Un puente que une

Dios quiere que intercedamos unos por otros

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En la década de 1930, una joven polaca escribió en su diario algo de lo que había aprendido acerca de la oración de intercesión: “[Ha venido a visitarme] esta querida alma bella frente a Dios, no obstante que unas grandes tinieblas habían bajado sobre ella y no sabía defenderse.

Todo lo veía en negro. El buen Dios me la ha confiado, durante dos semanas pude trabajar sobre ella. Sin embargo, cuántos sacrificios me ha costado, solamente Dios lo sabe. Por ninguna otra alma he llevado al trono de Dios tantos sacrificios, sufrimientos y oraciones como por ella. Sentía que había forzado a Dios a concederle la gracia. Cuando pienso en todo esto, veo un verdadero milagro. Ahora veo cuanto poder tiene la plegaria de intercesión ante Dios.”

La joven en cuestión era Santa Faustina Kowalska y la “querida alma bella” por quien ella rezaba con tanto fervor era su hermana Wanda. Faustina estaba tan preocupada que se entregó del todo a interceder por ella y ¡qué maravilla fue ver luego que sus oraciones eran contestadas!

¿Qué tiene la oración de intercesión que nos lleva a todos a hacerla, aun cuando a veces pensamos —como le sucedía a Faustina— que nuestras peticiones no reciben muchas respuestas? Ofrecemos rezar por alguien, pero con frecuencia nos olvidamos de hacer realmente la oración, lo cual viene a ser casi nada más que una forma amable de desearle bien a alguien en lugar de un verdadero compromiso de hacer lo posible por “forzar a Dios” para que nos conceda lo que le pedimos.

Ahora, daremos una mirada a las bendiciones que emanan del amor de Dios cuando hacemos oraciones y súplicas de intercesión al Señor con fe y confianza. Queremos ver cómo acoge Dios nuestras oraciones, y cómo actúa él cuando ponemos nuestras necesidades y preocupaciones en sus manos. Para ello, estudiaremos algunos casos tomados de la Sagrada Escritura que hablan de la oración de intercesión.

Jesús intercedía. En cierto sentido, se puede decir que Jesús pasó prácticamente toda su vida intercediendo por sus seguidores y conciudadanos. Si no le pedía directamente al Padre que nos protegiera y nos bendijera (Juan 17, 9. 20), oraba por sus discípulos (Lucas 22, 31-32), o le pedía que nos perdonara (23, 34). Y cuando no estaba orando para que alguien sanara (Marcos 7, 33-34), le daba gracias a Dios por escuchar siempre sus oraciones (Juan 11, 41-42). En definitiva, la vida de intercesión que llevó el Señor alcanzó su punto más álgido cuando se entregó en la cruz como ofrenda y sacrificio por el pecado. Incluso ahora mismo, que está sentado en su trono de gloria, Jesús “vive eternamente para interceder” por todos y cada uno de nosotros (Hebreos 7, 25).

En la Iglesia primitiva, los fieles siguieron el ejemplo de Jesús, orando e intercediendo unos por otros. Por ejemplo, justo antes de morir, Esteban pidió a Dios que perdonara a quienes lo estaban apedreando (Hechos 7, 60). San Pablo decía que Epafras, uno de los jefes de la iglesia de Colosas y “fiel servidor de Cristo”, “siempre está rogando por ustedes en sus oraciones, para que se mantengan perfectamente firmes y entregados del todo a hacer la voluntad de Dios” (Colosenses 1, 7; 4, 12). Los primeros cristianos oraron por Pedro para que saliera de la cárcel antes de su juicio (Hechos 12, 5-6); por Pablo y Bernabé, para que tuvieran un viaje seguro (Hechos 13, 2-3); por toda la Iglesia para que tuviera la protección de Dios y la gracia de evangelizar eficazmente (Efesios 6, 18-20). También pedían por los enfermos (Santiago 5, 14-15) y para llegar a una madurez espiritual y sabiduría (Efesios 1, 16-17).

Santiago escribió igualmente acerca de la necesidad de hacer oración de intercesión, e instó a los principales de la Iglesia, y a todos los fieles, a “orar unos por otros”, porque sabía que “La oración fervorosa del justo tiene mucho poder” (Santiago 5, 16). Al parecer, todos los cristianos vivían de acuerdo con la exhortación de Pablo: “No se aflijan por nada, sino preséntenselo todo a Dios en oración; pídanle, y denle gracias también” (Filipenses 4, 6).

La oración de intercesión. No cabe la menor duda de que Santiago no estaba solamente interesado en la oración de intercesión, porque su carta está llena de otras exhortaciones similares: amar al prójimo como a uno mismo, ser imparcial, proteger la lengua, resistir al diablo y muchas más. Es decir, él no esperaba que los cristianos simplemente rezaran y esperaran a que todas las dificultades desaparecieran. A los fieles nos toca hacer nuestra parte.

En efecto, las cosas que debemos hacer son muchas, pero la intercesión es diferente de todas. Cuando oramos por alguien, asumimos una especie de responsabilidad espiritual por alguien: le pedimos a Dios que actúe poderosamente en la vida de esa persona; es decir, nos aproximamos al trono de nuestro Padre celestial y tratamos de persuadirlo a que intervenga.

La oración de intercesión tiene también un elemento humano, especialmente cuando pedimos no sólo por alguien, sino también con ese alguien. Nos mantenemos junto a esa persona, tal vez tomándonos de la mano o colocando una mano sobre su hombro o simplemente inclinando la cabeza, en señal de concentración y devoción. Todos estos gestos son señales de interés, preocupación y deseo de ayudar. Hay estudios que han demostrado que este tipo de interacción tiene un efecto importante en el proceso de sanación, ya sea una curación física, la consolación de un alma atormentada, o una palabra de ánimo a quien es presa del temor y la inseguridad.

Un puente que une. Hay casos en el Antiguo Testamento en los que podemos ver cómo se combinan lo que hacemos nosotros y lo que hace Dios. Veamos un ejemplo. Nehemías era un judío exiliado que había llegado a trabajar en la corte del rey Artajerjes en Persia. Después de conseguir el permiso del rey para ir a colaborar con sus compañeros judíos en la reconstrucción de la devastada ciudad de Jerusalén, Nehemías se fue a la casa de sus antepasados.

Cuando llegó, vio que la ciudad estaba en ruinas y que el pueblo se debatía en el desaliento y la falta de esperanza. Relatando a sus compatriotas cómo Dios le había permitido regresar a su tierra para ayudar a reconstruir la ciudad, Nehemías congregó a toda la gente y les instó a emprender la monumental tarea de reparar las paredes de la ciudad. Por gracia de Dios ¡todo el mundo participó!

No obstante, a poco de iniciadas las obras, los habitantes de algunos pueblos vecinos vieron el trabajo de los judíos y comenzaron a ocasionarles problemas al punto de planear un ataque contra ellos. Enterado del peligro, Nehemías dio instrucciones a la gente de seguir construyendo y a los trabajadores que también eran soldados, que tuvieran su arma en una mano y siguieran trabajando con la otra: “Hacíamos el trabajo con la mitad empuñando lanzas desde el despuntar del alba hasta que salían las estrellas” (Nehemías 4, 15).

Esta imagen de ser un puente que une dos extremos y al mismo tiempo estar preparados para defender la ciudad nos da una idea de lo que es la oración de intercesión. Las aberturas y los vacíos que había en las murallas hacían vulnerable a la ciudad de Jerusalén, por lo que los soldados se situaron en esos lugares, listos para repeler cualquier ataque del enemigo.

Ahora bien, la Iglesia, por el hecho de estar compuesta por gente pecadora como nosotros, siempre tiene puntos débiles en sus “paredes” y otro tanto sucede con nuestras familias y amigos. Esto significa que siempre habrá una gran necesidad de que haya fieles dispuestos a situarse allí donde hay carencia o vacío y orar contra las fuerzas del pecado, la tentación y los espíritus malos.

Un abogado que entiende. Mientras intercedemos por alguien o actuamos como un “puente que une”, conviene saber que hay alguien en el cielo que intercede por sus fieles: el propio Jesucristo, nuestro Señor, que “vive perpetuamente para interceder por nosotros,” está siempre orando para que “hallemos gracia para la ayuda oportuna” que necesitamos (Hebreos 7, 25; 4, 16). ¿Por qué lo hace? Porque se compadece de nuestras luchas y debilidades. Él sabe lo que estamos sintiendo porque él también experimentó las mismas pruebas, tentaciones y sufrimientos por los que pasamos nosotros. Es precisamente por esto que en la Sagrada Escritura se le llama nuestro “gran Sumo Sacerdote.”

El Señor conoce perfectamente todo lo bueno que hacemos y también nuestras debilidades, y siempre se mantiene cerca (Romanos 8, 31). Conoce bien las heridas y situaciones que nos causan dolor y se solidariza con nosotros cuando estamos padeciendo, porque él mismo experimentó un sufrimiento extremo en la tierra, y se conduele con nosotros cuando luchamos contra la tentación y el pecado.

Por lo tanto, si tú, hermano, estás orando por alguien que trata de librarse de algún pecado determinado, o por alguien que está padeciendo una enfermedad grave o una tragedia profunda, te conviene saber que Jesús está orando también allí mismo junto contigo. Día tras día, él mismo lleva a tus seres queridos, con todas sus imperfecciones y necesidades, junto al Padre y le pide que derrame sobre ellos toda la gracia que necesitan para ese día.

Perseverar en la oración. ¡Qué bueno sería que todos cuantos lean este artículo se comprometan a hacer oración de intercesión todos los días! Sin duda veríamos que muchas más de nuestras oraciones recibirían respuestas. ¿Por qué? Porque el Señor quiere unidad y armonía en su pueblo y si hay una congregación o una iglesia donde haya muchos intercesores que persistan en la oración y recen con fe y confianza en Dios, los resultados serán notables.

Por eso, nos convendría imitar a Santa Faustina. Hagamos oración de intercesión, como si fuéramos un puente entre el cielo y la tierra, con la fe y el mismo tipo de fervor y sacrificio como para “forzar” a Dios a que nos dé una respuesta milagrosa. Y no olvidemos jamás que, en Cristo Jesús, tenemos un abogado perfecto que nunca nos abandona.

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