La Palabra Entre Nosotros

Mayo de 2018 Edición

Cómo se forma una familia cristiana

Más que trabajo y sacrificio, un apostolado de amor

Cómo se forma una familia cristiana: Más que trabajo y sacrificio, un apostolado de amor

Si una persona viniera a visitarte a tu casa y se quedara unos días, ¿qué querrías tú que esa persona viera en tu familia? 

¿Que hay alegría y felicidad en tu hogar? ¿Que tus hijos son respetuosos y bien educados? ¿Que ustedes son padres que mantienen la paz y el orden con cariño? ¿Que ustedes y sus hijos son felices, se aman y lo pasan bien juntos? Para que en una familia haya este tipo de atmósfera, los padres deben dedicar tiempo a orar juntos, demostrarse amor y perdón, proponerse objetivos que cumplir y planear actividades familiares. Si una pareja dedica al menos una o dos horas al mes a proponerse los objetivos que desean lograr, pronto empezará a cosechar los frutos de su esfuerzo.

Cuando una familia no define bien los objetivos que desea alcanzar ni tiene un sentido claro del rumbo que lleva, los padres suelen reaccionar en forma impulsiva e insensible ante las presiones y exigencias de la vida familiar. Había una pareja, Alfredo y Beatriz, que al parecer siempre tenían desacuerdos y reñían por asuntos prácticamente insignificantes sobre la crianza de sus hijos. Por lo general, la discusión llegaba a su punto culminante cuando Alfredo decía “¡Así es como lo hacíamos cuando yo era niño!” A lo que Beatriz replicaba: “Bueno, ¡en mi familia no hacíamos eso!”

Finalmente, los dos se dieron cuenta de que antes que nada tenían que pedirle sabiduría al Señor para saber cómo quería él que ellos formaran su familia. Para ponerse de acuerdo, tenían que definir qué ideales deseaban proponerse para su familia y luego idear acciones que les ayudaran a hacer realidad esos ideales. Se dieron cuenta de que podían aprovechar los buenos ejemplos de sus padres e imitar lo que aprendieron de ellos, pero con libertad para adaptar, de mutuo acuerdo, las actividades de la forma que les pareciera más útil para su familia.

¿Qué significa que una familia sea una iglesia doméstica? ¿Cuáles son los valores que más le pueden ayudar a una familia a arraigarse firmemente en el amor de Cristo? Una familia podría proponerse cultivar valores tales como la sinceridad, la compasión, la generosidad y la buena comunicación; otra podría dedicarse a practicar el perdón, la ayuda recíproca y la lealtad familiar. Sean cuales sean los valores que cada familia se proponga cultivar, la meta principal debe ser que cada persona llegue a experimentar profundamente el amor del Señor y la presencia de Cristo en su hogar. Conforme la familia vaya profundizando en el amor de Dios, los demás elementos de la vida familiar irán cayendo en su lugar con toda naturalidad.

Cuando ya se ha logrado definir los valores o ideales que la familia se propone practicar, es bueno reconocer objetivamente los puntos fuertes y débiles que cada uno deberá utilizar o evitar para lograr el objetivo fijado. Es necesario que el marido y la esposa lleguen juntos a este reconocimiento con mucho amor y sentido de solidaridad y comprensión. Para esto, tú puedes hacer una lista de los puntos fuertes y las bendiciones que ves en tu cónyuge y en cada uno de sus hijos, o sea aquellos talentos y virtudes que todos pueden reconocer. Luego, piensa cómo puedes tú ayudarles a perfeccionar esos talentos y virtudes.

Si el marido y la esposa se dicen con amor lo que cada uno percibe acerca de los puntos fuertes y débiles del otro con el propósito de ayudarse mutuamente, las opiniones o comentarios no serán recibidos como ataques personales ni provocarán resentimientos ni deseos de represalia. Pero si tú observas que tu cónyuge adopta una actitud defensiva, no continúes; deja pasar un tiempo, ponte a orar y pide la sabiduría y el amor del Padre. Es preciso que uno tenga siempre la plena certeza de que Dios lo ama profundamente y con la misma intensidad a todos los que forman la familia. En realidad, el hecho de que cada uno reconozca sus flaquezas o imperfecciones es una gran bendición, porque si las admitimos tendremos la oportunidad de pedirle al Espíritu Santo que nos sane y nos ayude cada día.

Objetivos familiares e individuales. Una vez definidos los ideales generales que la familia desea lograr, se pueden comenzar a formular los objetivos inmediatos de la familia y lo que cada uno se propone hacer para alcanzarlos. Es bueno que desde el principio participen todos, padres e hijos, de modo que no se excluya a nadie. También se aconseja escribir en un papel los objetivos que adopten como familia y ponerlo en un lugar visible. Esto puede ayudar a comprobar cuánto se ha logrado avanzar. Una de las mejores épocas del año para fijar estas metas es el principio del año escolar, cuando todos están dispuestos a iniciar nuevas actividades.

Una pareja, Miguel y Carla se reunieron con sus tres hijos el año anterior para definir los objetivos que deseaban tener en su familia. Poco a poco fueron observando que la familia entera iba avanzando en la oración compartida e individual, el cariño mutuo, la disciplina, el orden y la paz, la diversión y el descanso. Juntos reconocieron que lo más difícil de lograr eran la disciplina, la paz y el aseo en el hogar. También llegaron a la conclusión de que las virtudes que sobresalían eran el cariño auténtico y la alegría que se evidenciaba cuando toda la familia compartía junta. Habiendo reconocido estos hechos innegables, se propusieron continuar cultivando el cariño y la alegría familiar, haciendo al mismo tiempo todo lo posible por mejorar la limpieza y la paz en el hogar. Los hijos varones especialmente aceptaron esforzarse más para ordenar, limpiar y poner las cosas en su lugar, porque así contribuirían a la paz hogareña.

Además de definir los ideales generales de la familia, los padres deben ayudar a cada hijo a fijarse objetivos personales, según la edad y la madurez del niño. Por ejemplo, conviene enseñar a los pequeños a ayudar con los quehaceres del hogar, como ordenar sus juguetes, poner la mesa, llenar o descargar el lavavajillas. Los hijos preadolescentes pueden ayudar a los padres en otras tareas hogareñas y fijar las metas para sí mismos y para toda la familia.

La crianza y educación de hijos preadolescentes puede ser difícil, porque hay que aprender a equilibrar cuidadosamente los permisos con una relación de respeto, cariño y cooperación con los padres. Cuando los padres fijan los objetivos que se proponen alcanzar junto con sus hijos adolescentes, conviene lograr con amor que cada uno considere los siguientes aspectos: su relación con Dios, su crecimiento como parte de la familia, su avance en la escuela o el trabajo y su desarrollo personal, incluidos el tiempo libre, el estudio y las diversiones, las amistades y los deportes.

Reuniones familiares. Las ocasiones en que posiblemente se manifiesta mejor el cariño y la cooperación entre padres, hijos y hermanos son las reuniones familiares, en las que todos pueden compartir sus opiniones y tratar de avanzar hacia el logro de sus ideales. La frecuencia, duración e intensidad de estas reuniones variará de una familia a otra, y quizás de una época a otra. Por ejemplo, una familia encontró que reunirse una vez a la semana era excesivo, porque lo nuevo que había para compartir era poco y la reunión resultaba improductiva y rutinaria, al punto de que los hijos terminaban por aburrirse y sentirse frustrados. Sin embargo, si pasaba más de un mes sin reunirse, se olvidaban los fines que se habían propuesto cumplir y tenían que volver a organizarse desde el principio.

También encontraron que si en las reuniones se dedicaban sólo a tratar los problemas y los valores del hogar, la ocasión terminaba por reducirse sólo a trabajo, sin relajación ni diversión. Después de unos meses de experimentar distintas opciones y buscar la guía del Señor, los padres decidieron fijar un tiempo en que toda la familia se reuniera simplemente para divertirse, pasarlo bien y relajarse. Su lema fue: “Trabajar mucho, jugar mucho y hacerlo todo bien por el Señor.”

A veces es mejor que los padres se reúnan antes, en privado, para planear la reunión. También conviene conversar con cada uno de los hijos, en privado, para enterarse de lo que piensan acerca de reunirse en familia, pero sin darles largos sermones, porque eso puede impedir que ellos hablen libremente. Trata más bien de hacerles preguntas que les ayuden a expresar los puntos que tú quieres explicarles. Felicítalos a menudo cuando den señales de progreso y diles que estás orgulloso de ellos; dales la oportunidad de hablar con sinceridad, sin temor a recriminaciones ni represalias.

Observa tus propias reacciones. Si tu hijo o hija responde algo incorrecto o negativo, ¿te enojas y te pones a la defensiva? ¿Reaccionas tan airado que el niño se niega a compartir más? Si te das cuenta de que en esos casos te pones de mal genio, eleva una oración en silencio a Dios Padre y pídele que te ayude a ser un canal de gracia y sabiduría para tu familia.

Conviene también que la reunión familiar no se prolongue mucho (tal vez unos 45 minutos) ni que sea sólo para planificar actividades y ver cuánto ha avanzado cada uno, sino también para reconocer, arrepentirse y pedirse perdón mutuamente por las palabras o actitudes ofensivas que posiblemente hayan ocurrido entre unos y otros. Trata de que en la reunión haya tiempo para que cada uno exprese gratitud y cariño a los demás y aprenda a decir “te quiero mucho” en voz alta, y esté al mismo tiempo dispuesto a escuchar quejas y críticas, pero siempre procurando que los comentarios positivos sean más que los negativos. Fíjate más en lo que haya logrado avanzar tu familia y no tanto en las fallas.

Trata de hacer realidad el ideal que se propusieron alcanzar; compara lo que sucedía antes en tu familia con lo que sucede ahora, para que aprecies cómo ha ido cambiando el ambiente hogareño y exprésalo a todos. De otro modo, te centrarás más en lo que aún falta por conseguir, en lugar de sentirte contento y agradecido por lo que se ha logrado avanzar.

Oración familiar. Uno de los medios más prácticos y eficaces de edificar una familia es la oración colectiva. La oración familiar puede ser a la vez un tiempo de bendición y prueba. Sin ser autoritarios, los padres deben persistir en este esfuerzo, actuando con la paciencia y la sabiduría de Dios, para explicar a sus hijos por qué es necesario orar. Cuando hay hijos pequeños, los padres pueden buscar canciones sencillas y agradables que enseñen algo acerca de Jesús para entonarlas con los niños; igualmente pueden leer algunos salmos o proverbios entre todos, y enseñar a los hijos a aceptar el perdón de Dios y perdonarse unos a otros.

A veces los hijos mayores se resisten a unirse a la oración familiar. ¡Padres y madres, no se desanimen! Si sucede esto, díganles cómo en la oración ustedes han percibido el amor de Dios, y que por eso la familia va creciendo con la paz y el gozo que ha traído el Señor. Expliquen por qué la oración es un aspecto importante de la vida familiar; enséñenles a examinarse la conciencia y díganles a menudo que Dios los ama mucho y ustedes también. Aliéntenlos a realizar obras de servicio para personas necesitadas, e invítenlos a hacerlo con ustedes.

Esto les ayuda a entender más concretamente cuánto nos ama Jesús y qué significa seguirlo. Todas estas actividades personales y familiares deben culminar con la participación de todos en la Misa del domingo, porque la celebración eucarística encierra bendiciones especiales para unirlos más con Cristo y con sus seres queridos.

Cualquiera sea la forma de reunión que tú escojas, no dejes de cumplirla. Aunque no veas cambios inmediatos, debes saber que estás plantando semillas que el Señor va a usar en el futuro a medida que tus hijos crezcan y lleguen a ser personas de bien. Dios ama los esfuerzos que hacen las familias para alentar y edificar su relación con él. Jesús nunca deja de bendecir a su pueblo cuando ellos tratan de serle fieles, y derrama enormes gracias sobre los padres y esposos cuando éstos llevan a sus familias ante la presencia del Señor.

Hay que fijar el rumbo

¿Crees tú que una empresa tendría éxito si los dueños y gerentes nunca se reunieran para planificar? ¿Crees que hay agricultores que no piensan por adelantado qué van a cultivar para la temporada siguiente? ¿Te fiarías tú de un constructor que no hiciera planos antes de empezar a construir una casa? Si es necesario hacer planes para todo esto, ¡cuánto más importante es hacerlos para la edificación de la familia cristiana, la iglesia doméstica!

Hay familias que son exitosas en muchos sentidos, pero por lo general no lo son por casualidad. Han tenido que dedicar tiempo y esfuerzo a hacer planes, adoptar ideales y reconocer sinceramente lo positivo y lo negativo de su vida familiar. Dios se deleita de colmar de amor y gozo a las familias que conscientemente tratan de que sus hogares sean lugares acogedores, donde cada uno se sienta libre para crecer y desarrollarse como ser humano y como hijo o hija de Dios.

Comentarios