La Palabra Entre Nosotros

Junio/Julio 2010 Edición

Dios perdona y sana

Una nueva mirada al Sacramento de la Penitencia

By: Mons. Francisco González, SF

Dios perdona y sana: Una nueva mirada al Sacramento de la Penitencia by Mons. Francisco González, SF

Tanto el hablar como el escribir o leer sobre el Sacramento de la Penitencia, también conocido como Confesión o Reconciliación, puede resultar en la mayoría de los casos un motivo de esperanza para todos y cada uno de nosotros.

Me permito, como una especie de introducción, ir a los comienzos de la Sagrada Escritura donde se nos narra la creación. Dios, en su infinita sabiduría, omnipotencia y amor, creó un mundo bueno, y así mismo lo llama Él varias veces: "Y Dios vio que era bueno." Son las palabras con que concluye cada uno de los días de la creación diciendo: "Y vio Dios que todo lo que había hecho era muy bueno" (Génesis 1,31).

La caída del ser humano. Inmediatamente antes de estas palabras felices, el Señor Dios había concluido su obra maestra: Adán y Eva, a quienes les había dado algunos consejos, les había encargado el cuidado de la creación y les había hecho una prohibición. Como todos sabemos, nuestros primeros padres cayeron ante la astucia de la serpiente y el propio egoísmo. Adán y Eva pecaron, y ya en ese momento Dios manifiesta su preferencia por el ser humano, a quien promete un futuro salvador, pues desde ese momento se establece la enemistad entre el bien y el mal, aunque van a convivir juntos hasta el final de los tiempos, lo mismo que el trigo y la cizaña crecen en el mismo campo juntos y que sí serán separados eventualmente en el momento de la cosecha.

En la plenitud de los tiempos llega el Prometido, el Anunciado, el Mesías, el Redentor, por nombre Jesús, quien proclama la llegada del Reino de Dios, al mismo tiempo que pide la conversión, en otras palabras, el retorno a Dios, el declarar a ese Dios, tanto de palabra como de obra, como centro de nuestra vida.

Todos, lo sabemos muy bien, no siempre le damos a Dios el lugar que le corresponde en nuestro corazón. Nuestra relación con Él ha conocido y conoce sus altos y sus bajos, incluso una separación por parte nuestra, ya que Él nunca nos abandona. A veces, como alguien muy bien ha dicho: Dios no nos ocupa ni nos preocupa, simplemente lo ignoramos. También hay momentos en que directamente lo ofendemos, rompiendo la amistad con Él, causando la muerte de esa relación Dios-hombre, hombre-Dios.

Esta separación por parte nuestra es lo que llamamos pecado: no reconocemos la supremacía de Dios, desobedecemos sus mandatos haciendo lo que está prohibido y dejando de hacer lo que está mandado.

Jesús perdona el pecado. ?La vida de Jesús es una constante en contra del pecado desde el principio. Cuando el ángel informa a José del nombre que dará al niño ("Le pondrás por nombre Jesús. Se llamará así porque salvará a su pueblo de sus pecados" – Mateo 1,21), hasta el momento en que el mismo Jesús se despide de sus discípulos ("Esto es mi sangre, con la que se confirma la alianza, sangre que es derramada en favor de muchos para perdón de sus pecados" – Mateo 26,28), y las otras muchas ocasiones entre estos dos momentos, se aprecia que Él mismo directamente perdona los pecados de las personas que a Él se acercan y los consejos que da después de haberles concedido el favor o gracia que le pedían: "Vete y no peques más."

Esta misión de perdonar se la encomendó a los apóstoles y ellos pasaron el "poder de las llaves" a sus sucesores, a los obispos y sacerdotes. Este poder, instituido por Cristo, la Iglesia lo ha ido ejerciendo desde el primer momento, reconciliando al pecador con el Padre Dios, haciendo posible que el pecador vuelva a entrar en una nueva alianza, en una nueva relación con el Dios que nos ama.

El Sacramento de la Penitencia, instituido por Cristo, pertenece a ese grupo de sacramentos denominados de la "curación". El otro sacramento en esta categoría es "La Unción de los Enfermos".

Siguiendo con el sacramento que nos ocupa ahora, el Catecismo de la Iglesia Católica, en su número 1422, lo explica así refiriéndose al documento Lumen Gentium del Concilio Vaticano II (11): "Los que se acercan al Sacramento de la Penitencia obtienen de la misericordia de Dios el perdón de los pecados cometidos contra Él y, al mismo tiempo, se reconcilian con la Iglesia, a la que ofendieron con sus pecados. Ella les mueve a la conversión con su amor, su ejemplo y sus oraciones."

Este sacramento recibe diferentes nombres, y todos ellos hacen referencia a un aspecto u otro de esta acción que tiene lugar entre Dios y el ser humano. Se le llama "sacramento de la conversión", pues el penitente responde al llamado de Cristo; se le llama también "sacramento de la penitencia", por el proceso que existe en el penitente de conversión, arrepentimiento y reparación; lo conocemos también como el "sacramento de la confesión", pues el penitente está llamado a mencionar, a manifestar sus pecados ante el sacerdote, el legítimo ministro.

Para muchos, este es el aspecto que más les cuesta pues se sienten avergonzados de mencionar ante otra persona sus flaquezas, sus faltas, sus pecados. Conviene recordar, en este momento, que el sacerdote también se confiesa pues todos somos pecadores; además de que no hay pecado, por grave que sea, que ante un sincero arrepentimiento Dios no quiera o no pueda perdonar.

El sacramento también se le reconoce como "del perdón y la reconciliación", pues cuando se realiza digna y válidamente, los pecados quedan borrados, perdonados y de nuevo se establece una relación de amistad con Dios, quien siempre nos espera con los brazos abiertos, como en la parábola "del padre misericordioso", más conocida como la del "hijo pródigo" (Lucas 15,11-32).

El pecado y la confesión. Como lo sabemos, nuestras relaciones personales a veces se enfrían por causa de algún comportamiento y en ocasiones llegan hasta a romperse y terminar. El pecado afecta nuestra relación con Dios y con los hermanos. El pecado también tiene sus categorías y lo conocemos como venial y mortal.

El mortal es el que rompe nuestra relación con Dios, mientras que el venial la deteriora, la enfría, la debilita. Dicho lo cual podría alguien pensar que el venial no tiene gran importancia, ya que no destruye nuestra relación con Dios, sin embargo, conviene darse cuenta de que cualquier ofensa que se haga a Dios, por más insignificante que sea, sigue siendo ofensa a un Dios que nos ha amado tanto que mandó a su Hijo Jesucristo a morir por nuestros pecados, por todos nuestros pecados, y eso es algo que nos debe hacer pensar.

El Sacramento de la Penitencia, del perdón, de la Reconciliación es una gracia de Dios de la que debemos aprovecharnos, pues la verdad sea dicha, la necesitamos. El Señor nos ha llamado a la santidad, a ser perfectos "como el Padre Celestial es perfecto", y todavía nos queda mucho camino por recorrer.

El Sacramento de la Penitencia está sufriendo una cierta crisis, algo que comentan con frecuencia los sacerdotes. La gente, dicen algunos, ya no se confiesa o no se acerca al sacramento por largo tiempo. La gran preocupación es si la gente no se confiesa porque ha perdido el sentido de pecado, como si nada fuera pecado. Otro motivo de preocupación es si aquellos que prescinden de este sacramento de curación lo hacen por creer que no necesitan a nadie ni nada para salvarse, que ellos mismos pueden conseguir la salvación sin la ayuda de Dios.

El Catecismo de la Iglesia Católica dice muy claramente en su párrafo 1497: "La confesión individual e íntegra de los pecados graves, seguida de la absolución, es el único medio ordinario para la reconciliación con Dios y con la Iglesia".

La maravilla del perdón. Más y más debemos hablar y reflexionar sobre este gran sacramento que nos trae tantos beneficios. Volviendo a las relaciones humanas, nos damos cuenta de la bendición y gracia que es cuando nos reconciliamos con antiguos amigos, cuando somos capaces de perdonar y pedir perdón, cuando celebramos una fiesta porque se ha conseguido la paz, cuando el reo oye de parte del juez que su sentencia ha sido cancelada, cuando miramos alrededor y todo lo que vemos son caras amigas y entre las que vemos está la del Señor que nos sonríe, a pesar de la corona de espinas, a pesar de los clavos, a pesar de la llaga del costado, a pesar de la sangre que baña su cuerpo, a pesar de las marcas que le han dejado los azotes, los salivazos de la soldadesca. Parece como si nos dijera: "¿Sabéis en qué estaba pensando cuando todo esto me ocurría? Pensaba en ti, en vosotros y en todo ese amor que os tengo. Por eso instituí el Sacramento de la Penitencia, porque no puedo vivir sin estar cerca de vosotros, mis amigos y hermanos."

También nosotros, necesitados de sanación, deberíamos mirar el Sacramento de la Penitencia, no como juicio, y algo hay de ello, sino más bien como un acto de amor, amor que Dios nos ofrece perdonando nuestras ofensas, y amor por parte de nosotros, que ansiamos volver a la casa del Padre y vivir de nuevo dentro de la familia de Dios.

¡Qué genial estuvo el autor de este soneto del siglo XVI!:

No me mueve mi Dios para quererte

el cielo que me tienes prometido,

ni me mueve el infierno tan temido

para dejar por eso de ofenderte.

Tú me mueves, Señor, muéveme el verte

clavado en una cruz y escarnecido;

muéveme tu cuerpo tan herido,

muévenme tus afrentas y tu muerte.

Muéveme, en fin, tu amor, y en tal manera, que aunque no hubiera cielo, yo te amara, y aunque no hubiera infierno, te temiera.

No me tienes que dar porque te quiera, pues aunque lo que espero no esperara, lo mismo que te quiero te quisiera.

Cuando miramos todo desde el amor, todo cambia y le da un sabor distinto, incluido el sacrificio. El pecado siempre es una falta de amor y por eso la Confesión, mirada como el momento de recibir el perdón por habernos arrepentido, con el propósito de enmendar lo equivocado y así conseguir la reconciliación, podemos ver el sacramento como lo que verdaderamente es: el encuentro, el re-encuentro con el Señor.

El pecador dijo: "He pecado contra Dios y contra ti, no merezco llamarme hijo tuyo…" Pero el padre (el ofendido) "lo abrazó y lo besó y mandó traer el mejor vestido, las sandalias y el anillo, y ordenó matar el ternero cebado, pues había que celebrar una gran fiesta." Así es Dios, Él no sabe ser de otra forma hacia los que vuelven a casa.

Mons. Francisco González, SF, pertenece a la Orden de los Hijos de la Sagrada Familia y actualmente es Obispo Auxiliar de la Arquidiócesis de Washington.

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