En conmemoración mía

Jesús puede abrir nuestros ojos

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Sabemos lo valioso que es recordar al Señor. A juzgar por la historia de Esdras que vimos en el artículo anterior, nos damos cuenta de que mantener en nuestra mente el recuerdo vivo de las grandes hazañas de Dios y de su amor incondicional nos ayuda a desarrollar el instinto espiritual.

Pero hay otra forma de recuerdo que es tanto o más importante para ayudarnos a llegar más cerca del Señor. Es el recuerdo o conmemoración que hacemos en la santa Misa, es decir, la forma en que acatamos el mandato que el Señor dio en la Última Cena: “Hagan esto en conmemoración mía” (Lucas 22, 19). 

Recordar la Pascua. Pero, ¿qué significa “hacer esto” en conmemoración de Cristo? ¿Significa recordar su pasión y su muerte? Claro, por supuesto. Pero hay algo especial acerca de la Eucaristía, que toma nuestro acto humano de recordar y lo eleva para hacerlo algo espiritual y más poderoso. Para explicarlo mejor, tenemos que pensar en la herencia cultural de Jesús que era judío y ver cómo los Israelitas “recordaban” su propia historia, especialmente cómo lo hacían en sus propias cenas de Pascua. Ellos entendían esta forma de recordación como una participación activa en un acontecimiento sucedido en el pasado. 

Cada año, incluso hasta hoy día, cuando los judíos celebran su Pascua, recuerdan el hecho de que sus antepasados lograron escapar de la esclavitud en Egipto y vuelven a contar el episodio de las plagas, de la sangre del cordero con que untaron los dinteles de las puertas y de cómo se dividieron las aguas del Mar Rojo. Así celebran la hazaña mediante la cual Dios libró a Moisés y a todo su pueblo haciendo tantos milagros y llevándolo a la Tierra Prometida.

Pero es algo especial que ocurre al relatar de nuevo esta historia en la cena de Pascua: para ellos resulta algo mucho más significativo que un mero ejercicio de historia pasada. Es como si al narrar la historia todos juntos en una cena, ellos mismos pasan a ser parte de ella. A pesar de que todo sucedió hace muchos siglos, los judíos sienten como si ellos mismos están siendo liberados y celebran junto con Moisés. Toda la historia cobra vida para ellos y la reviven personalmente. 

“En conmemoración mía.” Teniendo en cuenta esa manera de recordar el pasado, comparémosla con la forma usual en que nosotros entendemos la memoria. El recuerdo típico piensa en las personas y los acontecimientos del pasado: quiénes eran o qué sucedió. En este sentido, recordar a Jesús significaría pensar en los hechos de su vida y su enseñanza; incluso pensar en algo acerca de los Evangelios u otros escritos de la Biblia; en la situación religiosa y política que había en Jerusalén en ese tiempo y cómo fue que los jefes religiosos se enfrentaron con Cristo. Este tipo de recordación es muy valioso sin duda alguna y nos ayuda a comprender algo más acerca de Cristo, pero tiene sus límites. No nos pone necesariamente en contacto con él.

En la Misa, en cambio, cuando (por medio del sacerdote) hacemos lo que Jesús nos mandó “en conmemoración” de él, nos trasladamos al Calvario, allí donde murió, y tenemos la oportunidad de presenciar lo que él hizo por nosotros en la cruz y experimentar también la esperanza y la alegría de estar con él en el aposento alto. Esta manera de recordar espiritualmente nos permite “sentir” la propia tristeza de Jesús por nuestros pecados, y también su misericordia y su amor, así como la alegría de saber que él nos ha redimido y nos hace libres.

Piénsalo bien, para que no dejes que tu tiempo en Misa se limite a ser “algo religioso” que tú haces por costumbre o tradición. No, más bien, permite que se convierta en una travesía espiritual que te lleve al pie de la cruz, que te haga caer de rodillas en devota adoración, no de manera mecánica, sino por una real reverencia y veneración. Permite que sea algo que mueva tu conciencia y tu corazón para afirmar: “Amado Jesús, todo lo que tengo de valioso lo considero como pérdida cuando lo comparo contigo, mi Señor y mi Dios.”

Sus ojos se abrieron. Cada vez que celebramos la santa Misa, recordamos que Jesús murió por nuestros pecados, que resucitó de entre los muertos y que un día vendrá de nuevo en gloria. Así, al recordar lo que ocurrió hace dos mil años, el Señor llena de amor y gracia el corazón de sus fieles y abre sus ojos. 

En el relato de los discípulos de Emaús, que leemos en el Evangelio (Lucas 24, 18-35), vemos lo mucho que el Señor quiere abrir nuestros ojos y llenar nuestros corazones. Aun cuando ocultaba su identidad, el Señor resucitado se reunió con los dos discípulos que caminaban de Jerusalén a Emaús. Iban desanimados porque Jesús había sido crucificado y pensaban que todo lo que él les había dicho y prometido había llegado a un doloroso final. Pero el propio Señor les hizo revivir la fe. Les preguntó si recordaban lo que decían las Escrituras acerca del Mesías, y él mismo les fue recordando todo lo que él había dicho y hecho mientras estaba con ellos. Y mientras hablaba, los discípulos sintieron que el corazón les comenzaba a arder de esperanza y expectación.

Cuando los tres llegaron a Emaús, insistieron en que Jesús se quedara con ellos para la cena y allí fue que sucedió: El Señor pronunció la bendición sobre los alimentos, pero lo hizo de una manera especial: “Tomó un pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo dio.” Inmediatamente, “se les abrieron los ojos y lo reconocieron, pero él se les desapareció” (Lucas 24, 30. 31). Llenos de alegría, dieron media vuelta y se apresuraron a volver a Jerusalén para anunciarles a los demás que habían visto a Jesús “al partir el pan” (24, 35).

Olvidar y recordar. No hay duda de que los ojos interiores de estos discípulos ya se habían abierto antes, porque creían en Jesús y lo amaban mientras él estuvo en la tierra. Si no hubiera sido así, ¿por qué se iban a desalentar tanto al presenciar su muerte? Pero el golpe de la crucifixión de Jesús fue tan grande que eclipsó todo eso, al punto de que se olvidaron de algunas partes muy importantes del tiempo que estuvieron con él: Se olvidaron de sus milagros, de que él les había dicho en numerosas ocasiones que lo arrestarían y le darían muerte, ¡y se olvidaron igualmente de que también les había dicho que resucitaría de entre los muertos! En realidad, se olvidaron de lo que significa creer en él. Pero en aquella singular cena que tuvieron en Emaús, todos esos recuerdos les llegaron como un alud arrasador. Lo que es más, los ojos se les abrieron de una forma totalmente nueva y la fe que tenían fue elevada a un nivel completamente nuevo.

 

Lo que sucede es que, al igual que los discípulos de Emaús, a nosotros también se nos olvidan estas cosas. Las exigencias del día, los desafíos de la vida y especialmente las dificultades y las pruebas que nos toca pasar a veces nos ofuscan y nos confunden. Incluso cuando todo lo que hagamos o nos suceda esté bien, siempre perdemos algo de claridad con que entendemos las cosas. Esta es una de las bendiciones más valiosas de la Misa, porque cada vez Jesús parte el pan para nosotros, se nos despiertan los recuerdos, y cada vez que se proclama su palabra, el amor de Cristo arde en nuestro corazón un poco más intensamente. El Señor no tiene límites para concedernos su amor y su gracia, ni para su capacidad de enseñarnos y recordarnos de su presencia.

En cierto sentido, no es nada extraño que el Señor se haya revelado a estos dos discípulos durante una cena, como no es sorpresa alguna que él haya instituido el más excelso de todos los sacramentos durante la Última Cena. Todos sabemos que una comida especial es la manera perfecta para que las personas se reúnan y compartan libremente. Pensemos en todas las celebraciones que se llevan a cabo en torno a la mesa de la cena: cumpleaños, días feriados especiales, bodas, bautizos, quinceañeras y cualquier otra reunión familiar. En realidad, es prácticamente natural conmemorar un acontecimiento importante en nuestra vida con una comida compartida, y no hay ninguna comida más importante que la Misa, así como no hay otro acontecimiento más importante ni más digno de celebración y júbilo que la Muerte y la Resurrección de Jesucristo, nuestro Señor. 

El mayor de los regalos. En la Última Cena, Jesús compartió con los discípulos sus deseos y sueños más profundos para la Iglesia. Les habló del amor de su Padre, les prometió el Espíritu Santo, les dijo que se amaran los unos a los otros como él los había amado. Incluso les lavó los pies como señal de su intención de servirles y cuidarlos. En realidad, las cosas que dijo e hizo son tremendamente importantes. ¡Son vitales!

 

Pero luego, incluso después de todo esto, Jesús sorprendió a los discípulos añadiendo toda una nueva enseñanza. Tomando el pan y el vino, y transformándolos en su Cuerpo y en su Sangre, le dio un nuevo significado a la cena de Pascua, que su pueblo había venido celebrando durante siglos. Les dijo que él mismo se estaba dando por ellos y les habló de una “nueva alianza” que abriría el cielo para ellos (Lucas 22). Ahí fue cuando, después de todo esto, les dijo que repitieran esta misma cena en conmemoración de él.

Así pues, en esencia, el Señor les decía que toda su vida, y especialmente su muerte en la cruz, estaría siempre disponible para ellos; que cada vez que celebraran esta cena y lo recordaran, él vendría y estaría con ellos; les llenaría de su vida y su amor; les enseñaría, les consolaría y los animaría. Incluso podría hacer milagros entre ellos. Aquí, en esta cena sagrada, ellos recibirían tanto la fuente como la cumbre de todo lo que Dios siempre quiso darles, y todo se haría realidad si ellos lo recordaban y creían.

 

¿Es acaso diferente para nosotros? Jesucristo quiere darnos así tanto en cada Misa. Por eso, hagamos todo lo posible por llegar a Misa preparados para recibir. Vengamos y recordemos a nuestro Señor y Salvador; escuchemos atentamente y pidámosle que nos abra aún más los ojos y el corazón.

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