Catholic Meditations

Meditación: Lucas 4, 38-44

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“¡Tú eres el Hijo de Dios!” (Lucas 4, 31)

Había sido un día muy emocionante. Jesús había comenzado el día de reposo causando una gran impresión entre los pobladores de Cafarnaúm, enseñando con autoridad y curando al poseído por un demonio. Luego, regresando a la casa de Simón Pedro, curó a la suegra de éste. Al atardecer, multitudes de enfermos y endemoniados lo seguían y él los iba atendiendo uno por uno, sanándolos y liberándolos. No cabía duda de que el Señor había venido a “anunciar el año favorable del Señor” (Lucas 4, 19).

No es sorprendente, pues, que la gente de Cafarnaúm haya querido que Cristo se quedara con ellos y siguiera realizando allí su ministerio. Pero Jesús prefirió continuar predicando en otras ciudades. En realidad, ni el entusiasmo despertado en Cafarnaúm ni el rechazo que acababa de experimentar en Nazaret influyeron grandemente en él. Siendo el Ungido de Dios, enviado a anunciar la Buena Nueva a toda la humanidad, Cristo no buscaba ser aclamado como hacedor de milagros, porque el Espíritu Santo lo iba guiando a establecer nada menos que el Reino de Dios en la tierra.

En su Evangelio, San Lucas pasa de un episodio de curación y liberación a otro, para demostrar que Jesús no cesaba de trabajar. En realidad, nunca dejó de trabajar en todo su ministerio, no sólo realizando curaciones milagrosas, sino perdonando los pecados y revelando a Dios Padre.

Ahora, ascendido en gloria y sentado a la derecha de la majestad del Padre, nuestro Salvador continúa su obra de adelantar su Reino en este mundo. Nosotros, los que formamos la Iglesia, su Cuerpo en la tierra, seguimos beneficiándonos de su ministerio de curación, liberación y perdón. Jesús nunca ha dejado de invitarnos a profundizar nuestra comunión con él, ni de concedernos su gracia para crecer en la santidad, la sabiduría para la vida práctica, la fortaleza para rechazar el pecado y el amor al prójimo. No nos conformemos con lo mínimo; sigámoslo de todo corazón. Abramos las puertas de nuestro ser interior para recibir la acción vivificante de su poder y su amor.

“Jesús, Señor mío, permite que tu palabra cobre vida en mi interior y me revele tu divina voluntad. Quiero responder bien a la gracia que me das, no sólo creyendo en ti sino haciendo tu voluntad, para que me reconozcas cuando vuelvas a buscar tu rebaño.”

Colosenses 1, 1-8
Salmo 51, 10-11

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