Catholic Meditations

Meditación: Lucas 1, 46-56

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“Mi alma glorifica al Señor.” (Lucas 1, 46)

El cántico de la Santísima Virgen, denominado “el Magnificat”, es un himno de alabanza a Dios por todo lo que el Señor hizo por ella y por lo que iba a hacer por toda la humanidad por medio del Hijo que nacería de ella. La humildad de María contrasta con la omnipotencia y la magnificencia de Dios, y eso demuestra que cuanto el Altísimo hizo por la Virgen, también quiere hacerlo por todos aquellos que le temen, lo aman y se fían de él.

La Virgen María fue exaltada porque reconoció su pequeñez y su humildad, y porque se confió sin reservas en manos de Dios. En cambio, para quien no reconoce la autoridad del Señor ni le confía su vida, las consecuencias son aterradoras: “Dispersó a los de corazón altanero, destronó a los potentados… y a los ricos los despidió sin nada” (Lucas 1, 51-53). Los soberbios, los potentados y los ricos son aquellos que se preocupan más de su propia comodidad personal y no buscan más que dinero y poder para dominar. Si nos examinamos detenidamente, veremos que nosotros también, en cierto grado, somos los soberbios, los potentados y los ricos.

Para ser exaltados y saciados por Dios, tenemos que ser pobres de espíritu, humildes y confiar en la providencia divina. Los soberbios, los prepotentes sólo confían en sí mismos y en sus propios recursos, pero los pobres se acogen a Dios y confían en su amor y su misericordia, porque reconocen que necesitan que Dios les ayude a salir adelante. Por esto, mientras no seamos humildes como la Virgen María, no recibiremos los dones que Dios quiere darnos, porque seremos incapaces de aceptarlos o no los desearemos.

La soberbia, el egocentrismo y la autosuficiencia les impiden a los incrédulos ver su gran necesidad de Dios, y si la reconocen, no se deciden a renunciar a sus hábitos e inclinaciones, porque no tienen fe y no llegan a ver que un día se acabarán todas esas seguridades y tendrán que dar cuenta a su Creador de lo que hicieron con su vida. No seamos ni tú ni yo incrédulos, y tengamos fe y confianza en nuestro Salvador.

“Señor Jesús, te esperamos con los brazos abiertos, porque estamos cansados de la maldad y la violencia del mundo. Ven, Señor, a traernos tu paz y tu justicia.”

1 Samuel 1, 24-28
(Salmo) 1 Samuel 2, 1. 4-8

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