Oremos con Jesús

¿Cuál era su secreto?

Herramientas

Cuando Jesús vivió entre nosotros, hace dos mil años, era plenamente humano, al punto de que fue tentado en todo igual que nosotros, salvo que jamás pecó (Hebreos 4,15).

Pero a pesar de esta verdad, por lo general subestimamos lo mucho que Jesús necesitaba orar. En lo que respecta a la tentación, podemos pensar “Jesús también era Dios verdadero, por lo cual le costaba menos resistir el pecado.” Y suponemos que para el Señor le fue fácil seguir la guía de su Padre sin siquiera preguntarle cuál era su voluntad y pensamos que, como era Dios verdadero, en realidad no le costaba obedecer.

Pero este tipo de razonamiento implica creer que, en realidad, Jesús no era igual que nosotros en todo. El hecho es que Jesús sufrió graves tentaciones. También es un hecho que el Señor se levantaba temprano en la mañana y se quedaba hasta entrada la noche para orar y conocer la voluntad de su Padre. Es decir, pudo someter su propia voluntad a la de su Padre sometiéndose a una rigurosa disciplina.

En este artículo veremos cómo oraba Jesús y qué fue lo que Él nos enseñó acerca de la oración, a fin de descubrir cómo puede el tiempo que dedicamos al Señor llegar a ser fuente de sabiduría y fortaleza para nosotros, tal como lo fue para el Señor.

La base de la unión con Dios. En la Última Cena, Jesús les explicó a sus discípulos qué significaba que Él y su Padre fueran uno: “Las cosas que les digo, no las digo por mi propia cuenta. El Padre, que vive en mí, es el que hace sus propias obras. Créanme que yo estoy en el Padre y el Padre está en mí; si no, crean al menos por las obras mismas” (Juan 14,10-11).

El hecho de que Jesús y su Padre fueran uno no significa que eran la misma persona. No es que Jesús era en realidad el Padre, pero como “disfrazado” de hombre. Lo que significa es que la unidad que había entre ellos, y que provenía de la naturaleza divina que ambos compartían de un modo singular, se debía a que tenían el mismo modo de pensar y de sentir en todo. Por eso, contemplar al Hijo y recibir su palabra era lo mismo que contemplar al Padre y escuchar su voz. Es lo mismo que quiso explicar San Pablo cuando dijo que Jesús era “la imagen visible de Dios, que es invisible” (Colosenses 1,15).

Esta es precisamente la razón por la cual Jesús estaba tan dedicado a la oración, ya que a través de ella podía mantener su unidad con su Padre. La oración le permitía escuchar, entender y hacer la voluntad del Padre. San Pablo decía que “Con Cristo he sido crucificado, y ya no soy yo quien vive, sino que es Cristo quien vive en mí.” (Gálatas 2,19-20). Con esta sencilla frase, el apóstol ponía en claro cuál era el motivo supremo de su vida y el de la vida de todos nosotros: pensar, decidir y actuar tal como lo haría Jesús, no cómo lo haría uno mismo. En esencia, Pablo decía que su anhelo era vivir del mismo modo que Jesús había vivido, es decir, en perfecta unión con Dios Padre.

Así pues, si queremos que la unión con Dios que recibimos en el bautismo sea realmente fuerte y segura, debemos orar de acuerdo con ciertas convicciones profundas. Una manera de lograrlo es comenzar a rezar declarando tres verdades fundamentales:

~ He sido bautizado en Cristo y su Espíritu Santo habita en mí. (1 Corintios 3,16)

~ Ya no deseo vivir según mis propios razonamientos, que son opuestos a los de Cristo. Quiero vivir para Él todos los días de mi vida. (Gálatas 2,20)

~ Estoy convencido de que la gracia de Dios actúa en mí y que me voy transformando en su semejanza cada vez con más de su gloria. (2 Corintios 3,18) Él me ayudará a vivir como Él quiere que yo viva.

Honrar a Dios. Cuando los discípulos le pidieron a Jesús que les enseñara a rezar, Él les respondió con una oración que ha resultado ser la más rezada en la historia cristiana: el Padre Nuestro (Lucas 11,1-4). Y podemos suponer, sin temor a equivocarnos, que esta oración no fue algo que a Jesús se le ocurrió de repente y sólo para sus discípulos. Lo más probable es que sea la esencia de toda su propia vida de oración.

En la primera parte de esta hermosa plegaria, Jesús nos alienta a alabar a su Padre santificando su nombre y a pedir que el reino del cielo venga a la tierra. Esto nos recuerda aquella vez que Él mismo, rezando, dijo que su Padre era “Señor del cielo y de la tierra” (Lucas 10,21), pero más que nada nos recuerda la reverencia y devoción que Jesús tenía por su Padre y su deseo de no hacer nada salvo lo que su Padre le mandaba (Juan 14,31). Para Jesús, llamar “Padre” a Dios era reconocer la autoridad soberana y suprema del Altísimo y al mismo tiempo reconocer la perfecta e íntima unidad que Él tenía con Dios.

El “pan nuestro” de cada día. En la segunda mitad del Padre Nuestro, el Señor nos enseñó a pedirle pan, perdón y protección a Dios. En su discurso sobre “el pan de vida” dijo a sus oyentes: “La voluntad de mi Padre es que todos los que miran al Hijo de Dios y creen en él, tengan vida eterna” y añadió “todos los que escuchan al Padre y aprenden de él, vienen a mí” (Juan 6,40.45). Queda claro, pues, que el Padre está dedicado a llevar gente a su Hijo, y que el Hijo está dedicado a llevar gente al Padre. Pero, ¿en qué circunstancias sucede esto? En muchas, pero principalmente en la Sagrada Eucaristía.

Cuando le pedimos al Padre que nos dé “el pan nuestro de cada día”, Él nos responde dándonos su “pan de vida”, que es el propio Jesús. A su vez, en la Eucaristía, Jesús nos lleva a rendirnos en adoración, alabanza, amor y obediencia ante el trono de nuestro Padre. Y el ciclo se repite en forma continua, porque el Padre nos manda de regreso junto a Jesús. ¡Qué maravillosa exhibición de amor y unidad entre Jesús y su Padre!

En busca de perdón. Aunque Jesús jamás necesitó ser perdonado, Él ofreció el perdón a incontables personas. Tal vez el ejemplo más impresionante lo vemos cuando estaba en la cruz: “Padre —rezó— perdónalos, porque no saben lo que hacen” (Lucas 23,34).

Por otra parte, en la parábola del hijo pródigo, el Señor nos presenta una ilustración dramática de la misericordia divina: Nuestro Padre se deleita perdonando a todos los que “regresan” a su lado. Y nos propone una magnífica manera de rezar pidiendo perdón para nosotros mismos: “Padre mío, he pecado contra Dios y contra ti; ya no merezco llamarme tu hijo” (Lucas 15,18-19). Finalmente, esta bella historia nos hace ver lo mucho que el Padre desea estrecharnos en sus brazos y colmarnos de su amor, su poder sanador y su misericordia.

“No nos dejes caer … mas líbranos.” Como ya dijimos, Jesús fue tentado en todo igual que nosotros, pero jamás pecó. Por la unión que tenía con su Padre, que se fortalecía en la oración, pudo mantenerse puro y sin pecado. Más aún, ahora vive en sus fieles para interceder por cada uno de nosotros cuando nos asaltan las tentaciones (Hebreos 4,16). Recordemos que Jesús pasó 40 días en el desierto y fue tentado por el diablo. San Mateo nos dice que una vez que el tentador finalmente se retiró “unos ángeles acudieron a servirle” (Mateo 4,11), y esto es lo que Jesús pide para nosotros también. Cuando le pedimos al Señor que nos libre del maligno, Jesús le pide al Padre que envíe a sus ángeles a fortalecer nuestro espíritu y reconfortarnos con la confianza de que la mejor solución siempre es la obediencia y la pureza.

Oremos sin cesar. Queridos hermanos, claro que es posible tener el mismo tipo de confianza en nuestro Padre celestial que tuvo Jesús. Claro que es posible entrar en la presencia de Dios cada día en la oración. Jesús nos reveló el secreto de la oración en el Padre Nuestro, en sus enseñanzas y en su modo de vivir. Ahora nos toca a nosotros aprovechar este secreto y hacerlo nuestro, y para ello podemos adquirir la misma forma de pensar y de sentir que tuvo Jesús; sólo hace falta pedírselo.

Cristo nos aseguró que nuestro Padre celestial quiere darnos su reino, alimentarnos con su propio pan, perdonarnos y protegernos de toda tentación. También nos animó a presentarnos confiadamente ante nuestro Padre cada día y pedirle lo que necesitamos. Y esto lo decía porque sabía que Dios quiere dar “cosas buenas a quienes se las pidan” (Mateo 7,11).

Es cierto que, por las numerosas distracciones que hay en la vida, a veces nos cuesta mucho rezar cada día y seguir los pasos del Señor, pero Jesús lo sabe y está consciente de lo difícil que resulta no dejarse llevar por las muchas ocupaciones y quehaceres del diario vivir. Por eso está siempre a nuestro lado para alentarnos y ofrecernos su ayuda.

Querido lector, cualquiera sea el lugar en el que usted se encuentre en su travesía espiritual, pídale ayuda a Jesús de la manera que Él mismo nos sugirió: pidiendo, buscando y tocando a la puerta. Sabemos que Él también está tocando a la puerta de nuestro corazón y nos dice: “Escúchame y abre la puerta, para que yo entre y te colme de todo lo bueno que mi Padre quiere darte hoy” (v. Apocalipsis 3,20).

Oremos, pues, ahora mismo: “Señor, creo en Ti, pero ayúdame a creer más. Me entrego en tus manos sin reservas y ayúdame a no alejarme de Ti. Quiero encontrarme contigo en la oración, pero ayúdame a no distraerme tanto. Abro la puerta de mi corazón y te invito a que entres en mí. Gracias, Señor.”

Comentarios