La Palabra Entre Nosotros

Septiembre 2019 Edición

El proceso de santificación

Trabaja por tu propia salvación

El proceso de santificación: Trabaja por tu propia salvación

¡Un momento! ¿No es San Pablo el que nos dice que somos justificados por la fe en Cristo, y no por nuestras obras? ¿No es él quien nos dijo que no podemos salvarnos a nosotros mismos? ¿Cómo puede este apóstol —que tanto se esforzó para enseñarnos que la salvación es un don gratuito de Dios— decirnos ahora que podemos “fallar la prueba”? ¿Cómo puede decirnos que debemos “ocuparnos” de nuestra salvación con “temor y temblor” y que hay que “perseverar en la fe” si queremos salvarnos?

Es cierto que parece como una contradicción, pero sabemos que Pablo conocía muy bien la verdad de Cristo como para estar confundido. Veamos qué quiso decir Pablo con eso de ser justificados por la fe, y también eso de trabajar mucho para alcanzar la salvación.

Llamados a la santidad. Una respuesta breve a esta pregunta es que, según San Pablo, hay una diferencia entre la justificación por la fe —aquello que vimos en el artículo anterior— y el proceso de santificación, a lo que se refieren los pasajes citados en este artículo. Pero ¿cuál es la diferencia?

La justificación se refiere al sacrificio de Cristo en la cruz. Gracias a que él se entregó a la muerte por nuestros pecados y luego resucitó, hemos sido perdonados, estamos absueltos de todas nuestras culpas y podemos ser bautizados, es decir, incorporados a su propia vida. Todo lo que se necesita para la justificación es afirmar nuestra convicción, es decir, declarar honestamente, que creemos que Jesucristo es el Señor y que realmente resucitó de entre los muertos.

La santificación parte de la base de esa justificación. Santificarse significa llegar a ser santo; es decir, imitar las actitudes y la conducta de Jesús, el Santo de Dios. Las palabras “llegar a ser” nos indican que la santificación es un proceso de continua transformación, no algo que ocurra de la noche a la mañana. A esto es a lo que Pablo se refería cuando dijo: “Lo que Dios quiere es que ustedes lleven una vida santa” y “Dios no nos ha llamado a vivir en impureza, sino en santidad” (1 Tesalonicenses 4, 3. 7). Este proceso de crecer en la santidad es a lo que el apóstol se refería cuando les dijo a los filipenses que “trabajasen” por su salvación y a los colosenses que “permanecieran firmemente” en la práctica de su fe.

Lo que nos cuenta San Lucas. Lucas fue discípulo y compañero de viaje de San Pablo, y nos dice que acompañó al apóstol en el tercer viaje misionero de éste y estuvo presente cuando Pablo fue arrestado y llevado a Roma (Hechos 16, 11-12; 27, 1-2). Quien lo relata es el mismo Lucas, que escribió el evangelio que lleva su nombre y el libro de los Hechos de los Apóstoles.

Al leer los escritos de San Lucas, se puede decir que él entendía bien la enseñanza de San Pablo sobre la justificación por la fe, como se aprecia en la parábola de Jesús sobre el fariseo y el publicano. Dice que el recaudador de impuestos no se atrevía a levantar la cabeza y, arrepentido, rezó simplemente diciendo: “¡Oh Dios, ten compasión de mí, que soy pecador!” Jesús dijo que este hombre “se fue a su casa justificado” (Lucas 18, 13. 14). La comprensión que él tenía se ve también en que Lucas es el único evangelista que presenta los relatos de Zaqueo (19, 1-10), los diez leprosos (17, 11-19) y el “buen ladrón” en la cruz (23, 39-43). Cada uno de estos casos se refiere a personas que pusieron su fe en Cristo y recibieron el don gratuito de la justificación por la fe que tuvieron.

Pero Lucas también entiende que todos los que son justificados están igualmente llamados a ser santificados y dedicó más tiempo que los demás evangelistas a describir la llamada al arrepentimiento y la santidad que hacía Juan el Bautista (Lucas 3, 1-20). También escribió la parábola de la higuera, en la cual el agricultor espera que el árbol produzca frutos, exactamente como Dios espera que su pueblo produzca frutos de santidad (13, 6-9), y la parábola del rico opulento que jamás le hizo caso al mendigo Lázaro que yacía a la puerta de su casa para demostrar que Dios quiere que sus fieles sean sensibles a los padecimientos de los pobres, los atiendan y les alivien el sufrimiento (16, 19-31).

La continuación de una parábola. Lucas es el único de los cuatro evangelistas que relata la parábola del hijo pródigo (Lucas 15, 11-32). En esta narración, el joven rebelde queda justificado —es decir, salvado por el amor de su padre— cuando vuelve a casa. Todo su pasado de pecado, desobediencia y rebeldía queda borrado como si nunca hubiera existido. Todo queda resuelto simplemente porque volvió a casa.

Lucas no dice qué pasó con este hijo después de su regreso al hogar paterno, pero nos podemos imaginar dos posibilidades: una es que al muchacho no le gusta vivir con su familia, quizás porque su padre lo hace trabajar y le impone restricciones y eso es demasiado para él, pero no tiene más remedio que tolerar la situación, o bien opta por irse de nuevo del hogar paterno.

La otra posibilidad es que el joven realmente quiere vivir en el hogar familiar, pero eso significa que tiene que abandonar sus caprichos egoístas y sus malas costumbres, y esforzarse por cultivar las virtudes. Ahora tenía que dejar de robar, haraganear e irse de juerga noche tras noche para dormir todo el día siguiente. Su vida licenciosa ya no puede coexistir con la disciplina paterna.

En su nueva vida —adquirida gracias al amor de su padre— el joven tendría que levantarse temprano e ir a trabajar en el campo, como su hermano lo había hecho siempre. En lugar de buscar solo su propia conveniencia y comodidad, ahora tendría que considerar el bienestar y los intereses de todos sus familiares. Además, tendría que dedicar tiempo y esfuerzo a reconciliarse con su hermano mayor y tratar de demostrarle afecto y respeto.

¿Fue difícil para él hacer estos cambios de conducta? Probablemente. Pero cada vez que le venía la tentación de rebelarse y abandonar nuevamente el hogar paterno, se acordaba de lo mal que lo había pasado cuando se le acabó el dinero y le desesperación que sintió cuando no había nadie que le auxiliara, cuando desfallecía de hambre y tenía que vivir entre los cerdos (que eran señal de inmundicia para los judíos), mientras recordaba al mismo tiempo lo aliviado y feliz que se sintió cuando su padre lo recibió con abrazos, sin reprocharle nada y le dio la bienvenida por haber regresado a casa.

Un corazón dividido. Esta es una buena manera de comprender lo mucho que necesitamos trabajar en nuestra propia santificación. En cierto modo, todos somos parecidos al hijo pródigo, o a su hermano mayor. El menor estaba encadenado en su propia soberbia y egoísmo; era esclavo de sus pasiones y no se preocupaba en absoluto de sus familiares. Por otro lado, su hermano mayor vivió siempre “en la casa de su padre”, pero estaba dominado por los celos, el rencor, la rivalidad y la ira. Casi todos, al igual que estos dos hermanos, tenemos aspectos de nuestra vida que contradicen el amor y la misericordia con que Dios quiere que actuemos. Esta es la razón por la cual necesitamos el continuo proceso de la santificación personal.

Todos tenemos buenas intenciones, pero la experiencia nos dice que también llevamos dentro la inclinación al pecado y el egoísmo. Incluso después de haber sido bautizados, seguimos sintiendo la tendencia al pecado, y aunque hemos orado toda la vida, procurando obedecer los mandamientos de Dios, todavía tenemos que lidiar con las inclinaciones a la soberbia, el egoísmo, los placeres ilícitos y la envidia. El Catecismo de la Iglesia Católica nos dice que “el bautizado debe seguir luchando contra la concupiscencia de la carne y los apetitos desordenados” (CIC 2520).

Por ejemplo, cuando estamos en Misa o haciendo oración tal vez nos sentimos cerca del Señor y en paz con nuestros seres queridos y conocidos; pero más tarde, en el mismo día, podemos irnos alejando del Señor y lo que pensamos de algunos familiares o amigos empieza a perder claridad o incluso a tornarse menos agradable y terminamos por ser menos pacientes, amable o tolerantes. En una cierta circunstancia, nos parece fácil ser amables y generosos, pero en otra nos volvemos desconfiados y hasta malhumorados.

¿Es así como Dios quiere que vivamos? ¿Realmente espera que seamos tan volubles? ¡Por supuesto que no! Nuestro Padre celestial desea que vivamos una vida serena, apacible y estable, aun cuando tengamos que afrontar problemas y dificultades.

Es un proceso. Este contraste entre lo “santo” y lo “pecaminoso” que llevamos dentro no tiene por qué seguir siendo algo inevitable, pues claro que podemos aprender a lidiar con los hábitos pecaminosos arraigados y adoptar una nueva manera de vivir en la que cultivemos la bondad, la paciencia, la honestidad y la santidad.

En efecto, esto es lo que dice San Pablo: Que podemos seguir creciendo en santidad conforme nos vamos despojando del “hombre viejo” que se corrompe según los deseos engañosos y nos revestimos de la “nueva naturaleza” que hemos recibido en el Bautismo” (Efesios 4, 22-24). Esto demuestra que la santificación no es algo que suceda una sola vez y nada más; no, es un proceso continuo que a diario va generando cambios de actitud y conducta en la vida del creyente.

Si uno quiere reducir este proceso a su más simple expresión, puede decirse que hay tres pasos a seguir:


1. Empezar por tomar una decisión seria de renunciar a los hábitos de pecado (ira, resentimiento, falsedad, etc.) y adoptar una nueva forma de conducta (de bondad, tolerancia, solidaridad, misericordia, etc.).

2. Dedicar tiempo a elevar el corazón y el pensamiento a Dios en la oración personal, para pedirle su amor y recibir la fortaleza necesaria para hacer esos cambios.

3. Pedirle al Señor la gracia que uno necesita para resistir y rechazar la tentación tan pronto uno se dé cuenta.

Avanzar en la santificación no es fácil, pero sí es posible. ¿Por qué? Porque hemos sido justificados por la cruz de Cristo, y ya no tenemos que sentirnos irremediablemente arrastrados por la natural inclinación al pecado que todos tenemos. Más aún, el Espíritu Santo puede darnos un corazón nuevo y ayudarnos a vivir de una manera distinta. Tal vez nunca lleguemos a graduarnos de la “escuela de Cristo”, pero siempre podemos avanzar y hacer incluso grandes progresos. Pero, eso sí, tenemos que ser pacientes con nosotros mismos y tratar de mantenernos cerca del Señor en todo momento.

Una prueba sencilla. San Pablo nos pidió que nos hiciéramos una prueba para saber si estamos viviendo en la fe (Romanos 12, 2). No es una prueba complicada, ya que consiste en apenas tres pasos en el proceso de santificación y por eso hay tres preguntas en la prueba.


1. ¿Has notado que en tu vida van creciendo los frutos del Espíritu (Gálatas 5, 22), como la paz, la paciencia y el amor?

2. ¿Te parece que los pecados de la “naturaleza caída”, como la ira, los resentimientos, la falsedad y la soberbia, etc., van disminuyendo?

3. ¿Sientes un mayor deseo de prestar ayuda y servicio a quienes viven contigo o cerca de ti, especialmente si son necesitados, pobres o discriminados?

Si puedes responder que sí a estas preguntas, quiere decir que vas avanzando bien por el camino de la santificación.

Comentarios