Catholic Meditations

Meditación: Lucas 24, 35-48

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En la Constitución Dei Verbum la Divina Revelación, aprobada por el Concilio Vaticano II, dice que: “En los sagrados libros el Padre que está en los cielos se dirige con amor a sus hijos y habla con ellos; y es tanta la eficacia que radica en la Palabra de Dios, que es, en verdad, apoyo y vigor de la Iglesia, y fortaleza de la fe para sus hijos, alimento del alma, fuente pura y perenne de la vida espiritual.” (DV 21).

En efecto, es muy importante leer la Biblia cada día porque, haciéndolo, tenemos la posibilidad de experimentar a Jesús, el Verbo Divino, que nos comunica su presencia de muchas maneras, pero con mayor claridad cuando meditamos sobre su Palabra. Toda ella apunta hacia la persona de Cristo, de modo que si queremos conocerlo, debemos nutrir el alma y el pensamiento con la Palabra de Dios.

San Jerónimo, traductor de la Biblia Vulgata, decía que: “El desconocimiento de las Escrituras es desconocimiento de Cristo.” La Iglesia recomienda ahora leer la Sagrada Escritura no sólo como práctica devocional, sino como alimento espiritual y acompañamiento de la oración: Como lo dijo san Ambrosio: “Al Señor le hablamos cuando oramos, y le escuchamos cuando leemos las palabras divinas.”

Para reconocer la presencia de Jesús y entender quién es él, debemos alimentarnos de la Palabra de Dios, y también de la Sagrada Eucaristía. Jesús obedeció perfectamente al Padre, y conocía a fondo las escrituras hebreas (porque el Nuevo Testamento no había sido escrito aún). En su ministerio público, continuamente citaba la escritura: “También se dijo…” y “¿No han leído nunca en las Escrituras…?” (Mateo 5, 31; 21, 42). Incluso, cuando fue tentado en el desierto, derrotó al diablo citando las Escrituras (Mateo 4, 1-11).

Si queremos ser hijos de Dios llenos de fe y de bendiciones, que den mucho fruto para nuestras familias y para la Iglesia, sería bueno que siguiéramos el ejemplo de Jesús y nos dedicáramos de lleno a estudiar la Palabra de Dios. Deja que ella te llene el corazón y la mente con la verdad; aliméntate de ella, créela y obedécela. Si lo haces, aprenderás a ser como Jesús y la verdad de Dios arderá en tu corazón.

“Señor Jesucristo, abre mi corazón a la palabra de la verdad. Haz que ella arda en mi interior y me lleve a conocerte cada día más.”

Hechos 3, 11-26; Salmo 8, 2. 5-9

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