La Palabra Entre Nosotros

Septiembre 2019 Edición

De fiestero a sacerdote

Una frase sencilla que me cambió la vida

By: el padre Gregorio Hidalgo

De fiestero a sacerdote: Una frase sencilla que me cambió la vida by el padre Gregorio Hidalgo

Comenzó cuando empecé a percibir una falta de libertad. Me parecía que estando con Dios no podía ser yo mismo, y pensaba que el catolicismo era la “Iglesia del no.” Yo iba a la iglesia porque eso hacía feliz a mi mamá, pero en realidad no tenía una respuesta mejor. Y Dios. . . ¿dónde estaba? ¿Acaso experimentaba yo su misericordia, su amor y su perdón? Lo hice, cuando era más joven, pero después simplemente ya no lo percibía ni lo recordaba.

Así que dejé el seminario y me fui a estudiar en Madrid para ser profesor de inglés. Mi gran sueño era viajar por el mundo y conocer mucha gente. Y, oh. . . ¡la gente que conocí!

Divertido, libre y . . . falso. Me fui a vivir a Francia y luego a Gales (Reino Unido); después, me aventuré en Berkeley, California y la Ciudad de Nueva York. Me encantaban el bullicio y los atractivos del mundo; me sentía libre y feliz. ¡Había logrado mi objetivo! Pero todavía me sentía interiormente vacío, así que decidí trasladarme a algún lugar donde pudiera ganar más dinero y tener estabilidad. Me mudé a Los Ángeles y allí descubrí la “felicidad” de un buen sueldo. Además, nadie allí me preguntaba si yo iba a Misa los domingos o si yo hacía oración.

Poco a poco, mi fe, Dios y cuanto yo antes pensaba que era bueno y santo se fue convirtiendo en un lejano recuerdo. Estando en mis veintitantos años, me parecía que yo debía divertirme, salir con muchachas y tal vez probar alguna droga. Me convertí en un tipo entretenido: que daba clases durante el día y parrandeaba por la noche, un tipo a quien no le importaba si era Navidad, Pascua o incluso domingo. En la somnolencia de mi existencia, llegué a ser antirreligioso. Y pensaba que era libre.

Mi vida sin Dios duró 10 años, tiempo durante el cual jamás fui a confesarme. Por teléfono le mentía a mi mamá y a mis antiguos amigos católicos acerca de mi vida. Me mentía a mí mismo y le mentía a Dios, y lo peor era que eso no me molestaba en lo más mínimo. Afortunadamente, mi madre seguía orando por mí.

“No tengas miedo”. En Los Ángeles, fue mucho lo que bebía, salía con una y otra mujer y siempre estaba en alguna fiesta. Pero nunca se me ocurrió pensar que yo fuera una mala persona; solo vivía según el objetivo que me había propuesto: Ningún compromiso, nadie que me recordara que tenía que seguir a Dios; nadie que me criticara por lo que yo quería hacer o comprar. Me parecía que ser feliz era vivir solo; no solo físicamente, sino emocionalmente. Todos mis amigos en España estaban celosos de la vida que yo llevaba en Los Ángeles, así que me consideraba exitoso. Pero justo cuando pensaba que yo era más feliz, algo malo sucedió: Mi novia y yo nos separamos. Ahí fue cuando realmente me sentí solo.

Me pareció que lo natural era tratar de mitigar el dolor emocional con alcohol, así que salí esa noche hasta el amanecer, tras haber llegado a lo más bajo en mi vida. A trastabillones caminé a casa, pensando que un nuevo día sería la mejor medicina. Cuando desperté a la mañana siguiente y abrí los ojos, lo próximo que vi me cambió la vida por completo.

El televisor estaba encendido y se estaba presentando el funeral del Papa San Juan Pablo II, y en la pantalla, con grandes letras, apareció la célebre frase de los evangelios que él solía repetir: “No tengan miedo.”

En una fracción de segundo, se me cruzó ante los ojos la vida que yo había llevado en los 10 años pasados, y recordé la época en que no sentía lástima de mí mismo ni temía la senda de autodestrucción. De repente, la frase “no tengas miedo” me hizo reconocer que, aunque yo había estado llevando una vida totalmente mundana, en lugar de honrar a Dios, él no me había desamparado.

Allí, frente al televisor, caí de rodillas y lloré como una criatura. Me sentí perdido y desnudo y no entendía cómo podía Dios amar a esa persona en la que yo me había convertido. Entonces, me acordé de que mi madre me había enseñado a orar, y entre sollozos empecé a rezar el Padre Nuestro, pero a mitad de la oración, no pude seguir porque el llanto no me lo permitía.

“Es una locura.” En los nueve meses siguientes, derramé muchísimas lágrimas, especialmente cuando llamé a mi mamá para contarle que ahora quería darle mi vida a Dios. El anhelo era tan profundo que todas las personas y todo lo que me rodeaba me parecía nuevo. De hecho, yo mismo me sentía diferente. La primera confesión que hice en 10 años fue algo digno de recordarse. ¡Pobre sacerdote! Pero no importaba, porque yo me había vuelto a enamorar de Dios.

Con todo, Dios quería pedirme algo más. Un día, cuando estaba en Misa escuchando la predicación del sacerdote, se me vino a la mente una idea: “Yo quiero hacer lo mismo. Quiero hablarle al mundo sobre el amor, la misericordia y el perdón de Dios.” Y percibí la respuesta de Dios: “Y, ¿por qué no?” Y pensé “¿Yo? ¿Sacerdote? Señor, ¡es una locura!”

Y empecé a poner excusas: “¿No recuerdas todo lo que he hecho? El Señor me hizo recordar aquel día que volví a la confesión. “¿Recuerdas eso? —me dijo— Desde entonces, sí, lo he olvidado. Así que, no temas. Yo estoy siempre contigo.” Nuevamente, rompí a llorar. ¡Sorpresa! Después de eso, la sensación de que yo debía ser sacerdote fue creciendo en mí como una suave tormenta. Treinta veces al día yo decía que sí, luego que no. Curiosamente yo hablaba con otros sacerdotes y les preguntaba acerca de su vocación, diciéndoles que yo estaba “pidiendo un amigo.” Todavía me sentía atemorizado. “No tengas miedo”, me dijo de nuevo el Señor.

Así fue que un día, estando en oración, contemplé a Jesús y él me miró; pronuncié un tímido y reacio “sí” y mi vida volvió a cambiar. Ahora estoy viviendo el sueño más real posible.

Tratando de amarte. Si tú eres un padre o madre que sufre por un hijo rebelde; si tú estás descarriado y llevas una vida sin Dios; o si tienes necesidad del perdón de Dios, te lo digo a partir de mi propia experiencia y mi vida: ¡No tengas miedo! Dios te está buscando y él quiere amarte hasta el final.

El padre Gregorio “Goyo” Hidalgo es sacerdote en la Arquidiócesis de Los Ángeles, California.

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