Catholic Meditations

Meditación: Lucas 7, 36-50

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El relato del encuentro de la mujer pecadora con Jesús durante la cena ofrecida por Simón es probablemente uno de los relatos más gráficos y conmovedores del Nuevo Testamento.

Piensa que tú eres uno de los invitados y procura ver con tu imaginación lo que sucede.

Durante la cena, Jesús explica lo que es el Reino de Dios, cuando entra la mujer, conocida como pecadora pública y rechazada por todos. Tú te sientes un poco “contaminado” sólo por su cercanía, pero al tratar de entender por qué ha venido a interrumpir la cena sin estar invitada, ves que trae algo en la mano y que tiene la cara llorosa.

Con expresión de temor, se encuentra con la mirada fija pero bondadosa de Jesús. Temblando, no puede controlarse y comienza a sollozar. Ahora se inclina hasta el suelo y sus lágrimas caen sobre los pies desnudos de Jesús, pero ella se los seca con el cabello.

¿Sabe Jesús quién le está tocando? Con mucha suavidad, ella le unge los pies con el perfume que lleva en el frasco de alabastro y toda la casa se llena de la fragancia, pero también de tensión. Cuando tú piensas que alguien debía decir o hacer algo, Jesús habla. No está molesto ni enojado. Al contrario, ¡parece estar feliz! Por la breve parábola que le dice a Simón, ves que Jesús no rechaza a la mujer. ¡Está realmente contento! Y reconoces que las lágrimas de ella son una mezcla de dolido arrepentimiento y gratitud por ser aceptada por Cristo. Con ternura, él le dice: “Tus pecados te han quedado perdonados… vete en paz.” Entonces tú razonas: Si Jesús perdona a esta pecadora, ¿hay alguien a quien no perdone?

¡No, nadie! Y te acepta a ti también, aunque sabe exactamente quién eres tú, qué es lo que has hecho y cuáles son tus pecados. ¡Qué dulces son estas palabras de Jesús! Pero, para que tengan su efecto correcto, hay que escucharlas en la absolución después de una buena confesión. Ciertamente todos hemos pecado y nadie merece el cielo más ni menos que la mujer pecadora, pero si acudimos a Jesús con la misma humildad y sinceridad que ella demostró, el Señor se complace en darnos la bienvenida a su Reino y nos dice: “Tus pecados te quedan perdonados. Vete en paz.”

“Señor mío Jesucristo, te alabo y te bendigo hoy con todo mi ser por tu gran amor y misericordia. Te doy gracias por recibirme en tu morada celestial. ¡Permíteme ungir también tus pies con mi alabanza y adoración!

1 Corintios 15, 1-11; Salmo 117, 1-2. 16-17. 28

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