario, son los hombres que por sí mismos se preparan el castigo. Dios nos advierte con premura y nos llama al buen camino, respetando la libertad que nos ha dado; por eso los hombres son responsables.

La decisión de San Juan Pablo II de hacer pública la tercera parte del secreto de Fátima cierra una página de la historia, marcada por el trágico afán humano de poder y de iniquidad, pero impregnada del amor misericordioso de Dios y de la atenta premura de la Madre de Jesús y de la Iglesia.

La acción de Dios, Señor de la Historia, y la corresponsabilidad del hombre en su dramática y fecunda libertad, son los dos goznes sobre los que gira la historia de la humanidad. La Virgen que se apareció en Fátima nos llama la atención sobre estos dos valores olvidados, sobre este porvenir del hombre en Dios, del que somos parte activa y responsable.

Adaptado de un texto de la Congregación para la Doctrina de la Fe difundido en www.vatican.va.

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