Catholic Meditations

Meditación: Mateo 20, 17-28

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San Casimiro

El Hijo del hombre va a ser entregado a los sumos sacerdotes y a los escribas, que lo condenarán a muerte… pero al tercer día, resucitará. (Mateo 20, 18. 19)

El Señor sabía que la cruz era una parte esencial de su misión mesiánica. Varias veces les había dicho a sus apóstoles que debía ir a Jerusalén, donde lo tomarían preso, lo azotarían y lo crucificarían, pero ellos no entendieron lo que les quería decir. Por eso, insistió diciéndoles lo más claramente que pudo que su muerte y su resurrección eran inminentes.

El episodio en que la madre de Santiago y Juan pidió lugares de honor para sus hijos no sólo evidencia la falta de comprensión que en general había entre los seguidores del Señor, sino también acerca de la importancia de la cruz. Jesús les preguntó si podían ellos beber el amargo cáliz del sufrimiento. Ante la respuesta afirmativa de ellos, él les aseguró que sin duda lo beberían, porque sólo los que abrazan la cruz de Cristo pueden triunfar.

De igual forma, así como la cruz fue el motivo central de la vida de Cristo, también debe serlo para sus seguidores. Quizás esta idea nos resulte sorprendente y temible, pero también lo debe haber sido para los apóstoles: ¿Serían ellos capaces de soportar lo que les esperaba?

Santa Teresa de Ávila (1515-1582) dijo que cuando Jesús pregunta a sus fieles si podemos beber de su cáliz, debemos responder “Sí, podemos.” Santa Teresa dijo que es “perfectamente correcto hacerlo así porque Su Majestad da su fortaleza a los que él ve que la necesitan y defiende a esas almas en todo sentido” (Castillo Interior, Sexta Morada, XI). Esta promesa debería llenarnos de esperanza y valor frente a lo que Jesús nos pida. Por medio de su gracia, podemos vivir obedeciendo al Padre, tal como Jesús lo hizo.

Cristo “no vino a ser servido, sino a servir”. Servir es una forma de participar del cáliz del Señor, el cáliz del servicio generoso a los demás. Si somos seguidores de Jesús, tenemos que preocuparnos por el prójimo y ayudarle, principalmente en la familia, la parroquia, el trabajo o la escuela. Si lo haces tú, serás un buen discípulo.

“Amado Jesús, concédeme la fortaleza necesaria para mantenerme fiel a tu servicio y así llegar un día a la gloria que obtuviste para nosotros con tu victoria en la cruz. Gracias, Señor.”

Jeremías 18, 18-20
Salmo 30, 5-6. 14-16

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