La Palabra Entre Nosotros

Junio 2020 Edición

El enemigo desenmascarado

Claro que podemos ganar la batalla espiritual

By: el diácono Keith Strohm

El enemigo desenmascarado: Claro que podemos ganar la batalla espiritual by el diácono Keith Strohm

El diablo es mentiroso. Leamos esta frase de nuevo, fijándonos en el énfasis. El diablo no se limita a decir mentiras, ni alguien que solo difunde falsedades o que evita decir la verdad para librarse (él mismo y a otros) de una consecuencia dolorosa y vergonzosa. No es que mienta como si eso fuera una parte de una maniobra de maldad más grande. Lo hace porque eso es lo que él es: la esencia de la mentira.

El diablo miente siempre porque, al rebelarse contra Dios, su propia naturaleza se trastornó, pues rechazó totalmente a Aquel que es la verdad, de manera que en él no hay verdad ninguna. Por eso, podemos decir en cierto sentido que su propia identidad, su propia naturaleza, ahora es la mentira y esa naturaleza es intrínsecamente opuesta a Dios. El enemigo desprecia a Dios y todo lo que es de Dios, y especialmente a sus hijos. Por eso, todo lo que piensa y hace es perjudicial para los hijos de Dios, y estando absolutamente desviado en su falso testimonio, lo que desea es que nosotros sigamos su ejemplo y rechacemos al Padre, que nos aconseja buscar la restauración, la libertad y la vida nueva.

Jesús también le llama “padre de la mentira” (Juan 8, 44), título que nos refiere a aquel siniestro primer engaño en toda la creación pronunciado por el enemigo y que hizo sucumbir a Eva en el Jardín del Edén. Esta es la razón por la que Jesús también lo llama “homicida” y “asesino desde el principio”, pues por esa mentira, nuestros primeros padres dejaron que la confianza en su Creador se desvaneciera en su corazón y prefirieron su propio razonamiento antes que la verdad de Dios. Como resultado, el pecado, la muerte y el sufrimiento entraron en el mundo y desde entonces han impregnado toda la historia humana. 

Aun cuando el diablo fue definitivamente derrotado en la pasión, muerte, resurrección y ascensión de Jesucristo, Satanás sigue tejiendo su fatídica maraña de mentiras, con la esperanza de llevarse consigo a tantas personas como pueda antes de la manifestación final del Reino de Dios, cuando Jesús regrese a este mundo. 

El combate y el campo de batalla. San Pablo escribió: “No estamos luchando contra poderes humanos, sino contra malignas fuerzas espirituales del cielo, las cuales tienen mando, autoridad y dominio sobre el mundo de tinieblas que nos rodea” (Efesios 6, 12). Pablo comprendió que, buscando la santidad y la justicia, nos enfrentaríamos con la oposición, no solo del orden natural (tentaciones, obstáculos y heridas que vienen del vivir en el mundo caído e imperfecto), sino también la influencia del entorno sobrenatural; entendió que, aun cuando Jesús ganó la victoria sobre Satanás y su dominio, las fuerzas del ámbito del mal siguen tratando de hacer caer a todo creyente y a la humanidad entera, con el nefasto objetivo de impedir la manifestación de esa victoria en la vida de los fieles.

Y puesto que efectivamente estamos en una batalla, lo que más nos conviene es comprender cuál es el campo de batalla. A nivel táctico, el hecho de conocer la geografía del paisaje puede darnos una conveniente ventaja en la guerra. Las Escrituras nos dicen que en esta batalla contra el enemigo y sus mentiras, el campo de batalla es en gran medida nuestro corazón.

Ahora, en el siglo XXI , el término “corazón” suele significar los afectos o las emociones, pero la batalla que se libra no se refiere principalmente a sentimientos o a opiniones cargadas de emoción. Es algo mucho más profundo. Las Escrituras describen el corazón como el centro de la persona humana, y si bien nosotros vemos las apariencias externas, “el Señor se fija en el corazón” (1 Samuel 16, 7). 

Pero hay otro campo de batalla, el de la mente y la Escritura en diversos lugares utiliza los términos “mente” y “corazón” en forma indistinta. Ahora bien, en el razonamiento contemporáneo, se entiende la mente solo como el lugar del pensamiento o el conocimiento; pero esta lucha con Satanás no se refiere solo a estar bien informado o a pensar correctamente y aceptar los tipos adecuados de doctrinas; se trata más bien de comprender quién es Dios, quién es él para mí y saber si yo estoy en él. 

¿Qué creo yo? La persona humana es una creación asombrosa. Dios nos ha dotado de intelecto, voluntad, emociones, memoria e imaginación. Estos atributos nos permiten aprender de las experiencias tenidas, entender el mundo que nos rodea y actuar de la mejor manera. Cada día, vemos lo que nos sucede, lo procesamos mentalmente y lo filtramos a través de una serie de conclusiones que hemos aprendido de nuestras experiencias del pasado. Este proceso depende de lo que pensamos de nosotros mismos, de Dios y del mundo que nos rodea.

El enemigo hace lo posible por hacernos llegar a conclusiones incorrectas, y por lo tanto nos envía dardos encendidos de mentira tras mentira acerca de nosotros mismos, sabiendo que posiblemente empezaremos a aceptar e internalizar algunas de ellas. Por ejemplo, una persona que experimenta una serie de rupturas en sus relaciones puede terminar pensando que hay algo desviado o defectuoso en su persona y que no es digno de ser amado. El enemigo se especializa en el uso de esa debilidad valiéndose de los recuerdos de las rupturas pasadas, hasta que la persona finalmente se convence de que no es digna de ser amada.

También es posible aceptar una idea engañosa como una manera de protegernos de nuevos dolores o sufrimientos. En otras palabras, interiorizamos la mentira y empezamos a creer que refleja algo de verdad acerca de nosotros. Por ejemplo, las personas que han crecido en hogares sumamente disfuncionales y que han tenido que soportar palabras condenatorias, maltrato y abuso, pueden llegar a creer que no necesitan amar ni ser amados. Lo que les impide abrir el corazón a otros es una falsedad, una mentira. 

¡No tengas miedo! Para librarnos de este tipo de servidumbre, debemos entender que el enemigo realmente intenta retorcer nuestros razonamientos, pero estos artículos que estás leyendo no tienen la intención de provocar miedo, sino hacernos conscientes de la batalla que todos estamos librando. Jesucristo dijo una y otra vez: ”No tengan miedo” porque sabía que su obediencia a la voluntad del Padre le había conseguido la victoria sobre el poder de Satanás. 

En el Bautismo, Dios vino a habitar en ti a través de Cristo Jesús por el poder del Espíritu Santo. El autor de la vida —Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo— te ha trasladado del ámbito del pecado y la muerte al de la vida divina, una vida que no puede ser superada por ninguna otra fuerza ni oposición. “Estoy convencido —escribe San Pablo— de que nada podrá separarnos del amor de Dios: ni la muerte, ni la vida, ni los ángeles, ni los poderes y fuerzas espirituales, ni lo presente, ni lo futuro, ni lo más alto, ni lo más profundo, ni ninguna otra de las cosas creadas por Dios” (Romanos 8, 38-39).

Jesús ya ganó la victoria. Creer que el diablo está detrás de todo lo malo que sucede y vivir atemorizado es aceptar una mentira muy dañina; pero creer que el diablo no existe, que no es real o que es simplemente un símbolo del mal eso también es una mentira engañosa. En cambio, reconocer que él es tu enemigo, sabiendo quién eres tú y a quién le perteneces, ¡esa es sabiduría! Porque tú no estás indefenso ni abandonado: el Señor te ha mostrado el camino y en su Iglesia has recibido las armas necesarias para triunfar.

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