Catholic Meditations

Meditación: Mateo 23, 1-12

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Santa Rosa de Lima, virgen

Jesús sabía que se acercaba “su hora”. Se dirigía a Jerusalén por última vez, consciente de que allí tendría que pagar el precio por los pecados de toda la humanidad; pero también sabía que al tercer día resucitaría y así vencería el poder del pecado y de la muerte. Cristo estaba total y perfectamente comprometido a llevar a cabo el plan de salvación dispuesto por el Padre y preparado para pagar el precio de ese compromiso.

Jesús enseñaba de palabra y de obra; pero si sus palabras no hubieran ido acompañadas de la acción, no habrían merecido más atención ni obediencia que los discursos de los escribas y fariseos. Cristo no dijo que las enseñanzas de aquéllos fueran falsas, sino que eran palabras vacías, porque la conducta de ellos no las corroboraba.

Cuando Jesús hablaba y enseñaba, no pedía a nadie que hiciera nada que él mismo no hiciera o no estuviera dispuesto a hacer, y así procedió siempre en todo su ministerio terrenal. En esto se conoce al líder auténtico: En que haga él también todo lo que les pide hacer a sus seguidores.

Jesús predicaba el perdón porque él mismo perdonaba sin reprochar. Cuando dijo que el amor era el fundamento de nuestra relación con Dios y con el prójimo, el propio Cristo demostró ese amor total e incondicional. Cuando dijo que el discípulo se conocía por su humildad y servicio, les lavó los pies a sus discípulos, tarea propia del siervo más humilde. Y tomando sobre sus santos hombros la cruz destinada a nosotros, el patíbulo reservado para el peor criminal, demostró el amor y la humildad en su grado supremo de perfección.

El Señor vino a servir, sufrir y morir en lugar nuestro, para que nosotros recibiéramos las promesas del Padre; para que llegáramos a vivir para siempre a su lado. No hay amor más grande que el dar la vida por los amigos. Y ¿qué significa “dar la vida” por los amigos? Significa renunciar a la comodidad o la conveniencia propia, si es necesario, para ayudar al afligido, al enfermo, al que sufre injusticia, especialmente cuando son familiares y amigos.

“Oh Señor, por el poder de tu Santo Espíritu, saca de raíz el orgullo y la rebeldía de mi corazón, para que un día llegue yo a ser un auténtico discípulo

tuyo y brille con tu luz en la oscuridad

del mundo.”

Ezequiel 43, 1-7; Salmo 84, 9-14

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