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Muchos son los llamados, pero pocos escogidos
Observa cómo llegan los invitados a celebrar el acontecimiento con su familia. Todos vienen con sus mejores atavíos, excepto uno que ha venido con la misma ropa con que trabaja en el taller o en el campo. ¿Cómo reaccionaría usted? ¿No se sentiría irritado y ofendido? Tal vez haría lo mismo que hizo el rey del Evangelio de hoy: “¡Échenlo fuera!” (Mateo 22,13).
En la parábola de Jesús, los que llegaron al banquete nupcial ni siquiera eran los invitados originales. Los primeros se negaron a venir e incluso algunos asesinaron a los que traían la invitación (Mateo 22,5-6). Los nuevos “invitados” —todos los demás que pudieron encontrar los servidores— sí aceptaron la invitación, pero aún así, no había excusa para llegar al banquete con ropas sucias y raídas.
“Muchos son llamados, pero pocos escogidos” (Mateo 22,14). Esta afirmación de Jesús sugiere que un gran número de personas que están invitadas al banquete celestial no lograrán entrar. ¿Por qué? Porque a pesar de que la invitación fue generosa, prefirieron quedarse como estaban y no ponerse las “vestiduras blancas” de la justicia de Cristo. Estas vestiduras, que están al alcance de todos gracias a la cruz y que han sido blanqueadas por la sangre preciosa de Cristo, hay que mantenerlas limpias. Si uno llega a mancharla cometiendo pecados, es necesario arrepentirse, pedirle al Señor que nos perdone y nos purifique de nuevo a través de la confesión sacramental, para que se nos absuelvan nuestros pecados y quedemos tan limpios como en el día de nuestro Bautismo.
Cuando uno se arrepiente y se confiesa sacramentalmente, Jesús rompe las cadenas del pecado que nos han mantenido atados y nos purifica de todo mal. ¡Es algo muy liberador! Cuando ya no somos esclavos del pecado, podemos experimentar una felicidad y paz verdaderas y crecer en el amor de Dios. De cada uno depende, porque el Espíritu Santo nos da la fuerza necesaria para renunciar al pecado, superar las debilidades y rechazar la tentación; pero si llegamos a caer, podemos arrepentirnos sin demora y confesarnos.
“Señor, te doy gracias por tu misericordia, por el perdón ilimitado que me ofreces y por el sacrificio de la cruz, que me purifica y me sana. Ayúdame a reconocer mis pecados y faltas, arrepentirme y acudir a Ti para ser perdonado y renovado.”
Jueces 11,29-39
Salmo 40,5.7-10