La “arabita”

La vida de Santa María Baouardy

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Santa María de Jesús Crucificado (Mariam) Baouardy, virgen de la Orden de las Carmelitas Descalzas fue una joven árabe que nació el 5 de enero de 1846 (víspera de la Epifanía) en I’billin (Abbellin) de Siria (hoy territorio de Israel) en Tierra Santa, de una familia católica de rito greco-melquita (del Medio Oriente) pobre pero muy creyente.

Un año más tarde nació su hermano Pablo. A los tres años ambos pequeños quedaron huérfanos de padre y madre; entonces fue cuando empezaron las tribulaciones de Mariam y a la vez su camino de santificación.

La niña tuvo siempre el recuerdo de su padre que, poco antes de morir, la había tomado en brazos y alzándola hacia una imagen del buen San José había orado diciendo: “Gran San José, protege a mi pequeña. ¡La Virgen es su Madre, sé tú su Padre! ¡Vela sobre ella!”

Mariam fue adoptada por un tío paterno, cuya familia, cuando ella tenía 8 años, se trasladó a Alejandría, en Egipto. Los dos hermanitos jamás se volvieron a ver. Mariam fue una joven oriental dotada especialmente para la fantástica tarea a la cual Dios la tenía destinada, aunque no tuvo educación formal y nunca aprendió a leer ni a escribir.

Cuando pequeña le regalaron unos pajaritos en una jaula. Ella, queriendo cuidarlos bien, quiso bañarlos como se bañan a los bebés, pero todos los pajaritos murieron. Mientras los enterraba se sentía acongojada de pena, pero una voz interior le dijo: “Mira, ¡todo pasa! Pero si tú quieres entregarme tu corazón, yo permaneceré siempre contigo.” Ella jamás olvidó esta voz interior.

Comprometida en matrimonio. Cuando Mariam tenía 13 años ya la habían comprometido en matrimonio con un pariente lejano, sin siquiera ella saberlo. Pero Mariam no conseguía estar en paz pues aquella voz que había percibido cuando pequeña (“Si quieres entregarme tu corazón, yo permaneceré contigo para siempre”), le recordaba que ella ya había dado su “sí” y ahora no podía pronunciar uno diferente.

El día de la boda llegó el novio con joyas preciosas de regalo, y todos esperaban que Mariam se presentara ataviada con los vestidos especiales y joyas, pero ella se había cortado su hermosa cabellera larga y la presentó en una bandeja junto con las joyas de oro. La ira del tío fue tan grande que la golpeó y la envió a la cocina con los esclavos, donde fue víctima de insultos y maltratos.

Después de tres meses de sufrimientos, Mariam recordó que su hermano Pablo estaba en Palestina. Hizo escribir una carta y por la tarde, a escondidas, la llevó a un siervo musulmán que salía de viaje a Nazaret.

El criado conocía las aventuras y los sufrimientos de la joven. Cuando Mariam llegó a la casa del musulmán, la familia estaba por comenzar la cena. La esposa y la madre del musulmán le insistieron que se quedara a cenar, y le pidieron que les contara los últimos acontecimientos. Al escuchar el relato, el hombre se encolerizaba más y decía que los cristianos no tenían corazón, por lo que exhortaba a la joven a que se hiciera musulmana y le ofrecía su propia casa.

Pero Mariam reaccionó tajantemente: “¿Musulmana yo? ¡Jamás! Yo soy hija de la Iglesia Católica y espero seguir siéndolo toda mi vida.” El hombre, rojo de ira, desenvainó su cimitarra y la degolló, dándola por muerta. Era el 7 de septiembre de 1858.

El milagro. Lo que sucedió después, lo sabemos sólo por lo que la misma Mariam contó muchos años más tarde, siendo ya monja carmelita de clausura. Ella dijo que le pareció entrar en el Paraíso, donde había visto a la Virgen y a los santos; también a sus padres y a la Santísima Trinidad.

Pero, una voz interior le dijo: “Tu libro no se ha terminado de escribir.” Entonces se encontró en una gruta, donde pasó varios días con fiebre. Allí fue asistida por una señora joven, que parecía ser una religiosa y que llevaba un velo celeste. La atendía, la alimentaba y le hacía dormir. Unas cuatro semanas después, la misma señora la llevó a una iglesia de los franciscanos y allí la dejó.

Dieciséis años después del hecho, un célebre médico que la visitó en Marsella (Francia), constató que le faltaban algunos anillos en la tráquea, y aunque era ateo declaró: “Debe existir un Dios, porque nadie en el mundo, a no ser por un milagro, podría sobrevivir después de una herida como ésta.”

Durante un éxtasis que tuvo el 7 de septiembre de 1874, se la oyó exclamar por única vez: “Hoy estuvo conmigo la Madre mía. Hoy yo le he consagrado toda mi vida. En la noche me cortaron el cuello y al día siguiente María me tenía en su regazo.”

Vida religiosa. En 1865, por invitación de unas monjas que la llevaron a Marsella, ingresó en el noviciado de las hermanas de San José de la Aparición. No tenía otra cosa que ofrecer que su amor a Dios y su disponibilidad a realizar los trabajos más humildes. “Hacer yo esto, porque yo tener tiempo” decía en su mal francés, mientras se esforzaba por trabajar más que sus compañeras. Ellas la llamaban “la arabita.”

Pero entre los hornillos y el fregadero a menudo se sucedían los éxtasis y las visiones. Entre el jueves y el viernes, le aparecían estigmas sangrantes en las manos y los pies, que ella los consideraba una enfermedad y los ocultaba avergonzada. Como en Palestina había visto leprosos, creía haber contraído la lepra y decía a su superiora: “Madre, no se me acerque, de otro modo contraerá mi enfermedad” Y ésta, ante tanta ingenuidad y humildad le respondía: “Tranquila, hija mía, no creo que yo la contraiga.”

En 1867, siendo aún postulante y por los hechos extraordinarios de su vida, le aconsejaron adoptar una vida contemplativa, por lo cual llegó al convento del Carmelo de Pau, en Francia. Allí adopta el nombre de Hermana María de Jesús Crucificado. De esta forma se cumplió lo que la Virgen le había anunciado: “Serás primero hija de San José y después de Santa Teresa de Jesús.”

Mientras tanto, los éxtasis continuaban, pero bastaba que la maestra de noviciado la llamara “por obediencia” y todo fenómeno extraordinario se interrumpía inmediatamente. Algunas veces se confesaba de no saber orar.

Decía a la Superiora: “En la oración no tengo distracciones, pero no logro ni siquiera concluir la oración más corta. Comienzo el Padre Nuestro y me quedo en estas palabras sin poder continuar. Pienso: “¡Oh Dios mío, tú tan grande, tan poderoso! ¡Tú eres nuestro Padre! Tú que estás en el cielo, mientras que nosotros somos pequeños gusanos, polvo y ceniza y todavía tenemos el coraje de ofenderte. ¡Oh Dios mío, ten piedad de nosotros! Luego me pierdo y me duermo.”

Los estigmas sangraban siempre en el día de la Pasión del Señor. También se le abrió una llaga en el costado, como la de Cristo crucificado. Le colocaban paños blancos para secarle la sangre, y sobre el paño la mancha de sangre tomaba la forma de un corazón sobre el cual aparecía una cruz y a veces se podían leer también las iniciales “IHS”, que significan “Jesús Salvador”. Son reliquias que se conservan todavía.

En 1868, después de la oración, hizo advertir tres veces al Santo Padre que los enemigos habían puesto una mina en la gendarmería del palacio Serristori de Borgo Vecchio próximo al Vaticano (durante la revolución contra la anexión de la ciudad de Roma al reino de Italia). Nadie la quiso escuchar y el 23 de octubre de ese mismo año la gendarmería explotó en pleno día causando varias víctimas mortales.

Luchas interiores. El demonio se esforzaba por todos los medios de convencerla de sus pecados, de su indignidad, de su infidelidad, de la falta de vocación, y la impulsaba hacia la desesperación. Durante la última y decisiva batalla, los presentes podían ver a Mariam, pero escuchaban el diálogo, pues el demonio hablaba a través de ella con una voz horrible y ella respondía sufriendo, pero con alegría y certeza:

Satanás le gritaba: “¡Dios no existe!” Y Mariam rebatía: “Pero yo lo veo en la creación, lo veo en los árboles que crecen…”. “¡No existe ninguna iglesia!” insistía el maligno y la respuesta era: “Pero yo contemplo su imagen en cada fruto. Si abro el fruto, encuentro la semilla. Si abro el Sagrario está Jesús en la Eucaristía.” “¡El amor no existe!” “Pero yo contemplo la ley del amor en todos los animales… lo veo en la gallina que protege sus pollitos bajo sus alas.”

Luego, después de la lucha, Dios la acunaba como a un bebé. Entonces Mariam decía: “El pensamiento de que yo no soy nada me hace saltar de alegría. Es tan bello ser nada… La humildad es feliz de ser nada, no se ata a nada, nunca se enoja, y está contenta, feliz, va por todas partes contenta, satisfecha de todo… Bienaventurados los pequeños.”

El 21 de agosto de 1870, junto con un pequeño grupo de ocho hermanas, Mariam fue enviada a la India para fundar el primer Monasterio de Carmelitas en Mangalore. Sus extraordinarias experiencias místicas continuaban con el mismo ritmo y con la misma intensidad.

En la cocina, cuando la veían con el rostro radiante todo el mundo entendía que estaba, como ella solía decir, “en compañía de Aquel que había creado el cielo y la tierra.”

Más tarde, la enviaron de regreso al Monasterio de Pau en Francia. Amaba la naturaleza y sentía intensamente su encanto y, aunque era analfabeta, a veces en éxtasis, componía bellísimas poesías a la manera oriental, inventando también extrañas y dulces melodías para cantarlas.

Una mañana, el 28 de junio de 1873, la superiora la encontró en éxtasis, sentada en un pequeño banco frente a una ventana abierta: “Madre —dice Mariam— todos duermen y nadie piensa en Dios, que es tan bondadoso y tan grande… Nadie se acuerda de él. ¡Mira, la naturaleza lo alaba! El cielo, las estrellas, los árboles, la hierba, toda criatura alaba al Señor, pero el hombre, que conoce sus beneficios y debería alabarlo, ¡no hace más que dormir!” 

Nuestro Señor le pidió que fundara un Carmelo en Belén, en Tierra Santa, y le prometió que todo lo que las carmelitas pidieran en ese “palomarcito de la Virgen” se les concedería. En septiembre de 1876 se inauguró el edificio provisional y en noviembre del mismo año el definitivo. En 1878, en presencia del obispo, pidió perdón por sus faltas y comulgó; besó la cruz y tras la absolución falleció el 26 de agosto a los 33 años de edad.

Canonización. El 27 de noviembre de 1891, el Papa San Juan Pablo II la declaró beata destacando sus virtudes heroicas y el 13 de octubre de 1983 la ingresó en el registro de los santos como la primera mujer oriunda de Tierra Santa que fue elevada a los altares.

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