La Palabra Entre Nosotros

Noviembre 2017 Issue

Abre mis ojos, Señor

La promesa de recibir la revelación de Dios

By: La Palabra Entre Nosotros

Abre mis ojos, Señor: La promesa de recibir la revelación de Dios by La Palabra Entre Nosotros

Angustiado y avergonzado, pero incapaz de dejar su vida egocéntrica en extremo, Agustín rompió a llorar. Lamentaba la frustración que sentía por sus pecados, pero en medio del llanto, escuchó la voz de un niño que cantaba y le decía: “Toma y lee; toma y lee.”

Agustín no vio a ningún niño en el jardín e inmediatamente concluyó que la voz debía ser de Dios, que lo llamaba a abrir y leer las Escrituras. Así fue como abrió la Epístola de San Pablo a los Romanos y leyó lo siguiente: “No andemos en banquetes y borracheras, ni en inmoralidades y vicios, ni en discordias y envidias. Al contrario, revístanse ustedes del Señor Jesucristo, y no busquen satisfacer los malos deseos de la naturaleza humana” (Romanos 13, 13-14).

Al punto sintió Agustín que se le inundaba el corazón de luz y alegría. Toda duda o vacilación desapareció, y decidió aceptar el Bautismo y dedicar su vida a Cristo, porque se convenció de que, lejos de estar acogiendo pensamientos fantasiosos en su mente o de meramente leer palabras en una página cualquiera, había recibido una revelación de Dios.

Pero ¿cómo podía ser así? Las palabras le llegaron a los oídos, pero fue él quien decidió abrir la Biblia. Si era realmente una voz de Dios, ¿no se suponía que otros también escucharan algo similar? Pero su amigo, que estaba con él, no escuchó nada. Más aún, el mensaje que leyó en la Escritura le hablaba directamente a su propia situación personal y le llegó al corazón.

Este mes, meditaremos sobre el tema de la revelación. Consideraremos el hecho de que a Dios le agrada revelarse a su pueblo, incluso a gente común como nosotros, por lo que analizaremos cómo podemos ser más receptivos a esta revelación, a fin de llegar a ver a Jesucristo, nuestro Señor, más claramente y aprender a imitarlo mejor en sus palabras y acciones.

“Que seas lleno”. El término “revelación” proviene del griego apokalipsis, que significa desvelar o descubrir algo que ha estado oculto. La Sagrada Escritura utiliza esta palabra para describir la manera en que Dios se revela a su pueblo, les ayuda a comprender sus planes y trabaja para darnos paz y animarnos a seguir su guía.

Junto con sus compañeros apóstoles, San Pablo estaba convencido de que Dios quería hablar a su pueblo, y sabía que su misión de anunciar el Evangelio implicaba mucho más que simplemente enseñar algo acerca de Cristo. En efecto, también comprendía exhortar a sus oyentes a prepararse para recibir la revelación de Dios cada uno en su corazón. Por ejemplo, a los colosenses les dijo: “No hemos dejado de orar por ustedes y de pedir a Dios que los haga conocer plenamente su voluntad y les dé toda clase de sabiduría y entendimiento espiritual. Así podrán portarse como deben hacerlo los que son del Señor, haciendo siempre lo que a él le agrada, dando frutos de toda clase de buenas obras y creciendo en el conocimiento de Dios” (Colosenses 1, 9-10).

Según él lo entendía, el potencial que tenemos para vivir de una manera santa y dar fruto para el Señor está íntimamente ligado al grado en que nos dispongamos a recibir y comprender el “misterio” que “desde hace siglos y generaciones Dios tenía escondido”, pero que ahora se ha “manifestado” a todos los que buscan al Señor (Colosenses 1, 26).

Las dos maneras. Estas palabras del apóstol Pablo nos dicen que hay dos maneras en que podemos servir al Señor. La primera —que es buena pero limitada— es tratar de ser santo apoyándonos en nuestra propia inteligencia y fortaleza. La segunda consiste en disponernos a recibir la revelación del Señor para que nos guíe y nos comunique la fuerza necesaria.

Hablando por boca de su profeta, Dios le dijo a su pueblo: “Como los cielos son más altos que la tierra, así mis caminos son más altos que sus caminos, y mis pensamientos más que sus pensamientos” (Isaías 55, 9), y también les dijo: “Todos los sedientos, vengan a las aguas… escúchenme atentamente, y coman lo que es bueno… escuchen y vivirá su alma” (55, 1-3). Tal vez no tengamos nosotros las mismas formas de actuar que Dios, pero no importa, porque él quiere enseñarnos su forma de actuar. De hecho, quiere que su proceder y sus pensamientos, su voluntad y su visión de la vida, sean los que conformen nuestra forma de pensar y actuar. Nuestro Padre quiere revelarse a sus hijos para que aprendamos a amar más y servir mejor.

Ciertamente, necesitamos la revelación. Es la única manera en que los humanos, que hemos sido creados, tengamos una comunión significativa con nuestro Creador; es la única manera en que podemos adoptar sus atributos y ser transformados en su imagen y semejanza.

Una revelación completa. Durante siglos antes de la venida de Cristo, Dios se reveló a los profetas, como Isaías y Elías. Asimismo, los héroes del Antiguo Testamento, como Abraham, Moisés, Josué y David son testimonio de que hubo figuras de importancia clave en la historia de Israel que gozaron de la revelación de Dios.

Abraham se convirtió en el padre de una nueva nación. Moisés liberó a los israelitas de la esclavitud en Egipto. Josué conquistó la Tierra Prometida. David unió a las tribus hebreas y fue su rey. Cada uno de estos líderes, y muchos otros recibieron una revelación especial de Dios y luego la compartieron con su pueblo. De esta manera, todos ellos fueron prefiguras de Cristo, que vino a traer la plenitud de la revelación de Dios a todos los pueblos del mundo.

La revelación cobra vida. Si es así, ¿es correcto seguir buscando la revelación de Dios? ¿Acaso no tenemos toda la revelación contenida en las Sagradas Escrituras y las enseñanzas de la Iglesia? Sí, eso es cierto en un sentido, pero hay otro aspecto que es igualmente importante. La revelación que Dios nos quiere dar hoy no es información adicional o una doctrina nueva.

Todo lo que se necesita para la vida cristiana ha sido revelado ya en el “depósito de la fe” (Catecismo de la Iglesia Católica, 84). Pero, al mismo tiempo, Dios quiere tomar lo que él ha revelado y darlo a conocer a cada uno de sus hijos personalmente. Esta es la razón por la que Jesús prometió enviar al Espíritu Santo: “El Espíritu recibirá de lo que es mío y se lo dará a conocer a ustedes” (Juan 16, 15).

En su Carta a los Efesios, San Pablo resume el glorioso designio divino diciendo que Dios “en Cristo nos ha bendecido en los cielos con toda clase de bendiciones espirituales” (Efesios 1, 3), que nos dio vida juntamente con Cristo cuando todavía estábamos muertos a causa de nuestros pecados (v. 2, 1-10), y que la Iglesia es el Cuerpo de Cristo, de quien ella recibe su plenitud (1, 22-23).

Esta es muchísima información, y cabría preguntarse si San Pablo consideraba que eso era suficiente para que los efesios tuvieran todo por escrito y explicado. Pero no fue así. Pablo también oraba por los efesios para que se les abrieran los ojos del corazón, para que recibieran un “espíritu de sabiduría y revelación” a fin de que conocieran el glorioso plan que Dios tenía para ellos (1, 17-18). Pablo entendió que los fieles podemos comprender el plan de Dios por nuestros propios medios, pero sólo en un grado limitado. Si queremos conocer cabalmente este plan para que nos comunique una vida nueva, necesitamos la revelación.

Abre nuestros ojos, Señor. ¿Qué es lo que Pedro, Andrés, el “buen ladrón” de la cruz, la mujer junto al pozo y el ciego de nacimiento tienen en común? Se les abrieron los ojos y vieron a Jesús como su Salvador. Esto es precisamente lo que Dios quiere hacer por nosotros; quiere que todos nosotros conozcamos sus misterios mediante el poder del Espíritu Santo; quiere revelarnos su amor y sus designios para que los fieles desempeñemos un papel vital en el cumplimiento de sus planes y ayudemos en la construcción de su Reino. El Señor quiere instarnos a que actuemos por fe para recibir su revelación y ser transformados por las mismas verdades que les reveló a sus apóstoles hace tanto tiempo.

Pero, ¿podemos realmente escuchar la voz de Dios? ¡Claro que sí! Dios ha revelado su propia divinidad y su sabiduría, una sabiduría que él mismo destinó para nuestra gloria antes de que comenzara el tiempo (1 Corintios 2, 7). Ahora, el Señor nos invita a dejar que la revelación penetre en el corazón y la mente de cada cual para que llevemos una vida digna del honroso y glorioso llamamiento que hemos recibido como cristianos.

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