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Noviembre 2014 Edición

La Comunión de los Santos

Una importante doctrina de la Iglesia

La Comunión de los Santos: Una importante doctrina de la Iglesia

Cada vez que vamos a Misa y rezamos el Credo, afirmamos: “Creo en la Santa Iglesia Católica, la Comunión de los Santos, el Perdón de los pecados, la Resurrección de los muertos y la Vida eterna. Amén”

El Credo es, naturalmente, nuestra profesión de fe, la declaración de aquellas verdades que, como cristianos, sostenemos que son verdaderas, auténticas y creemos firmemente en ellas. Una de estas verdades es “la Comunión de los Santos”. Pero, para muchos, este es un tema en el que en realidad no han profundizado. Como se refiere a “los santos” y nosotros no nos consideramos santos, tal vez no le damos la importancia puntual que tiene para cada uno de los fieles católicos.

Sin embargo, es una doctrina que tiene mucho que ver con la vida cotidiana que llevamos los cristianos y conviene lograr un buen entendimiento de ella, no sólo para nuestro propio provecho personal, sino para exponer su validez y autenticidad cuando alguien la tergiversa, la ridiculiza o la niega de plano.

El padre Mario Dorsonville, Director del Centro Católico de Washington, DC comenta: “La Comunión de los Santos está también en la comunión de la Iglesia celeste con la terrena por medio del Cordero Sacrificado, es decir, la Sagrada Eucaristía. Como suelo decir ‘ésta es un pedacito de cielo aquí en la tierra’, ya que nos anticipa la eternidad cuando celebramos la pasión, muerte y resurrección del Señor.”

¿Qué es la Comunión de los Santos? La Comunión de los Santos tiene relación directa con lo que constituye “el Cuerpo de Cristo”, vale decir la Iglesia, la congregación viva de todos los que formamos el Pueblo de Dios en virtud de los sacramentos recibidos.

Esto cobra un nuevo sentido a la luz de lo que explica San Pablo: “Porque así como el cuerpo es uno, y tiene muchos miembros, pero, todos los miembros del cuerpo, aunque son muchos, constituyen un solo cuerpo, así también es Cristo. Pues por un mismo Espíritu todos fuimos bautizados en un solo cuerpo, ya judíos o griegos, ya esclavos o libres. A todos se nos dio a beber del mismo Espíritu.” (1 Corintios 12, 12).

Dice San Josemaría Escrivá: “La expresión comunión de los santos indica, ante todo, la común participación de todos los miembros de la Iglesia en las cosas santas: la fe, los sacramentos, en particular en la Eucaristía, los carismas y otros dones espirituales. También designa la comunión entre las personas santas, es decir, entre quienes por la gracia están unidos a Cristo muerto y resucitado. Unos viven aún peregrinos en este mundo; otros, ya difuntos, se purifican, ayudados también por nuestras plegarias; otros, finalmente, gozan ya de la gloria de Dios e interceden por nosotros. Todos juntos forman en Cristo una sola familia, la Iglesia, para alabanza y gloria de la Trinidad.”

Ahora bien, ¿quiénes son los santos? Por lo general, estamos acostumbrados a mencionar a diversos santos que la Iglesia ha canonizado y presentado como modelos de perfección y vivencia heroica de la fe, como San Francisco de Asís, San Ignacio de Loyola, Santa Teresita de Jesús, o Santa Catalina de Siena y muchísimos otros, como los mártires que, en la historia de la Iglesia pasada y actual, han dado su vida por la verdad de Cristo. Modelos que, hay que reconocerlo, superan tanto nuestra propia vida en perfección y santidad que no podemos hacer menos que admirarlos y elevarlos muy por encima del resto y propiamente muy cerca de Dios en el cielo.

Pero estos no son los únicos santos. Según el texto del Nuevo Testamento, se observa claramente que la palabra “santos” se aplica también a los cristianos bautizados y consagrados a Dios que forman parte de la Iglesia aquí en la tierra: “Pues Macedonia y Acaya han tenido a bien hacer una colecta para los pobres de entre los santos que están en Jerusalén” (Romanos 15, 26); “Porque Dios no es Dios de confusión, sino de paz, como en todas las iglesias de los santos” (1 Corintios 14, 33).

La Iglesia en tres dimensiones. Para entender mejor la doctrina de la Comunión de los Santos, conviene dejar en claro que la Iglesia de Jesucristo no está constituida solamente por los fieles que actualmente vivimos en este mundo. La Iglesia, el Cuerpo de Cristo, tiene su presencia en tres dimensiones distintas, a saber:

• Los fieles cristianos, hombres, mujeres y niños, que hoy formamos parte de la Iglesia en la tierra. A nosotros se nos llama la Iglesia militante o Iglesia peregrina en la tierra, porque junto con profesar constantemente nuestra fe, nos mantenemos en comunión con nuestro Señor mediante la oración, los sacramentos, el amor y el servicio al prójimo, y estamos continuamente luchando contra los enemigos del alma, para no desviarnos del camino señalado por Cristo para lograr nuestra salvación.

• Las almas del Purgatorio, que son las almas de los cristianos que, después de la muerte, deben pasar por un proceso de purificación antes de poder soportar la energía sobrecogedora y la luz esplendorosa que emanan de la Majestad divina hasta llegar un día a la “visión beatífica”, es decir, la capacidad de “ver a Dios”. Estas almas forman la Iglesia purgante o sufriente.

• Finalmente, la Iglesia triunfante está formada por todas aquellas almas que, una vez purificadas de sus pecados, han llegado al ámbito de la gloria celestial y se encuentran ya gozando de la majestuosa presencia de Dios en el cielo.

Estas tres dimensiones de la Iglesia (militante, sufriente y triunfante) forman la totalidad del Cuerpo de Cristo, la colectividad completa de todos los fieles que han sido, y serán, redimidos por el sacrificio redentor y la resurrección de Jesucristo, nuestro Señor.

La intercesión. ¿Qué relación tiene con esto la Comunión de los Santos? Una muy importante. Por el hecho de estar unidos todos los fieles en el mismo Cuerpo de Cristo por la fe común, por el único Bautismo en el mismo Espíritu Santo de Dios y la participación en los sacramentos y las demás cosas sagradas, los fieles de la Iglesia militante, nosotros, podemos pedir la intercesión de aquellos que ya están en el cielo, junto a Cristo.

Como dice el Catecismo de la Iglesia Católica: “Por el hecho de que los del cielo están más íntimamente unidos con Cristo, consolidan más firmemente a toda la Iglesia en la santidad… no dejan de interceder por nosotros ante el Padre. Presentan por medio del único Mediador entre Dios y los hombres, Cristo Jesús, los méritos que adquirieron en la tierra… Su solicitud fraterna ayuda pues mucho a nuestra debilidad.” (CIC, 957)

A esto se refería también San Josemaría Escrivá en su libro Amigo de Dios, donde explica: “Porque, gracias a la inefable realidad de la Comunión de los Santos, somos solidarios —cooperadores, dice San Juan (3 Juan 8)— en la tarea de difundir la verdad y la paz del Señor.” (154).

Y en una carta que envió en 1938 a su discípulo Emiliano Amann, le expresaba: “Yo cada día me acuerdo de ti, y te mando otras cartas... ¡Bendita Comunión de los Santos! En nuestro camino, hijo mío, entra a vivir esa unión de familia sobrenatural, que hace que participemos unos de las oraciones, sacrificios y trabajos de los otros.”

En efecto, “La unión de los miembros de la Iglesia peregrina con los hermanos que durmieron en la paz de Cristo de ninguna manera se interrumpe. Más aún, según la constante fe de la Iglesia, se refuerza con la comunicación de los bienes espirituales” (CIC 955, Lumen Gentium 49).

Probablemente todos le hemos pedido a un pariente o amigo en alguna ocasión que nos ayude a rezar por una intención, o alguien nos ha pedido rezar por la curación de una enfermedad, la restitución de algún derecho, la solución de algún conflicto legal o laboral, la paz en su hogar, la obtención de trabajo, el éxito en algún proyecto o empresa, etc. Esta es la intercesión: el hacer oración por el bien de otra persona, unidos en el mismo propósito de intención, a fin de obtener algún beneficio requerido o necesario.

Y esto es lo que muchas veces les pedimos a los santos que ya están en el cielo, primera entre los cuales es la Virgen María, para que intercedan ante nuestro Señor por algún bien que necesitamos o deseamos.

El único mediador. Hay quienes sostienen que debido a que la Biblia dice que “el único mediador entre Dios y los hombres es Jesucristo” (1 Timoteo 2, 5), no se le debe pedir a nadie más por nuestras necesidades. Es cierto que Nuestro Señor es el único mediador en función de nuestra redención, como él mismo lo declaró: “Jesús le dijo: Yo soy el camino, la verdad, y la vida; nadie viene al Padre sino por mí.” (Juan 14, 6). Pero en el mismo Evangelio de San Juan, leemos en el capítulo 2, que la Virgen María intercedió ante Jesús en favor de los novios en las Bodas de Caná, cuando se había acabado el vino y el Señor procedió a realizar su primer milagro señalado en la Sagrada Escritura.

Es decir, es cierto que no existe ningún otro mediador para la redención del género humano; solo Jesucristo nos salva. Pero todos los miembros de su Cuerpo podemos pedirle a Dios por las intenciones de otros, y naturalmente los que están ya en el cielo tienen un acceso directo al trono de la Majestad divina.

En este mismo sentido, también podemos orar por nuestros difuntos. Si alguno de ellos murió en gracia de Dios, pero todavía le falta alguna purificación, elevamos nuestras oraciones a Dios para que cuanto antes complete su período de purificación final y sea admitido a la santa presencia del Señor.

Así pues, en la mañana, cuando nos miramos al espejo, veamos allí que estamos delante del Señor rodeados de todos los fieles que viven en este mundo, los que están en el Purgatorio y los que ya han entrado a la gloria del cielo, porque todos estamos unidos en la Comunión de los Santos por el mismo Espíritu Santo, y por eso nunca estamos solos. ¡Gloria al Señor!

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