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Santa Joaquina Verduna, religiosa
Padre, la hora ha llegado: glorifica a tu Hijo, para que también él te glorifique a ti (Juan 17,1)
Cristo se hizo hombre para dar gloria al Padre, revelando la santidad de Dios, que el pecado humano había desvirtuado. La “gloria” es algo de suprema importancia y magnificencia, que se caracteriza por la perfección y la gracia que se derraman sobre toda la Creación.
La gloria de Dios se manifiesta en su santidad. Jesús honró al Padre revelando su santidad con sus palabras y su modo de vivir. El Padre glorificó al Hijo resucitándolo, ascendiéndolo al cielo y volviendo a darle la gloria que Él había tenido desde toda la eternidad. Por otro lado, Jesús es honrado por nosotros cada vez que hacemos la voluntad del Padre (Juan 17,6-10) y tenemos parte en sus sufrimientos (1 Pedro 4,13-15).
Todos estamos llamados a honrar y glorificar al Padre, y Jesús es el ejemplo que debemos seguir. El Hijo glorificó al Padre obedeciéndole, dándolo a conocer y entregándose totalmente a la obra de Dios. Para ello, se despojó de su propia gloria y vino al mundo asumiendo la fragilidad de la condición humana.
Pero Jesús no se limitó a vivir santamente obedeciendo al Padre. Vivió y murió para que la gloria del Todopoderoso derribara las barreras del pecado e iluminara nuestros corazones. Jesús no rehuyó la cruz, porque precisamente para eso había venido al mundo (Juan 12,27-28).
En el caso nuestro, no es preciso realizar actos heroicos o extraordinarios de fe para dar gloria a Dios. Podemos glorificarlo en nuestro quehacer diario, sin importar lo insignificante que éste parezca, porque todo trabajo puede dar gloria a Dios si lo hacemos con esa motivación: cuidar los hijos, cocinar, trabajar en una fábrica u oficina, ser agricultores, profesores o incluso limpiar pisos.
Comience, pues, cada día dando gloria a Dios. Pídale al Espíritu Santo que le ayude a aceptar el plan divino, profesar su fe y dedicarse a la obra del Padre. Si lo hace, la luz divina lo iluminará a usted y a quienes le rodean.
“Señor, Dios mío, te doy gloria y alabanza porque eres mi Padre y porque me amas con amor eterno. Yo también te amo, Señor, y quiero seguirte todos los días de mi vida.”
Hechos 20,17-27, Salmo 68,10-11.20-21