La Palabra Entre Nosotros

Septiembre 2104 Edición

El llamado a la comunión

Cómo desarrollar la dimensión celestial de la vida espiritual

El llamado a la comunión: Cómo desarrollar la dimensión celestial de la vida espiritual

Es hermoso cuando nace un pequeño bebé y el padre y la madre lo abrazan con sumo amor y ternura.

Es una escena maravillosa, en la que los padres no pueden dejar de deleitarse contemplando a su bebé. Saben que el bebé no les puede entender, pero siempre le hablan, confiando en que perciba sus demostraciones de amor. Lo contemplan, lo acarician y lo llenan de besos, es decir le comunican un amor tierno, incondicional y constante. Y ¿qué hace el bebé? ¡Nada, solamente se limita a absorber el amor!

Pensando en esto, podemos imaginarnos cuánto Dios ama a sus hijos. Sí, a ti y a mí. Por extraño que parezca, el Padre está todo el tiempo constantemente contemplándonos y colmando nuestro corazón de su amor. Por eso, analizaremos la dimensión celestial de la vida cristiana, centrando la atención en el deseo de Dios de llenarnos de su amor y su vida.

Sed de Dios. El episodio del encuentro de Jesús con la mujer samaritana junto al pozo de Jacob es uno de los relatos más memorables de los evangelios (Juan 4, 1-42). La mujer se había casado cinco veces y ahora vivía con otro hombre que no era su marido. Uno puede imaginarse cómo se debe haber sentido ella después de tantos matrimonios fracasados, y seguramente pensaba algo como: “Soy un fracaso. Nada me sale bien. ¿Por qué no puedo tener una vida normal como las demás”? Pero cuando se encontró con Jesús, él le sanó el corazón y le dio a conocer la misericordia de Dios.

Seguramente ella se había pasado toda la vida buscando el amor verdadero, pero por mucho que intentaba siempre había algo que no le resultaba bien, y mientras más trataba de normalizar su vida, siempre terminaba con el alma vacía. De hecho, el contraste entre estar vacío y estar lleno o satisfecho es uno de los temas principales de este capítulo, como también lo es en la vida misma.

Junto al pozo, Jesús perdonó los pecados de esta mujer y curó sus heridas interiores, pero no se detuvo allí. También la llenó del amor de Dios; le dio a probar de su “agua viva” (Juan 4, 10) y eso es precisamente lo que también quiere hacer con nosotros.

La mujer sabía algo de Dios y de su fe; conocía las diferencias que había entre los judíos y los samaritanos; sabía los principios y las enseñanzas de la su fe y tenía cierto conocimiento de la historia y la fe de los israelitas. Incluso sabía que vendría un Mesías. Sin embargo, esto no fue suficiente para llevarla a experimentar personalmente la presencia y el amor de Dios.

Jesús vio lo que le faltaba a la samaritana. Vio que ella buscaba una especie de agua “mágica”, para no tener que caminar hasta el pozo día tras día, pero lo que realmente necesitaba era llenarse del agua viva del Espíritu Santo. Esencialmente, el Señor le preguntó si tenía sed de Dios y en el curso de la conversación, ella se dio cuenta de que el agua que Jesús le ofrecía podía satisfacer todos sus anhelos y se sintió tocada tan profundamente que fue a contarle a todos los vecinos del pueblo que había encontrado a un hombre que parecía ser el Mesías y los trajo para que ellos también recibieran agua viva.

Derribar los muros. La samaritana no fue la única persona a quien el Señor quiso ofrecerle un nuevo comienzo y una nueva vida. A los fariseos que se le oponían también procuró hacerles comprender la verdad de Dios y de su persona y los instó a purificarse el corazón de toda maldad y engaño y no sólo cubrirlo con una apariencia externa de piedad (Lucas 11, 39). Incluso invitó al joven rico a despojarse de las riquezas que mantenían encadenada su alma (Marcos 10, 17-22).

Algunas de estas personas se alejaron de Jesús, otras lo aceptaron. Un ciego a quien el Señor le dio la vista llegó a creer tanto en él que no dudó en llamarle “Señor” y abiertamente le adoró (Juan 9, 35-39). María Magdalena y varias otras mujeres se sintieron tan impresionadas que siguieron a Jesús desde Galilea hasta Jerusalén y le ayudaban “con lo que tenían” (Lucas 8, 1-3). Por su parte, Zaqueo, el cobrador de impuestos convertido, decidió devolverles dinero a cuantos había estafado o engañado (Lucas 19, 8-9).

Así sucedió que la samaritana, durante su encuentro con Jesús, cambió para siempre. Al igual que sucedió con Zaqueo, María Magdalena y todos los demás, ella se llenó de amor al Señor porque primero recibió el amor de él.

Así como Jesús estuvo dispuesto a tenderle la mano a todas estas personas, así también nos la tiende a nosotros y nos hace las mismas preguntas: ¿Tienes tú sed de mi agua viva? ¿Tienes el anhelo de llenarte de mi amor y mi presencia? ¿Me quieres a mí más que a todo lo demás? Y en el mismo momento en que le respondemos “Sí, Señor, tengo sed,” las barreras que llevamos en el corazón se derrumban y el agua viva fluye libremente.

Un encuentro amistoso. Al principio del Catecismo leemos que: “La razón más alta de la dignidad humana consiste en la vocación del hombre a la comunión con Dios” (Catecismo de la Iglesia Católica, 27). En lo más profundo del corazón humano todos tenemos el deseo de conocer y amar a Dios; todos queremos estar tan estrechamente unidos a él como lo estamos con nuestros familiares más queridos. Santa Teresa de Ávila dijo una vez que estar en comunión con Dios “es nada menos que un encuentro amistoso” con Dios; es nada menos que saberse amados y atesorados por él. Y dijo también que el objetivo de este encuentro amistoso “no es pensar mucho, sino amar mucho.”

La comunión con el Señor a la que se refería la santa se produce cuando tenemos sed de estar en la presencia de Dios y no sólo de recibir sus bendiciones. ¿Has tenido alguna vez la experiencia de sentir en la Misa una sensación de descanso o gratitud, quizás cuando vas a recibir la Comunión, y te parece experimentar un sentido de amor o paz? Esto es algo que sucede por sí solo, y no se debe a que hiciste algo o pensaste en algo determinado. Bien, ese sentimiento es lo que sucede cuando Dios derrama su amor en tu corazón: “No piensas mucho, pero amas mucho” y estás simplemente disfrutando de la presencia de Dios.

Si santa Teresa de Ávila estuviera aquí nos animaría a dejar que Dios nos mostrara su amor cada vez que venimos a rezar y que sea quien sea que tú eres y sea lo que sea que hayas hecho, bueno o malo, el Señor te ama tanto como amó a la mujer junto al pozo y te ama mucho más que cualquier padre o madre ama a su hijo recién nacido.

Reposa y recibe. Entonces, ¿cómo puede uno intensificar esta relación con el Señor? ¿Cómo se llega a un punto de “amar mucho” en la vida cotidiana?

Comienza haciendo oración. Trata de dedicar unos 30 minutos cada día a tener este encuentro amistoso con Dios, y te sentirás lleno. Ven a su presencia con sencillez y humildad, tratando de dejar de lado tus propios planes, tus necesidades y tus peticiones y sólo reposa en la presencia del Señor. Aquieta el corazón para que percibas su amor. Si te parece útil, entona algún cántico inspirador o toca un disco de música de adoración y alabanza. Si te parece bien, medita sobre un pasaje corto de la Escritura o repite en voz baja una y otra vez ciertas palabras que describan a Dios, por ejemplo, misericordioso, compasivo, justo o amable, o frases cortas como “Jesús en ti confío”, “Ten piedad de mí que soy pecador.”

Cuando hagas esto, recuerda que no todo depende de lo que tú hagas. Jesús, el Rey de todo el universo quiere estar contigo, porque te ama y quiere llenarte de su amor.

Incluso si te duermes en la oración, Dios te sigue bendiciendo. Santa Teresa de Lisieux decía que ella también se dormía cuando rezaba, pero no se preocupaba por eso, pues se sentía muy segura descansando en los tiernos brazos de su Padre celestial.

Así, pues, pase lo que pase cuando trates de profundizar esta dimensión celestial de tu vida, relájate. Pon todo de tu parte y convéncete de que Dios te está bendiciendo más de lo que tú te puedes imaginar.

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