La Palabra Entre Nosotros

Cuaresma 2014 Edición

Cuando la Madre Teresa visitó Chile

Un testimonio viviente del amor de Dios

By: Paulina Sotomayor

Cuando la Madre Teresa visitó Chile: Un testimonio viviente del amor de Dios by Paulina Sotomayor

Un pequeño maletín, sólo dos saris (vestido típico de la India) y una libreta para notas, fue el equipaje con que llegó al aeropuerto de Santiago la madre Teresa de Calcuta el 12 de septiembre de 1982.

Allí declaró: “Mi vocación es seguir los pasos de Cristo y poner por obra su Evangelio entre los pobres, sin hacer diferencia de razas, ideologías ni fronteras.”

Yo estuve buscando a Dios por largo tiempo sin resultados, hasta que encontré en mi camino a esta mujer maravillosa: la Madre Teresa de Calcuta. Desde entonces, mi vida cambió radicalmente, porque descubrí a un Dios cercano, presente en el mundo, a través de las manos generosas de la Madre Teresa y su comunidad, las Misioneras de la Caridad. Había leído mucho sobre la vida de entrega de esta religiosa, y cierto día tuve el privilegio de conocerla personalmente en una conferencia a la que asistí, mientras ella visitaba Chile.

Defensa de la vida. La Madre Teresa tenía una postura decidida frente a la dignidad de la vida, especialmente la defensa del niño no nacido, indefenso, en el vientre de su madre, sin voz para llorar y defenderse. Nunca olvidaré la humildad, la sencillez y al mismo tiempo, la fortaleza con que hablaba aquella pequeña mujer vestida con sari blanco, cuando afirmaba: “No aborten a sus hijos, no destruyan la vida. Dénmelos a mí.” Promovía el respeto por la dignidad de todas las personas, sin importar que el necesitado fuese frágil o pequeño, anciano, enfermo o moribundo. Este mensaje me convenció, ya que ella realmente vivía lo que predicaba.

Me impresionó que ella fuera capaz de discernir el llamado de amor del Señor, que le pedía amar más, y de un modo más radical a los más pobres entre los pobres. Cuando se sintió profundamente amada por el Señor, su vida cobró sentido. Pudo ver las cosas de otro modo y se decidió a acoger los planes del Señor, que la llevaron a realizarlos en Calcuta. Tras el encuentro con el Señor, ella fue capaz de dejar todo atrás. En Calcuta descubrió el rostro sufriente de Cristo en las personas abandonadas, en los enfermos; en los bebés recogidos de los basurales, a los que ella servía con un profundo gozo. Desde entonces y hasta su muerte, se entregó de corazón a Jesús y toda su vida fue como una irradiación del amor de Dios.

Las Misioneras de la Caridad. Yo admiraba a la Madre Teresa, y quería vivir como ella lo hacía: trabajando sin cansancio por los más desvalidos. Por esto estuve varios años visitando el hogar de ancianos de las Misioneras de la Caridad en Chile, donde me pasaba veranos enteros disfrutando del cuidado a los viejitos del hogar, y acompañando a las monjitas a visitar a las personas del pueblo.

Esta experiencia fue un regalo, una oportunidad para amar de verdad. Fue un tiempo muy privilegiado para empaparme del espíritu de la Madre Teresa, donde experimenté a un Dios muy cercano y misericordioso. Aquí aprendí a acoger a los demás y descubrir la presencia de Cristo en mi prójimo, especialmente a través de las enseñanzas de las misioneras, que me ayudaron a interiorizarme de la espiritualidad de la Madre Teresa.

“El fruto del silencio es la oración, y el fruto de la oración es la fe. El fruto de la fe es el amor. El fruto del amor es el servicio, y el fruto del servicio es la paz.”

Me impresionó ver cómo las monjitas se acercaban a cada persona necesitada, con una mirada compasiva, llena de gozo y amor, cómo amaban y valoraban a las personas supuestamente “inútiles” a los ojos del mundo: los dados de baja de los hospitales, los bebés abandonados en la basura y los enfermos de Sida. Sobre todo, me conmovió profundamente cuando ellas acompañaban a un moribundo, brindándoles calidez, paz y alegría en sus últimos minutos de vida; siendo ellas el rostro del amor infinito de Cristo… regalándoles un pedacito de cielo.

Recuerdo vivamente a un viejito que murió con el rostro resplandeciente de contento, por la dulce compañía de las hermanitas, que le cantaban suavemente y rezaban junto a él. Como decía la Madre Teresa, “Cuando limpio las heridas de un pobre estoy limpiando las heridas de Cristo.” Su testimonio de fe vivida, hizo crecer y madurar mi fe. Me hizo comprender que ser cristiano no es solamente amar a Dios, sino reconocerlo en los demás.

La vida en el convento. Ahora quisiera entreabrirles la puerta del convento para comprender que el sentido profundo de todo lo que las hermanas hacían se encontraba en Dios. Las hermanas viven en una pequeña casita de madera junto a la línea del tren, sin aire acondicionado, sin baño, sin lavadora, sin televisión, teléfono ni internet. Solo dos saris, sandalias y su rosario atado en la cintura. En este oasis de paz y alegría, las hermanitas siempre están felices y llenas de confianza en la Divina Providencia.

Cada mañana me despertaba al amanecer con el silbato del tren, que pasaba junto al hogar, y todo se estremecía a su paso. Me unía a la comunidad de las hermanas para la oración y la celebración de la Misa diaria. Yo disfrutaba tanto de las oraciones y cantos, que me olvidaba del cansancio. Necesitaba este tiempo de silencio para acercarme al Señor.

En el silencio de la capilla, donde cada mañana rezábamos y teníamos adoración al Santísimo, se respiraba un ambiente muy profundo de paz y alegría. Sólo se escuchaban cientos de pajaritos cantando alrededor de la casa. En uno de los muros había un crucifijo con la frase “Tengo sed”, que nos recordaba que Jesús está sediento de nosotros, de nuestro amor, de nuestro afecto y cercanía a él. La Madre Teresa dejó que el corazón de Jesús penetrara en toda su vida y ella saciaba la sed de Cristo al reconocerlo y servirlo en los más pobres.

Lo que sustentaba esta gran obra de amor de las hermanas era el diálogo con el Señor, que se manifestaba en su confianza en Dios, su desprendimiento y su profunda unión con el Señor. El intenso trabajo diario que realizaban con las familias y los 200 ancianitos que vivían en el hogar estaba alimentado por una fuerte vida espiritual, porque el sentido de todo lo que ellas hacían estaba arraigado en Dios. Sin esta amistad con el Señor, no sería posible toda esa entrega a los más pobres. Entrega que sólo adquiría sentido cuando era ofrecida al Señor y con el Señor, con la conciencia de ser amadas por él.

La caridad en acción. Cada día salíamos con las hermanas a visitar a las familias en el pueblo, cantando con alegría por los caminos del Señor, llevando la luz de Cristo al hogar de los pobres y necesitados. Esta comunidad religiosa se caracteriza por servir a los más pobres, viviendo así el espíritu de pobreza.

En una ocasión nos trajeron una gran donación de alimentos y las hermanas inmediatamente la repartieron, pese a que yo pensaba que sería mejor guardarla para los ancianitos del hogar. Providencialmente, al día siguiente, una mano generosa nos trajo nuevamente los alimentos necesarios.

La huella que dejó la Madre Teresa de Calcuta en mi vida no se ha borrado en estos más de 25 años que llevo de casada. Para nosotros y para nuestros cinco hijos, ella sigue marcando nuestro estilo de vida familiar, que nos ha conducido a cultivar costumbres que conservan aquellos valores que tanto me cautivaron, como la alegría, la paciencia, el desapego de lo material y la disponibilidad para acoger a los demás, junto a la confianza en Dios providente. Esta experiencia me condujo a valorar, respetar y defender la vida; en mi familia, como profesora de moral de la vida y en el ministerio de la compasión en mi parroquia.

Un cuento ilustrativo. Una vez, para ir a una fiesta, un hombre tomó su bote y cruzó el río. Al regresar ya tarde, tomó nuevamente su bote y remó toda la noche. Pero al amanecer vio que no había avanzado nada. ¡Estaba en el mismo lugar porque se había olvidado de desatar la cuerda que lo ataba al embarcadero de sus amigos!

A mí también me costó cortar las amarras para seguir al Señor y hacer su voluntad, ya que a lo largo de mi vida, siempre tenía la inclinación a seguir los criterios del mundo, indiferente a la presencia de Dios en cada momento. ¡Qué distinto es cuando uno permite que Dios llene toda su vida, como lo hizo la Madre Teresa de Calcuta!

Paulina Sotomayor es licenciada en ciencias religiosas, vive con su esposo en Bethesda, Maryland y tiene cinco hijos y un nieto. Trabaja en Radio María y en la Parroquia San Bartolomé.

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