Catholic Meditations

Meditación: Lucas 13, 1-9

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“Durante tres años seguidos he venido a buscar higos en esta higuera y no los he encontrado.” (Lucas 13, 7)

A veces, en la parábola de hoy, pareciera que Jesús nos dice que no tenemos la vida comprada y que haríamos bien en reformarnos pronto para que empecemos a dar fruto. Pero probablemente no es esto lo único que nos dice. Es cierto que Dios quiere que demos buen fruto, pero este fruto no proviene tanto de lo que hacemos sino de lo que él hace a través de nosotros.

Piense en lo que sucede para que un árbol dé fruto, por ejemplo de mangos. Las raíces reciben los nutrientes de la tierra, y las hojas recogen la energía del sol. Luego las ramas producen flores que son fecundadas por el polen que llega con el viento y los insectos y como resultado brotan los mangos. El árbol en realidad no tiene que hacer nada, sino recibir lo que la naturaleza ha dispuesto por la gracia de Dios. De modo similar, el Señor nos hace fructíferos mediante su presencia en nosotros; pero no nos deja que hagamos la obra solos, dependiendo de los talentos y capacidades de cada uno. Dios mismo quiere tomar esos talentos, llenarlos de poder y elevarnos hasta dar fruto para su Reino.

Cuando Moisés vio la zarza ardiente, sintió curiosidad no porque la zarza estuviera ardiendo, sino porque no se consumía. De modo similar, cuando Dios habita en nuestro corazón, nosotros también ardemos con el resplandor de la gracia de Dios. Pero, tal como sucedió con la zarza ardiente, el fuego del Señor no destruye la personalidad ni los dones naturales que poseemos; por el contrario, los ilumina para que resplandezcan y así otros caminen hacia el corazón de Cristo.

Dios quiere que sus hijos hagan las obras que Jesús hizo, de manera que su Reino se manifieste en la tierra. La manera de avivar el fuego de la vida de Dios en uno es orar, leer las Escrituras, recibir la Sagrada Eucaristía y servir a los demás según el Señor nos guíe. Luego, la vida se nos transformará, de estéril a fructífera, porque Cristo estará viviendo y actuando en nosotros. Recibe tú también, hermano, el alimento espiritual que necesitas y de esa manera producirás el fruto que el Señor espera de ti.

“Jesús, Señor mío, ven y reina en mí, te lo ruego. Te doy la bienvenida en mi corazón y te pido que me fortalezcas para dar buen fruto para tu gloria.”

Efesios 4, 7-16; Salmo 122, 1-5

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