Catholic Meditations

Meditación: Mateo 26, 14-25

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Miércoles de Semana Santa

Cuando Jesús dijo que uno de sus discípulos lo traicionaría, once de ellos preguntaron “¿Acaso soy yo, Señor?” Pero, en una elocuente excepción, Judas preguntó “¿Acaso soy yo, Maestro? (Mateo 26, 22.25). Al usar el título “Maestro” se aprecia claramente que Judas no había logrado entender que Jesús era el Mesías, el Hijo de Dios, el Señor. En cambio, los otros once veían que Jesús era merecedor de toda obediencia y reverencia, no solamente de un mero asentimiento, sino Aquel a quien debían llamar “Señor.”

Hay muchas maneras de considerar a Jesucristo: como un maestro excepcional, un notable profeta y médico, un hombre extraordinariamente santo. Sin duda es todo esto, pero mucho más. Cristo es el Señor, el Soberano que reina sobre todo el universo con plena majestad, digno de todo honor, gloria y poder.

¿Qué significado tienen estas frases en la vida práctica? ¿Qué efecto tienen en nuestra manera de entender nuestra propia vida? Una respuesta es que, si bien podemos considerar que Jesús es nuestro amigo, hemos de reconocer que también es nuestro Dios, que tiene un poder sobre nosotros que nadie más puede tener. Sus enseñanzas y mandamientos tienen autoridad propia y merecen plena obediencia. Su poder es absoluto. Por eso podemos recurrir a Cristo con fe expectante, sabiendo que él es capaz de obrar milagros, aliviar el sufrimiento y dar atención hasta los detalles más pequeños de nuestra vida y la de nuestros seres queridos y conocidos.

Pero es importante entender que la majestad de Jesús no significa que la vida vaya a convertirse en una carga opresiva; más bien nos hace libres y nos transforma, porque imprime sentido a nuestra existencia y por eso satisface mucho más que cualquier plan o fórmula que podamos idear.

Jesús no es un rey injusto ni indiferente: es el Amor encarnado. ¿Estás dispuesto a recibirlo en tu corazón? Imita hoy a los once discípulos y reconoce que Jesús es tu Señor y él manifestará su presencia y su poder más claramente en tu vida, te dará un corazón nuevo y te comunicará su paz que supera todo lo humanamente imaginable.

“Jesús, Señor y Dios mío, me entrego a ti y te ruego que me ayudes a reconocerte de todo corazón como mi Señor, para que reines en mi espíritu y mi mente. Ayúdame, Señor, a caminar siempre por tu senda.”

Isaías 50, 4-9; Salmo 68, 8-10. 21-22. 31. 33-34

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