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Pablo no se preocupaba en absoluto de lo que otras personas pensaran de él.
La clase de títulos por los que quería ser conocido eran bastante humildes según las costumbres de la época: Siervo de Cristo, administrador de los misterios de Dios (4,1). ¡Es decir, muestras de poder e influencia que hoy difícilmente harían estremecerse al gerente de una gran empresa moderna!
¿Cómo llegó Pablo a despojarse tanto del afán de reconocimiento y prestigio social? Lo logró adquiriendo el conocimiento de que si estamos en Cristo poseemos todo lo que vale la pena tener, porque tenemos a Jesús y Él nos tiene a nosotros (1 Corintios 3,21). San Pablo puso toda su vida en manos del Señor y encontró tal alegría y contento en ello que las opiniones y las críticas del mundo perdieron toda importancia para él.
Además, si bien Pablo no procuraba ganarse el reconocimiento público, tampoco temía el rechazo de los demás; por eso dijo a los corintios: “En cuanto a mí respecta, muy poco me preocupa ser juzgado por ustedes o por algún tribunal humano” (1 Corintios 4,3). Había una sola persona a quien Pablo quería complacer, una sola persona a quien no quería decepcionar: Jesucristo, el Mesías. El Señor le había dado tanto entendimiento al apóstol que éste no se preocupaba en absoluto de lo que la gente pensara de él.
Así, Pablo, teniendo el corazón lleno de la presencia de Cristo, era libre para amar a los corintios. En efecto, en lugar de buscar admiración, simplemente quería servir, evitando distraerse del mensaje de la salvación en Cristo que les anunciaba. Pablo nos señala el camino, y si ponemos toda la atención en el Señor y nos dedicamos a ser administradores de los misterios de Dios, Jesús vendrá a llenar también nuestro entendimiento. Así tampoco tendremos razones para preocuparnos de lo que otras personas piensen de nosotros.
“Espíritu Santo, Señor, lléname el corazón y la mente de la presencia de Jesús. Que mi gozo esté en saber que he sido redimido por la sangre del Cordero y que todas las cosas son mías en Cristo Jesús, y que yo le pertenezco a Él.”
Salmo 37,3-6.27-28.39-40
Lucas 5,33-39