Herramientas
- Tamaño letra

- Imprimir
- Enviar correo electrónico
San Romualdo de Ravena
Jesús dijo que la verdadera justicia habilita al ser humano para entrar al Reino de Dios. A diferencia de la justicia exterior que enseñaban los jefes religiosos de los tiempos de Cristo (que solía estar motivada por el orgullo y la vanagloria), la justicia verdadera es fruto de una vida de comunión personal con Dios (Mateo 5,20). Cuando descubrimos el amor del Señor y la verdad en la oración, su presencia y su imagen empiezan a cobrar vida en nosotros y poco a poco vamos creciendo en justicia y rectitud. Jesús prometió que el Padre recompensaría generosamente a los que experimentaran este cambio de vida.
El Señor dijo claramente que la oración, el ayuno y la limosna debían ser señales de nuestra vida interior de fidelidad a Dios, no acciones de hipocresía realizadas nada más que para obtener reconocimiento. Es posible que el mundo no logre jamás ver los actos de justicia que inspira auténticamente el amor de Dios, y los que son verdaderamente rectos no llevan cuenta de las buenas obras que hacen ni las proclaman a los cuatro vientos; más bien dan sin medida, sin buscar agradecimiento, para “que no sepa tu mano izquierda lo que hace la derecha” (Mateo 6,3).
Si cada día vamos a encontrarnos con Dios en la oración y en el deseo de hacer su voluntad, él nos colmará de su justicia; esta es la razón por la cual Jesús enseñó a sus discípulos que oraran en lo secreto del corazón, para que llegaran a conocer la presencia de su Padre celestial y para que su toque divino les cambiara el corazón. El Señor nunca nos rechazará; más bien nos comunicará docilidad de espíritu, para que verdaderamente ayunemos, oremos y demos al necesitado con una actitud parecida a la suya.
Recordemos que este mundo es transitorio y dediquémonos a edificar el Reino eterno del Señor. Los cristianos que oren, ayunen y den limosna según su amor a Dios recibirán grandes bendiciones, ahora mismo y en la eternidad. Si nos presentamos a nuestro Padre y le pedimos que nos llene de su vida y su amor, Jesús y el Espíritu Santo vendrán, harán su morada en nuestro corazón y nos darán fuerzas para hacer la voluntad del Padre.
“Jesús, Señor nuestro, queremos entrar en el lugar secreto de la oración para llegar a conocerte. Transfórmanos, Señor, por tu amor, para que tu justicia se manifieste en todo lo que hagamos.”
2 Corintios 9,6-11; Salmo 112,1-4.9