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Cuando Jesús anunció que uno de sus discípulos lo traicionaría, once de ellos preguntaron: “Señor, ¿acaso seré yo?” Judas, cuya excepción resulta reveladora, también quiso saber y preguntó: “Maestro, ¿acaso seré yo?” (Mateo 26,22.25).
Era obvio que los once habían llegado a la conclusión de que Jesús era mucho más que un rabino o un maestro que presentaba una nueva visión para Israel. Algo había sucedido que les había infundido la convicción de que Jesús merecía no solamente aceptación, sino obediencia; que era alguien a quien debían llamar “Señor”. Pero Judas, al parecer, no pudo llegar a ese punto.
Hay varias maneras de conocer a Cristo: como maestro excepcional, como profeta y médico notable, como un hombre extraordinariamente santo. Jesús es todo eso, pero mucho más. También es el Señor, que reina sobre toda la creación con su majestad divina, y que es digno de recibir todo el honor, la gloria y el poder.
Esto lo hemos escuchado muchas veces, pero ¿qué significan estas palabras para nosotros en la vida práctica? ¿Cómo influyen estas verdades en nuestra conducta diaria? Una respuesta es que si bien hemos de considerar que Jesús es nuestro amigo, también debemos entender que es nuestro Dios y Juez, con una autoridad absoluta. Sus enseñanzas y mandamientos llevan un peso propio que merece completa obediencia; su poder también es absoluto. Podemos contemplar a Jesús con una fe expectante, sabiendo que Él puede hacer milagros, aliviar el sufrimiento y atender incluso a los detalles más pequeños de nuestra propia vida y la de nuestros seres queridos.
Pero es importante comprender que la majestad de Jesús no significa que nuestra vida se convierta en una carga opresiva. Todo lo contrario; su gracia nos infunde una libertad y una paz extraordinarias. Nos transforma, y orienta nuestros pasos de una manera mucho más satisfactoria que cualquier plan ideado por nosotros mismos o por los “expertos” de moda. Cristo no es un rey injusto ni indiferente: es el Amor encarnado. Hoy, sigamos a los discípulos y aceptemos a Jesús como Señor. Si lo hacemos, Él hará su presencia y su poder más patentes en nuestra vida; creará en nosotros un corazón nuevo y nos dará una paz superior a todo lo que podamos imaginarnos o comprender.
“Jesús, Señor y Dios mío, me entrego por completo a Ti. Ayúdame a reconocerte como Dios y Señor en mi corazón y en mi mente, y enséñame a caminar siempre hacia Ti por la senda que mostraste cuando vivías entre nosotros.”
Isaías 50,4-9
Salmo 69,8-10.21-22.31.33-34