La Palabra Entre Nosotros

Pascua 2015 Edición

Bienaventurados ustedes…

Reflexiones sobre el Reino de Dios y las Bienaventuranzas

Bienaventurados ustedes…: Reflexiones sobre el Reino de Dios y las Bienaventuranzas

Jesús llama “dichosos” a sus fieles, porque el Padre ha decidido concedernos libremente su favor.

Por decisión propia, Dios nos ha bendecido poderosamente, a fin de que experimentemos su protección y la paz interior, el gozo y la esperanza que conocen los que aceptan su amor y su divina Majestad. Jesús es el Heraldo de estas bienaventuranzas, y nosotros, unidos a Cristo, participamos de la verdadera felicidad del Reino, porque el Reino de Dios no nos esclaviza; nos hace libres.

El Reino de Dios. Dichosos los que tienen espíritu de pobres, porque de ellos es el reino de los cielos. (Mateo 5,3)

Ante la pregunta “¿Quiénes son los pobres de espíritu?”, San Agustín respondió: “Son los humildes, los que tiemblan ante la Palabra de Dios, los que confiesan sus pecados, que no presumen de tener algún mérito o justicia propios. ¿Quiénes son los pobres de espíritu? Los que, cuando hacen el bien, alaban a Dios, y cuando hacen el mal, reconocen su propia culpa” (Comentario sobre el Salmo 73).

Aceptar esto no conduce al desánimo ni a una falta de sentido en la vida de una persona, ¡sino al descubrimiento y la posesión de la vida verdadera! ¡Feliz es la persona que reconoce la verdad de su condición ante Dios, y que acepta con gratitud el perdón de sus pecados en Cristo Jesús! Pero qué difícil es para el hombre moderno reconocer que diariamente necesita a Dios y que su dependencia de él es absoluta.

La sociedad moderna sostiene que podemos y debemos ser autosuficientes, y forjarnos nuestra propia felicidad. La felicidad —se nos dice— consiste en el éxito profesional o social, la independencia personal, la capacidad de adquirir y disfrutar de los bienes materiales que representan una vida apacible, aunque no siempre sucede así. Y nuestro espíritu, pecador y rebelde, no vacila en hacerse cómplice para inducirnos a aceptar tan mundanos criterios.

¡Qué radicalmente diferente es lo que Jesús dice acerca de los pobres de espíritu! La magnífica buena noticia es que los humildes que veneran y obedecen la Palabra de Dios, que reconocen y confiesan sus pecados, que no confían en sus propios medios y logros, sino que reconocen el poder infinito y la majestad soberana de Dios, son los verdaderos dichosos. ¡Ellos son los que poseen el Reino ahora mismo!

¿Dónde está hoy presente el Reino de Dios, y cómo podemos reconocerlo? Está, sin duda, entre los que diariamente dialogan con el Señor, lo alaban y lo glorifican por lo mucho que el Padre les ha dado en Jesús. Está presente entre los arrepentidos por sus maldades y los que tratan de obedecer la voluntad divina. Está presente dondequiera que el Cuerpo de Cristo vive unido bajo el señorío de Jesús, y donde los cristianos reconocen simple y claramente su autoridad sobre ellos y lo reciben en el Santísimo Sacramento.

El Reino de Dios está presente allí donde se anuncia y se cree el Evangelio, donde se reúne la gente para alabar el nombre de Dios. Y dondequiera que esté el Reino de Dios, allí es donde los matrimonios se reconcilian y los jóvenes encuentran el verdadero significado de la vida. Dios ha prometido que el Reino de Dios pertenecerá a los pobres de espíritu.

Consuelo en la aflicción. Dichosos los que sufren, porque serán consolados. (Mateo 5, 4)

A veces solemos molestarnos por cosas muy triviales y pasajeras: los cambios de clima, la congestión del tráfico, o una promoción no conseguida en el trabajo. Pero hay también asuntos más serios que a veces no nos dejan recibir las bendiciones de Dios. San Pablo escribe: “Pues la tristeza según la voluntad de Dios conduce a una conversión que da por resultado la salvación, y no hay nada que lamentar. Pero la tristeza del mundo produce la muerte.” (2 Corintios 7, 10).

¿Qué es la tristeza del mundo? Es sentir frustración por no alcanzar lo deseado, desilusión por un marido o una esposa que sólo se preocupa de sí y no de Dios, vergüenza por no vivir según el concepto que tenemos de nosotros mismos, o una lástima de sí mismo que nos lleva a disculpar el pecado. El pesar egocéntrico no produce vida, sino más bien aislamiento, infelicidad, amargura y otras formas de muerte.

En cambio, la tristeza que es según Dios no rechaza la voluntad divina, sino que se duele por el pecado, el propio y el ajeno. Dolerse por el pecado propio lleva al arrepentimiento verdadero y a la consolación de Dios. Debemos dolernos más por el malhechor que por el mal que se nos ha causado, porque el pecado es contrario a Dios y provoca el juicio divino. De modo que debemos orar por la salvación eterna de los que hacen el mal.

Dichosos los humildes. Dichosos los humildes, porque heredarán la tierra prometida. (Mateo 5, 5)

¿Quiénes son los humildes que elogia el Señor? Son los que obedecen a Dios y siguen sus sendas. El humilde y bondadoso es el que teme a Dios más que a los hombres. La persona humilde o bondadosa tiene dos cualidades de corazón y de mente:

Primero, el humilde se conoce bien a sí mismo y esto influye en sus relaciones con los demás; que sabe que, aun siendo pecador, ha recibido la vida por medio de Jesús. Al igual que Cristo, no insiste en salirse con la suya, ni se altera ante la injusta acusación.

Segundo, es el que reconoce lo mucho que ha recibido de la misericordia de Dios y, por eso, no busca represalia. En su interior hay una paz que nace del conocimiento del amor de Dios, y que le habilita para mostrarse compasivo y bondadoso con sus hermanos.

Santa necesidad. Dichosos los que tienen hambre y sed de la justicia, porque serán satisfechos. (Mateo 5,6)

Esta bendición no habla del hambre y la sed de comida y bebida físicos, sino del anhelo de santidad que viene de Dios. La palabra “santidad” también puede traducirse como “justicia”. Ser “justo” o “santo” significa llevar una vida acorde con la fe en Dios. Jesús es el ejemplo de esta relación justa con el Padre, y por ello nos dice: “ Mi comida es hacer la voluntad del que me envió y terminar su trabajo” (Juan 4, 34).

¿Cómo adquirimos hambre y sed de este alimento? Orando y buscando antes que nada el Reino de Dios. ¿Acaso no es leyendo la Palabra de Dios y reflexionando sobre ella, recibiendo los sacramentos y haciendo oración, que llegamos a desear la amistad y la comunión con Dios? Escudriñando la Palabra y confiando en las promesas del Padre, llegamos a reconocer sus bendiciones y el fruto del Espíritu (Gálatas 5, 22-23).

El don del Padre misericordioso. Dichosos los compasivos, porque Dios tendrá compasión de ellos. (Mateo 5,7)

Compasivo es aquel cuya vida refleja una auténtica comunión con Dios, y esa comunión proclama que la salvación viene para todos sólo por la misericordia del Padre. “Pues Dios amó tanto al mundo, que dio a su Hijo único, para que todo aquel que cree en él no muera, sino que tenga vida eterna” (Juan 3,16).

Vivir esta verdad implica dar a los demás aquello mismo que hemos recibido nosotros: la misericordia pura y total. ¿Recuerda usted a los dos hermanos de la parábola del hijo pródigo? ¿No es cierto que a veces actuamos como el menor, que olvidó la misericordia que había recibido? ¿Y no actuamos a veces como el mayor, que no reconocía que todo lo de su padre era también suyo? (Lucas 15, 31). “La misericordia te pide ser misericordioso. La justicia requiere que seas justo, para que el Creador se demuestre en su creatura, y la clara imagen de Dios resplandezca, como a través del lienzo de un retrato, en el espejo del corazón humano” (San León Magno, Sermón 95).

La visión beatífica. Dichosos los de corazón limpio, porque verán a Dios. (Mateo 5, 8) La promesa de la visión de Dios ha sido dada a los “de corazón limpio” o “puro”. Esta es la intención de la bienaventuranza: el gozo de conocer a Dios. Su vida, su hermosura, su amor y su majestad se dan sólo a los que llevan una vida de pureza, de oración, que se alimentan de los Sacramentos y de su Palabra y se dejan guiar por ella. San Mateo cita la siguiente frase de Jesús: “Pues donde esté tu riqueza, allí estará también tu corazón. Los ojos son la lámpara del cuerpo; así que, si tus ojos son buenos, todo tu cuerpo tendrá luz; pero si tus ojos son malos, todo tu cuerpo estará en oscuridad” (Mateo 6, 21-23).

¿Qué es esta oscuridad? De los anhelos del corazón brotan las cosas que contaminan a la persona: homicidios, adulterios, inmoralidad sexual, robos, falsedades, calumnias (Mateo 15,19). Pero los que viven para agradar a Dios y amar al prójimo, ellos son los de corazón puro, los que verán a Dios.

Jesús establece la norma para vivir en el Reino: Sólo los de corazón puro, los que buscan de corazón la vida eterna por amor a la Santísima Trinidad, gozarán de la visión beatífica. El Espíritu, vivo y activo en nosotros, nos da fortaleza para alcanzar lo que anhelamos.

Hijos de Dios. Dichosos los que trabajan por la paz, porque Dios los llamará hijos suyos. (Mateo 5, 9)

Jesús es nuestro pacificador. Por la muerte de Cristo, estamos reconciliados con el Padre y con los demás, y ahora podemos vivir en correcta relación con Dios, y en paz con nuestros semejantes y con la naturaleza.

Así como Jesucristo es el pacificador, él es también la fuente del agua viva que nos habilita para ser pacificadores. El es el Príncipe de la Paz, y esta es la paz que debe reinar en nuestro corazón: “Que la paz de Cristo reine en sus corazones, porque con este propósito los llamó Dios a formar un solo cuerpo” (Colosenses 3,15)

El premio de los que profesan a Cristo. Dichosos los perseguidos por hacer lo que es justo, porque de ellos es el reino de los cielos. (Mateo 5, 10)

Al reflexionar sobre la última bienaventuranza, conviene recordar una vez más que lo que estamos leyendo es la revelación del pensamiento de Dios. Lo que se nos da a conocer no puede ser asimilado por el intelecto solo.

Para la mente natural, las bienaventuranzas son normas cuyo cumplimiento parece improbable, por no decir imposible. Sin embargo, la buena noticia del Evangelio es que la pobreza de espíritu —el hambre de justicia más que de posesiones materiales— sólo puede lograrse gracias a la muerte y la resurrección de Jesucristo, nuestro Señor.

Los que son perseguidos, insultados y tratados como necios o malhechores e incluso asesinados por causa de Cristo, y los que soportan el rechazo del escepticismo y el ateísmo modernos por causa de la verdad evangélica, tendrán una magnífica recompensa (Mateo 5, 11-12) porque poseerán el Reino. Ellos son la sal de la tierra.

Hoy se nos invita a los cristianos a confiar en la fidelidad de las promesas de Dios. ¿Estás tú, hermano, dispuesto a confiar más en Dios que en ti mismo? ¿A buscar tu consuelo sólo en Dios? ¿A perdonar así como has sido perdonado por el Padre? ¿A profesar en todo tiempo que Jesús es tu Señor? Si lo estás, alégrate y llénate de gozo, porque es grande tu recompensa en los cielos. (v. Mateo 5, 12).

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