Catholic Meditations

Meditación: Mateo 5,17-19

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Los judíos han reconocido que la Tora —es decir, “la ley” contenida en los cinco primeros libros de la Biblia— es nada menos que la revelación propia de Dios; el libro que contenía los pensamientos íntimos del Señor sobre sí mismo y sobre el sagrado estilo de vida que deseaba para su pueblo.

En los siglos pasados, cuando alguien les preguntaba: “¿Qué está haciendo Dios en el cielo?”, los rabinos solían contestar: “¡Leyendo la Tora!”

¿Qué pensaba Jesús de la Tora? A sus discípulos les dijo que el Padre lo había enviado a Él a cumplir la ley, y por eso el sermón de la montaña se dirige a la “médula” o “motivación interior” de los mandamientos antiguos. Por ejemplo, Jesús explicó que no bastaba cuidarse de no causar daño físico a nadie, porque si vamos a amar de corazón, debemos aprender también a vivir en paz con nuestros semejantes. Y que no basta abstenerse de robar y cometer adulterio, sino que tenemos que despojarnos del deseo de apropiarnos de lo que lícitamente le pertenece a otro.

Es cierto que Jesús abrió una nueva dimensión para los mandamientos dados a Moisés, pero el retrato de Dios que nos pintó no es el de un juez severo, que no deja pasar ningún pecado sin castigarlo, sino de un Padre que nos ama y nos invita a aceptar su amor de todo corazón. En realidad, el Señor quiere transformarnos por la fuerza de su Espíritu, de manera que podamos amar aquello que Él ama y renunciar a lo que es pecaminoso.

El amor de Dios es un fuego abrasador, que quema nuestros malos deseos y nos llena de un gran anhelo de complacer a nuestro Padre y de dar la vida para servir humildemente a nuestros semejantes. San Agustín dijo una vez: “Cumple los mandamientos por amor. ¿Puede alguien negarse a amar a nuestro Dios, que es tan generoso en misericordia y tan justo en todos sus caminos? ¿Puede alguien negarse a amar a Aquel que nos amó primero a pesar de toda nuestra injusticia y orgullo?” Pídale al Espíritu Santo que purifique sus pensamientos y le llene el corazón de su amor. Luego, comience a desear solamente aquello que es grato para Dios.

“Gracias, Señor, por darme tu Espíritu Santo. Te ruego que me llenes el corazón de tu amor inefable y me hagas santo como Tú eres santo.”

Deuteronomio 4,1.5-9

Salmo 147,12-13.15-16.19-20