La Palabra Entre Nosotros

Noviembre 2017 Edición

Abre mi corazón, Señor

Dios quiere intercambiar regalos con nosotros

By: La Palabra Entre Nosotros

Abre mi corazón, Señor: Dios quiere intercambiar regalos con nosotros by La Palabra Entre Nosotros

Hemos estado considerando la asombrosa verdad de que Dios nos creó con la capacidad de conocerlo de un modo personal e íntimo. Por supuesto, esta capacidad no forma parte de nuestra persona física y no aparecerá en una radiografía ni en una resonancia magnética.

Pero aun cuando no podamos detectarla de esta manera, sí podemos experimentar su acción cuando percibimos el amor y la paz de Dios en el corazón, y también cuando recibimos su misericordia y su perdón.

Algunos santos dicen que esta capacidad es el “corazón”, otros que es el “espíritu”, y otros más, la “cima del alma, o del ser.” San Pablo nos dice que es un tesoro que llevamos en “vasijas de barro” (2 Corintios 4, 7). Podemos tener una prueba de que es posible tener comunión con Dios cada vez que nosotros, meras vasijas de barro, experimentamos el poder de Dios que actúa en y a través de nosotros. De alguna manera, podemos percibir que esta energía proviene de él, y no de nosotros.

Las cometas que elevan los niños aprovechan el viento para elevarse por el aire; los dispositivos inalámbricos usan las ondas de radio para enviar y recibir señales, pero la maravilla de una cometa que se encumbra en el aire y de la comunicación inalámbrica apunta a algo que está más allá de dichos objetos: Apuntan a la fuerza del viento y a la potencia de las ondas de radio. De manera similar, el corazón que está lleno de la revelación de Dios no centra su atención en la maravilla del corazón, sino en el Dios santísimo y omnipresente que llena ese corazón. En este artículo reflexionaremos sobre el “intercambio divino” que ocurre cuando el corazón humano recibe la revelación de nuestro Dios, que es perfectísimo e increado.

Un intercambio divino. Yo estoy a la puerta y llamo; si alguien oye mi voz y abre la puerta, entraré a él, y cenaré con él y él conmigo. (Apocalipsis 3, 20). En este pasaje del Apocalipsis, Jesús expresa claramente lo mucho que él desea entrar en nuestro corazón. Cuando abrimos la boca para recibirlo en la Sagrada Eucaristía, también podemos abrir la puerta del corazón y darle entrada. Su deseo de entrar en comunión con nosotros nos infunde valor para pedirle bendición, porque sabemos que la recibiremos; para buscarlo, sabiendo que lo vamos a encontrar, y para tocar a la puerta, pues ésta se abrirá.

Este pasaje de la Biblia contiene igualmente la esencia del intercambio divino, porque nos habla de que Dios está dispuesto a derramar su gracia y sus bendiciones a cambio del esfuerzo que hagamos para honrarlo, servirlo y acercarnos a su lado. Pero, ¿por qué quiere el Señor recompensar esas pequeñas acciones nuestras con efusiones tan grandes de la gracia divina? Porque nuestro Padre celestial, como cualquier buen padre humano, quiere dar a sus hijos todo lo que necesitemos para llegar a ser adultos maduros. En otras palabras, Dios es sumamente generoso con nosotros porque nos ama.

Jesucristo abrió el cielo para nosotros “por su propia gloria y poder” y lo hizo porque quiere que lleguemos “a ser partícipes de la naturaleza divina” (2 Pedro 1, 3-4). Gracias a su muerte y su resurrección, el torrente de agua viva del Espíritu Santo puede fluir en el corazón del creyente. Por el profundo amor que Dios nos tiene, el Pan vivo que recibimos en la Santa Comunión se convierte en parte nuestra, o mejor dicho, nosotros nos convertimos en parte del Pan de vida eterna. Por medio de la gracia del intercambio divino, podemos experimentar el poder de curación que contiene el Sacramento de la Confesión, cuando le pedimos al Señor que nos lave y nos purifique de nuestros pecados.

La revelación y los mandamientos. Quiero que sepan, hermanos, que el evangelio que fue anunciado por mí no es según el hombre. Pues ni lo recibí de hombre, ni me fue enseñado, sino que lo recibí por medio de una revelación de Jesucristo. (Gálatas 1, 11-12) San Pablo estaba tratando de defenderse contra las acusaciones de que él no era un verdadero apóstol y que predicaba un evangelio que no era válido. Por eso, en lugar de retractarse, reafirmó su postura: “¿Tan insensatos son? Habiendo comenzado por el Espíritu, ¿van a terminar ahora por la carne?” (Gálatas 3, 3). Él sabía que los creyentes de Galacia habían llegado a conocer a Cristo como fruto de la obra reveladora del Espíritu, tal como él lo había hecho, pero le preocupaba el que ahora ellos se estuvieran distanciando de esa revelación y empezando a depender sólo de lo que su limitado razonamiento humano podía aceptar.

Para San Pablo, la cuestión básica era dilucidar si los gálatas continuarían buscando la ayuda del Espíritu Santo para comprender la vida cristiana y ponerla en práctica. Esta es la misma pregunta que hoy tenemos que hacernos nosotros. El Espíritu nos ha dado muchísimo, pero ¿vamos ahora a tratar de vivir nuestra fe en forma independiente del Espíritu? ¿Pensamos que basta simplemente con preocuparnos de obedecer los Diez Mandamientos y venir cada domingo a Misa? ¿O queremos desarrollar y mantener una comunión personal con Cristo, y por medio de esa comunión recibir la fuerza espiritual que necesitamos para hacer la voluntad de Dios?

En un sentido, los mandamientos son como una red de seguridad bajo un trapecio. Así como la red protege al trapecista de caer al suelo, los mandamientos también nos protegen de cometer pecados que podrían ser dañinos para nosotros mismos y para quienes tenemos cerca. Pero un trapecista no se preocupa sólo de mantenerse en el aire, sino de realizar bien el arte de su oficio; de dar a su público un espectáculo emocionante y de superarse en su habilidad y destreza cada vez que actúa.

Del mismo modo, la vida cristiana no ha de reducirse a permanecer dentro de los confines de los mandamientos. El Señor quiere que aprendamos a volar alto a su lado, para que logremos perfeccionar la comunión que tenemos con él cada día más; quiere que lleguemos a ser testigos auténticos de su verdad y su amor frente a nuestros familiares y amigos, como ejemplos vivos de la alegría, la libertad y la paz de la vida cristiana.

Un intercambio de dones. El intercambio divino llega a ser más eficaz cuando aprendemos a mantenernos atentos a las mociones del Espíritu Santo. Por ejemplo, pensemos en la forma en que rezamos el rosario. Con cada cuenta del rosario rezamos un Ave María; todo muy formal y con una cadencia bien conocida. Pero cuando pronunciamos oraciones con los labios, también hemos de meditar sobre un determinado misterio de la vida de Cristo. Esta es una forma en la que se produce el intercambio divino. Al meditar en cada misterio, podemos pedirle al Espíritu Santo que nos conceda “la mente” de Cristo, es decir, su forma de pensar. Podemos pedirle que nos permita saborear en nuestra mente su sabiduría, su paz, su amor, todo esto mientras seguimos pronunciando las oraciones en voz alta.

Bien, ahora ¿cómo podemos saber que se está produciendo el intercambio divino? Por cierto, no vemos un dramático destello de luz; más bien, empezamos a percibir que el amor de Dios nos llena el corazón y sentimos que amamos cada vez más al Señor. Descubrimos un nuevo deseo de alabarlo, porque sus verdades se hacen vida en nosotros y experimentamos un cambio en nuestra vida: surge el deseo de recibir más de Dios; empezamos a pensar y actuar más como Jesús y descubrimos que nos resulta más fácil ser más pacientes y tolerantes con los demás y que estamos mejor dispuestos a servir a los necesitados.

De modo que día a día tenemos la oportunidad de intercambiar dones con el Señor. Cada día, él nos invita a darle nuestro tiempo, mientras nos prodiga los dones de su gracia y su poder. Nosotros le expresamos agradecimiento, adoración y alabanza, y él nos concede sabiduría, paciencia y fe. Le damos nuestra obediencia, y él nos da el testimonio de su amor y su misericordia.

Lo mínimo no basta. Es cierto que no somos más que vasijas de barro. Somos propensos a la debilidad, la distracción y la duda, y a menudo nos asaltan las seductoras influencias del mundo. Pero en nada de esto somos diferentes de los apóstoles y los santos. Ellos, al igual que nosotros, también sintieron la tentación de reducir a algo inferior la vida que Dios quería que ellos llevaran. La diferencia es que ellos descubrieron la sabiduría de Dios; descubrieron que no se trataba de ellos mismos, sino de Cristo, que vivía en ellos. Y al igual que los apóstoles y los santos, nosotros también tenemos a Jesús que vive en nuestro corazón y él está deseoso de sacarnos de la vida corruptible y trasladarnos hacia la incorruptible, de hacernos pasar de la mortalidad a la inmortalidad (1 Corintios 15, 53-55).

Es cierto que probablemente cada día nos sintamos tentados a llevar una vida cristiana “mínima”, es decir, sin tratar de valernos del poder del Espíritu Santo ni de lo que el Señor nos quiera revelar. Por eso es de importancia vital recordar cada día que el mismo Jesús que les habló a Pedro, Pablo y los demás discípulos y santos nos quiere hablar a nosotros y darnos a conocer su buena noticia.

Jesucristo, nuestro glorioso Señor, tiene planes magníficos para sus seguidores. Si aceptamos su ofrecimiento de participar en un intercambio divino, podremos conocer cuál es nuestra verdadera vocación. La revelación y la gracia nos convencerán de que vivir en contacto con el Señor es lo mejor que jamás pudiéramos hacer.

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