Todo lo bueno, todo lo honorable . . .

El camino hacia la paz y la confianza

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Jesucristo, nuestro Señor, quiere ayudarnos en todo; quiere darnos su paz y su confianza; quiere ayudarnos a vencer los temores, las dudas o los recuerdos dolorosos que nos privan de la tranquilidad.

San Pablo escribió sobre la paz de Dios y sobre el deseo que él tenía de ayudar a los filipenses a reafirmar y fortalecer su fe y su confianza porque había visto que el Señor le había dado a él una fortaleza y una paz divinas, y sabía que ellos podrían experimentar lo mismo.

Es muy posible que en alguna época de su vida, Pablo haya realizado gran parte del trabajo apoyándose en sus propios recursos; pero conforme fue pasando el tiempo y él fue madurando en la fe y en el conocimiento del Señor, sin duda aprendió a confiar en la gracia y la fortaleza de Dios. Cuando les escribió a los filipenses, ya llevaba más de 20 años de ser cristiano y más de 10 de ser apóstol y misionero. Sin duda, ya había aprendido a vivir en la presencia del Señor y a invocar el poder de Dios en su trabajo diario. Teniendo esto presente, analizaremos dos prácticas importantes que al parecer le sirvieron a Pablo para ganar confianza en el Señor y convencerle de que cada cual podía llegar a ser tan apacible y seguro como él lo era.

Una vida de oración. Antes que nada, Pablo era un hombre de oración. A los filipenses les aconsejó que se alegraran “siempre” en el Señor, porque él mismo había aprendido lo valiosa que es tal actitud, y les recomendó que le presentaran siempre sus peticiones a Dios, porque él mismo había experimentado que Dios respondía a sus oraciones en repetidas ocasiones.

Pablo sabía que cuando rendía adoración y honor a Dios en su oración, las compuertas de la gracia se abrían para él. Era como una especie de intercambio divino: él le daba alabanza y adoración a Dios y el Señor le comunicaba paz y confianza a él. Esta paz y confianza fueron las que le ayudaron a mantenerse firme y no dejarse vencer por la inseguridad ni por los peligros que constantemente le acechaban.

Esta paz que Pablo recibía de Dios era algo muy superior a su propia capacidad. Era algo que provenía de saber que el Señor estaba con él, de saber que Dios conocía las tribulaciones por las que pasaba y que deseaba comunicarle fortaleza divina para soportar todo lo que le tocara afrontar.

A menudo sucede que cuando rectificamos algún aspecto de nuestra vida, otros aspectos se ordenan también. Esto es algo que sucede especialmente cuando rezamos, porque la oración tiene la capacidad de influir positivamente en casi todo lo que pensamos y en cómo actuamos. Por eso Pablo exhortaba a los filipenses a hacer de la oración una práctica constante. Sabía que si los fieles de Filipos adoptaban una actitud de regocijarse en el Señor y presentarle sus necesidades, pronto comenzarían a pensar de un modo diferente.

Así también puede suceder con nosotros. Si queremos hacer todas las cosas en Cristo y con la fuerza de su Espíritu, necesitamos comenzar a orar.

Caminar con Cristo. Así como Pablo aprendió lo mucho que su oración podía influir en sus pensamientos y acciones, también se daba cuenta de que sus ideas y acciones podían afectar profundamente su oración, lo que demuestra claramente que hay una relación de reciprocidad entre ambas dimensiones.

San Pablo enseña que mientras más oración hacemos, más gracia de Dios recibimos, es decir, los dones espirituales que nos ayudan a ser más amables y apacibles, y cuando esta experiencia de la gracia de Dios nos mueve, procuramos llenarnos de razonamientos virtuosos y santos, y queremos contemplar lo bueno que Dios hace en nuestra vida y en el mundo. Entonces, mientras más nos llenamos la mente de afirmaciones puras y santas, mejor vemos que la paz y la fortaleza de Dios están actuando en nuestro interior, y esto nos mueve a rezar más; así se va repitiendo y reafirmando el círculo virtuoso.

Era este círculo virtuoso de oración y gracia, de pensamientos santos y de paz lo que le permitía a Pablo mantenerse contento en cualquier situación (Filipenses 4, 12), y también lo que le reanimaba cuando se sentía abrumado o desanimado.

Este era el secreto de la confianza de Pablo. Y lo mejor de todo es que en realidad no es un secreto en absoluto. De hecho, es el mismo “secreto” que descubrieron Pedro, Juan, Andrés y todos los primeros cristianos. Es el mismo “secreto” que las Sagradas Escrituras y los testimonios de los santos nos han transmitido durante los siglos. Y es el mismo “secreto” que está disponible para ti y para mí hoy mismo: es el camino hacia la esperanza y la confianza para todos los fieles.

El alma humana depende de nuestra oración tanto como el cuerpo depende del aire que respiramos y del alimento que comemos. Por eso, cuida tu tiempo de oración; trátalo como lo más importante que haces cada día. Luego, al cumplir tus deberes cotidianos, no dejes de protegerte contra cualquier pensamiento negativo que recibas, ya sea sobre ti mismo o sobre otras personas. Resiste la tentación de albergar ideas dañinas, de desconfianza e incredulidad, de celos, desaliento o ansiedad, y llénate más bien de pensamientos de bondad, honorabilidad y santidad. Reflexiona en cuánto te ama el Señor y piensa en la promesa de que tú puedes hacer todas las cosas con la fortaleza de Cristo. Observa la hermosura del mundo natural y al hacerlo deja que tu espíritu se remonte a las alturas de la contemplación de nuestro divino Creador.

Cuando nos toca encarar situaciones difíciles en la vida, es posible que la idea de salir airoso o fallar y de sentirse contento o abrumado influya mucho en nosotros. Es en situaciones como éstas en las que podemos ver que todo el esfuerzo que hayamos hecho para no faltar a la oración ni a la práctica de llenarnos la mente de pensamientos de amor y bondad nos rinden grandes dividendos. Es en situaciones como éstas que vemos la fortaleza de Cristo, que actúa en nosotros y nos habilita para llevar a cabo tareas que en algún momento nos han parecido imposibles.

Un caso concreto: Miguel y la tensión. El trato diario con sus clientes se le estaba haciendo abrumador a Miguel y le ponía muy nervioso. Cada vez que le tocaba asistir a una importante reunión de negocios se pasaba parte de la noche anterior tratando de prepararse, pero por mucho que procurara tranquilizarse, el estómago se le apretaba por el temor al fracaso, al punto de que comenzó a tomar medicinas para calmar los nervios.

Un día domingo, después de escuchar una sencilla homilía que hablaba de que Dios quiere darnos su fortaleza para superar los obstáculos, Miguel empezó a rezar reiteradamente con las palabras de San Pablo: “Todo lo puedo en Cristo que me fortalece.” Inmediatamente, sintió la consolación de Dios y cada día vio que su sentido de confianza y fortaleza iba creciendo. Miguel no se ha librado aún completamente de los nervios, pero cada vez se siente mejor. De hecho, sus temores han disminuido al punto de que ya no necesita la medicación.

Unas semanas después de aquella homilía, Miguel estaba en una reunión de ventas particularmente difícil con un cliente escéptico cuando comenzó a sentirse inquieto nuevamente. A mitad de la reunión, se excusó por unos minutos. Todos supusieron que iba a usar los servicios, pero en cambio Miguel entró en una oficina cercana, se arrodilló y comenzó a orar con mucha fe repitiéndose: “Todo lo puedo en Cristo que me fortalece.” En ese momento, uno de los clientes que regresaba de los servicios, vio que Miguel estaba solo y de rodillas y le preguntó: “¿Puedo rezar contigo?” Así fue que juntos, Miguel y este otro hombre estuvieron rezando por unos cinco minutos, mientras los demás se preguntaban qué habría pasado.

Miguel no logró cerrar la venta ese día, pero encontró la paz que necesitaba para superar la agitación de su mente y las dudas que le ponían tan nervioso. ¡Además, encontró un amigo nuevo y creyente!

Todo lo puedo en Cristo. Por todo lo dicho hasta aquí, se ve que podemos tomar en serio la filosofía de San Pablo. Cada día, proclama que en Cristo tú tienes el poder de pensar continuamente en aquellas cosas que complacen a Dios. Cree sin dudar en las verdades de nuestra fe, en las formas de conducta que son puras y honorables y en la promesa del amor y la protección de Dios, incluso en los momentos de mayor tensión y dificultad de cada día. Pídele al Señor que te ayude en cualquier situación a fin de que puedas darle a él la gloria y la alabanza. Pero más que nada, pídele al Espíritu Santo que te enseñe a mantener la paz de un modo tal que te libre de todo nerviosismo y preocupación, especialmente cuando tengas que afrontar dilemas y obstáculos.

Cuando San Pablo nos dice que hemos de regocijarnos en el Señor y pensar en todo lo que es bueno, verdadero, santo y puro, lo que nos está diciendo esencialmente es que aprendamos a comportarnos correctamente, pero esto es algo mucho más profundo también. El apóstol no solo nos dice lo que hemos de hacer, sino cuál es la clase de persona que podemos llegar a ser. El Señor quiere que nuestra relación con Jesús sea para nosotros una fuente de gran alegría y que tomemos en serio sus palabras y las pongamos en práctica; quiere que aprendamos a ser puros y santos para que brillemos como estrellas en la oscuridad del firmamento.

Es cierto que todo lo podemos hacer en Cristo. Tal vez no seamos perfectos, pero con la fortaleza del Señor, podemos vivir en este mundo con su alegría, su confianza y su paz. Y nada ni nadie podrá quitarnos estas bendiciones.

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