Catholic Meditations

Meditación: Mateo 13, 47-53

Lectura correspondiente

Herramientas

San Ignacio de Loyola, presbítero

El Reino de los cielos se parece también a la red que los pescadores echan en el mar y recoge toda clase de peces (Mateo 13, 47)

Las cosas del fin son a veces causa de temor para muchas personas. ¿Es inevitable la muerte? Sí. ¿Hay un cielo y un infierno? Sí. ¿Habrá un juicio final y una separación de buenos y malos? Sí. Es cierto que estas cosas son reales y bastante serias, pero no hay que dejar que nos llenen de un miedo innecesario. Los cristianos sabemos que Dios es un Padre compasivo y lleno de amor, que nos ha dado todo lo que hace falta para presentarnos en su presencia con tranquilidad y confianza, incluso en el día del juicio.

Una y otra vez la Escritura nos recuerda que los que estamos en Cristo somos nuevas criaturas (2 Corintios 5, 17) y que los que creemos en Jesús hemos pasado de la muerte a la vida y no seremos condenados (Juan 5, 24). La verdad del Evangelio es que, si permanecemos fielmente unidos a Cristo, no tendremos que enfrentar un futuro adverso ni desolador en el día del juicio.

Y tú, hermano, ¿sientes miedo al pensar en el juicio? ¿O prefieres evitar el tema y ocupar la mente en otras cosas? El mismo Señor puede demostrarte que no tienes por qué temer el juicio, y te ayuda a poner en orden todos los aspectos de tu vida, para que así sólo te preocupes de fijar la mirada en el día en que llegues a ver al Señor. Si te dedicas a hacer oración sincera y estudiar la Sagrada Escritura, Cristo mismo te hará ver qué grande es el tesoro que tú tienes en él y cómo has de vivir para que tu conducta sea aceptable a los ojos de Dios.

Entonces, la decisión es nuestra: o buscamos a Dios y el bien con todas nuestras fuerzas, o nos exponemos a caer en el precipicio de la muerte. Convertirse significa, en este caso, optar totalmente por pertenecer a los justos y llevar una vida digna de los hijos de Dios. No caigas en la tentación de seguir tu propio camino; el único que tiene palabras de vida eterna es Jesucristo, nuestro Salvador.

“Señor y Dios mío, quiero vivir en comunión contigo; te ruego que hagas desaparecer mis temores acerca de la muerte y el juicio; ayúdame a dedicarme de corazón a buscar la hermosura de tu faz, para unirme a ti en el banquete final en el Reino de los cielos.”

Jeremías 18, 1-6; Salmo 145, 1-6

Comentarios