Catholic Meditations

Meditación: Juan 10, 31-42

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En el Evangelio de hoy, las autoridades religiosas criticaban al Señor porque él había dicho: “El Padre está en mí y yo en el Padre” (Juan 10, 38).

¿Acaso creía Jesús que esto convencería a sus oyentes? No, él sabía que sus palabras encenderían más aún el fuego del rechazo y la furia de sus adversarios.

Pero, ¿cómo hemos de responder nosotros al oír esta afirmación de Cristo? El hecho de escuchar que Jesús está “en” el Padre sin duda despierta en los fieles emociones tales como esperanza, alegría, expectativa y alabanza, especialmente cuando contemplamos la cruz. Allí, en el Calvario, hay alguien que es mucho más que un hombre justo que sufre un castigo injusto. Si el Padre está en Jesús, eso quiere decir que allí está el Hijo de Dios, y esto significa que Dios mismo vino a morir por su pueblo, por ti y por mí.

En efecto, la cruz de Cristo nos hace ver un amor que sencillamente no podemos entender ni explicar, una obra que quiere decir que nuestra salvación y el perdón de nuestros pecados son completos, definitivos y absolutos. Esto significa que nuestro Dios Todopoderoso nos ha prodigado su misericordia, que es inamovible e inquebrantable. Todo lo que tenemos que hacer ahora es aceptar esta obra completa por medio del Bautismo y el arrepentimiento, y luego poner nuestro granito de arena para que se continúe cumpliendo el plan de Dios para todos los que lo quieran aceptar.

¡Jesús ya hizo lo que era necesario! En efecto, lo que ahora nos hace falta hacer es presentarle al Señor todo lo que no nos hemos atrevido a mostrarle o confesarle, porque sabemos que él nos comprende y nos perdona. Posiblemente tengamos pecados que no hayamos querido confesarle por temor a haber agotado ya las gracias del perdón divino; a lo mejor vivimos guardando culpas y heridas emocionales por creer que no somos dignos del amor de Dios. ¡Pero nada de eso es cierto! El Padre nos ama tanto que estuvo dispuesto a reconciliar consigo a todo el mundo. No hay nada que quede fuera de la redención, ni nadie que quede excluido de su amor.

“Jesús, Señor mío, tú eres la misericordia de Dios en persona. Te alabo y te doy gracias por tu amor y por la bondad con que me has tratado. Te adoro, Señor, porque me has perdonado y me has dado la vida eterna.”

Jeremías 20, 10-13
Salmo 17, 2-7

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