Quiero creer

¿Qué piensan los jóvenes de la fe?

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Algunos estudios que se han hecho indican que el 60%, otros dicen que el 70%, de los jóvenes adultos han dejado de asistir a la iglesia.

¡Estas cifras no son alentadoras de ninguna manera! Algunas de las razones que indican los estudios son de naturaleza más bien circunstanciales: trasladarse a otra ciudad por estudios o por trabajo o para casarse con alguien de otra religión. Pero las razones más internas son las que arrojan más luz sobre los aspectos verdaderos que interesan o preocupan a los jóvenes.

Según estos estudios, algunos jóvenes adultos afirman que han dejado de ir a Misa porque les parece que los feligreses, y a veces incluso el sacerdote, tienen una actitud demasiado moralista y crítica o bien una orientación demasiado política. Por ejemplo, objetan la manera en que la gente ha tildado a ciertos partidos políticos no sólo como desorientados sino también como anticristianos.

Otro obstáculo importante para los jóvenes es lo que ellos llaman una persistente crítica y rechazo a su cultura. Un sondeo dejó entrever que el 25% de los jóvenes encuestados decían que la Iglesia menosprecia la música, las películas y la tecnología que definen su generación.

Finalmente, muchos jóvenes adultos se retiran porque les parece que aquellos que dirigen la Iglesia son intolerantes frente a su estilo de vida; no aceptan el énfasis excesivo que se pone en la observancia de normas, tanto en términos de moral como de práctica religiosa. Se quejan de que en lugar de reconocer que hay “muchas formas” de llevar una vida satisfactoria y gratificante, la Iglesia sigue imponiendo sus conceptos de siempre en el mundo.

Numerosos fieles piensan que el éxodo de jóvenes adultos es sólo una fase de su vida que la mayoría superará con el tiempo, pero los estudios sugieren algo muy diferente: Muchos de los que se marchan de la iglesia no vuelven. Es cierto, naturalmente, que no todos estos estudios son definitivos ni exactos; pero sí dejan ver que es preciso entender la manera como piensan los jóvenes, a fin de que podamos dialogar con ellos y ayudarles a aceptar la fe. Esto es lo que queremos tratar de hacer en este artículo.

Modernista contra postmodernista. Todos sabemos que es prácticamente imposible catalogar a todos los jóvenes adultos en la misma categoría. Hay simplemente demasiadas variables y cada uno está en una situación diferente. De todos modos, vale la pena estudiar las diversas maneras en que las generaciones entienden el mundo. Se puede afirmar que algunas generaciones más antiguas tienen un concepto “modernista”, mientras que muchos jóvenes adultos de hoy son “postmodernistas” en su pensamiento.

Desde hace tres siglos más o menos, hasta los años cincuenta y sesenta, el “modernismo” era la ideología predominante en el mundo, que emanó de la época del Renacimiento, se afianzó entre la época de la Revolución Francesa (fines del siglo XVIII) y la Segunda Revolución Industrial (siglos XIX y XX). Una manera sencilla de entender el modernismo es pensar en el término “la edad de la razón.” El modernismo se apega al análisis científico, la verdad absoluta y el valor de la autoridad. En lo que se refiere al cristianismo, el modernismo enfatiza la teología sistemática, que es una formulación organizada y paso a paso de la fe, y la explicación y la defensa de las verdades de la fe.

Desde muchos puntos de vista, el entendimiento postmodernista del mundo rechaza el concepto modernista. En lugar de dirigir la atención a las verdades inmutables, el postmodernismo se fija en los resultados; se concentra en lo bueno o malo que sucede ahora mismo en el mundo. Es por esto que los de tendencia postmodernista observan que el entorno mundial va en rápido deterioro, un siglo marcado por guerras sangrientas y condiciones globales de pobreza y hambruna, y terminan poniendo en duda la seguridad que supuestamente iba a traer el modernismo, y terminan por preguntar: “¿De qué sirven las verdades inmutables si hay tanto mal y tantas cosas que no funcionan bien en el mundo?”

¿Derrumbe de los fundamentos? También surge la sospecha respecto a los centros tradicionales de autoridad. Los jóvenes adultos han crecido con informes de que nuestra querida Iglesia se ha implicado en casos de abuso sexual y escándalos de encubrimiento que han dañado a innumerables víctimas inocentes, muchas de ellas jóvenes. Además, se fijan más en los informes de que presidentes, primeros ministros y otros líderes mundiales han sido sorprendidos en una maraña de falsedades, inmoralidad y operaciones monetarias ilícitas, y también ven que las instituciones tradicionales y los partidos políticos prácticamente se desploman bajo el peso de su propia corrupción y actos delictivos.

A un nivel más personal, sucede con demasiada frecuencia que los jóvenes adultos han logrado una mayor independencia que sus antecesores y a una menor edad. La ruptura de la vida familiar y la falta de apoyo comunitario les hace muy difícil sentirse bien arraigados y seguros, porque perciben que nada es firme ni estable; no hay nada en lo que puedan confiar completamente.

Así pues, no es sorprendente que muchos adultos jóvenes se sientan desorientados, desadaptados y solos, sin sentido en la vida y a la deriva. La experiencia de verse defraudados por sus padres, por el gobierno y por las autoridades espirituales ha hecho que en su mayoría los jóvenes adultos sean escépticos, y por eso les resulta mucho más difícil creer en algo o hacer algo simplemente por imitar a sus mayores y aceptar conceptos de verdad o principios de conducta para su vida que consideran imposiciones.

Quiero creer. Por este modo de pensar postmoderno, muchos jóvenes adultos no sienten la necesidad “de volver a lo fundamental”, porque en realidad ponen en duda que haya una verdad absoluta. Para ellos, todas las cosas, incluso el camino hacia Dios, son relativas. La moral ya no está basada en la Escritura; está basada más bien en el entendimiento que cada cual tiene de lo que es correcto e incorrecto. Han adoptado una filosofía basada en la tolerancia. Como no hay ningún camino que sea el correcto, creen que ellos tienen que aceptar los diferentes puntos de vista de la gente.

Por ejemplo, las relaciones sexuales antes del matrimonio son tan aceptables como la llamada de la Iglesia a la castidad. La Misa del domingo la consideran opcional porque se puede ser “espiritual” sin ir a la iglesia, y el arrepentimiento les parece innecesario porque el pecado es mínimo.

Por eso, en lugar de enfatizar un credo o “artículos de fe” específicos, los jóvenes tienden a enfatizar la preferencia personal y la experiencia de vida. Por eso no aceptan que los mayores les digan cómo pensar ni cómo actuar. Lo que sí valoran son las experiencias que ellos mismos y sus amigos van teniendo y descubriendo a lo largo del camino.

¿Un Papa postmoderno? El Papa Francisco está profundamente consciente de este cambio del modernismo al postmodernismo y sin duda en Cracovia, al celebrar la Jornada Mundial de la Juventud, les habló a cientos de miles de jóvenes “postmodernos” y escuchó lo que ellos querían decir.

Luego, consciente de la desorientación espiritual en que a veces se encuentran los jóvenes entre ambas filosofías, la modernista y la postmodernista, algunas cosas que les dijo en Cracovia fueron las siguientes:

“Seamos conscientes de una realidad: para nosotros, hoy y aquí, provenientes de distintas partes del mundo, el dolor, la guerra que viven muchos jóvenes, deja de ser anónima, deja de ser una noticia de prensa, tiene nombre, tiene rostro, tiene historia, tiene cercanía. Hoy la guerra en Siria es el dolor y el sufrimiento de tantas personas, de tantos jóvenes.

“Existen situaciones que nos pueden resultar lejanas hasta que, de alguna manera, las tocamos. Hay realidades que no comprendemos porque sólo las vemos a través de una pantalla (del celular o de la computadora). Pero cuando tomamos contacto con la vida, con esas vidas concretas, no ya mediatizadas por las pantallas, entonces nos pasa algo importante; sentimos la invitación a involucrarnos.

“Nosotros no vamos a gritar ahora contra nadie, no vamos a pelear, no queremos destruir. No queremos vencer el odio con más odio, ni vencer la violencia con más violencia, vencer el terror con más terror. Nosotros hoy estamos aquí, porque el Señor nos ha convocado. Y nuestra respuesta a este mundo en guerra tiene un nombre: se llama fraternidad, se llama hermandad, se llama comunión, se llama familia.

“Celebremos el hecho de venir de culturas diferentes y de unirnos para rezar. Que nuestra mejor palabra, que nuestro mejor discurso, sea unirnos en oración. Hagamos un rato de silencio y recemos; pongamos ante el Señor los testimonios de estos amigos, identifiquémonos con aquellos para quienes la familia es un concepto inexistente, y la casa sólo un lugar donde dormir y comer, o con quienes viven con el miedo de creer que sus errores y pecados los han dejado definitivamente afuera. Pongamos también las ‘guerras’ de ustedes, las luchas que cada uno trae consigo, dentro de su corazón, en presencia de nuestro Dios.”

Estas palabras del Sumo Pontífice suscitaron una gran ovación y naturalmente dejaron pensando intensamente a los cientos y cientos de miles de jóvenes que le escuchaban.

Experiencia, no absolutos. En realidad, decirles a los jóvenes cómo actuar y cómo pensar puede ser eficaz hasta cierto punto, sobre todo si la persona que propone las ideas muestra una buena disposición para escuchar puntos de vista contrarios sin ponerse a la defensiva.

La clave es saber que los jóvenes están deseosos de conocer a Dios, pero ellos reaccionan en forma mucho más positiva a los testimonios, el diálogo sincero y la vivencia comunitaria que a la explicación de dogmas y doctrinas teológicas. Quieren oír las historias de la vida de otras personas y cómo esas personas han descubierto personalmente a Dios, no una serie de afirmaciones sobre la espiritualidad.

En definitiva, los padres de familia, los párrocos y los catequistas que escuchan y entienden lo que piensan los jóvenes a su cargo tienen una mejor posibilidad de llegar a la conciencia de ellos y ayudarles a fortalecer su fe.

(Para más información sobre los jóvenes adultos que abandonan la iglesia véase, por ejemplo, la encuesta Barna sobre Young Adults Leaving the Church, de 2011, o el estudio del Centro Pew de Investigación sobre America’s Changing Religious Landscape, mayo de 2015).

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