Un pueblo santo, una asamblea sagrada.

Una mirada al misterio de la Iglesia

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En el mundo de habla hispana, los textos litúrgicos no han sufrido ninguna alteración reciente, pero en el mundo de habla inglesa, el año pasado se instituyó una nueva traducción del Misal Romano, lo que dio lugar a una explosión de comentarios de los católicos angloparlantes de todas partes, al punto de que tanto revistas como periódicos y blogs recogieron las opiniones de muchísimos católicos, tanto positivas como negativas, sobre la traducción.

En un sentido, esto no debería ser ninguna sorpresa, porque siempre se han dado debates apasionados y desacuerdos fuertes en la Iglesia, como cuando Pablo y Bernabé discutían en Hechos 14, o cuando Agustín y Jerónimo sostenían opiniones contrarias sobre el texto de la Sagrada Escritura y su interpretación en el siglo IV. Los católicos no debemos nunca dudar de expresar nuestras opiniones, aun cuando sean disidentes, siempre y cuando lo hagamos con caridad y respeto y nos mantengamos dentro de los límites del magisterio de la Iglesia y hagamos todo lo posible por cumplir la misión que Dios le ha dado a la Iglesia.

Pero a veces las diferencias y los desacuerdos se agravan, y cuando permiten que los asuntos adquieran más importancia que las personas los adversarios pierden de vista el camino recto. Esto es algo sobre el cual todos deberíamos tener mucho cuidado, porque cuando nos olvidamos de que todos somos hermanos y hermanas en Cristo es cuando abandonamos el desacuerdo respetuoso y pasamos a la confrontación dañina, y también nos olvidamos que el principal mandamiento de Jesús fue que nos amáramos los unos a los otros como Él nos ha amado, para que el mundo crea en Él (Juan 15,12 y 17:21).

Este mes, queremos dejar de lado las cosas que son discutibles y contemplar más bien el misterio de la Iglesia, meditar en la visión que Dios tiene de su Pueblo, la misma visión que Él quiere que nosotros tengamos siempre presente en el pensamiento, para que nunca nos olvidemos de lo siguiente: que fue Jesús quien instituyó la Iglesia y que ella es preciosa ante sus ojos.

Humana y divina. El primer punto, y el más importante, es comprender que la Iglesia no es una institución puramente humana; no es solo una organización de muchas personas del mismo parecer que tratan de hacer el bien en el mundo. No, los cristianos somos parte de algo mucho más importante. De hecho, la Iglesia es una idea que Dios ha tenido desde del principio; es algo creado por el propio Dios, un regalo que Él quiso dar al mundo desde antes de que comenzara el tiempo.

Si pensáramos en la Iglesia con una idea solamente humana, lo que veríamos sería nada más que templos, organizaciones, jerarquías, finanzas, programas y actividades, es decir, algo no diferente de muchas otras instituciones como las grandes corporaciones, las instituciones de beneficencia, o incluso el centro comunitario de nuestro barrio o comuna. Si miramos la Iglesia solamente con este lente, sin duda la valoraremos únicamente según el bien o el daño que haga.

Pero la Iglesia es mucho más que la suma de sus programas y ministerios, templos y estructuras jerárquicas. Todos estos elementos son parte de la Iglesia, pero están allí para cumplir un objetivo mucho más elevado: existen para que la Iglesia pueda realizar su misión de ser el lugar de encuentro entre Dios y su pueblo; existen para que los fieles podamos entrar en contacto con nuestro Padre celestial, recibir su gracia y su poder y manifestar su amor al mundo que nos rodea.

La Iglesia es diferente. La Iglesia tiene la misión de ser la señal visible de la presencia de Dios en el mundo y esto la distingue de cualquier otra institución u organización. Hay muchas entidades seculares que proveen asistencia y ayuda a los pobres y la gran mayoría lo hace muy bien. Pero cuando es un grupo de cristianos el que tiende la mano a los necesitados, los ancianos o los marginados, su trabajo tiene otra dimensión, ya que sirven en el nombre de Cristo Jesús, como instrumentos de la compasión del Señor y lo hacen con su propio amor.

Pero más que eso, sirven con la creencia de que todo lo que hagan por los necesitados realmente lo hacen para Jesús (Mateo 25,40). Su trabajo tiene una dimensión espiritual, un sentido de que encuentran al Señor cuando sirven a los demás y esto añade una dimensión de respeto, dignidad y honor al trabajo que realizan. Ellos entienden que todos formamos la gran familia de Dios, tanto pobres como ricos, y como cualquier familia, hemos de cuidarnos los unos a los otros.

Del mismo modo, muchas instituciones realizan eventos sociales para sus miembros como buenas oportunidades para hacer contactos, compartir con amigos, ampliar los horizontes y apoyar las causas en las cuales creemos; pero cuando una parroquia organiza un evento, como un festival o un picnic, hay algo más que también sucede: El Pueblo de Dios se reúne en su nombre, y siempre que dos o más se reúnen con este sentido, Jesús está con ellos (Mateo 18,20). En lugar de que el denominador común sea el paseo próximo o la estructura de la organización, el denominador común es el pensamiento de que el amor del uno al otro y el respeto mutuo es un elemento básico de nuestra fe en Jesús. La buena disposición para preparar comida, limpiar mesas y lavar platos nos ayuda a ser Cristo el uno para el otro. Es un modo de encontrar a Jesús en los demás y entrar en su presencia más profundamente.

Otras organizaciones tienen este mundo como objetivo final, sin mención alguna de un objetivo más elevado en sus principios de constitución; sin hacer referencia a un cielo futuro o a la obra de Dios en el mundo presente. Su objetivo es mejorar un poco la vida de este mundo, lo que en general es bueno, pero limitado. Si bien la Iglesia comparte esta visión de hacer del mundo un lugar mejor, siempre tiene en mente un objetivo más elevado (Génesis 1,28), porque la Iglesia ve todo lo del presente en términos del futuro. El cielo es nuestro objetivo supremo, y todo lo que la Iglesia hace está enfocado en nuestro anhelo de darle la bienvenida al Señor Jesús cuando venga nuevamente.

En todo esto, y en muchas otras cosas, vemos que la Iglesia no es una institución meramente humana ni inventada por el hombre; la Iglesia es invención de Dios. Y tampoco se formó porque los apóstoles pensaran que era una buena idea, sino porque nuestro Padre divino quiso que nos reuniéramos, y está fundada en el deseo de Dios de formarnos como hijos, colmarnos de su amor y enviarnos al mundo como embajadores suyos.

Nacida de la Santísima Trinidad. En su mayor parte, la cultura occidental no piensa mucho en la naturaleza divina de la Iglesia. Quizás en momentos de crisis, como después de un terremoto o un ataque terrorista, o cuando un familiar se acerca a la muerte, la gente eleva su pensamiento al cielo y busca consuelo y respuestas en la Iglesia, pero por lo general, los católicos aprendemos a llevar la vida de una manera ordinaria y cotidiana. Dado que esta costumbre pone tanta atención en el mundo presente, nos parece que la Iglesia tiene solo esta misma dimensión: la de la jerarquía y sus reglas, es decir, con más énfasis en sus elementos humanos y menos en la presencia y el poder de Dios.

Pero la Iglesia es una institución espiritual, nacida de la Santísima Trinidad. La Escritura dice que Dios amó tanto al mundo que dio a su único Hijo para salvarnos (Juan 3,16-17). Después de que Jesús murió y resucitó, Él mismo prometió enviar al Espíritu Santo para comunicarnos poder, guiarnos y consolarnos (Juan 16,7; Hechos 1,5.8). Y ahora, el Espíritu y la Esposa nos invitan a venir y recibir el regalo del agua vivificante que ofrece la Iglesia (Apocalipsis 22,17).

Cuando rezamos el Credo de Nicea durante la santa Misa, proclamamos nuestra fe en que la Iglesia es “una, santa, católica y apostólica,” cuatro señales que demuestran su naturaleza divina y su lugar en el plan de Dios para la salvación del género humano. También señalan aquello que todos debemos llegar a ser cuando vivimos en la Iglesia y para ella.

Seguros en la casa de Dios. De modo que hemos de tener cuidado de no minimizar el valor de la Iglesia entendiéndola solamente según las normas de este mundo, para no menospreciar su misterio más profundo: que la Iglesia, por la gracia de Dios, participa de la grandeza y la santidad de Dios mismo. ¡Es el Cuerpo de Cristo, es la Esposa de Cristo! La Iglesia es tan esencial para el plan de Dios y tan llena de su poder y su gracia que ni siquiera las puertas del infierno podrán prevalecer contra ella (Mateo 16,18).

Claro, es cierto que la Iglesia tiene sus defectos y que a veces hay en ella quienes cometen pecados, algunos de ellos graves. Pero a pesar de todos los defectos y los pecados de quienes la forman, la Iglesia sigue siendo la Esposa santa y sagrada de Cristo (Efesios 5,25-27). Cuando olvidamos esta dimensión divina de la Iglesia, nos privamos de lo que Dios quiere para ella, y no solo eso, nos privamos de las bendiciones que Dios quiere darnos por medio de ella.

Los Padres conciliares dijeron que el Concilio Vaticano II deseaba “iluminar a todos los hombres, anunciando el Evangelio a toda criatura con la claridad de Cristo, que resplandece sobre la faz de la Iglesia” (Constitución Lumen Gentium sobre la Iglesia, 1). Realizando esta misión, la Iglesia está dedicada a formar a hombres y mujeres para que participen en algo que es nada menos que divino. Este es su primer objetivo y algo que le da su carácter especial; es la casa de Dios y ¡qué privilegio es vivir en la casa de Dios!

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