Guardaba todo esto en su corazón

Meditemos con la Virgen María

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¡Por fin! Los interminables días de espera habían terminado. Estrechando al pequeño Jesús en sus brazos, la santísima Virgen finalmente veía el cumplimiento de lo que el ángel le había prometido nueve meses antes, y se llenó de la alegría que cualquier madre siente al dar a luz, y también del entusiasmo de saber que su Hijo estaba destinado a ser el Salvador de Israel.

Así como María pudo atesorar el nacimiento de su hijo, y dedicar tiempo a ponderar los hechos asombrosos que le habían sucedido, nosotros también podemos hacer otro tanto en este tiempo de Adviento. ¿Cómo? Decidiendo que este sea un período especial de reflexión, para pedirle al Señor que nos conceda un nuevo entendimiento de su Encarnación y preguntarle qué podemos hacer para que nuestra propia familia se asemeje más a la Sagrada Familia.

Para ello, reflexionaremos sobre la persona de la Virgen María, la joven madre que llevó a Jesús en su seno durante nueve meses y luego compartió con él la vida familiar en su casa por treinta años, para ver qué nuevas lecciones podemos aprender.

Reflexionar en oración. María guardaba todo esto en su corazón, y lo tenía muy presente. (Lucas 2, 19). Su madre guardaba todo esto en su corazón. (Lucas 2, 51)

Durante el tiempo en que San Ignacio de Loyola, el fundador de la Compañía de Jesús, estuvo en Roma tenía un cuadro de la Sagrada Familia en su dormitorio. Según se dice, se pasaba horas mirando fijamente aquel cuadro y pensando cómo habría sido estar allí presente en el hogar de la Sagrada Familia. Se imaginaba estar en el pesebre de Belén o en la casa de Nazaret y se hacía el cuadro mental de la Madre al pie de la cruz o en el cenáculo el Domingo de Pentecostés. Luego, tomaba notas de todas las cosas que iba entendiendo y de las inspiraciones que le llegaban mientras estaba en contemplación.

Al parecer, la Virgen María tuvo la misma idea que San Ignacio. ¡O quizás sería mejor decir que Ignacio siguió el ejemplo de María! Aquella bienaventurada noche del nacimiento de Jesús, su Madre fue guardando en su corazón todos los detalles de lo que sucedía y los atesoraba profundamente. Por supuesto, ella experimentó el mismo gozo profundo que todas las madres sienten al ver a su hijito por primera vez, pero también se sintió enaltecida por la visita de los pastores y lo que ellos relataron acerca del cántico de los ángeles. Además, sin duda la presencia de José y el modo en que él la cuidaba con solicitud y la protegía con amor fueron para ella una fuente de tranquilidad y paz.

Pero María no se limitó a meditar en estas cosas una y otra vez. También abrió su corazón a Dios y fue dócil al Espíritu Santo para que la guiara en sus reflexiones. En efecto, la Virgen practicó el arte de la oración meditada con la mayor perfección. No sería difícil pensar que seguramente ella oraba diciendo algo como: “Padre celestial, concédeme ver lo que tú estás haciendo ahora, te lo ruego. No quiero que nada de lo que está sucediendo me pase por alto. Permíteme ver de qué manera lo que ahora sucede puede ayudarnos a ser la Sagrada Familia que tú quieres que seamos.”

Por sus propios medios, el entendimiento de María debe haber sido limitado, porque sin duda veía el nacimiento de Jesús más desde su propio punto de vista que desde el de Dios. Pero como estaba deseosa de hacer la voluntad del Padre, pudo entender más claramente cuál era esa voluntad, y así logró ver su vida con la perspectiva de Dios. No fue algo que sucedió de repente, es cierto, pero en efecto sucedió. María tuvo que perseverar y ser paciente en este sentido, pero finalmente fue premiada por su dedicación.

San Teófilo de Antioquía, obispo del siglo II, expresó lo siguiente de la Virgen María:

La Virgen, ya fuera que lo entendiera o no, igualmente guardó todas las cosas en su corazón para reflexionarlas y meditarlas minuciosamente… Ella ponderaba tanto las palabras de Dios como sus obras, para que nada de lo que él dijera o hiciera se escapara de su interior… Esta fue su regla constante, una ley para toda su vida.

No sólo maravillarse. La Escritura nos dice que todos los que se enteraron de lo sucedido aquella noche en que nació el Niño Jesús quedaron maravillados; a todos les impresionó sobremanera lo que Dios estaba haciendo y sin duda siguieron comentando el suceso por mucho tiempo. Sin embargo, para María no se trataba solo de maravillarse; ella procuraba discernir las obras y la voluntad de Dios, a fin de llegar a una comprensión más clara de lo que el Señor estaba haciendo.

Hay una gran diferencia entre maravillarse de las promesas de Dios —por bueno que esto sea— y meditar sobre estas promesas. Mientras otros se deslumbraban, María trató de asimilar las promesas del ángel y guardarlas en su corazón. Ella quería saber qué era exactamente aquella “buena noticia, que causará gran alegría” que el ángel anunciaba (Lucas 2, 10); quería saber por qué los ejércitos angélicos daban gloria a Dios en aquel momento, y por qué cantaban “paz a los hombres de buena voluntad” (2, 14); deseaba analizar cuidadosamente el anuncio de que “un salvador” acababa de nacer (2, 11). María quería asimilar todo lo que pasaba en torno a ella para llegar a entender así los planes de Dios.

Si usted poseyera un hermoso diamante grande y muy valioso, seguro que no lo dejaría sobre la mesa de la cocina, donde alguien pudiera tomarlo, y tampoco lo ocultaría bajo llave en una caja fuerte, donde no pudiera admirarlo ni apreciar su belleza. Algo así fue como María actuó con las maravillas que sucedían a su alrededor.

Ella apreciaba “los diamantes” que Dios le daba y los guardaba con cuidado, porque no quería perderlos; pero en realidad los tenía muy presentes en su mente, para fijar la mirada en la obra salvadora de Dios y dejar que la hermosura y el misterio de la acción divina se fueran desplegando en su corazón cada vez más.

Considerar las promesas. ¿Es acaso diferente para nosotros? Si queremos acercarnos más a Cristo, si queremos encontrar una guía para las dificultades que nos aquejan, si queremos parecernos más a la Sagrada Familia, nuestra mejor respuesta es sencilla: imitar a María.

En este tiempo de Adviento, meditaremos en las promesas que Jesús nos ha hecho a nosotros y a nuestras familias. ¿Cuáles? Por ejemplo, que proveerá para todas nuestras necesidades (Filipenses 4, 19); que su gracia nos basta (2 Corintios 12, 9); que nos dará el pan celestial de la Eucaristía (Juan 6, 35); que permanecerá con nosotros hasta el fin del mundo (Mateo 28, 20), y que nos sostiene y nos protege con su propia mano (Juan 10, 29).

Hermano, el Señor quiere bendecir tu familia tanto como bendijo a la Virgen María y a la Sagrada Familia. María sabía que mientras ella reflexionara en lo que Dios estaba haciendo, su familia iría creciendo en santidad y el amor florecería entre unos y otros. Entonces, ¡qué mejor que seguir su ejemplo!

Hagámonos el propósito de no olvidarnos de toda la obra maravillosa que Dios hizo por su pueblo en la Navidad, pero no caigamos en la trampa de mantener esa obra guardada en un rincón y acordarnos de ella una sola vez al año. Tengamos presente en nuestra mente el milagro de “Dios con nosotros”, para que nos sintamos inspirados a mantenernos cerca de Jesús día tras día.

¡Alégrate, llena de gracia! Cuándo el ángel Gabriel se le apareció a la Virgen María, le dijo “¡Alégrate, llena de gracia!” (Lucas 1, 28). Efectivamente, la joven María gozaba del favor de Dios de un modo especial, pero esto no significa que el Señor haya reservado su favor sólo para ella. Dios le favorece también a usted y a su familia, porque desea que todos sus fieles sepan que el Señor está presente en su familia.

En este Adviento, hágase el propósito de rezar diariamente por cada uno de sus seres queridos, los que forman su familia, cualquiera sea la situación en que se encuentren, y pídale al Señor que les conceda su favor cada vez más. Pídale que le muestre a usted cómo puede amar más a sus familiares; perdonar todo lo que haya que perdonar, animar lo que necesite ser animado y darle gracias a Dios por las muchas bendiciones que ya le haya dado. Pídale al Señor que les ayude a todos ustedes a tomar las decisiones que sean necesarias para avanzar hacia la santificación de sus almas en esta vida.

Y mientras lo hace, no deje de pedirle a Dios que le haga uno o dos milagros. La Navidad es una época en que se dan regalos y tal vez el Señor tiene un regalo especial para su familia. Recuerde que María esperó que sucediera un milagro cuando le pidió a Jesús que resolviera la falta de vino (Juan 2, 1-10); recuerde que Jesús le ayudó a Pedro a recoger una pesca milagrosamente grande (Lucas 5, 1-11), y recuerde, también, que Cristo llegó incluso a escuchar la oración de Marta e hizo que su fallecido hermano Lázaro volviera a la vida (Juan 11, 1-44).

Teniendo presentes los milagros como éstos, pídale al Señor la gracia de la conversión de alguien de su familia que se haya alejado de Dios y de la Iglesia; pídale que libere a cuantos se encuentran atrapados en el denso lodo de las adicciones y rece por cualquier persona que esté enferma para que sane en nombre de Jesús. Y no se detenga, siga adelante pidiéndole una y otra vez al Señor.

Vengan a mí. Dios quiere conceder su favor a todos sus hijos, y quiere hacerlo de dos modos. En primer lugar, hacernos entender lo profundo que es su amor y lo maravilloso que es su plan. Luego, quiere obrar prodigios en nuestra vida y la de nuestras familias. Pero, en cada caso, nos pide que vengamos a su lado, como lo hizo la Virgen María. Así pues, hágase el propósito de acercarse al Señor en este Adviento y ponga atención a lo que suceda, para que así el Señor le enseñe más. También decídase a pedirle a Dios que haga un milagro en su vida o en la de sus seres queridos. Como nos demuestra la santísima Virgen, ¡nada es imposible cuando acudimos al Señor!

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