Herramientas
- Tamaño letra

- Imprimir
- Enviar correo electrónico
A veces nos parecemos al joven rico del Evangelio de hoy, porque pensamos que Dios es un juez severo; creemos que también es bondadoso pero solamente cuando nos portamos bien.
La naturaleza humana nos hace pensar que si somos “perfectos” o si sólo hacemos “lo correcto”, de alguna manera nos ganaremos el aprecio del Señor. No obstante, en lo que Jesús le contestó al joven rico vemos que Dios realmente busca a quienes lo aman de todo corazón, sean ricos o pobres.
Pero a veces, cuando nos afanamos por cumplir nuestras responsabilidades con la iglesia, la familia y los necesitados, perdemos de vista el sentido del apostolado de Jesús. No hay duda de que Dios quiere que hagamos obras buenas en su nombre; pero la obediencia que realmente le agrada es la que proviene de un corazón que lo ame por encima de todo. Lo cierto es que, si tratáramos de ganar la entrada al cielo por mérito propio, no la conseguiríamos; como tampoco pudo el joven rico, que quiso ganar la vida eterna cumpliendo las exigencias de la ley de Moisés. Lo que no pudo ver fue aquello que principalmente le interesa a Dios: la actitud interna del corazón.
Los cristianos de hoy también tropezamos con el mismo obstáculo, cuando cumplimos lo que nos pide la religión pensando que eso será suficiente, en lugar de entregarnos a Dios de todo corazón y amarlo más que a nosotros mismos. Cuando amamos realmente a Jesús llegamos a comprender que hemos sido salvados por pura gracia de Dios (Efesios 2,8). El amor que esta revelación despierta en nuestro corazón nos impulsa a dejar de lado todo lo que ofende al Señor y nos mueve a amarlo e imitarlo en su generosidad y su compasión. Tal vez no tengamos que vender todos nuestros bienes, pero sí hemos de tener ante Dios un corazón más humilde cada día.
Cómo respondería usted estas preguntas: “¿Cumplo bien mis deberes religiosos y creo que así podré entrar al cielo? ¿Confío más que Cristo, con su amor y su muerte redentora, puede salvarme?” Si sus respuestas hablan más de “cumplir” que de “amar” o “creer”, no se desanime: Todos debemos amar más a Dios. Lo bueno es que el Señor nos comprende y nos ayuda cuando tratamos de amarlo de verdad.
“Padre eterno, quiero rendirme de corazón a los pies de Cristo Jesús. Creo que su muerte y su resurrección son el camino hacia la vida eterna; por eso me pongo, Padre, en tus manos tiernas y poderosas.”
Jueces 2,11-19
Salmo 106,34-37.39-40.43-44