Catholic Meditations

Meditación: Juan 5,1-16

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Señor, no tengo a nadie que me meta en el estanque. (Juan 5,7)

En el Evangelio que leemos hoy, el hecho de que el hombre sufriera de parálisis desde hacía 38 años aparentemente no llamaba la atención de nadie. Anhelaba curarse, pero no podía sumergirse en las aguas curativas del estanque de Betzatá, porque siendo paralítico no podía moverse para entrar rápidamente en el estanque y no había nadie que quisiera ayudarlo. ¡Qué situación más deprimente! La indolencia y la apatía es una epidemia que mantiene pobres a los más necesitados, sin casa a los que no tienen hogar, con hambre a los que no tienen que comer y perdidos a los que no conocen a Dios.

La Escritura dice que “‘Todos los que invoquen el nombre del Señor alcanzarán la salvación.’ ¿Pero cómo van a invocarlo, si no han creído en Él? ¿Y cómo van a creer en Él, si no han oído hablar de Él? ¿Y cómo van a oír, si no hay quien les anuncie el mensaje?” (Romanos 10,13-14). ¿Cómo podía curarse el paralítico si nadie le ayudaba? ¿Y cómo puede la gente conocer a Jesús si nadie comparte con ellos el Evangelio?

Es cierto que Dios convierte las almas, pero nosotros somos los que debemos evangelizar y para ello tenemos un testimonio doble: la vida y la palabra. La Madre Teresa dijo una vez: “Sé Jesús, comparte a Jesús” y San Francisco de Asís decía: “Prediquen en todo momento, y si es necesario hablen.” En otras palabras, es en la vida diaria que llegamos a ser testigos de Cristo para nuestros semejantes.

Jesús quiere que seamos sal y luz en el mundo, con la intensidad correcta y en el momento oportuno. Un poco de sal sazona y provoca sed, pero en exceso produce náusea; un poco de luz alumbra y genera calor, pero en exceso encandila y quema. Del mismo modo, la evangelización puede ofrecer la verdad de un modo que parezca atractivo, sin presiones ni superioridad moral. Esto significa que hay que invitar a las personas a experimentar la purificación y la renovación que Dios ya ha producido en nosotros. Si permanecemos en Cristo, sumergidos en su río de gracia, curación y poder, podremos decir a los demás: “¡Vengan y métanse al agua; está deliciosa!”

“Señor y Dios mío, te doy gracias por tu bondad y tu poder salvador. Te ruego que lleves a todos a tu río de agua viva, especialmente a los que tienen sed y hambre y que están paralizados por la incredulidad. Permite que todos lleguemos a ser testigos fructíferos con nuestra vida y nuestra palabra.”

Ezequiel 47,1-9.12

Salmo 46,2-3.5-6.8-9