Catholic Meditations

Meditación: Lucas 9, 57-62

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Santa Teresa del Niño Jesús, virgen y doctora de la Iglesia

Cuando Jesús nos dice “Sígueme”, es como si también nos dijera “Olvídate de todos los que no quieren seguirme; deja todo lo que sea obstáculo para que me sigas, y no mires hacia atrás.” Esto suena un poco drástico, pero en realidad el Señor no vino a darnos una vida fácil, sino una vida recta; vino a librarnos de la esclavitud del pecado y concedernos una nueva visión para el futuro.

Todas las promesas del Evangelio se hacen válidas para nosotros cuando decidimos seguir a Cristo. En efecto, por esa sola decisión, ratificada una y otra vez, llegamos a abrir el corazón para recibir toda la gracia, el gozo y la esperanza del cielo. Un simple y sincero “Sí, Señor mío” nos abre a la vida de la libertad, en la cual Dios nos quita el peso de la culpa y nos comunica una seguridad inquebrantable de su amor.

Decídete hoy, querido hermano, a decirle al Señor: “Sí, Cristo mío, yo te seguiré.” Luego, no esperes que las cosas necesariamente se tornen más fáciles, pero sí espera que el próximo paso que des en la vida sea más claro y mejor orientado y luego da el próximo y el próximo.

La Madre Teresa le dijo que sí al Señor y ese sí la llevó desde su hogar en Albania a la escuela de un convento en la India y luego a las calles de Calcuta, una vida nada fácil ni cómoda, pero su carga era ligera porque sabía que Jesús la llevaba con ella. La imagen que recordamos de ella es de una religiosa sonriente, en cuyos ojos brillaba el amor de Dios.

Seguir a Jesús significa escoger el camino correcto, aunque sea angosto. No es un camino fácil, pero tampoco es de sufrimiento ininterrumpido, en el que nunca brilla el sol. Es cierto que a veces el camino angosto parece infundir miedo, pero Dios está con nosotros y con él todo es posible. Si avanzamos por ese camino, siempre encontraremos la gracia necesaria, en el momento preciso y en la medida correcta. Jesús, por medio del Espíritu Santo, se preocupará de eso, porque él quiere darnos una vida de paz, amor y victoria.

“Sí, Señor y Dios mío, te seguiré hoy y todos los días de mi vida. Revélame tus caminos, Señor, y enséñame tus senderos, para que dondequiera que tú vayas, yo vaya también contigo.”

Job 9, 1-12. 14-16; Salmo 88, 10-15

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