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Imagínese llegar a un restaurante que prometa lo siguiente: “Cuando usted haya probado nuestras especialidades jamás volverá a tener hambre; no se sentirá débil, no se enfermará y ni siquiera morirá.”
¿No pensaría usted que tras esas palabras hay un gran engaño o que el dueño está mentalmente desequilibrado? Esto mismo, pero en un sentido espiritual, es lo que Jesús prometió en el Evangelio de hoy cuando dijo que Él era el “pan vivo que ha bajado del cielo” y “el que coma de este pan, vivirá para siempre” (Juan 6,51).
“Este pan” del que hablaba Jesús es la Sagrada Eucaristía, el manjar de la vida eterna, el alimento que hace inmortales, la bebida que sacia la sed para siempre. Uno de los primeros Padres de la Iglesia decía que la Eucaristía era “medicina de inmortalidad.” ¿Le parece imposible? No lo es, para quien sepa que “para los hombres es imposible, pero no para Dios, porque para él todo es posible” (Marcos 10,27).
El Señor puso mucho énfasis también en la promesa de que aquel que lo coma con fe vivirá para siempre: “Y yo lo resucitaré en el día último” (Juan 6,54). A todos nos gustaría permanecer siempre jóvenes, pero esta promesa es mucho mejor que cualquiera de nuestros sueños más descabellados. Imagínese: ¡Tendremos un cuerpo glorificado, joven y fuerte para siempre, dotado de la propia santidad y el poder de nuestro Dios!
Esta promesa de la Segunda Venida está tan íntimamente ligada a la Sagrada Eucaristía que está latente en la celebración de toda la Misa. En el Credo de Nicea, por ejemplo, decimos que Jesús “vendrá de nuevo con gloria.” En el Santo, declaramos, “bendito el que viene en nombre del Señor.” Incluso en la aclamación decimos “Anunciamos tu muerte, proclamamos tu resurrección, ¡ven, Señor Jesús!” Esta breve plegaria, de hecho, sintetiza todo el mensaje del Evangelio. En cada Misa se nos recuerda que Jesús volverá ya sea hoy o dentro de muchos años. Nadie, excepto Dios, sabe la hora exacta; pero sí sabemos que Cristo vendrá nuevamente al mundo como Rey, Señor y Juez, revestido de amor y gloria. ¡Él mismo lo prometió!
“Jesús, Señor Nuestro, nuestro mayor anhelo es presenciar tu Segunda Venida, porque vendrás con poder y justicia, pero también con amor y ternura. Permite, Señor, que estemos preparados para recibirte con fe, esperanza y amor.”
Proverbios 9,1-6
Salmo 34,2-7
Efesios 5,15-20