La Palabra Entre Nosotros

Enero 2012 Edición

Algunas cárceles son invisibles:  La acción de los Compañeros de La Palabra Entre Nosotros

Por Marjorie Long

Algunas cárceles son invisibles:  La acción de los Compañeros de La Palabra Entre Nosotros: Por Marjorie Long

“¡Nunca me imaginé que pudiera sentirme tan libre y tan encerrada!” Fue una afirmación muy extraña, viniendo de una mujer que estaba encarcelada y a punto de ser condenada a cumplir una sentencia de muchos años en una penitenciaría federal.

Pero sí supe lo que quería decir. Acabábamos de terminar el retiro en el penal y yo había visto cómo ella había cambiado y revivido.

Después de cinco abortos y años de recorrer las calles ofreciéndose al mejor postor, esta hija de Dios había recibido la gracia de comenzar de nuevo con una hoja de vida limpia. Jamás olvi­daré la expresión de su rostro, se veía radiante del amor y el gozo del Señor; era como ver a Lázaro que acababa de salir de la tumba.

Una pequeña semilla. Creo que a nadie le gusta ir a la cárcel y todos hacen lo necesario para no tener que ir, pero en los meses anteriores a aquel retiro que realizamos justo antes de Navidad, hace poco más de un año, yo hacía todo lo posible por entrar en la cárcel, lo cual no fue fácil. Realmente tuve que esforzarme, pero cada escollo que encontraba me ser­vía para reafirmar el propósito que me motivaba. Sí, lo cierto es que Dios había plantado una semilla en mi corazón, muy pequeña, pero tan activa que no me dejaba desenten­derme de ella.

Sucedió cuando descubrí el Viñedo de Raquel, un ministerio que orga­niza retiros y ofrece atención posterior a cualquier persona que se haya sen­tido golpeada por un aborto. El retiro les ayuda a reconocer el dolor que les aflige, hacer duelo por sus hijos no naci­dos y experimentar el perdón mediante el contacto con Dios.

Después de trabajar nueve años en un centro de consejería para mujeres embarazadas, quise buscar una institu­ción que ofreciera el tipo de servicios en el cual hombres y mujeres golpeados por el aborto tuvieran la oportunidad de encontrar sanación mediante los Sacramentos de la Reconciliación y de la Sagrada Eucaristía.

Con la bendición de mi obispo, ini­cié el curso de capacitación de dos años para abrir un filial católica del Viñedo de Raquel en mi localidad. Luego, reuní al equipo que colaboraría conmigo y programamos nuestro primer fin de semana, el cual se dio en julio de 2010 en un centro diocesano de retiros.

Prisiones invisibles. El primero en inscribirse fue un hombre que había participado en numerosos abortos desde hacía 30 años, mientras servía en las fuerzas armadas. Nunca había pen­sado mucho en lo que había hecho, me dijo por teléfono, pero ahora el sentido de culpa le estaba pesando demasiado. Le escuché durante dos horas mientras me contaba su historia entre sollozos y con la voz entrecortada.

Quienes se inscribieron para el fin de semana fueron nueve personas, todas ellas con sus matrimonios e hijos, gente que iba a la iglesia y que tenía buenos trabajos. Al parecer todas lleva­ban una vida normal y nadie se habría imaginado que en su interior iban pro­fundamente marcadas por enormes heridas que jamás habían sanado.

El Señor se encontró con cada una de estas personas, mientras ellas reco­nocían el dolor, se arrepentían y hacían duelo por sus bebés no nacidos, un total de 25. Pero las experiencias de sanación que tuvieron fueron maravillo­sas. Una de las mujeres llegó al fin de semana tan cabizbaja que nunca pude darme cuenta de que tenía unos hermo­sos ojos verdes; pero cuando terminó el retiro pudo levantar la cabeza con paz y tranquilidad; ya no tenía que seguir escondiendo el rostro.

Todas estas personas me confirma­ron algo que yo ya había aprendido en el taller de formación del Viñedo de Raquel: que muchas veces hay un vínculo entre los abortos ocultados y la conducta autodestructiva, como la de las adicciones. Cuando empecé a darme cuenta de esto, se me ocurrió pensar en aquellos que se encuentran tras las rejas. Muchos de los que están allí han tenido problemas de abuso de drogas o alcohol o algún otro tipo de cas­tigo autoimpuesto, pensé, y de seguro que algunos de estos casos se deben al aborto. Así que le anuncié a mi equipo: “Tenemos que ir a las cárceles.”

Después de muchas dificultades y obstáculos, conseguimos autorización para realizar un retiro en un centro de detención para mujeres. Para sorpresa mía, el capellán nos recibió con los bra­ zos abiertos: “¡Esto es lo que he estado esperando desde hace tiempo! Son muchas las mujeres que necesitan la ayuda que ustedes les traen.”

En el penal. Una vez que ingresa­mos, recorrí cada una de las tres áreas de dormitorios, llenas de mujeres que cumplen condenas muy variadas, desde haber violado la libertad condi­cional hasta haber cometido asesinato. Las reuní y les expliqué en qué con­sistía el retiro; el silencio era tal que se habría oído volar una mosca. Seis mujeres se atrevieron a firmar la hoja de inscripción, lo que significaba un reconocimiento público de que efecti­vamente habían tenido un aborto.

Fue necesario adaptar todos los elementos del retiro, desde el tamaño del equipo y el horario hasta los folle­ tos que distribuimos. Finalmente, nos reunimos en un salón grande bajo llave, con guardias que observaban a través de una puerta transparente, pero no importaba. Lo importante era que Dios estaba presente.

En una de las sesiones, tenía que usar un paño morado, un elemento visual para el pasaje de la Escritura en que una mujer estira la mano para tocar el manto de Jesús (Mateo 9,21). Fue impresionante ver como un trozo de género puso a las participantes en con­tacto con el Señor: se arrodillaron ante él, lo tocaron con una profunda expre­sión de amor y gratitud, mientras de los ojos les brotaban copiosas lágrimas.

Una de las mujeres, que había caído en la drogadicción después de que su padrastro la había abusado por años, quiso honrar la memoria de su hijo no nacido escribiéndole un poema. Había experimentado un terrible aborto, encontrándose el bebé ya en el ter­cer trimestre, al punto de que había escuchado el ruido de los huesitos al romperse. No hay ninguna droga en el mundo que pueda cubrir algo como eso, pensé. Pero Dios la tocó a través de su dolor: “Todo me parece diferente ahora” me dijo más tarde, incluso el dormitorio y las mujeres con quienes lo compartía le parecían cambiados. Se sentía libre y renovada.

Y la mujer que se sentía tan des­trozada después de cinco abortos, encontró sanación durante un servi­cio de conmemoración en el que cada madre enciende una vela por cada pér­dida sufrida o aborto realizado. Ella fue prendiendo las cinco velas, una por una, llorando tanto que no podía hablar. Finalmente, dando un gran suspiro y tratando de reprimir el nudo en la garganta, contó que una de las criaturas la había perdido al momento de dar a luz; se le hizo un funeral, pero ella estaba en la cárcel y no pudo estar presente.

Al concluir el servicio, miré a la mesa y vi que aún quedaba una vela. Me había equivocado en la cuenta, pero Dios lo arregló todo: “Mira —le dije dirigiéndome a la vela— Dios te cuida a ti ahora. Él está contigo, Él te dará todo lo que necesites.”

“¡Wow! —exclamaron las guar­dias cuando terminó el retiro— ¡qué tremendo regalo de Navidad les han dado!” Pero en realidad fuimos noso­tras, las que habíamos sido invitadas a conocer las vidas de estas mujeres y a presenciar tan dramáticas experien­cias de sanación, las que recibimos el regalo más grande.

Marjorie Long dirige la filial del Viñedo de Raquel situado en la zona suroeste del estado de Luisiana.


¿Qué es “El Viñedo de Raquel”?

El Viñedo de Raquel es un ministerio que fundaron los Sacerdotes por la Vida para ofrecerles, a quienes hayan experimentado o participado en un aborto, la posibilidad de afrontar la dolorosa experiencia y entender los graves efectos que la pérdida de una vida humana ha tenido en su pasado y su presente, y ayudarles a reconocer aquellos sentimientos que han quedado sin resolver y con los cuales muchas personas luchan después del aborto. Debido a la represión emocional y a la ocultación que frecuentemente rodea la dolorosa experiencia del aborto, es posible que haya emociones confl ictivas que permanezcan sin resolver, tanto durante como después del suceso. Estos sentimientos reprimidos suelen afl orar más tarde y ser síntomas del trauma sufrido a raíz del aborto.

En diferentes lugares de los Estados Unidos, Canadá y otros 25 países se ofrecen los fi nes de semana del Viñedo de Raquel a quienes buscan sanación después de un aborto. Para más información, visite www.elvinedoderaquel. org/index.htm


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Cada uno de nosotros estamos llamados a llevar el amor y la vida de Dios a su pueblo. Eso es lo que quieren hacer los Compañeros de La Palabra Entre Nosotros. Gracias a los lectores generosos como tú, los hombres y mujeres que pasan por circunstancias realmente difíciles reciben nuestra revista y otros materiales que les ayudan a entrar en contacto con Dios. Los Compañeros trabajan con los capellanes militares y carcelarios para llevar fe y esperanza a unos 52.000 reclusos en los Estados Unidos y Canadá y a 21.000 hombres y mujeres militares. A través de los centros de ayuda para mujeres con embarazos problemáticos y de los ministerios del Proyecto Raquel de ayuda después de un aborto, ofrecemos un puente por el que unas 2.000 mujeres avanzan hacia una vida nueva.

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