Vence el mal haciendo el bien

Realmente podemos cambiar el mundo

Herramientas

Escaparon por un pelo. El Faraón estaba empecinado en rechazar las peticiones de Moisés, pero las plagas que cayeron sobre Egipto, una por una, empezaron a agotar la resistencia del rey egipcio, al punto de que finalmente dejó salir a los israelitas.

Pero, poco después de emitir su decreto, el Faraón cambió de opinión y envió a su ejército a capturar nuevamente a los israelitas. Cuando los egipcios se aproximaban, los israelitas estaban acampados a orillas del mar. Viéndose entre el temible ejército que los perseguía y las aguas del mar Rojo a sus espaldas, el pueblo pensó que estaba perdido.

No hay duda de que una situación como ésta bastaría para aterrorizar a cualquiera. Los israelitas se veían cara a cara con la muerte y no había nada que pudieran hacer. Presa del pánico, reclamaron a Moisés: “¿Acaso no había sepulcros en Egipto, que nos sacaste de allá para hacernos morir en el desierto?” Moisés, tratando de calmarlos, los reunió y les dijo: “No tengan miedo. Manténganse firmes ?… Ustedes no se preocupen, que el Señor va a pelear por ustedes” (Éxodo 14,11.13.14).

Pero al escuchar las palabras de Moisés, el Señor intervino y le dijo: “¿Por qué me pides ayuda? ¡Ordena a los israelitas que sigan adelante! Y tú, levanta tu bastón, extiende tu brazo y parte el mar en dos, para que los israelitas lo crucen en seco.” (Éxodo 14,15-16).

Sé valiente y actúa. Parecía que el Señor le decía: “Atrévete a dar un paso en fe y los milagros se producirán.” Los israelitas no sabían lo que iba a suceder, pero todos ellos, incluso el propio Moisés y hasta los egipcios que miraban de lejos, se quedaron impresionados al ver cómo se dividían las aguas y se abría el mar. Los israelitas escaparon hasta el otro lado y cuando los egipcios se lanzaron a perseguirlos, las aguas volvieron a juntarse y todos murieron ahogados.

Este relato, como el de David y Goliat, nos permite ver también algo de lo que el Señor quiere que hagamos cuando tropezamos con noticias de violencia y maldad. Cuando el miedo nos lleva por instinto a buscar refugio, Dios nos dice que sigamos adelante confiados y llenos de fe; cuando la inseguridad y la indecisión nos convencen de que no podemos hacer nada más que esperar que Dios nos salve, el Señor nos dice que demos el primer paso … aunque no sepamos qué sucederá cuando demos el segundo y el tercer pasos. En pocas palabras, este relato nos enseña que Dios nos pide vivir con una fe activa y no solamente con una confianza pasiva.

¿Qué podemos hacer? En el artículo anterior planteamos que algo tan monstruoso como los ataques del 11 de septiembre puede apabullarnos y convencernos de que no hay nada que podamos hacer al respecto. También vimos que a veces las catástrofes personales nos llevan a una vida de impotencia y pasividad, o bien a vivir como si nada hubiera pasado. Pero éstas no son las mejores soluciones. Entonces, ¿cómo podemos avanzar? ¿Qué pasos podemos dar para superar la parálisis que nos causa el miedo o la tentación de suponer que nada ha ocurrido? A continuación ofrecemos unas pocas sugerencias al respecto.

Leer. Es posible que esto parezca algo más pasivo que activo, pero en realidad una de las cosas más importantes que podemos hacer es educarnos acerca de los peligros que se nos presentan. En el caso de los ataques del 11 de septiembre, podemos buscar buenos libros o artículos sobre la religión musulmana o sobre el fundamentalismo en las culturas islámicas y árabes. Si varias personas de nuestra comunidad han sido llamadas para ir a la guerra, bien podríamos aprender más acerca de la historia del Medio Oriente o de la región en que se encuentre el conflicto. Podemos tratar de comprender un poco mejor los nombres, lugares y acontecimientos que aparecen en las noticias de la televisión o en los periódicos.

Pero no debemos limitarnos solamente a los reportajes y las noticias. También debemos leer sobre temas espirituales, como las vidas de los santos o héroes cristianos que han vivido en épocas en que han sucedido eventos como los actuales. Por ejemplo, podemos leer sobre el beato Carlos de Foucauld, que vivió entre los musulmanes del norte de África; o acerca de la Madre Teresa de Calcuta, que enseñaba que es preciso amar a los enemigos y perdonar a los que nos hacen daño; o los relatos del viaje de San Francisco de Asís a Tierra Santa y sus conversaciones con el Sultán, cuyo ejército ocupaban Jerusalén en aquella época. Estas lecturas nos pueden ayudar a entender mejor la situación actual.

Hablar. Leer es una cosa, pero poder hablar acerca de lo que hayamos leído es una bendición más grande aún. Cuando compartimos con otros lo que hemos aprendido llegamos a tener una visión más clara del mundo que nos rodea. También buscar a otras personas que comparten las mismas inquietudes que nosotros puede ser motivo de tranquilidad y consuelo para uno.

Para hacer esto, uno puede, por ejemplo, unirse a un grupo en la parroquia que se reúna para compartir opiniones sobre la Sagrada Escritura o sobre algún libro que todos hayan leído. Busque oportunidades para reunirse con otros fieles para intercambiar opiniones sobre los hechos de la actualidad a la luz de su fe, sus experiencias y su conocimiento. Otra opción sería iniciar un grupo con sus vecinos para compartir comentarios y opiniones sobre temas determinados, para lo cual se puede invitar a todos a leer un mismo libro y luego reunirse acompañados de café y galletas. Conviene, no obstante, tener previamente un claro entendimiento de la doctrina católica, a fin de que las diversas opiniones que se expresen en estas reuniones no vayan a crear confusiones, en lugar de reafirmar la fe y la confianza en la verdad de Cristo revelada en la Sagrada Escritura y la Tradición de la Iglesia Católica.

Jesús prometió que cuando dos o más se reunieran en su nombre, Él se haría presente entre ellos, por lo que no sería sorprendente que el Señor usara estas reuniones para hablarnos a través de las palabras que allí se compartan. Por ejemplo, es posible que los comentarios de una persona nos ayude a disipar el temor acerca del futuro o acerca de lo desconocido. Tal vez las palabras de otra persona hagan desaparecer el resentimiento o los prejuicios que hayamos tenido sobre un tipo de personas, o la tendencia a juzgar a gente de otras razas o religiones. Incluso el Espíritu Santo puede utilizar nuestras propias palabras para reafirmar la fe de alguien que se encuentre frustrado o confundido acerca de algún aspecto del Evangelio. ¿Quién sabe si incluso conozcamos a otra persona con la cual queramos iniciar un nuevo apostolado en nuestra parroquia o comunidad?

Actuar. Para hacer algo concreto en el mundo es indispensable leer y hablar al respecto; pero el estudio y el compartir deben llevarnos a hacer algo concreto, porque sólo poniendo en práctica la llamada a edificar el Reino de Dios podremos encontrar alivio para nuestros temores y una nueva fortaleza para nuestra fe. Tal como los israelitas tuvieron que dar el primer paso cuando se encontraron frente al mar, el Señor nos pide dar el primer paso para poner nuestro granito de arena y ayudar a cambiar el mundo. Para ello nos promete que cuando demos ese primer paso, su poder y su gracia comenzarán a fluir en nosotros y así podremos ser instrumentos de su paz, su amor y su poder.

¿Qué tipos de acciones concretas puede uno realizar? Eso depende de la personalidad de cada uno y de los diversos talentos que tenga. Tal vez uno piense en dedicar un tiempo especial cada día para interceder por el fin de la guerra y el terrorismo. Quizá otro se sienta movido a integrarse a un grupo de oración en el que se pueda orar unos por otros y colaborar con otras personas que deseen trabajar para edificar el Reino de Dios. Tal vez alguno desee ayudar en su comunidad trabajando en un albergue para personas sin casa, en un centro de ayuda para mujeres embarazadas o en algún otro lugar donde haya personas que busquen auxilio, consuelo y orientación.

Es posible que estas acciones no estén directamente relacionadas con la situación que nos impactó al principio, pero podemos tener la seguridad de que cualquier cosa que hagamos para contribuir a edificar una cultura de vida y paz tendrá grandes repercusiones para refrenar la ola de odio, guerra y violencia en el mundo actual.

Tú puedes cambiar el mundo. Ninguno de nosotros debe pensar que es demasiado débil o insignificante para hacer algo que marque una diferencia. Cuando se trata de cambiar el mundo, no existe nadie que sea demasiado viejo o demasiado joven, que no tenga educación o sea demasiado inteligente. Ya sea que uno viva en una gran ciudad, en un pueblo pequeño o en un monasterio de clausura, cada uno de nosotros puede hacer algo que marque una diferencia, y no porque sea especial en sí mismo, sino porque Cristo vive en su corazón. Él es nuestra esperanza, nuestra fortaleza y nuestra sabiduría.

En su carta a los romanos, San Pablo instaba a sus lectores diciéndoles: “No te dejes vencer por el mal. Al contrario, vence con el bien el mal” (Romanos 12,21). Queridos hermanos, este es el llamado que tenemos; así es como podemos sacar un bien inmenso incluso de hechos de tanta maldad como los ataques terroristas. Aunque uno se sienta como si estuviera atrapado entre un ejército temible y un mar profundo de confusión e inseguridad, el Señor puede llevarnos a la libertad. Tal vez alguno se sienta tentado a vivir en el anonimato y esperar que todo se resuelva solo, pero Dios nos llama a trabajar, orar y seguir adelante confiados en su poder y su amor. Ojalá todos acatemos la orden y seamos agentes de cambio y transformación en el atribulado mundo en que vivimos.

Comentarios