La Palabra Entre Nosotros

Septiembre 2019 Edición

El milagro de la justificación

Tu fe te ha salvado

El milagro de la justificación: Tu fe te ha salvado

San Pablo es uno de los teólogos más importantes de la Iglesia. Sus escritos, que circulan desde hace siglos, continúan guiando a los creyentes, orientando el caminar de la Iglesia e inspirando a los escépticos. En las cartas de San Pablo se puede encontrar casi todo tipo de escritos, desde afirmaciones doctrinales precisas y apasionados argumentos sobre asuntos pastorales hasta elevados himnos de alabanza y reveladores atisbos a la intimidad de su propio corazón. Ahora bien, con lo variados que son sus escritos, todo lo que Pablo escribió es producto del transformador encuentro que tuvo con el Señor resucitado en el camino de Damasco. Pablo, el perseguidor de la Iglesia, se convirtió en un dedicado y fructífero apóstol de Cristo, vale decir, una persona completamente nueva.

En esta edición daremos un vistazo al mensaje que Pablo proclamaba, y lo haremos centrando la atención en tres enseñanzas fundamentales: el milagro de la justificación, el proceso de la santificación, y la esperanza de la glorificación. Prácticamente en cada carta que este apóstol escribió podemos ver estas enseñanzas, pero en su obra maestra, la Carta a los Romanos, es donde las explica con mayor profundidad. Pablo entendía que, en la medida en que lleguemos a comprender estas enseñanzas, experimentaremos el amor de Dios en forma más profunda y nos iremos asemejando a Cristo un poco más.

¡Estas promesas son impresionantes! Así que ¡manos a la obra! Empecemos por la enseñanza de San Pablo sobre la justificación.

“Todos han pecado”. Imagínate, hermano, que has cometido un delito terrible. Tal vez cometiste asesinato o hiciste explotar una bomba que derrumbó un edificio. Como has sido arrestado, contratas un abogado, y él te aconseja declararte culpable con la esperanza de recibir una condena reducida. Tanto él como el fiscal saben que tú eres culpable, así que realmente no hay otra salida.

Esta es la manera en que Pablo describe nuestra situación: Todos somos pecadores; todos somos culpables. Los delitos cometidos son graves y las pruebas que existen contra nosotros son sumamente claras. No podemos disculparnos por las muchas maneras que hemos desobedecido a Dios ni por los pecados que hemos cometido contra otras personas ni por el daño que hemos causado a la naturaleza. Simplemente el pecado es demasiado grave. Citando expresiones de los salmos, San Pablo nos dice que “¡No hay ni uno solo que sea justo! No hay quien tenga entendimiento; no hay quien busque a Dios. Todos se han ido por mal camino.” (Romanos 3, 10-12).

Es bastante deprimente la descripción de nuestra condición, pero bastaría dar un breve vistazo a los periódicos —así como una rápida mirada a nuestro propio corazón— para convencernos de que todo esto es muy cierto. Todos somos culpables y no hay manera de que podamos eludir la responsabilidad. Cuando reflexionamos en lo santísimo y purísimo que es Dios, nuestra situación parece aún peor y no existe fórmula alguna de la que podamos valernos para llegar a su presencia. El pecado que llevamos adentro es simplemente demasiado grande.

Un veredicto misericordioso. La buena noticia del Evangelio nos dice que Dios no nos ha abandonado en esta terrible situación, pues envió a su Hijo al mundo para salvarnos de nosotros mismos. Al morir en la cruz, Jesús nos libró de las cadenas con que el pecado nos tenía atados; pero ¿cómo lo hizo? Tomó sobre su propio cuerpo las consecuencias de nuestras maldades, faltas y errores; es decir, a él —que jamás cometió un solo pecado— Dios lo hizo “pecado” por nosotros, al punto de que lo trató como al pecado mismo (2 Corintios 5, 21; Colosenses 2, 13-14), y así, murió clavado en la cruz para sufrir el castigo que merecíamos nosotros por nuestras faltas y maldades, y luego resucitar para darnos una vida nueva a todos los que creemos en él. De esta forma, Jesús nos ha justificado ante Dios, o bien podemos decir, nos ha reconciliado con nuestro Creador y con nuestros semejantes.

La muerte de Jesús hizo posible para nosotros algo parecido a un fallo judicial de “no culpable” y esta justificación no es el resultado de lo que hayamos hecho nosotros mismos para justificarnos, sino que nos viene cuando aceptamos por fe el regalo inmerecido de la salvación que Jesús nos ofrece. No es algo que podamos “elaborar” nosotros y tampoco podemos merecerla. Todo lo que podemos hacer es recibirla con humildad y gratitud.

Pero volvamos al caso de haber cometido un crimen horrible. Ahora te llega la hora de comparecer ante el juez y, siguiendo el consejo de tu abogado, te declaras culpable. Mientras esperas el pronunciamiento de tu sentencia, te pones tenso como una tabla, nervioso en extremo y piensas: ¿Cuánto tiempo voy a estar en la cárcel? ¿Voy a salir algún día? ¿Quién va a cuidar a mi familia?

Justo entonces, sucede algo extraño y totalmente inesperado. El juez pone el martillo sobre el escritorio, se quita la túnica y desciende del estrado. A paso lento se dirige hacia ti, te abraza y te dice: “No te preocupes; no tienes que ir a la cárcel. Me basta con oírte reconocer y confesar tu culpabilidad y saber que vas a hacer todo lo posible por cambiar tu vida. Eso es todo lo que yo necesitaba oír. Ya puedes irte a tu casa y yo me encargaré de la sentencia.”

¡Qué sensación de alivio, gratitud y alegría sientes en ese momento, pues jamás te habías imaginado que esto pudiera suceder! Esto es apenas una pequeña muestra de lo que se siente al saber que Dios nos ha perdonado, ha borrado nuestras culpas y ha abierto el cielo para nosotros.

Generosidad y amor. Hace poco uno de nuestros compañeros de trabajo aquí en La Palabra Entre Nosotros nos contó otro caso que ilustra aquel amor divino que movió a Dios a justificarnos. Estaba en Misa hace un par de semanas, cuando el párroco hizo un anuncio después de la comunión: “Me he enterado de que hay algunas familias que quieren enviar a sus hijos a nuestra escuela parroquial, pero no pueden pagar la matrícula. No quiero que nadie quede fuera, así que voy a establecer un fondo de becas y pedir a todos los aquí presentes que contribuyan con donaciones. ¡Vamos a hacernos cargo unos de otros!”

En respuesta, todos los feligreses que podían hacerlo donaron fondos o se comprometieron a hacer contribuciones mensuales, con lo cual se pudieron financiar las becas y todas las familias necesitadas pudieron enviar sus hijos a la escuela católica. En forma similar, San Pablo nos dice que debido a la generosidad de Dios y al gran amor que nos tiene, Jesús nos ha hecho partícipes de su justicia; es decir, hizo lo que nosotros jamás podíamos hacer por nosotros mismos, y ahora podemos dedicarnos a vivir santamente.

Confiesa y cree. En su Carta a los Romanos, San Pablo nos dio una fórmula sencilla para ayudarnos a entender lo que significa ser justificado por la cruz de Cristo. “Si con tu boca reconoces a Jesús como Señor, y con tu corazón crees que Dios lo resucitó, alcanzarás la salvación” (Romanos 10, 9), palabras que probablemente provenían del credo que rezaban los primeros cristianos cuando se reunían para celebrar la Eucaristía.

Este simple credo nos dice que la fe en Cristo es el corazón de nuestra salvación y la entrada al cielo. Ya sea que seamos gente buena y responsable, o que estemos enlodados en todo tipo de pecados, la salvación siempre está disponible para todos nosotros. Solo hace falta creer de verdad que Jesucristo murió y resucitó, arrepentirse, convertirse, ser bautizados en su Nombre y confesar en voz alta que Jesús es el Señor, es decir, que es “tu” Señor.

Es similar a lo sucedido con el capitán romano Cornelio. Pedro fue a su casa y proclamó que Jesús es el Señor, y aquél aceptó el mensaje de todo corazón. “Todavía estaba hablando Pedro, cuando el Espíritu Santo vino sobre todos los que escuchaban su mensaje.” Viendo que todos se llenaban del Espíritu Santo, Pedro exclamó: “Acaso puede impedirse que sean bautizadas estas personas?” (Hechos 10, 44. 47). La respuesta obvia es “no”, así que todos fueron bautizados.

Cada domingo, cuando rezamos el Credo en Misa, confesamos con los labios y creemos con el corazón que Jesús es nuestro Señor y Salvador. Por eso decimos: “Que por nosotros, los hombres, y por nuestra salvación bajó del cielo. . .y por nuestra causa fue crucificado.” Por nosotros, por mí. Sí, Señor, yo creo.

Cuando rezamos el Credo, le decimos al Padre que aceptamos el regalo inmerecido de la salvación que por su pura generosidad y misericordia él nos ha concedido. Cuando repetimos esta declaración cada domingo en Misa, también proclamamos que queremos que este don sea el fundamento de nuestra vida y es bueno que lo hagamos repetidamente, porque no se trata de una afirmación de una sola vez y nada más; es en realidad una decisión persistente y continua de vivir como personas que se han convertido en hijos de Dios.

El repetir en voz alta la simple confesión de fe de San Pablo o decirla al rezar el Credo Niceno es muy similar a cuando los esposos se expresan amor repetidamente con las palabras “Te amo”. Es una afirmación que nunca se cansan de repetir porque la expresión verbal confirma la convicción interior. Todos sabemos lo muy importantes que son estas palabras para cada uno de los cónyuges, tanto para quien las dice como para quien las escucha. De este mismo modo tan significativo ha de ser la profesión del Credo para nosotros, porque al rezarlo le estamos diciendo al Señor: “Jesús, te amo con todo mi corazón porque tú me has salvado.” Ojalá nunca nos cansemos de decírselo.

Tu fe te ha salvado. Los evangelios están llenos de relatos de cuando Jesús decía a la gente “Tu fe te ha salvado” (Mateo 9, 22; Marcos 10, 52; Lucas 7, 50; 17, 19). En esencia, les decía que recibían la sanación o salvación no por lo que hubieran hecho, sino por la fe que tenían en su poder para sanar, redimir y perdonar.

Haciéndose eco de la enseñanza de Jesús, Pablo les dijo a los efesios: “Por la bondad de Dios han recibido ustedes la salvación por medio de la fe. No es esto algo que ustedes mismos hayan conseguido, sino que es un don de Dios” (Efesios 2, 8). La gracia inmerecida nos ha salvado. ¡Qué magnífico regalo nos ha dado nuestro Padre, que no se detiene ante nada, ni siquiera ante la muerte de su propio Hijo, en su propósito de llevarnos a su lado y llenarnos de su amor!

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