La Palabra Entre Nosotros

Junio 2019 Edición

¡Abre mis ojos, Señor!

El secreto para ganar la batalla por la mente

¡Abre mis ojos, Señor!: El secreto para ganar la batalla por la mente

Jaime tenía la malsana costumbre de molestar a las personas. Siempre que se presentara la oportunidad, uno podía tener la certeza de que algún comentario sarcástico o una broma pesada saldría de su boca. Sin embargo, hace unos pocos años, mientras leía la Sagrada Escritura, Jaime se encontró este pasaje de la carta de Santiago: “La lengua es una parte muy pequeña del cuerpo, pero es capaz de grandes cosas. . .De la misma boca salen bendiciones y maldiciones. Hermanos míos, esto no debe ser así” (Santiago 3, 5. 10). Estas pocas palabras fueron tan penetrantes e innegables que convencieron a Jaime de que tenía que dejar de hacer esos comentarios. En los meses que siguieron, su esposa y sus amigos notaron que él se cuidaba más al hablar, al punto de que empezó a convertirse en una influencia positiva para los demás.

Otro ejemplo, Isabel siempre trataba de ser una buena persona, pero tenía la tendencia a manipular las situaciones; ajustaba las palabras que usaba, o incluso cambiaba solamente su tono de voz para salirse con la suya, incluso sabiendo que sus acciones no eran las correctas. Además, no podía dejar de propagar chismes, matizar la verdad o hacer bromas “ingeniosas”. Era capaz de hacer cualquier cosa que la ayudara a aparentar ser lo mejor posible. Un día de Cuaresma, mientras Isabel leía un pasaje de Las confesiones de San Agustín, encontró estas palabras que le cambiaron la vida a Agustín: “¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo entero, si pierde la vida?” (Marcos 8, 36). Estas palabras le llegaron al fondo del corazón, e Isabel decidió resolver su tendencia a manipular a las personas de una vez por todas, empezando con una buena confesión.

La clave es acercarse a Cristo. Jesús desea que disfrutemos de la vida; quiere ayudarnos a no quedarnos hundidos en el pecado y la culpa. El Señor está comprometido a ayudarnos a ganar la batalla espiritual por nuestra mente. Desde luego, cada uno de nosotros tiene una parte que desempeñar en esta batalla, pero ninguno de nosotros puede transformarse a la imagen de Cristo por su propia cuenta. Debemos acudir a él y abrirle nuestro corazón. Por esta razón es que Jesús nos invita a acercarnos cada día a su presencia para recibir la gracia y la fuerza que necesitamos. De hecho, la oración es una de las armas más poderosas que tenemos para librar esta batalla.

Jaime se sintió movido a cambiar de conducta mientras leía la Escritura. Isabel sintió la misma necesidad al rezar con los escritos de San Agustín. Cuando nos acercamos al Señor en oración, no lo hacemos simplemente para presentarle nuestras necesidades; es también el momento de pedirle que nos llene de su gracia para ser transformados. El tiempo que le dedicamos a Jesús tiene como objetivo mejorar nuestras actitudes y puntos de vista más allá del momento en que terminamos de orar.

Ahora, la palabra “oración” puede significar cosas distintas para diversas personas. Puede referirse a la sesión de alabanza y adoración, el rezo del Rosario, la plegaria de intercesión, la meditación, la adoración eucarística y mucho más. Pero cualquiera que sea el tipo de oración que practiquemos, siempre habrá un elemento común: el propósito de la oración es llevarnos a presentarnos delante del Señor y cambiar nuestros razonamientos y comportamiento. Con eso en mente, nos concentraremos en una oración específica para ver cómo esta hermosa plegaria puede ser un buen trampolín para llegar a la presencia de Dios, pero no vamos a utilizar simplemente cualquier oración; vamos a reflexionar sobre el Padre Nuestro (Mateo 6, 9-13).

¡Padre nuestro! Algo que sabemos sobre el Padre Nuestro es que uno puede rezarlo y aun así no recibir toda la gracia que Dios quiere otorgarnos. De hecho, esto sucede con cualquier oración formal, incluso con el Ave María, las Divinas Preces al Santísimo Sacramento, o la oración antes de las comidas. La clave es rezar esta oración lentamente y con toda intención, con el corazón abierto al Señor lo mejor que podamos. Por eso, tal vez un repaso del Padre Nuestro nos ayude a estar mejor dispuestos a recibir su gracia.

Cielo y tierra. En primer lugar, el hecho de rezar “Padre nuestro que estás en el cielo, santificado sea tu nombre,” es una maravillosa oportunidad para glorificar el nombre del Señor. Podemos hacer una pausa al pronunciar estas palabras e imaginar la santidad y la gloria de nuestro Padre celestial y darle honor y alabanza por su amor y su fidelidad. De esta forma, podemos imitar al Rey David, que oró diciendo: “Den al Señor la honra que merece; con ofrendas preséntense ante él; adoren al Señor en su santuario hermoso” (1 Crónicas 16, 29).

Segundo, cuando decimos “hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo”, es nuestra oportunidad para pedirle auxilio a Dios. Podemos decirle que deseamos ver que esta tierra, tan atribulada, sea como el cielo en todos los sentidos. Desde luego, esto no sucederá sin nuestra cooperación, así que al decir estas palabras, también nos estamos comprometiendo a hacer algo nosotros mismos para que el mundo cambie a través de actos de misericordia, bondad y generosidad.

Pan y misericordia. Las dos realidades que se vienen a la mente en virtud de estas primeras palabras (reconocer la perfección de Dios y rezar para que cambie la imperfección del mundo), son las que dan validez al resto de la plegaria. Viendo la diferencia entre el cielo y la tierra, le pedimos al Padre que nos dé el “pan nuestro de cada día” que nos fortalece para dar testimonio del amor de Dios a cuantos tenemos cerca. Pedir el pan nuestro de cada día significa pedir la gracia, especialmente a través del Pan de Vida en la Misa, que nos ayuda a lograr que la tierra se parezca más al cielo.

Lo más importante en la vida son las relaciones, y lo mismo sucede con el Padre Nuestro. Todos debemos esforzarnos por ser sinceros, honestos y dispuestos a ayudar a los demás, especialmente los que son más cercanos a nosotros, pero no siempre logramos hacerlo. A veces decimos y hacemos cosas que provocan separación y división, y a veces nuestros seres queridos también nos hieren a nosotros. Estas heridas y divisiones, junto con el orgullo y el egoísmo propios, son la raíz de todos los problemas que hacen que la tierra sea diferente al cielo. Por esta razón es que le pedimos a Dios que perdone nuestras ofensas, mientras prometemos perdonar “a los que nos ofenden”.

Este don del pan cotidiano, en la forma de la gracia de Dios y de la Eucaristía, es lo que genera el efecto más importante de todos: Nos llena del deseo de amar a las personas con quienes interactuamos a diario, especialmente aquellas a quienes más nos cuesta. Nos impulsa a amar a Dios y a tratar de agradarle; también nos ayuda a darnos cuenta de cuando hacemos cosas que no agradan a nuestro Padre y nos anima a cambiar. Finalmente, nuestro pan de cada día nos ayuda a estar alertas para detectar los engaños del demonio y nos concede la gracia para resistir sus tentaciones.

Por supuesto, cuando rezamos el Padre Nuestro en Misa no hay tiempo para reflexionar en todo lo que esta plegaria implica. Es algo que debemos hacer por nosotros mismos. Pero si pasamos algo de tiempo reflexionando sobre esta oración, nos sentiremos cautivados por sus hermosos significados, y se nos llenará la mente de un nuevo entendimiento de nuestro Padre y del infinito amor que nos tiene. Con el paso del tiempo, incluso en ese brevísimo momento en la Misa, empezaremos a decir: “Sí, yo quiero trabajar para que la tierra se parezca al cielo, y necesito el pan de cada día para poder hacerlo.”

Recibir, no simplemente rezar. Como se puede ver, hay una gran diferencia entre limitarse a rezar el Padre Nuestro y permitir que las palabras de esta oración penetren en el corazón. San Pablo entendió bien esta diferencia y por eso oró por los efesios para que Dios les iluminara la mente, y ellos llegaran a conocer más y más a Jesús y el poder de su resurrección (v. Efesios 1, 18-20).

Estimado hermano, Dios también quiere iluminar tu mente y convencerte de que él es tu Padre; que te ama y siempre está contigo, y quiere hacerse cargo de ti. Y la mejor forma en que él puede demostrarte su amor es abriendo tu corazón y ayudándote a ver de qué manera te está amando.

Todos los días Dios nos dice a cada uno: “Si tienes sed de amor, ven a mí, aun si no tienes nada que ofrecerme, ven a mí. Mi gracia para ti es gratuita y el pan que tengo para darte cada día es ilimitado. Entonces, ¿por qué gastar tanto en cosas que tú sabes que no te satisfarán para siempre? Mejor, ven a mí y déjame darte a saborear mi vida y el amor que te tengo.” (v. Isaías 55, 1-3).

Cuando te acerques al Señor, procura hacerlo como un niño pequeño. Los niños son muy persistentes cuando quieren que sus padres les den algo, ya sea una golosina, un juguete, permiso para acostarse tarde, o cualquier otra cosa y se acercan a las personas que saben que pueden darles lo que ellos quieren. Esa clase de actitud complace profundamente a Dios; su corazón se conmueve cuando nos acercamos con la sencilla confianza de un niño y no puede evitar darnos sus bendiciones a manos llenas.

Un dador de buenos dones. Hermano, si tú eres persistente al presentarte ante Dios en oración, se te abrirán los ojos. Empezarás a ver que Dios es tu Padre tierno y misericordioso, y desearás pasar más tiempo con él. Además, si perseveras en la oración, crecerá en ti la confianza que necesitas para ganar la batalla espiritual y te convencerás de que tu Padre celestial, que siempre da buenos regalos a sus hijos, está contigo para ayudarte y que nada podrá separarte jamás de su amor y su gracia.

Comentarios