La Palabra Entre Nosotros

Abril/Mayo 2010 Edición

De las Sombras a la Luz

Testimonio personal de Mónica P. Masdeu

De las Sombras a la Luz: Testimonio personal de Mónica P. Masdeu

>¿Habremos experimentado alguna vez quién es Dios para nosotros cuando el sufrimiento se presenta de repente y sin aviso previo? Yo creía tener la respuesta a esta pregunta y quizás hasta la seguridad de que, fuese lo que fuese, yo siempre enfrentaría todo sin dificultad, porque invariablemente había sido una persona de fe.

Mas no estaba en lo correcto. Con treinta y dos años de edad recibo el regalo de quedar embarazada por vez primera y casi tenía la seguridad de que me sobrevendrían nueve meses de gozo, espera y alegría. Apenas tres meses antes de quedar embarazada comenzaba un tratamiento para la depresión. Era la tercera vez que me pasaba en seis años y usualmente no era severa; podía fácilmente resolverla con tres meses de medicación. Cuando recibí la noticia de mi concepción, tenía una mezcla de alegría y ansiedad, porque a pesar de querer al bebé, tenía pánico de que los medicamentos que había estado consumiendo le hubiesen hecho daño a la criatura.

La sombra del temor. Fue justo ahí donde comenzó mi agonía. Los médicos me dicen que uno de esos medicamentos era muy fuerte y podría representar un daño potencial para el bebé, aunque como había sido consumido por un período breve, probablemente no habría tenido tiempo de afectarlo. ¿En qué momento se me olvidó que Dios está siempre en control? No lo sé. Sólo sé que di cabida a un mal pensamiento, y por ahí entraron todos los demás, que se encargaron de aniquilarme en vida por casi ?dos años.

A tal punto llegó la depresión que no sólo tuve que reanudar el tratamiento antidepresivo a los cuatro meses de embarazo, sino que además tuve que dejar de trabajar y llegué hasta a perder parte de la memoria inmediata. Siempre había sido feliz, incluso durante los breves períodos de depresión, y ahora no podía acordarme de qué me hacía reír y cómo ser alegre, porque la mente se me había dañado completamente.

Tenía unos cuantos pensamientos repetitivos que se me presentaban a cada minuto del día: que la niña tendría problemas; que yo estaba enferma de algo sin remedio; que no iba a salir de ese estado. Evidentemente el enemigo estaba actuando a sus anchas al abrirle yo la primera puerta.

La fuerza de la oración. No sabía por qué, pero en medio de mi desesperación notaba que los únicos minutos de paz con los que contaba eran las cien veces que me arrodillaba para pedirle a Dios que me diera paz, y cuando rezaba la Divina Misericordia con mis amigas del trabajo.

Pasé de una vida estable y feliz a un verdadero martirio. Tal fue así que alguien de la familia preocupado ante mi situación, me ofreció apoyo en caso de que decidiera deshacerme de la criatura. Afortunadamente, mis convicciones eran muy fuertes como para pensar en la idea del aborto y luego cargar en la conciencia con un crimen como éste para el resto de ?mi vida.

A los nueve meses nació mi niña, perfectamente bien y fue ese mismo día cuando las tinieblas comenzaron a retirarse. Pedí fuertemente a Dios que me curara para poder atender a mi hija. Acababa muy agotada cada día y creía que no podría atenderla al día siguiente, porque la depresión aun estaba presente en mí. Un día fui a la Ermita de la Caridad (en Miami, Florida) a pedirle al Señor una vez más que me diera su luz y me devolviera la paz. Y ahí comenzó mi sanación, pues encontré en el sagrario una hojita con la oración "Jesús, yo confío en Ti". Yo hacía la oración todos los días hasta unas diez veces y cuando más sumida en la tristeza me sentía, sólo recordaba que la oración me invitaba a cerrar los ojos de mi alma y en paz decirle: "Jesús, yo confío en Ti". Cada vez que un mal pensamiento se asomaba a mi mente, yo lo contrarrestaba repitiendo esta frase clave, con la certeza de que el poder de Dios podía más que lo malo que había en mi mente.

Los pensamientos negativos y malos fueron desvaneciéndose, mientras veía crecer a mi hija a la que Dios con tanto amor protegió cuando su madre no podía darle paz.

Dar el buen combate. Siempre estuve consciente de que el conocimiento de la Palabra de Dios, la lectura diaria de la Biblia, es un arma poderosa para combatir el mal y toda situación adversa, y recordando que Jesús ya pagó por todas nuestras deudas hace 2000 años, me reconfortaba la convicción de que no hay adversidad que no podamos enfrentar si tenemos a Dios de nuestro lado. Algo que definitivamente jugó un papel importantísimo en mi sanación fue eso precisamente: que me dediqué a conocer las Sagradas Escrituras y con ello se produjo también mi total liberación. El comprender que Dios nos invita a la alegría, al éxito, a la prosperidad, a un nuevo renacer, nos despoja de la vieja armadura de la derrota y nos hace personas nuevas en Cristo.

De ese largo y triste periodo de mi vida salió una nueva persona que ahora disfruta cada momento del día abundantemente, con una seguridad y una fe tal que nunca más he vuelto a conocer el miedo ni la perturbación. Y es que cuando ponemos a Dios primero en nuestra vida, todo florece. Cuando ante el sufrimiento esperamos con certeza su rescate, Él nos transforma. Así, pues, doy gracias porque he recibido otro regalo invaluable de Aquel que sólo tiene manos llenas para dar: mi segunda niña, Carolina Sofía, que nació en marzo de 2009.

También estoy muy agradecida de la revista La Palabra Entre Nosotros, porque ha tenido un efecto muy positivo en mí, ya que me permite seguir el Evangelio día a día y además lo explica ampliamente. A mí me llegó como bendición de cumpleaños hace unos cuatro años, gracias a que mi abuelita me regaló la suscripción.

No he desarrollado ninguna actividad o apostolado particular en la Iglesia, pero me he sentido llamada a apoyar al Grupo Pro-Vida, que con tanto afán lucha contra el aborto. n

Mónica P. Masdeu vive con su esposo Alberto y sus dos hijas en Miami, Florida, donde trabaja como maestra de inglés en una escuela pública de esa ciudad.

Si usted, querido lector, tiene algún testimonio de profunda conversión, curación milagrosa u otro hecho extraordinario que haya realizado el Señor, puede enviarlo a: editor@la-palabra.com y tal vez sea publicado.

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