Una carta viva de Dios

San Pablo y los corintios

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San Pablo escribió su segunda Carta a los Corintios por allá por el año 56 ó 57 d.C., es decir unos 20 años después de iniciado su ministerio.

A esa altura, San Pablo era ya un apóstol experimentado y ya había tenido suficientes ocasiones de toparse con mucha gente que criticaba su ministerio. Y esto es precisamente lo que sucedía en Corinto, tanto así que San Pablo considera que tiene que explicarles de nuevo su ministerio a ellos.

Una de las bendiciones más grandes de esta carta es que, al defender su trabajo apostólico, Pablo revela cómo él mismo vive aquello que predica. Es como si su propia vida se hubiera convertido en un evangelio viviente, un ejemplo vivo de la libertad y la comunión con Dios que está disponible para todo aquel que pone su confianza en el Espíritu Santo. Así pues, consideremos una parte de la autodefensa que hace San Pablo para que logremos descubrir el evangelio que él predicaba y vivía.

Conflicto y consolación. A diferencia de la carta a los gálatas, Pablo inicia su carta con una oración de bendición: “Alabado sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, pues él es el Padre que nos tiene compasión y el Dios que siempre nos consuela” (2 Corintios 1,3). De esto se deduce que el tema de la carta será la consolación de Dios y cómo experimentaba el propio Pablo esta consolación en su propia vida, que lo sostuvo en el ministerio, una consolación en la que también se veía la autenticidad de su trabajo misionero.

Así pues, San Pablo continúa diciendo que así como él mismo ha experimentado esta consolación, está convencido de que los corintios pueden experimentarla también: “Tenemos una esperanza firme en cuanto a ustedes, porque nos consta que, así como tienen parte en los sufrimientos, también tienen parte en el consuelo” (2 Corintios 1,7).

Esto que San Pablo decía a los corintios nos lo dice también a nosotros, los cristianos de hoy: Dios nos puede consolar cualquiera sea la circunstancia que uno esté experimentando. En efecto, una pequeña meditación sobre estos versículos de la Segunda Carta a los Corintios es fantástica para los que sufrimos dolores crónicos, problemas familiares o algún mal desde hace tiempo.

Una carta viva. Después de esta hermosa oración de bendición, San Pablo comienza a defender su apostolado y los pasajes más importantes vienen en el capítulo tercero: “Ustedes mismos son la única carta de recomendación que necesitamos: una carta escrita en nuestro corazón, la cual todos conocen y pueden leer. Y se ve claramente que ustedes son una carta escrita por Cristo mismo y entregada por nosotros; una carta que no ha sido escrita con tinta, sino con el Espíritu del Dios viviente; una carta que no ha sido grabada en tablas de piedra, sino en corazones humanos” (2 Corintios 3,2-3). Es cierto que esta es una frase un poco complicada, pero la idea es en realidad sencilla.

Lo que dice San Pablo es que, predicando la buena nueva a los corintios, él ha venido escribiendo el Evangelio de la consolación y la salvación de Dios en los corazones de ellos. El resultado es que los propios corintios se han convertido así en una carta viva escrita por Dios, es decir que ahora todos podían “leer” la enseñanza de Pablo cada vez que veían a estos creyentes. Y ¿qué es lo que realmente leían? ¡Que el Espíritu Santo sigue trabajando poderosamente en los fieles!

San Pablo continúa con la figura de la carta cuando habla de sí mismo y de los otros apóstoles que son ministros de una nueva alianza, no de una “ley escrita”, sino una alianza sellada en el Espíritu y dice: “La ley condena a muerte, pero el Espíritu de Dios da vida” (2 Corintios 3,6). Aquí también, tal como lo hizo en la Carta a los Gálatas, Pablo dice que no podemos solamente conocer y cumplir la ley; tenemos que conocer al Espíritu de Dios y llenarnos de Él, y esta vez lo hacemos para recibir consolación y fortaleza.

¿Se acuerda usted que el profeta Jeremías decía que Dios escribiría la nueva alianza en los corazones de su pueblo? (Jeremías 31,31-33). Bueno, esto es a lo que se refiere San Pablo: Tenemos la alianza escrita en el corazón de manera que podemos conocer a Dios en forma directa y personal, y añade que a través de su apostolado, Dios ha escrito una nueva alianza en el corazón de sus fieles, de manera que éstos ya no tienen que depender de la ley. En efecto, ahora podemos relacionarnos con Dios en otro sentido, uno de amistad íntima que va más allá de las leyes escritas que nos mandan cómo debemos actuar. Ahora, Dios ha escrito, con su propia mano, sus palabras y sus promesas en nuestro corazón.

No yo sino Cristo en mí. San Pablo continúa diciendo que: “No nos predicamos a nosotros mismos, sino a Jesucristo como Señor; nosotros nos declaramos simplemente servidores de ustedes por amor a Jesús” (2 Corintios 4,5). Ahora bien, si Pablo hubiera dicho alguna vez “yo soy un rabino; soy un gran maestro; aprendan a pensar como yo pienso,” habría estado muy equivocado. Pero no lo hizo. Les dijo a los corintios que ellos debían vivir como Jesucristo y conocer sus mandamientos. Pablo no era más que el altavoz de Dios, el medio que el Señor estaba usando para darse a conocer a su pueblo. Por eso insiste:

“Esta riqueza la tenemos en nuestro cuerpo, que es como una olla de barro, para mostrar que ese poder tan grande viene de Dios y no de nosotros. Así, aunque llenos de problemas, no estamos sin salida; tenemos preocupaciones, pero no nos desesperamos. Nos persiguen, pero no estamos abandonados; nos derriban, pero no nos destruyen. Dondequiera que vamos, llevamos siempre en nuestro cuerpo la muerte de Jesús, para que también su vida se muestre en nosotros” (2 Corintios 4,7-10).

Tal como les decía a los gálatas, Pablo habla de unirse a Jesús en su muerte y experimentar el poder de su resurrección y nuevamente dice que no es él propiamente el que vive, sino que es Cristo el que vive en él.

San Pablo había aprendido a llevar consigo la muerte de Jesús de una manera que podía percibirla en todo momento. Este “morir en Cristo” le ayudaba a ver todas las dificultades de su apostolado de una manera nueva y diferente. Por eso no las consideraba tragedias ni razones para renunciar a su trabajo; eran más bien recordatorios de que aún siendo él mismo el que vivía y pensaba y decidía y actuaba, Cristo también vivía en él y tenía poder para sostenerlo y actuar por su intermedio por amor a la Iglesia.

¿Para quién vives tú? La misma verdad se aplica a nosotros. Dado que momento a momento estamos confrontando nuestra propia muerte, es preciso considerar con mucha seriedad el tiempo que vivimos en la tierra. Después de todo, la travesía de la vida tiene un solo final en lo que se refiere a nuestro cuerpo. Pero, al mismo tiempo, vivimos para Cristo, y esta vida es superior a la vida del cuerpo, aunque tiene grandes diferencias. En las tribulaciones, San Pablo tenía presente el peligro de la muerte, como cualquiera de nosotros también lo puede tener, pero jamás se sintió aplastado, ni desorientado, ni sorprendido ni derrotado. Al contrario, estaba decidido a vivir para Cristo y nosotros podemos estarlo también.

¿Cómo puede suceder esto? Lo podemos lograr si fijamos nuestra atención “no … en lo que se ve, sino en lo que no se ve, ya que las cosas que se ven son pasajeras, pero las que no se ven son eternas” (2 Corintios 4,18). Esta es otra manera de preguntar: ¿para quién vives tú?” Jesús nos ofrece una relación con Dios que no puede romperla ni el pecado, ni el dolor ni la muerte; una relación que recibe su propia vida y poder de la unión con Dios mismo.

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