La Palabra Entre Nosotros

Pascua 2015 Edición

El amor del Cristo en misión

Una misma historia, cien mil rostros diferentes

El amor del Cristo en misión: Una misma historia, cien mil rostros diferentes

Me llamo Carla Hasbun Delgado. Soy chilena y tengo 25 años de edad. Desde muy pequeña siempre tuve una inquietud social muy fuerte.

Mi sueño era poder comprar una casa muy grande para recibir a los pobres y darles una vida digna.

Me acuerdo que cuando tenía 10 años, escuché en una Misa en el colegio una canción llamada “Alma Misionera”, que resonó profundamente en mi corazón. En una de sus estrofas dice: Llévame donde los hombres necesiten tus palabras; necesiten, mis ganas de vivir; donde falte la esperanza, donde falte la alegría, simplemente, por no saber de ti.

Pero no fue sino hasta los 14 años cuando me pregunté por primera vez: ¿Y si Dios me pide consagrarme totalmente a él para dedicarme a los demás? Esa inquietud me acompañó por varios años, pero más como una fantasía que como un hecho que efectivamente pudiese ocurrir.

La vocación empieza a concretarse. Yo había escuchado de las misiones, pero nunca había tenido la oportunidad de participar. Cuando tenía 16 años, una amiga me invitó a su grupo misionero, a cargo de unas monjitas, y fue la ocasión perfecta para sumarme a esta actividad.

Cuando estaba terminando el colegio, a los 18 años, un tiempo de fuertes opciones y cambios, esa pregunta resonaba en mi interior con más fuerza que nunca. Sobre todo porque ya realizaba varias tareas apostólicas. Tras rezar mucho a Dios para que me mostrara el camino que él había dispuesto para mí, decidí empezar un período de discernimiento, en el que me dediqué especialmente a rezar sobre el tema y a participar más intensamente de la vida de las “fraternas”, (como nos llaman) de la Fraternidad Mariana de la Reconciliación, donde se viven los consejos evangélicos de obediencia, celibato y espíritu de pobreza. Somos laicas y nuestro carisma es evangelizar en el mundo y desde el mundo, enfatizando sobre todo la reconciliación.

Finalmente me di cuenta de que este era el camino para mí. En pocas palabras, más que yo pensara que esta era una alternativa de vida, fue un llamado de Dios, pues eso es toda vocación: Un llamado que urgía una respuesta. Mi respuesta se debió sobre todo a que abrí los ojos y vi un mundo desconsolado y triste, sin Dios. ¿Cómo no entregarle mi vida a Dios para que más personas lo conocieran y se encontraran con su amor?

Si tuviera que definir lo que para mí significa ser misionera, diría que es entregarle mi vida a Dios para anunciarlo a los demás, como él quiera y donde él lo necesite. A veces será entre los más pobres y necesitados, donde las necesidades se hacen más evidentes. Otras, en las distintas “periferias” a las que tanto nos invita el Papa Francisco a ir. Y sobre todo, no olvidar que la misión comienza por mi propia conversión y la de las personas que me rodean.

¿Cómo tuve la seguridad de que esa era la voluntad de Dios para mí? Porque hay una seguridad que brota del corazón. Evidentemente, no es que Dios nos mande una carta con su plan para cada uno, pero cuando uno sabe que está en el camino de Dios, el corazón está feliz, lleno de gozo, encontrado y, lo más importante, en paz. Es cierto que todo esto no quita las muchas dificultades; sin embargo, cuando uno está en el camino de Dios, toda dificultad o problema se hace llevadero y cobra un nuevo sentido.

La preparación y el estudio. Para cada misión me preparo asistiendo a diversas charlas y jornadas de formación. Una vez ya en el lugar de la misión, también hay espacios para una formación continua; ya sea espacios de oración, como también de formación más intelectual, y espacios de diálogo y reflexión comunitaria.

Cuando ya entré a la vida consagrada, estudié tres años en el Centro de Formación, situado en Lima, Perú. En estos años pude confirmar y madurar mi vocación. Recibí distintos cursos de formación general, sobre los conocimientos básicos de la fe, además de cursos de filosofía e historia y, por supuesto, la formación en cuanto al ritmo de la vida comunitaria, que exige que todo el tiempo uno mire a los demás antes que a uno mismo.

Pero la formación, el crecimiento en la fe y el conocimiento exigen dedicación y constancia. Todos los días le dedico a mi vida espiritual un espacio central. Rezo los Laudes para empezar el día, y las Completas para concluirlo. Voy a Misa diaria. Además, todos los días hago una visita al Santísimo Sacramento; rezo la lectio divina, hago una lectura espiritual y profundizo también en la Biblia. Aparte de esto, rezo el rosario, para poder crecer en mi amor y devoción a María. Ella me enseña a acercarme al Señor y amar como él ama. También, cada vez que hago apostolado estoy continuando la misión que el Señor le encomendó a ella al pie de la Cruz. Entonces, ¡quién mejor que ella para guiarme en la misión!

Todos los años participo de un retiro espiritual de una semana con mi comunidad consagrada, en el cual meditamos sobre distintos temas de la vida cristiana y de nuestra vocación específica.

Pero lo más importante de toda mi vida espiritual, es que ésta tiene que estar en sintonía con mi vida cotidiana. La idea es que la vida normal se haga oración y pueda percibir la presencia de Dios en cada segundo de mi existencia y en las actividades más variadas, con el propósito de que los momentos de oración más intensos, que mencioné en primer lugar, me ayuden a ver más claramente la presencia de Dios en el resto del día y fortalecer el encuentro y la amistad con Jesús.

La misión en la práctica. Mi primera experiencia como misionera fue difícil. Fuimos al norte de Chile, en la región de Atacama, a un pueblo llamado Santiago de Río Grande, a unos 3.100 metros de altura. Un pueblo muy pequeño y precario, donde no todas las casas tenían agua y luz. Muchos de los habitantes no hablaban castellano, sino quechua (un idioma andino) totalmente desconocido para mí. Era un clima seco, había muy poca agua y las personas no nos abrían la puerta con facilidad. Poco a poco, comenzando por los niños, fueron acercándose a conocernos.

A pesar de todas las dificultades, Dios me habló muy fuerte, y me hizo descubrir la realidad de que la fe es un don muy valioso y que no todos lo tienen. Me encontré con personas que nunca en su vida habían escuchado hablar de Jesucristo, cosa que para mí era imposible. ¿Cuál fue la conclusión? Que tenemos que anunciar al Señor a tiempo completo y compartir ese hermoso don que hemos recibido, que es la fe.

En general, durante la misión, uno trata de adaptarse al ritmo de vida de cada lugar. Temprano en la mañana, realizamos las oraciones matutinas, tomamos desayuno, tenemos un tiempo personal y un momento de formación para crecer en el entendimiento de la fe y poder responder mejor a las exigencias de la misión. Luego, por lo general vamos a visitar las casas (puerta a puerta) para compartir nuestra vida y fe.

Además, siempre que se pueda, procuramos tener adoración constante y nos dividimos por turnos, para que siempre alguien esté rezando mientras el resto misiona.

Los frutos de la misión. El propósito principal de la misión es que las personas se encuentren con Jesús y reciban su amor misericordioso; que tengan la experiencia de la reconciliación y el encuentro personal con el Señor. Y una vez que se encuentren con él, descubran la grandeza de su dignidad y se sientan impulsados a anunciarlo. Por eso, el fruto principal de la misión es que las personas hayan tenido un encuentro personal con Cristo Jesús y este encuentro les haya cambiado la vida. Sobre esto puedo citar algunos casos específicos.

En la Sierra del Perú, en Huaraz, una vez me tocó conversar con un señor llamado Jorge, que estaba muy enojado con Dios; hacía años que no iba a Misa y estaba muy resentido. Sin embargo, todos los días que íbamos a misionar, su casa estaba en el camino y nos deteníamos a conversar con él. Poco a poco nos fue abriendo su corazón y mostrando sus temores, inseguridades y tristezas.

El último día de las misiones, él fue a nuestra “casa” para agradecernos por todo el trabajo que habíamos hecho y con lágrimas en los ojos nos decía que para él había sido una ocasión para volver a encontrarse con el Señor. Tres años después, yo volví a ese pueblo, pero sólo de pasada. Cuando estaba todavía lejos, antes de entrar al pueblo, escuché que alguien me llamaba en voz alta: “¡Carla!” Era Jorge, que como siempre estaba junto al camino, esperando que, por esas cosas de la vida, volvieran las misioneras que lo habían ayudado a encontrarse con Jesús. Esta experiencia me emocionó profundamente, y me hizo tomarle el peso a lo que significa ser misionera: llevar a los demás a Jesucristo, nuestro Señor.

Otra vez, en el norte de Chile, visitamos una casita que parecía abandonada. Luego de esperar que alguien nos abriera la puerta, entramos, como por un soplo del Espíritu. Encontramos a una viejita recostada en el suelo, muy desvalida y algo sorda. La habían dejado ahí mientras el resto de la familia trabajaba en el campo, en la chacra. Comenzamos a hablarle del Señor y nos dimos cuenta de que ella no sabía quién era Jesús, que nunca había escuchado hablar de él. Tratamos de enseñarle de manera que pudiera comprender. Le hablamos del cielo, diciéndole que era como un campo, como una chacra eterna, donde ella iba a poder descansar y estar para siempre feliz. No sé cuánto le habrá quedado de lo que le dijimos, pero a mí me quedó claro que la misión es urgente.

Por un lado, yo jamás había conocido a alguien que no hubiese escuchado nunca hablar de Jesús y eso me impactó. Por otro, reflexioné: es verdad que la mayoría de las personas que conozco han escuchado hablar de Jesús, pero ¿realmente saben quién es? Mi misión es esa: que lleguen a conocer al Señor.

Por mi parte, mi vida es una misión permanente, pues cuando no estoy en una misión concreta (como en una salida misionera), tengo otros trabajos apostólicos que realizar en mi vida diaria. Pero es cierto que después de cada salida misionera, siento que mi corazón va a explotar de felicidad, pues siempre he tenido la experiencia de que por lo menos una persona se ha encontrado con Jesús, y esa es la recompensa más grande que uno puede tener.

Entre otras actividades, también estoy encargada de un proyecto solidario con niños de escasos recursos y en situación vulnerable llamado “Regala Una Esperanza”. Los visitamos todos los sábados en un comedor social y buscamos acompañarlos brindándoles un momento de amistad, compañía y recreación. El objetivo es que descubran su dignidad al saberse amados por el Señor, y que esto los impulse a aspirar a ideales más grandes y a una vida más feliz y plena.

Si algún joven quisiera hacerse misionero, le diría que no tenga miedo de lanzarse a esta aventura. Es verdad que uno siempre se siente incapaz ante la inmensa misión. Pero justamente ahí está la gracia: en saber que no somos nosotros los que convencemos a las personas, no. Es verdad que Dios cuenta con nuestra ayuda y cooperación, pero es él quien convierte los corazones de las personas y los cautiva con su amor.

Carla Hasbun Delgado es misionera y desde hace seis años integra la Fraternidad Mariana de la Reconciliación (www.fraternas.org), una sociedad de vida apostólica peruana que hace misiones en Chile, Argentina, Perú, Colombia, Ecuador y República Dominicana.

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