La Palabra Entre Nosotros

Noviembre de 2019 Edición

El misterio de la oración de intercesión

Todos podemos tener una fe que mueve montañas

El misterio de la oración de intercesión: Todos podemos tener una fe que mueve montañas

También ruego por los que han de creer en mí por su palabra. (Juan 17, 20)

Jesús pronunció estas sencillas pero significativas palabras en la víspera de su pasión y muerte. Estaba compartiendo la cena de Pascua con sus discípulos, y justo antes de ir al huerto de Getsemaní, se dirigió a su Padre en oración.

Al parecer, no hay nada particularmente sorprendente en esto porque Jesús estaba en constante oración; siempre acudía a su Padre, a fin de permanecer dispuesto a hacer la voluntad divina y confiar en el amor de su Padre. Lo sorprendente es lo que pedía en la oración: Rogaba por todos sus discípulos, es decir, ¡también oraba por cada uno de nosotros!

Hay quienes no piensan que Jesús elevaba oraciones de intercesión, porque saben que él y su Padre son uno y por lo tanto, si conocía tan plenamente la voluntad de Dios, ¿por qué tendría que orar en favor de sus discípulos?

Este es el misterio de la oración de intercesión. Por un lado, creemos que Dios conoce todas las cosas y tiene un plan perfecto para nosotros, así que no necesita cambiar su modo de pensar. Pero, por otro lado, el mismo Jesús recurrió a la intercesión para pedirle a su Padre que interviniera de una forma determinada. Este mes, queremos abordar este misterio, para saber cómo pueden nuestras oraciones de intercesión ser tan poderosas y eficaces como la plegaria de Cristo y por qué es preciso rezar por otras personas.

Jesús, nuestro Mediador. En el antiguo Israel, el sacerdote tenía la función de interceder ante Dios y pedir por el pueblo; ejercía como intermediario entre Dios y la gente, ofreciendo sacrificios de animales como formas de expiación e intercesión (Ezequiel 44, 15-16). 

Luego, en el Nuevo Testamento leemos que “Cristo ya vino, y ahora él es el Sumo sacerdote de los bienes definitivos” y que “ha entrado en el santuario, ya no para ofrecer la sangre de chivos y becerros, sino su propia sangre… y ha obtenido para nosotros la liberación eterna” (Hebreos 9, 11-12). Se ve, pues, claramente que Jesús cumplió la función de los sacerdotes del Antiguo Testamento, y ahora está sentado a la diestra de Dios, donde “vive para siempre, para rogar a Dios por ellos” (7, 25). 

Así como un buen abogado mediador actúa en favor de su representado, Jesús permanece a nuestro lado y aboga por nosotros. Y precisamente porque él está siempre con nosotros, no debemos intimidarnos de presentarle a Dios nuestras necesidades. La presencia de Cristo y su confianza en la intercesión nos indican que también nosotros podemos acercarnos con confianza al trono de Dios y decirle todo lo que nos preocupa, nos duele o nos esclaviza, y si así lo hacemos, él nos acogerá con misericordia y nos ayudará en la hora de necesidad (v. Hebreos 4, 16). 

Como niños pequeños. Jesús nos dijo: “Si ustedes, que son malos, saben dar cosas buenas a sus hijos, ¡cuánto más su Padre que está en el cielo dará cosas buenas a quienes se las pidan!” (Mateo 7, 11). ¿Qué quiere decir esto? Que podemos presentarle a Dios nuestras necesidades tal como los pequeños piden auxilio a la mamá y al papá por cualquier cosa: una herida en la rodilla, un dolor de garganta, problemas con las tareas escolares, dificultades con otros niños, etc. Del mismo modo, Jesús nos invita a presentarle a nuestro Padre aquello que necesitamos, sin cohibirnos ni pensar que nuestras peticiones son poco importantes.

San Agustín dijo en una ocasión: “Reza como si todo dependiera de Dios, y trabaja como si todo dependiera de ti.” ¿No es esa la forma de actuar de los niños? Cuando los pequeños tratan de resolver sus problemas y no pueden, corren a sus padres para pedirles ayuda. Los que somos padres de familia, sabemos que si los hijos confían demasiado en sus propios medios pueden meterse en más problemas, y por eso tratamos de ayudarles. Al mismo tiempo, sabemos que no conviene que nuestros hijos dependan demasiado de nosotros, pues así no aprenderán a crecer ni a ser responsables.  

Análogamente, Dios nos ha concedido numerosos dones de inteligencia, buen juicio, imaginación e intuición, para que aprendamos a razonar y actuar por cuenta propia, y hagamos lo posible por resolver los obstáculos y escollos que se nos presentan en la vida. Pero al mismo tiempo, quiere que le presentemos a él lo que no podemos resolver, para darnos su ayuda y enseñanza. 

Por ejemplo, si tú necesitas un trabajo nuevo, por supuesto que debes pedirle ayuda a Dios; pero al mismo tiempo tienes que llenar solicitudes de empleo, entregar tu hoja de vida e ir a entrevistas. La bendición de la intercesión es que, debido a que le has pedido a Dios que intervenga, tú puedes hacer todas estas cosas con mayor tranquilidad y confianza, pues sabes que Dios está contigo y te ayudará y te guiará.

Con plena confianza. Pero la intercesión no se limita simplemente a decirle a Dios lo que necesitamos y esperar a que él actúe. En su esencia, la oración de intercesión es un acto de fe; un acto de confianza en que Aquel ante quien estamos expresando nuestras peticiones es Dios todopoderoso y que nos ama tiernamente.

Tener confianza significa creer que Dios puede responder a todas nuestras oraciones, en su sabiduría y de acuerdo con su amor y su providencia; significa creer que Dios nos quiere dar cosas buenas; significa confiar en que nuestro Padre no olvida jamás a sus hijos.

Nunca podremos comprender por qué las oraciones de intercesión a veces quedan sin respuesta; es por esto que la Sagrada Escritura habla del “misterio” del plan eterno de Dios para la salvación del género humano. Su plan es tan vasto, que para nosotros es imposible comprender plenamente sus dimensiones y su profundidad.

A veces, lo único que podemos hacer es confiar en Dios como un niño confía en su padre, y creer que Dios está interviniendo en todas las cosas para nuestro bien (Romanos 8, 28). Pero este “misterio” de la ausencia de respuesta para algunas de nuestras oraciones no debe nunca confundirse con una actitud de indiferencia, rechazo o falta de amor por parte de Dios, pues él se interesa por todos nosotros.

Con fe. Cuando a una señora, llamada Susana, le diagnosticaron cáncer, ella estaba pasando por una época de poca fe. Algunas personas de su parroquia le ofrecieron orar con ella y al hacerlo fueron reforzando en forma simple algunas de las verdades fundamentales de la fe: Que Dios está vivo, que nos ama, que él sabe lo que está sucediendo en cada uno de nosotros. La bondad, el amor y las oraciones que recibió Susana le ayudaron a fortalecer su fe, y así adquirió mayor confianza y fortaleza conforme seguía luchando contra la enfermedad.

Con el tiempo, Susana también se fortaleció físicamente. Hoy en día, 20 años más tarde, pese a que el cáncer ha reaparecido dos veces y ahora está en remisión, ella es una persona más feliz y apacible. Y todo empezó cuando algunas personas llegaron a rezar por su curación.

No es necesario tener una fe heroica para que nuestras oraciones sean contestadas, pero sí hay que tener fe y ejercerla en la oración; de hecho es esencial que utilicemos toda la fe que tengamos, sea poca o mucha, porque cuando buscamos al Señor con fe, él se nos manifiesta y escucha nuestras oraciones.

Dios quiere que ejerzamos la fe y la confianza y que no cedamos a las dudas y los temores. Por supuesto, hay ocasiones en que esto es difícil, pero siempre nos recuerda que la fe es un don divino. No es algo que emane de nosotros mismos; es una gracia poderosa que nos ayuda a enfrentar las dificultades de la vida. Esto significa que podemos presentarle nuestras oraciones de intercesión al Señor, dejarlas a sus pies y confiar en que él las recogerá y las guardará junto a su corazón.

Entonces, ¡empecemos! La oración de intercesión no está reservada solo para afrontar los problemas más complejos. Por ejemplo, podemos rezar por nuestro marido o esposa e hijos cada día; por la familia extendida y la familia parroquial, así como por las necesidades del mundo, y por nuestros amigos y vecinos. Jesús nos dijo que hiciéramos esto cuando nos enseñó a orar pidiendo nuestro pan de cada día y ser librados del mal. Así que, ¡comienza hoy mismo! Puedes hacer una lista de personas e intenciones y rezar por ellas cada día. No hay ninguna petición que sea demasiado insignificante ni indigna, pues el Señor escucha todas tus oraciones.

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