Imágenes de la Iglesia

Las parábolas de Jesús nos dicen quiénes somos

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Si, como dicen, una imagen habla mejor que mil palabras, las parábolas de Jesús tienen su propia categoría, porque los cuadros que Él pintó con los relatos de las parábolas han sido inspiración para millones de palabras. Libros enteros se han escrito sobre una sola parábola, sin contar las innumerables homilías que se han predicado, las reflexiones que se han presentado y los principios teológicos que se han articulado, todos ellos basados en los conmovedores cuadros hablados que son las parábolas de Cristo.

En muchos de estos cuentos didácticos, el Señor pinta cuadros que nos enseñan a entender la relación que Él quiere mantener con su Pueblo, la Iglesia. Nos habla de un pastor que cuida las ovejas, un labrador que cultiva la tierra, un viñador que cuida una viña y un constructor que construye un edificio.

Estas imágenes nos ayudan a comprender que Jesús está siempre presente en la Iglesia, y nos dicen que el Señor quiere ver que su Pueblo le responda con fe y devoción. Finalmente, nos hacen entender que Cristo nos pide a todos que hagamos nuestra parte para contribuir a construir su Iglesia.

En este artículo, daremos una mirada a algunas de estas imágenes que representan a la Iglesia. A medida que usted lea, pídale al Espíritu Santo que le haga ver lo muy valiosa que es la Iglesia a los ojos de Dios, y le ayude a reconocer en estas imágenes que el Señor desea que todos seamos santos como Él es santo.

Yo Soy el Buen Pastor. Comenzaremos contemplando la imagen de un pastor y su redil. En el Evangelio según San Juan (10,1-18), Jesús dice que el pastor va delante de sus ovejas, conduciéndolas y cuidándolas. A diferencia de un asalariado, el pastor se siente muy unido a sus ovejas, al punto de estar dispuesto a protegerlas con su propia vida. En esta parábola, Jesús nos revela que Él mismo es el Buen Pastor, el que nos ama y entrega su vida por nosotros.

En esta parábola, “el redil” representa a la Iglesia entera, no solo a una o varias personas. Es el cuerpo entero de todos los que saben que alguna vez estuvieron perdidos, pero que Jesús los ha encontrado (Lucas 15,1-7); son los que escuchan su voz (Juan 10,3), los que nos hemos comprometido a seguir a Cristo de la mejor manera que podemos, y quiénes esperan que Él nos alimente y nos cuide (Mateo 9,36).

Jesús también dijo que Él era “la puerta” por la que sus ovejas pueden “entrar y salir” (Juan 10,7-9). Por una parte, el Señor afirma que todos deberíamos entrar en la Iglesia para que Él nos alimente y nos proteja; pero por otra parte, nos insta a “salir” de la Iglesia para ir a trabajar en el mundo, construir buenas amistades basadas en el amor, cuidar a nuestras familias y ser testigos de Dios. El Señor nos promete que en todas nuestras idas y venidas Él estará allí con nosotros, cuidándonos y protegiéndonos. Todo lo que tenemos que hacer es escuchar su voz y tener cuidado de no perderlo de vista ni extraviarnos.

La viña. Otro de los cuadros que pinta el Señor es el de la Iglesia como una viña. Cuando los Padres del Concilio Vaticano II reflexionaron sobre esta imagen, escribieron: “La Iglesia es labranza, o arada de Dios” (Lumen Gentium, 6). Esta palabra “arada” da la idea de hacer surcos profundos en el terreno, plantar semillas y añadir el abono con la esperanza de obtener una cosecha fructuosa. En la parábola del viñedo, Jesús nos dice que nuestro Padre ha plantado semillas en la Iglesia: semillas de curación, buenas noticias, perdón y justicia, y que Dios quiere vernos cultivar estas semillas, de modo que veamos el fruto en el mundo: el fruto que brota cuando compartimos su amor y su gracia con aquellos que nos rodean (Mateo 21,33-44).

En la parábola de la vid y las ramas o sarmientos (Juan 15,1-10), el Señor nos dice que Él quiere alimentarnos con su propia vida divina y nos pide que permanezcamos unidos a Él para que sigamos recibiendo su vida, su amor y su gracia. Nos dice esto a fin de que no nos marchitemos y muramos, como las ramas desprendidas, sino que nos mantengamos unidos firmemente a Él y así demos el fruto que se supone que demos para nuestro bien y para su gloria.

Esta es nuestra llamada, una llamada exigente, pero es maravilloso saber que, incluso en medio de esta exigencia, Jesús está siempre con nosotros, alimentándonos y ayudándonos a cumplir la misión. En efecto, no estamos solos: “La verdadera vid es Cristo, que comunica vida y fecundidad a los sarmientos, que somos nosotros, que permanecemos en Él por medio de la Iglesia” (Constitución Lumen Gentium, 6).

La familia de Dios. San Pablo dice que la Iglesia es “la familia de Dios” (1 Timoteo 3,15), y también que esta familia es el hogar en el que ya no vivimos como extranjeros, sino como “miembros” del Pueblo de Dios, con el cual compartimos los mismos derechos (Efesios 2,19).

En otra ocasión, Jesús dijo que Él es la “piedra principal”, el cimiento de la Iglesia (Mateo 21,42), enseñanza que luego tomó San Pedro y la amplió enseñando que todos nosotros somos “piedras vivas” que el Señor usa para construir un “templo espiritual” (1 Pedro 2,5). En esto vemos otra imagen en que Jesús cuida a sus fieles a través de la Iglesia y al mismo tiempo hace que en su Pueblo (como Iglesia) se vea su presencia visible en el mundo. El Señor está siempre construyendo su templo espiritual, y quiere que nosotros seamos compañeros de trabajo con Él, incluso co-creadores con Él, porque ¡su deseo es que seamos piedras vivas, no peso muerto, cuando nos unimos a Él en este gran proyecto de construcción! Esta imagen de la Iglesia como una familia nos hace ver que Dios espera que trabajemos muy unidos a Él. Cristo es el maestro constructor, que dirige la obra, y nosotros somos los obreros que llevamos a cabo los planes del constructor.

Los discípulos fueron las primeras piedras vivas de Jesús cuando salieron a predicar el Evangelio y a construir la Iglesia, pero también nosotros somos piedras vivas, tan importantes como ellos fueron. Cada vez que servimos y hacemos sacrificios, cada vez que intercedemos y adoramos a Dios en Misa, cada vez amamos como Jesús amó, estamos construyendo la Iglesia, y siendo piedras vivas que contribuyen a sustentar la estructura existente y al mismo tiempo le ayudan a crecer en santidad y en volumen.

Pero lo mejor de todo es que cada vez que trabajamos para construir este magnífico templo de Dios, nuestro Redentor se llena de alegría; cuando edificamos sobre su fundamento, le glorificamos, y Él se regocija al ver que su amada Iglesia crece y se hace más fuerte y más gloriosa.

Sean santos como yo soy santo. La palabra hebrea qadosh significa “santo” o “sagrado”, es decir, apartado para un fin especial. Israel era santo porque estaba separado de las naciones paganas que lo rodeaban, y los utensilios del Templo eran sagrados porque se usaban exclusivamente para el culto de adoración a Dios.

Pero nada de esto se compara con Dios, que es absolutamente santo y perfecto. Él es el Creador, nosotros sus criaturas; Él es perfecto, nosotros pecadores; Él es eterno, nosotros mortales; Él es todopoderoso, nosotros limitados. Tal como Isaías y Job nos muestran, el solo hecho de ver al Señor basta para caer postrados de rodillas (Isaías 6,5; Job 42,5-6), porque la magnificencia de su imponente majestad nos mueve a exclamar: ¡Pobre de mí, sin Dios estoy perdido!

Con todo, aunque Dios es tan santísimo, Él quiere que los humanos tengamos parte en su santidad. Por eso les dijo a los israelitas: “Conságrense completamente a mí, y sean santos, pues yo soy el Señor su Dios” (Levítico 20,7). Si reflexionamos en este versículo a la luz de las imágenes del redil, el viñedo y la familia, podemos entender lo muy especial que debe ser la Iglesia ante sus ojos.

Uno de los misterios centrales de la Iglesia es que es santa, ya que ha sido santificada por su propia cabeza, Jesucristo, el Señor. En lo que se refiere a su identidad en Cristo, su vocación y su misión, la Iglesia es intachable y perfecta. Sin embargo, con toda la pureza que tiene la Iglesia, cada uno de nosotros —todos los que la formamos—tiene como finalidad en su vida lograr una purificación más profunda y una mayor santidad. En efecto, ¡absolutamente todos los fieles, incluso el Papa y todos nuestros obispos, somos integrantes imperfectos de una Iglesia santa!

Es pues, sumamente reconfortante saber que, mientras Dios nos pide que seamos santos, Él mismo nos da generosamente de su propio poder divino para ayudarnos a crecer en la santidad; nos concede la gracia que necesitamos para llevar una nueva vida en Cristo, y nos comunica su Espíritu Santo para guiarnos, consolarnos y enseñarnos. Además, nos alimenta a través de los sacramentos, su santa Palabra y la oración. El Señor nos da todo que necesitamos para que lleguemos a ser el sacerdocio santo que Él quiere que todos formemos.

Dios está con nosotros. Teniendo presentes todas estas maravillosas verdades, oremos para que podamos hacer realidad esta magnífica visión que Dios tiene para cada uno de sus fieles y todo su Cuerpo Místico, su Iglesia santa.

“Padre amado, sabemos que tu Iglesia es la mayor señal visible de tu presencia en el mundo. La Iglesia es tu viña y tu templo santo. Te pedimos, Señor, que derrames un nuevo Pentecostés sobre la Iglesia para que todos tus fieles seamos reflejos de tu resplandor.

“Señor Jesucristo, Salvador nuestro, te damos gracias por hacernos piedras vivas en la construcción de tu templo espiritual. Concédenos la gracia de conocerte, amarte y servirte más cada día.

“Espíritu Santo, Señor, Tú eres la luz de la Iglesia. Bendícenos, te rogamos, y protégenos de toda tentación y enciende en nosotros el fuego de tu amor. ¡Envíanos a ser testigos de tu amor y renueva la faz de la tierra!”

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