Catholic Meditations

Meditación: Marcos 1,29-39

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V Domingo del Tiempo Ordinario

Jesús llegó a Cafarnaum y pro­clamó la venida del Reino de Dios. La autoridad absoluta con la que Jesús enseñaba, curaba a los enfermos y expulsaba a los espíritus malignos dejaba a la vista la inmensa misericor­dia de Dios, y presentaba el amanecer de la nueva era de la salvación. Para los que respondían con fe, el Reino vino a ser una experiencia personal que les llevaba a vislumbrar la gloriosa transformación de toda la Creación al final de los tiempos.

El entendimiento que tenían los discípulos de la verdadera Persona de Jesús era limitado; pero bastó decirle que la suegra de Simón se encontraba enferma con fiebre para que Jesús res­pondiera sin demora; la fiebre cedió ante su toque sanador (Marcos 1,29­31). Jesús el Señor vino a traer la salvación y hacer revivir a todos los que estaban postrados bajo la enferme­dad del pecado. Así, habiendo recibido la vida nueva, todos estamos llamados a servir en la edificación del Reino de los cielos.

Jesús hizo callar a los demonios, que reconocían su verdadera iden­tidad (Marcos 1,34) y se retiró de la multitud, pero los discípulos no logra­ban entender que Él era el Mesías. Este fue el comienzo del “secreto mesiánico”.

Muchos se sentían maravillados al ver los milagros del nuevo profeta, pero no lograban entender cuál era su misión. En su constante oración, Cristo recibía fuerzas para cumplir la voluntad de su Padre y no dejarse manipular por la multitud, que deseaba ver un Mesías político, militar o autoritario, según sus propios con­ceptos (Marcos 1,35-39). Pero los que sí aprendieron a reconocerlo como el Siervo sufriente, humillado en la cruz y resucitado victorioso sobre el pecado, pudieron proclamarlo como Mesías. Lo que inicialmente quedó oculto, se reveló plenamente a la luz de la Resurrección (Lucas 24,26).

“Padre eterno, queremos buscar tu presencia divina, para que tu Espíritu Santo nos revele la persona y la misión de Jesús. Señor mío Jesucristo, renueva y sana mi espíritu quebrantado, y ayúdame a aceptar dócilmente tu poder sanador.”

Job 7,1-4.6-7, Salmo 147,1-6, 1 Corintios 9,16-19.22-23