Un Dios que siempre perdona: El Sacramento de la Reconciliación

Por el El Sacramento de Padre Juan Puigbó

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Pocas cosas intrigan más a las personas como aquello que ocurre en la Confesión. Desde el secreto que debe guardar el sacer­dote, que se llama “sigilo sacramen­tal”, hasta lo que propiamente ocu­rre con el penitente, que entra car­gado con sus pecados y sale libe­rado de ellos.

El Sacramento de la Reconciliación, al que también se le llama penitencia o Confesión, es uno de los rega­los más valiosos que Dios ofrece a sus hijos, para reconciliarlos con­sigo mismo y devolverles la gracia que han perdido. Ciertamente, junto a la celebración de la Eucaristía, las horas que dedico a la Confesión son de las que anticipo con mayor deseo. Es allí donde, actuando en el nombre propio de Nuestro Señor Jesucristo, escucho las intimidades del alma y perdono las ofensas cometidas con­tra el amor de Dios.

Fue el mismo Jesucristo el que, al instituir el Sacramento de la Reconciliación, dispuso este medio para restablecer nuestra amistad con el Padre y así ayudarnos de una manera particular en la vigilancia de los actos de nuestra vida diaria.

Solo Dios perdona los pecados. El sacerdote lo hace porque Dios se lo ha confiado y es en nombre suyo que lo hace. Entonces, en realidad, al decirle los pecados al sacerdote, se los estamos diciendo al propio Cristo. ¡Qué misterio! El mismo Evangelio dice: “El Hijo del hom­bre tiene autoridad en la tierra para perdonar pecados” (Marcos 2,10) y ejerce este poder cuando dice: “Hijo mío, tus pecados quedan perdona­dos” (Marcos 2,5). Esta es la misma autoridad de la que gozan los sacer­dotes al perdonar los pecados del pueblo.

Continuamente insisto a mis feligreses a fomentar la Confesión fre­cuente. No es este un acto piadoso reservado para aquellos que no tienen otra cosa que hacer. La frecuencia a la Confesión indica que reconocemos la necesidad que tenemos de Dios para purificar nuestra alma y de la gracia necesaria para evitar las ocasiones de pecado. Al contrario, no confesarse muestra soberbia y arruina la vida espiritual.

Nuestra vida de bautizados debe crecer en actos de continua conver­sión; de cambio permanente para conquistar el cielo que nos espera. Y esta conversión debe concretarse en los asuntos de la vida diaria: también en la frecuencia al Sacramento de la Confesión.

Entiendo que confesarse no es tarea fácil, sobre todo cuando reconoce­mos nuestra vulnerabilidad al mismo pecado y la misma vergüenza humana de tener que “decirle” los pecados al confesor. Pero esto no se com­para al mar de gracias que se reciben cuando el sacerdote dice las palabras de absolución: “Yo te absuelvo de tus pecados, en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.”

Examen de conciencia. El exa­men de conciencia ha sido una práctica recomendada por la Iglesia desde la antigüedad. De hecho, este examen está incluido en las oracio­nes oficiales de la Iglesia, al final de cada día, cuando se rezan las com­pletas. Es un examen profundo que revisa los actos personales, recono­ciendo todas las veces en las que agradamos a Dios durante el día y los momentos en los que le hemos ofendido; así como las veces en las que hemos dado testimonio de nues­tro compromiso con Él y aquellas en las que nos ha vencido la tentación.

Este es el mismo examen que se hace antes de la Confesión, solo que en este caso hay que revisar la vida desde la última Confesión hasta el presente. La Confesión no tiene efecto si no hay un buen examen de conciencia, a partir del cual se toma conciencia de los pecados cometidos.

Una de las ventajas de la Confesión frecuente es evitar el olvido de los pecados. Si una persona se confiesa cada año, seguramente habrá muchos pecados olvidados, porque será impo­sible guardar un recuerdo preciso de todo lo cometido en un año. Claro está que Dios perdona todos los peca­dos, incluso los olvidados, pero que no sea por pereza nuestra que los hayamos olvidado, por haber dejado pasar mucho tiempo después de la última Confesión.

Es preciso para ello pedirle al Espíritu Santo que nos ayude a tener una conciencia delicada de lo que estamos examinando, para procurar un alma más sensible, recta y pura.

Contrición del corazón. Dice el Concilio de Trento que la contrición es “un dolor del alma y una detes­tación del pecado cometido con la resolución de no volver a pecar” (DS, 1676). El examen de conciencia no nos puede dejar indiferentes. No es solo cuestión de reconocer las faltas, sino de sentir dolor por los pecados, porque con ellos ofendemos a Dios y le damos la espalda.

La contrición del corazón es dolor y “toma de conciencia” del mal que hemos hecho; es un movimiento del alma, que reconoce la maldad que se ha cometido y lleva al arrepen­timiento. En este sentido, existen tres clases de contrición o arrepenti­miento: La contrición perfecta, aquella tristeza o pesar por haber ofendido a Dios por ser Él quien es, infinita­mente bueno y digno de ser amado. Esta contrición obtiene el perdón de los pecados veniales y también el de los mortales, si comprende la firme resolución de recurrir a la Confesión sacramental. La contrición imperfecta, también llamada atrición. Es una tris­teza de haber ofendido a Dios, pero solo por la fealdad o repugnancia del pecado cometido o por temor a los castigos merecidos por haber ofen­dido a Dios. Y el remordimiento, es decir, el disgusto por haber hecho algo malo que no quisiéramos haber hecho. No es la tristeza de ofender a Dios, sino de haber hecho algo que no hubiéramos querido hacer.

Confesión de los pecados. ¿Cuándo fue la última vez que te confesaste? pregunta el sacerdote al penitente. Al parecer el Sacramento de la Confesión está en crisis, no sola­mente porque nos cuesta reconocer los propios errores, sino porque con­fiamos poco en Dios. Nos hemos vuelto autosuficientes a tal punto que, en muchos casos, nos inventa­mos las maneras de justificar nuestro pecado. El mismo Papa Juan Pablo II afirma: “Al hombre contempo­ráneo parece que le cuesta más que nunca reconocer los propios erro­res… parece muy reacio a decir ‘me arrepiento’ o ‘lo siento’; parece recha­zar instintivamente y con frecuencia irresistiblemente, todo lo que es peni­tencia, en el sentido del sacrificio aceptado y practicado para la correc­ción del pecado” (Reconciliatio et paenitentia 26).

El Catecismo de la Iglesia Católica dice que “la Confesión de los peca­dos, incluso desde el punto de vista simplemente humano, nos libera y facilita nuestra reconciliación con los demás. Por la Confesión, el hombre se enfrenta a los pecados de que se siente culpable; asume su responsa­bilidad y, por ello, se abre de nuevo a Dios y a la comunión de la Iglesia con el fin de hacer posible un nuevo futuro (CIC 1455).

La Confesión libera. Muchos penitentes me lo han dicho: “Me siento como nuevo después que me confesé.” Es una liberación espiritual y también psicológica. En la Confesión, es la gracia de Dios la que actúa. El “decir los pecados”, aunque sea difí­cil, aunque cause vergüenza, aunque signifique una humillación personal, es el ejercicio instituido por Jesucristo para perdonarnos de los pecados cometidos.

La Confesión debe ser sincera y verdadera (no debo ocultar nada de todos los pecados que recuerdo, por muy feos que sean), completa (hay que confesar todos los pecados que se recuerden en ese momento; por eso es conveniente hacer un buen examen de conciencia), sen­cilla y humilde (con pocas palabras y sin rodeos), discreta y prudente (sin acusar a nadie ni confesar los pecados de otros). Omitir volunta­riamente un pecado grave hace más grave el pecado. En el caso de que se olvide un pecado, se debe confesar en la Confesión siguiente.

En la Confesión, hay que confesar todos los pecados graves y, aunque no es obligatorio, es siempre provechoso confesar también los pecados venia­les, para ir fomentando una mejor y más delicada conciencia.

A la Confesión pueden acceder todos los católicos bautizados y arre­pentidos, con el propósito firme de no volver a pecar. Una persona que vive en una condición de pecado

o de irregularidad moral pública, lamentablemente no puede valerse del Sacramento de la Confesión ni acce­der a la Sagrada Comunión hasta que no regularice su situación.

Propósito de enmienda. Dios es un Padre de amor. Es a Él a quien ofendemos cuando pecamos. La Confesión de los pecados es la firme resolución de no ofender más a Dios. Esto hay que hacerlo antes de con­fesarse. Luego el mismo Jesús nos dirá: “Vete y no peques más” (Juan 8,11), es nuestro “volver a Dios” para quedarnos con Él. Claro está que la confesión no sería válida si no tuvié­ramos esté propósito. Es nuestro corte definitivo con el pecado de una vez para siempre.

Esto no significa que el pecador no vaya a pecar nunca más en su vida, pero sí que está resuelto a evitar, en la medida de todas sus posibilidades, toda ocasión que pueda hacerle ofen­der a Dios. Pero es más que eso. No es solo no ofender a Dios, sino tomar la decisión de amar a Dios cada vez más; de aprovechar cada ocasión para morir a nosotros mismos y a nues­tros deseos, para demostrarle al Señor nuestro decidido amor.

Cumplir la penitencia. La Confe­sión es como ir al médico. Al final de la consulta, el doctor nos recomienda una medicina. Claro que la penitencia no es exactamente igual a la medicina, pero es parecida. Si no se cumple la penitencia, no quedamos sanados de los pecados. La penitencia es una manera de “satisfacer” a Dios por el mal que hemos hecho. La penitencia la impone el sacerdote y puede con­sistir en rezar una o varias oraciones, hacer una obra de caridad, restituir el mal causado, pedir perdón, etc.

El fin y el efecto de este sacramento es la reconciliación con Dios, además que nos ofrece las gracias necesarias para no pecar más. Es un sacramento muy valioso para cultivar un cora­zón puro y dedicado a Cristo. Es allí donde nos encontramos con el Señor, que nos espera para unirnos más fuertemente a su corazón, para dispo­nernos a dar testimonio de su amor.

Aprovechemos de beneficiar­nos de los regalos de Dios, sobre todo de este don particular que nos reconcilia con los deseos de su cora­zón. Luchemos por alcanzar el cielo, donde Él nos espera. •

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