Todo lo puedo… en Cristo

Lo que uno piensa y afirma hace la diferencia

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¿Qué tipo de persona eres tú? ¿Alguien que hace cosas?

¿Alguien que se preocupa demasiado? ¿Tienes confianza en lo que puedes lograr? ¿O te fijas siempre en tus imperfecciones? Algunos piensan que casi no hay nada que no puedan hacer; otros que prácticamente no pueden hacer nada. Algunos ponen “manos a la obra” casi sin pensar en las consecuencias, mientras que otros se preocupan tanto de todo que no logran confiar en sí mismos para nada.

En esta edición de La Palabra Entre Nosotros, queremos examinar uno de los pasajes más prometedores del Nuevo Testamento: “Todo lo puedo en Cristo que me fortalece” (Filipenses 4, 13), y aplicarlo tanto a las personas que creen que pueden hacer cualquier cosa como a las que piensan lo contrario. Este pasaje exhorta a los primeros a que analicen la razón de su confianza y, al mismo tiempo, a los segundos a despojarse de sus dudas y comenzar a avanzar hacia Jesucristo, nuestro Señor.

“Yo puedo.” San Pablo hizo muchas cosas. Predicó, fundó iglesias en Asia Menor y Europa, escribió cartas muy inspiradas y de profundo contenido, luchó contra un opositor tras otro en defensa de la fe. Ni las amenazas despiadadas, ni las frías noches en prisión, ni las crueles lapidaciones, ni las flagelaciones reiteradas pudieron quebrantar el ánimo de este fiel apóstol. ¡Sin duda se trataba de un cristiano de una férrea convicción! Pero, mientras hacía todas estas cosas, Pablo también admitía que todos sus logros y conquistas no eran más que “pérdida en comparación con el bien supremo de conocer a Cristo Jesús” (Filipenses 3, 8), e incluso en una ocasión llegó a decir que “en mí… no habita nada bueno” (Romanos 7, 18).

Pero esto parece una contradicción. ¿No se valió Pablo de su enseñanza para escribir todas esas elocuentes cartas? ¿No aprovechó él su magnífica educación de rabino para concebir y perfeccionar su teología? ¿No necesitó una gran dosis de confianza en sí mismo para predicar con tanta fuerza como lo hizo?

Claro que sí, pero no hay contradicción alguna. El apóstol sabía que él era administrador de los misterios de Dios (1 Corintios 4, 1). Sabía que él pudo haber nacido en cualquier otro lugar y no en la ciudad de Tarso; comprendía que bien pudo haber venido de una familia sin conexiones con Jerusalén y sin posibilidad de recibir educación adicional; sabía que todo lo que poseía —su intelecto, su salud y su sagacidad— venía de Dios. Por eso pudo realizar tantas cosas y no atribuirse el mérito como si fuera él un gran héroe.

Si tú te das da cuenta de que esperas reconocimiento, dinero u otro tipo de retribución por un trabajo bien hecho, tal vez te convenga analizarte para ver si haces tus obras confiando en Cristo o en ti mismo. No se trata de que el Señor esté en contra del reconocimiento ni la retribución monetaria; lo que sucede es que cuando este tipo de motivaciones es lo que realmente nos mueve a actuar, surge la pregunta: ¿para quién es la gloria?

El deseo de obtener reconocimiento o beneficio material es bueno, siempre y cuando no llegue a eclipsar la primacía del Señor. Por eso Pablo usó afirmaciones tan extremas como “pérdida” o “nada bueno en mí”, aun cuando sabía perfectamente que era talentoso y que había mucho de bueno en su vida. No hay duda de que utilizó palabras extremas en sus escritos, pero ciertamente hizo un gran esfuerzo para mantener la perspectiva correcta.

Si todos nos convenciéramos de que realmente podemos hacer cualquier cosa, pero sin reconocer que necesitamos la sabiduría y la fortaleza de Cristo, terminaríamos por afirmar que nos bastamos a nosotros mismos en cualquier actividad, pero eso no haría más que inflar la autosuficiencia que nos separa de los demás y nos cierra al amor con que Dios quiere tanto llenar el corazón de sus fieles.

“Yo no puedo.” Siempre en la vida encontramos obstáculos; nos topamos con ellos día tras día. Para algunas personas, los obstáculos son positivos y les gusta afrontarlos hasta superarlos. Sin embargo, para otros, la historia es diferente, porque al tropezar con situaciones difíciles, se sienten atemorizados y se desalientan, a veces incluso antes de empezar a actuar, porque les parece oír una vocecita interior que les susurra: “¡Tú no puedes! Simplemente eres incapaz de hacerlo.” Y terminan por pensar: “Me gustaría poder hacerlo, pero en realidad no puedo ni sé cómo.”

¿No sería estupendo que todos lográramos vencer los obstáculos con sólo convencernos diciéndonos “Sí creo que puedo resolverlo”? Pero no siempre es tan fácil. Para algunos, los fracasos del pasado nos han golpeado fuerte y nos han convencido de que no podemos hacer esto o aquello porque no tenemos la fuerza, la preparación ni los recursos que se necesitan. Otros desisten de asumir riesgos porque tienen miedo a fracasar y prefieren no tener que enfrentar la dificultad.

En la Biblia leemos el caso de un hombre que le dio a uno de sus empleados una suma de dinero equivalente al salario de unos tres meses para que lo administrara, pero en lugar de invertir el dinero y correr el riesgo de perderlo todo, el empleado decidió no hacer nada y más bien decidió enterrar el dinero. Cuando el patrón se enteró de lo que había pasado, se enfureció. Le quitó el dinero a este empleado y se lo dio a otro, que ya había duplicado la inversión con el dinero que él había recibido (Lucas 19, 11-26).

Es posible que esta parábola no se refiera precisamente a hacer todas las cosas con la fortaleza de Cristo, pero nos ofrece algunas ideas importantes. ¿Cuáles? Si tú piensas que no puedes hacer algo y por eso no lo haces, tarde o temprano perderás hasta la poca habilidad que tengas y te sentirás más inepto aún. Pero si piensas que sí puedes hacer algo —aunque sea con un poco de duda— y tratas de hacerlo, Dios estará más complacido que si no lo intentaras, aunque no tengas éxito. Además, el esfuerzo realizado te dará más experiencia y la próxima vez sí podrás cumplir tu objetivo.

Cuando percibas en tu interior una voz que te diga “Tú no puedes hacerlo” y trata de convencerte de que en realidad eres incapaz, responde afirmando con plena fe y tal vez en voz alta: “En Cristo sé que puedo.” Esto es mucho más eficaz que los ejercicios de automotivación. Es una proclamación de fe arraigada en las promesas del Evangelio; es una declaración de confianza en que efectivamente podemos hacer lo que Dios nos pide porque Cristo Jesús nos ha comunicado su fortaleza divina.

Sentar la base correcta. En los próximos días, procura dedicar un momento de tu oración a examinar tus motivaciones. Si tiendes a confiar en tu propia capacidad, procura preguntarte: “¿Quién es el primero en mi vida, yo o el Señor?” Pídele a Jesús el don de la humildad, para que te asemejes más a San Pablo, que trabajó incansablemente e hizo grandes cosas para Dios, pero hazlo sabiendo que tus talentos y capacidades son dones que Dios te ha confiado a fin de que le des a él la gloria. Trata de comenzar el día haciendo oración, diciéndole al Señor que quieres dedicarle a él el trabajo de todo el día porque es mucho lo que él te ha dado.

Si tú eres de los que tienden a dudar o sentirse inseguros o incluso atemorizados ante las dificultades, pregúntate lo siguiente: “¿Pienso yo a menudo que no puedo superar un obstáculo, que es demasiado grande? ¿Cuántas veces creo que no soy digno, que no puedo librarme de un temor, un resentimiento o un sentido de culpa?” Si te identificas con esto, quiere decir que es tiempo de rechazar esas voces de condenación e ineptitud. Trata de comenzar el día con oración y dile a Cristo: “Señor, yo no soy inútil ni incapaz, porque tengo dones y talentos que Dios me ha dado. ¡Todo lo puedo hacer en Cristo que me fortalece!”

Una vez Jesús dijo que la fe puede mover montañas. Teniendo esto presente, decidámonos todos a mirar de frente las montañas de dificultades que afrontamos día a día y afirmemos con toda decisión: “En Cristo, yo puedo cumplir todas mis responsabilidades, resolver todos mis problemas y superar todos los obstáculos que encuentre hoy día.”

Estar siempre alegres … en Cristo. En todas las épocas y en todos los países, los cristianos han aprendido lo que significa hacer todas las cosas “en Cristo.” Al igual que San Pablo, han aprendido a contentarse con lo que tienen y en cualquier situación en que se encuentren (Filipenses 4, 12); aprendieron a hacer frente a las tribulaciones y penurias de la vida, y se dieron cuenta de que la capacidad de superar los obstáculos tenía menos que ver con lo que ellos podían hacer y más con lo que Jesús podía hacer en ellos y a través de ellos.

El Señor tiene un plan maravilloso para tu vida. Pero considerando que la tentación, el pecado y los espíritus malignos andan rondando por el mundo —junto con todo lo que es bueno— él sabe que tendremos períodos de paz y alegría y períodos de tristeza y dificultad. Pero aun así Jesús quiere que “nos alegremos” en toda circunstancia, sea que experimentemos bendiciones o sufrimientos (Filipenses 4, 4); quiere que nos alegremos porque podemos experimentar la obra de la paz de Dios en nosotros, pase lo que pase.

Cada vez que tengas momentos de alegría y felicidad, relájate y disfrútalos; saboréalos. Y cuando te toque pasar por dolores y dificultades, recuerda que el mismo Jesús los sufrió también, y precisamente por eso él conoce nuestros padecimientos de primera mano; sufre con nosotros y siempre está con nosotros, ofreciéndonos su consuelo y su fortaleza.

Esta es la gran promesa de la vida cristiana. Todo el que adopte como suya la oración de San Pablo —de que todo lo puede en Cristo que lo fortalece— podrá navegar hasta por las aguas más turbulentas de la vida de un modo mucho más apacible y fructífero porque Jesús estará con él, ayudándole a hacer lo que nunca antes pudo haber hecho por sus propios medios.

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