Entremos en su mundo

Cómo cerrar la “brecha generacional”

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La mayoría de los padres de familia, y en realidad muchas parroquias católicas, todavía usan una forma de enseñanza que viene del siglo XIX para educar a sus hijos, incluso cuando ya son jóvenes adultos.

El problema es que sus hijos están sumergidos en el mundo del siglo XXI. Para estos jóvenes, las clases y las enseñanzas, aun cuando todavía tienen valor, han pasado a segundo plano frente a la vivencia personal y las relaciones personales directas. Querámoslo o no, si deseamos guiar a nuestros jóvenes adultos, vamos a tener que entrar en su mundo, en lugar de esperar que ellos vengan al nuestro.

La buena noticia es que gran parte de lo que vemos en los conceptos “postmodernos” de los jóvenes adultos es compatible con la Escritura, con la enseñanza católica y con el modo de vida que llevó el propio Jesucristo. De modo que en lugar de discutir acerca de los Diez Mandamientos o imponerles expectativas poco realistas sobre “el modo correcto de vivir,” probablemente sería mejor tratar de hacerles ver que sus propias convicciones coinciden con las de la Iglesia. Ahora, veamos cómo podemos hacerlo.

Un corazón servicial. Al parecer muchos jóvenes adultos tienen una conciencia social que sueña con un “mundo justo” para todos. Los padres y las parroquias pueden aprovechar este anhelo y buscar oportunidades para que ellos encuentren al Señor en los pobres y los necesitados. ¿Cómo? Los padres pueden realizar obras corporales de misericordia junto con sus hijos y nietos y eso puede ser una maravillosa oportunidad para conversar acerca de Jesús. El testimonio de compasión por los pobres que den los padres tendrá un poderoso efecto en sus hijos.

Juan el Bautista decía: “El que tenga dos trajes, dele uno al que no tiene ninguno; y el que tenga comida, compártala con el que no la tiene” (Lucas 3, 11). Palabras como éstas apelan al idealismo natural de los jóvenes, y a todos les dan la posibilidad de encontrarse con los pobres y enterarse de sus luchas y tribulaciones.

Hay que recordar que las historias personales son importantes para los jóvenes y pueden tener un impacto mucho mayor que la enseñanza doctrinal. Por eso resulta tan valioso el trabajar juntos en un comedor popular para los pobres, ayudar a distribuir alimentos y frazadas a personas sin hogar o afiliarse a una organización como Hábitat para la Humanidad, que se dedica a construir viviendas para los necesitados.

Así pues, amigos lectores, si tienen hijos pequeños o adolescentes en su casa, propónganse hacer una reunión familiar para conversar entre todos sobre estos asuntos y decidir cómo y dónde van a realizar, juntos en familia, alguna obra de ayuda a los pobres, probablemente algo que sugieran ellos mismos. Luego, escriban las decisiones que tomen y póngalas por obra cuanto antes.

Cómo construir relaciones familiares más profundas. Desafortunadamente, a muchos jóvenes les resulta profundamente incómodo hablar de sus ideales y anhelos con sus padres, y a muchos padres les pasa lo mismo con respecto a ellos. Los padres que ejercen un control autoritario en la familia corren el riesgo de levantar barreras en lugar de tender puentes entre ellos y sus hijos, especialmente si éstos son adultos y han optado por estilos de vida que los padres desaprueban. Pero hay que recordar que los jóvenes dan más importancia al acompañamiento personal y la solidaridad que a la autoridad y la doctrina. Los padres que logran un equilibrio entre ambas posturas encontrarán que sus hijos terminarán por respetar su autoridad y también su sabiduría.

Aquí sugerimos algunas estrategias que los padres pueden intentar: Pidan a sus hijos su parecer para resolver algún asunto de familia y denles la oportunidad de preguntar: “¿Qué piensan ustedes sobre este asunto? También pueden consultarles: “¿Cómo podemos ser nosotros un mejor padre o una mejor madre y una mejor familia?” Y afírmeles con cierta frecuencia: “Nosotros (los padres) queremos que ustedes sepan que los amamos mucho. Tratamos de ser buenos padres, pero a veces también cometemos errores.” Díganles que cometer errores es parte de la vida, y que ustedes quieren aprender de sus errores, y que también esperan que ellos aprendan de los suyos.

Esto no significa que los padres vayan a renunciar a su autoridad ni a eludir su responsabilidad; tampoco significa que los padres y sus hijos jóvenes adultos lleguen a un pie de igualdad. Lo que sí significa es que los padres tendrán así un número casi inagotable de oportunidades para compartir sus experiencias, buenas y malas; escuchar con respeto las opiniones de sus hijos sobre asuntos de familia y asegurarles que ustedes (los padres) los respetan, los atesoran y los aman como ninguna otra persona.

La mayoría de los jóvenes adultos comprenden instintivamente el valor de la autoridad. Si ustedes los toman en cuenta y les piden su parecer, ellos respetarán su autoridad mucho más, porque así verán que para ustedes la autoridad es apenas un elemento más de su identidad de padre o madre. Ellos no quieren que sus padres se limiten a imponerles reglas, sino que sean sus consejeros y entrenadores.

Cuéntenles sus historias. El individualismo es una de las bases del pensamiento postmoderno, y un modo de pensar individualista tiende a determinar por sí mismo su estilo de vida. Esto también puede llevar al egocentrismo y al farisaísmo, es decir, creerse más justo que los demás. Esto sucede particularmente cuando nuestros hijos mayores adoptan sus propios valores y creencias, y pueden hacerlo pensando que todo es subjetivo, que no hay absolutos y que los valores y las creencias son relativos. Conviene, pues, tener presente que la interacción personal y las amistades son importantes para los jóvenes, lo cual incluye, naturalmente, el deseo de tener una relación significativa con sus padres.

Por eso, conviene que ustedes les cuenten algunas de sus experiencias de su niñez y juventud, cuáles eran sus dificultades y sus sentimientos, pero obviamente sólo en la medida en que no sea contraproducente. Hagan todo lo posible por encontrar un equilibrio entre el ser los “jefes” de la familia y ser los amigos más dedicados, cariñosos y sinceros que ellos puedan tener.

El Papa Francisco y sus consejos. Mucho puede aprenderse repasando lo que el Papa Francisco les dijo a los jóvenes, porque allí compartió algo de sus propios encuentros espirituales, luchas y dificultades, relatando historias de la Escritura y de su vida diaria, y lo hizo con el objetivo de animar a los jóvenes a buscar su propio encuentro personal con Jesús.

Pero también les dijo cosas como éstas: “Amigos, Jesús es el Señor del riesgo, del siempre ‘más allá’. Jesús no es el Señor del confort, de la seguridad y de la comodidad. Para seguir a Jesús, hay que tener una cuota de valentía, hay que animarse a cambiar el sofá por un par de zapatos que te ayuden a caminar por caminos nunca soñados y menos pensados, por caminos que abran nuevos horizontes, capaces de contagiar alegría, esa alegría que nace del amor de Dios, la alegría que deja en tu corazón cada gesto, cada actitud de misericordia.

“Ir por los caminos siguiendo la ‘locura’ de nuestro Dios, que nos enseña a encontrarlo en el hambriento, en el sediento, en el desnudo, en el enfermo, en el amigo caído en desgracia, en el que está preso, en el prófugo y el emigrante, en el vecino que está solo. Ir por los caminos de nuestro Dios que nos invita a ser actores políticos, pensadores, movilizadores sociales. Que nos incita a pensar en una economía más solidaria. En todos los ámbitos en los que ustedes se encuentren. Ese amor de Dios nos invita a llevar la buena nueva, haciendo de la propia vida un homenaje a él y a los demás.”

Finalmente, el Santo Padre hizo hincapié en la necesidad de que los jóvenes y todos los fieles seamos misericordiosos, compasivos, solidarios, pero a la vez respetando al otro y defendiendo a los indefensos, los no nacidos y los menos privilegiados.

Buscar las conexiones. Es tarea de los padres, y en grado menor de los abuelos, ayudar a los jóvenes adultos de su familia a aprender a amar a Cristo y aceptar su mensaje del Evangelio, que nos presenta la Iglesia. Si ustedes se fijan en las cosas que son importantes para ellos, aunque les parezcan asuntos secundarios, ustedes pueden comenzar a abrir puertas para ellos; pueden ayudarles a encontrar una fe más profunda, más madura y un aprecio más sincero de su familia.

A los jóvenes adultos le preocupan las situaciones como la pobreza, la justicia social y el medio ambiente, y se interesan en hacer algo para que el mundo sea mejor. Pues bien, la Iglesia nos enseña que hemos de cuidar la creación de Dios y preocuparnos por los pobres y los necesitados. Aquí hay una clara conexión con las inquietudes de ellos, ¿no es así?

Hay tantos jóvenes que se sienten solitarios y desconectados, y anhelan encontrar amigos leales y participar en actividades de interés comunitario. La Iglesia promueve la formación de una comunidad de creyentes que se amen y se cuiden unos a otros. ¿Y qué mejor que esto suceda en la propia familia? ¡Esta es otra clara conexión!

Los jóvenes quieren conocer la espiritualidad. Tal vez no siempre sea la espiritualidad cristiana, pero ellos buscan respuestas a los misterios de la vida. La Iglesia nos habla de que Aquel que creó todas las cosas nos ama, nos salva del pecado y nos abre el camino hacia el cielo. ¿Acaso no hay una conexión aquí también?

Durante la santa Misa, alabamos a Dios porque él nunca deja de congregar a su pueblo. En todas las edades y generaciones, Jesús continúa invitando a hombres y mujeres a venir a su lado y descubrir su amor y la redención, invitación que tiene diferentes formas y que se anuncia de modos diferentes a cada generación. Jesús siempre busca lo bueno de la gente y usa aquella bondad para atraer a todos más cerca de sí. Apliquemos todos la misma estrategia al compartir el Evangelio con los jóvenes que dependen de nosotros.

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