Catholic Meditations

Meditación: 2 Timoteo 1, 1-8

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Santos Timoteo y Tito, obispos

Te recomiendo que reavives el don de Dios que recibiste. (2 Timoteo 1, 6)

Hoy rendimos honor a la memoria de los santos Timoteo y Tito, dos fieles colaboradores del apóstol San Pablo y unos de los primeros obispos, y al hacerlo hay una verdad que resplandece: Por mucho que haya cambiado la función de los obispos con el paso de los siglos, su misión sigue siendo la misma: Alentar a los creyentes a seguir creciendo en su fe. La misión de los obispos es dedicar su vida a ayudar a todos los fieles que tienen a su cargo a alcanzar su máximo potencial en Cristo.

Por nuestra parte, aunque no seamos obispos, todos tenemos una red de relaciones y amistades con otras personas en cuyas vidas podemos influir: hijos y nietos, amigos, vecinos, compañeros de trabajo, fieles de la misma parroquia, etc. En todos estos casos, podemos interesarnos por la vida espiritual de las personas y animarles a poner en acción los dones maravillosos que Dios les ha dado, como lo hizo San Pablo con Timoteo y convertirnos así en agentes de estímulo e inspiración.

Es obvio que Pablo conocía bien a Timoteo y fue precisamente por esta posición de amistad y aprecio mutuo que Pablo fue capaz de reconocer los dones que Timoteo tenía y alentarlo a utilizarlos. Esta amistad y confianza le dio también a Pablo la libertad necesaria para ayudarle a poner la inquebrantable verdad del Evangelio como base y fundamento de la vida de su discípulo.

Este es un modelo para nosotros. Incluso cuando estamos muy ocupados con otras demandas, siempre podemos aprender a darles atención a quienes nos rodean, conectarnos con ellos y enterarnos de sus esperanzas y temores, sus alegrías y dificultades. Podemos tratar de reconocer los dones que tienen otras personas y estimularles a usarlos para construir el Pueblo de Dios y también aprovechar las ocasiones para animarles cuando les esté flaqueando la fe. En efecto, no hace falta ser obispos o pastores para marcar una diferencia en la iglesia. Todos podemos alentarnos y edificarnos mutuamente, avivando la llama de la vida hasta que toda la familia, la comunidad parroquial y toda la Iglesia ardan con un amor apasionado al Señor.

“Señor, ayúdame a ver a mis familiares, amigos y compañeros con tus ojos. Enséñame a ser portador de palabras y acciones que sirvan de aliento y esperanza para los demás.”

Salmo 95, 1-3. 7-8. 10
Marcos 3, 22-30

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