La misericordia en la familia

El Papa Francisco nos habla de la familia y la misericordia

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Cuando se habla de los asuntos de familia, ¿te parece alguna vez que estás en medio de un largo episodio de lucha libre? Tal vez el matrimonio de tu hija tiene altibajos y no sabes cómo ayudarle. Quizás tus nietos han dejado de asistir a Misa y eso causa tensión en tu familia.

A lo mejor tú y tu esposa o marido discrepan en asuntos de dinero, como cuánto es lo que deben o pueden ahorrar. Tal vez entre tus vecinos hay una pareja de solteros que viven juntos, y para ustedes es incómodo relacionarse con ellos.

Aparte de todo esto, constantemente nos llegan noticias de temas que afectan a la familia y el matrimonio, desde las decisiones legales sobre el “matrimonio” homosexual hasta las últimas estadísticas sobre el divorcio. Pareciera que el terreno que pisamos va perdiendo estabilidad, pero todos queremos recibir respuestas claras y definitivas sobre estos y otros temas que nos tienen preocupados.

Si a ti te sucede algo parecido, has de saber que no estás solo; de hecho, estás en compañía de personas muy distinguidas, como ¡el propio Papa Francisco y los obispos de todo el mundo, que también debaten tratando de encontrar respuestas a preguntas muy similares!

Un Papa involucrado. Uno de los cometidos del Santo Padre en su condición de Papa es resguardar el depósito de la fe católica. Esto parece muy obvio, pero no siempre vemos claramente cómo se han de vivir las verdades de nuestra fe, sobre todo en un mundo que cambia a toda velocidad. ¿Cómo se logra el equilibrio entre la vocación a la pureza y la vocación a la misericordia? ¿Cómo se pueden aplicar las verdades eternas de la Sagrada Escritura a una cultura cada vez más materialista e individualista? ¿Cómo se puede hablar de una manera que acerque a las personas más al Señor y que no cause más discusiones y división?

Algunas de estas preguntas no tienen respuestas fáciles y puede ser arriesgado tratar de proponerlas en público. Pero no por esto dejó el Papa Francisco de convocar no a uno sino a dos sínodos para abordar los obstáculos que hoy enfrentan las familias; y tampoco dejó de insistir en un nuevo nivel de honestidad, franqueza y transparencia entre los obispos a la hora de debatir y abordar temas como éstos.

¿Por qué lo hizo? Porque sabe que, cuando hay asuntos difíciles que dilucidar, es saludable intercambiar opiniones y puntos de vista y tratar de resolver los desacuerdos, aun cuando eso signifique “luchar” un poco; sabe que conviene sacar a la luz los asuntos que muchos no quieren tocar y escuchar a quienes discrepan con uno con un claro espíritu de caridad.

De otra manera, la ira, la murmuración o la división crecen y al final se abren más heridas de división en la familia, la comunidad y la Iglesia, y el brillo del testimonio cristiano que damos empieza a empañarse. Recordemos que el Señor nos dijo que la gente sabría que somos seguidores suyos si nos amamos los unos a los otros (Juan 13, 35).

Un espíritu de franqueza. Aparte de esto, el Santo Padre nos invitó a todos a unirnos a él para dialogar en oración sobre las diferencias que existen, porque sabe que, dado que esos asuntos nos involucran a todos, los fieles también debemos aportar algo para tratar de resolverlos. Por eso, nos ha invitado a contestar ciertas preguntas que tocan a nuestras propias experiencias de vida familiar y matrimonial.

Este fue el principio de un largo proceso que se concretó en los dos Sínodos sobre la Familia celebrados en 2014 y 2015. Como el propio Papa Francisco lo ha dicho, todos formamos el Pueblo de Dios y el Espíritu Santo habla de un modo especial cuando todo su pueblo actúa en mutua colaboración.

El Santo Padre pidió, en ambos sínodos, que los participantes plantearan sus opiniones de un modo abierto y sin temores; por eso, estos sínodos fueron un foro de puertas abiertas de par en par, donde los obispos no dudaron en expresar puntos de vista divergentes sin miedo a la condena o la represalia. Naturalmente, todos estuvieron de acuerdo en lo que respecta a la bondad del matrimonio, el valor espiritual del amor conyugal y la necesidad de que la Iglesia ofrezca más apoyo a las familias que tropiezan con dificultades.

Pero los debates más animados fueron, como era de esperar, los referidos a los temas más polémicos, como el de permitir que los católicos divorciados y vueltos a casar fuera de la Iglesia reciban la Sagrada Comunión; la actitud que se ha de tener en la Iglesia con las personas católicas que son homosexuales, lesbianas y transgénero, así como el gran aumento de las parejas de solteros que cohabitan y crían hijos.

Todos estos temas fueron presentados, estudiados y discutidos en los sínodos. Como resultado, el Papa Francisco publicó la hermosa Exhortación Apostólica Postsinodal Amoris laetitia sobre el amor en la familia, en la que se expone la postura de la Iglesia sobre los aludidos temas, entre muchos otros, claro está. El texto completo de la exhortación apostólica puede consultarse en www.vatican.va.

Uno de los numerosos párrafos que vale la pena destacar de esta exhortación apostólica es el siguiente: “La Iglesia es familia de familias, constantemente enriquecida por la vida de todas las iglesias domésticas. Por lo tanto, ‘en virtud del Sacramento del Matrimonio, cada familia se convierte, a todos los efectos, en un bien para la Iglesia. En esta perspectiva, ciertamente también será un don valioso, para el hoy de la Iglesia, considerar la reciprocidad entre familia e Iglesia: la Iglesia es un bien para la familia, la familia es un bien para la Iglesia. Custodiar este don sacramental del Señor corresponde no solo a la familia individualmente sino a toda la comunidad cristiana’.” (AL 87).

La Iglesia en marcha. Toda esta discusión sobre divorcio y nuevo matrimonio, derechos de los homosexuales y tensiones familiares suena como algo terriblemente dramático, ¿no es así? Pero en cierta forma, es una escena bastante conocida. No es la primera vez que hemos visto a las autoridades de la Iglesia enfrascándose en confrontaciones por asuntos controvertidos, y lo mismo en diversos círculos laicos católicos.

Pero no hemos de olvidar que incluso los apóstoles Pedro y Pablo tuvieron una buena dosis de desacuerdos entre sí, como el espinoso asunto de admitir a los no judíos en la Iglesia primitiva (Gálatas 2, 11-14). También, Pablo y Bernabé discutieron sobre si había que dejar que Juan Marcos (el autor del segundo evangelio) continuara acompañándolos como misionero, aunque éste ya había abandonado la causa una vez anteriormente (Hechos 15, 36-41).

Incluso en el pasado más reciente, hemos visto esta clase de animada controversia sobre cómo se debían poner en práctica en la vida eclesial las novedades emanadas del Concilio Vaticano II. El debate sobre temas tales como el ecumenismo, el idioma en la Misa y el papel de la mujer en la Iglesia aún no termina. En algunos círculos, estos asuntos son causa de división y fuertes discusiones; en otros, apenas se mencionan. Tal vez parezca que las discusiones sobre temas como éstos son inútiles y una pérdida de tiempo, pero la historia demuestra que Dios bendice los esfuerzos que hace la Iglesia en cualquier época cuando le preguntamos cómo podemos proclamar mejor su mensaje al mundo moderno.

¡Hagan lío! Teniendo en cuenta todas estas realidades, se ve claramente que es bueno debatir sobre los temas que preocupan en la Iglesia; está bien tener discusiones y expresar diferentes opiniones e interpretaciones. De hecho, esto forma parte del sueño que tuvo el Papa Francisco para los sínodos de la familia y para toda la Iglesia en conjunto. Poco después de su elección, nos mandó a todos a salir y “hacer lío.” Es decir, se refería a la necesidad de ir al mundo y compartir la buena noticia del Evangelio, pero, al mismo tiempo, teniendo la conciencia de que al hacerlo “habría líos”, incluso dentro de nuestra Iglesia, pero que estos líos pueden dar lugar a resultados positivos.

Si no hubiera sido por el lío causado por los desacuerdos entre Pedro y Pablo, es posible que la Iglesia nunca se hubiera abierto para recibir a los gentiles, y quién sabe si habría terminado siendo nada más que una pequeña “secta” dentro del judaísmo que tal vez hubiera desaparecido después de un par de generaciones.

Si no hubiera sido por el lío causado por el Concilio Vaticano II, no tendríamos hoy a tantos laicos involucrados tan profunda y fructíferamente en la misión de la Iglesia; no veríamos tanto avance en términos de ecumenismo; no habría tantas personas que buscan la presencia y los dones del Espíritu Santo, y no habría tanta gente que ahora lee las Sagradas Escrituras y crecen en el amor a la Palabra de Dios.

Si no hubiera sido por el lío causado por el Papa Francisco en la convocación del Sínodo sobre la Familia, se correría el riesgo de tener cada vez más personas que se sienten frustradas porque les parece que la Iglesia no les escucha ni toma seriamente en cuenta sus necesidades.

La Unidad del Espíritu. Así pues, reflexionando sobre los resultados del Sínodo sobre la Familia y el iluminado entendimiento que expresa la Iglesia en Amoris laetitia, ¿qué hemos de hacer los laicos? En primer lugar, orar con sinceridad buscando la luz de Dios y la verdad de Cristo y disponernos a reconocer que el Señor nos habla por medio de la Iglesia.

Luego, leer cuidadosamente, una y otra vez, la Exhortación Apostólica para enterarnos de primera mano de qué es lo que realmente dice y no dejarnos llevar por lo que leemos en la prensa o escuchamos en los noticieros televisivos acerca de su contenido.

Además, estar sinceramente dispuestos a pedir la opinión de personas versadas en estos temas y conversar sobre los temas que nos interesan, teniendo el corazón y la mente abiertos y con un espíritu de amor, paciencia y humildad, buscando la guía del Espíritu. Lo que no es nunca aceptable es descalificar a quienes discrepan con nosotros y mucho menos atacarlos. Lo que sí hemos de hacer es tratar de imitar al Papa Francisco, que procura “mantener la unidad que proviene del Espíritu Santo, por medio de la paz que une a todos” (Efesios 4, 3).

Tras todo esto, probablemente lo más importante es recordar que Dios tiene un plan perfecto, maravilloso y hermoso para su Iglesia, y que el Señor nos ha prometido que “ni siquiera el poder de la muerte podrá vencerla” (Mateo 16, 18). Oremos, pues, por el Santo Padre el Papa Francisco, por todos los obispos y por los sacerdotes de nuestras parroquias, que nos dirigen y nos iluminan en nuestro caminar con el Señor y reconozcamos que, sobre todo, nuestro primer deber cristiano es amar a Dios sobre todas las cosas y a nuestros semejantes, especialmente nuestros hermanos en Cristo, como a nosotros mismos.

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