Catholic Meditations

Meditación: Juan 17,1-11

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Santa Joaquina Verduna, religiosa

Padre, la hora ha llegado: glorifica a tu Hijo, para que también él te glorifique a ti (Juan 17,1)

Cristo se hizo hombre para dar gloria al Padre, revelando la santidad de Dios, que el pecado humano había desvirtuado. La “gloria” es algo de suprema importancia y magnificencia, que se caracteriza por la perfección y la gracia que se derraman sobre toda la Creación.

La gloria de Dios se manifiesta en su santidad. Jesús honró al Padre reve­lando su santidad con sus palabras y su modo de vivir. El Padre glorificó al Hijo resucitándolo, ascendiéndolo al cielo y volviendo a darle la gloria que Él había tenido desde toda la eterni­dad. Por otro lado, Jesús es honrado por nosotros cada vez que hacemos la voluntad del Padre (Juan 17,6-10) y tenemos parte en sus sufrimientos (1 Pedro 4,13-15).

Todos estamos llamados a honrar y glorificar al Padre, y Jesús es el ejem­plo que debemos seguir. El Hijo glori­ficó al Padre obedeciéndole, dándolo a conocer y entregándose totalmente a la obra de Dios. Para ello, se despojó de su propia gloria y vino al mundo asu­miendo la fragilidad de la condición humana.

Pero Jesús no se limitó a vivir santamente obedeciendo al Padre. Vivió y murió para que la gloria del Todopoderoso derribara las barreras del pecado e iluminara nuestros cora­zones. Jesús no rehuyó la cruz, porque precisamente para eso había venido al mundo (Juan 12,27-28).

En el caso nuestro, no es preciso realizar actos heroicos o extraordina­rios de fe para dar gloria a Dios. Pode­mos glorificarlo en nuestro quehacer diario, sin importar lo insignificante que éste parezca, porque todo trabajo puede dar gloria a Dios si lo hacemos con esa motivación: cuidar los hijos, cocinar, trabajar en una fábrica u ofici­na, ser agricultores, profesores o inclu­so limpiar pisos.

Comience, pues, cada día dando gloria a Dios. Pídale al Espíritu Santo que le ayude a aceptar el plan divino, profesar su fe y dedicarse a la obra del Padre. Si lo hace, la luz divina lo ilumi­nará a usted y a quienes le rodean.

“Señor, Dios mío, te doy gloria y alabanza porque eres mi Padre y porque me amas con amor eterno. Yo también te amo, Señor, y quiero seguirte todos los días de mi vida.”

Hechos 20,17-27, Salmo 68,10-11.20-21

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