Emmanuel, Dios con nosotros

¿Por qué decidió el Todopoderoso hacerse hombre?

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Todos esperamos la Navidad con gran entusiasmo y alegría.

Los niños cuentan los días que faltan y los padres anhelan ver las reacciones de sus hijos cuando abren sus regalos. Todos se preparan para celebrar animadas reuniones con sus familias extendidas y amistades íntimas durante los días festivos. Para la mayoría, la Navidad trae consigo la posibilidad de dejar de lado las rutinas cotidianas y celebrar con amigos, vecinos y seres queridos.

Naturalmente, todo esto está bien, pero los creyentes tenemos una razón aún mejor para pensar con mucha ilusión en la Navidad: Celebrar la venida al mundo de “Emmanuel… Dios con nosotros,” el Señor, que “salvará a su pueblo de sus pecados” (Mateo 1, 21. 23).

Sí, Jesús es “Dios con nosotros”, y efectivamente vino a salvarnos del pecado. Estas son dos de las verdades más inspiradoras y alentadoras que podemos aprender sobre nuestra fe católica, porque nos hablan de cuánto nos ama Dios, y de cuánto quiere el Señor actuar en la vida de sus hijos. Siendo así, reflexionaremos sobre estas dos verdades en este Adviento, y lo haremos meditando en las tres personas que encarnan mejor estas verdades: Jesús, María y José. Cada uno de ellos nos permite contemplar un panorama singular de cómo puede cambiar nuestra vida cuando aceptamos a Jesús, Aquel que vino a habitar entre nosotros para salvarnos.

Jesús, Dios con nosotros. Por una parte, Dios siempre ha estado con nosotros. Él nos creó por amor y cuando uno ama a una persona, no la abandona. Por eso, el Señor se quedó con nosotros incluso después de que caímos en el pecado y prometió no abandonarnos jamás. El Antiguo Testamento es, de hecho, una larga historia de la inquebrantable fidelidad de Dios con su pueblo, como lo comprobamos en los relatos de personas como Abraham, Moisés y David. Lo vemos en la vida nómada que tuvieron los israelitas por el desierto y en su accidentada historia de conquista de la Tierra Prometida, porque ¡Dios nunca los abandonó!

Pero luego, después de casi dos mil años de permanecer cerca de su pueblo, Dios hizo algo mucho más trascendente que lo anterior: no sólo estuvo “con nosotros” en un sentido espiritual, sino que se hizo realmente hombre, igual que nosotros, y experimentó la vida humana tal como nosotros en todo, salvo en el pecado. Hay un pasaje en la Biblia que enfatiza maravillosamente esta distinción entre la obra de Dios antes y después de Jesús:

En tiempos antiguos Dios habló a nuestros antepasados muchas veces y de muchas maneras por medio de los profetas. Ahora, en estos tiempos últimos, nos ha hablado por su Hijo, mediante el cual creó los mundos y al cual ha hecho heredero de todas las cosas. (Hebreos 1, 1-2)

Cuando la Carta a los Hebreos pone énfasis en el deseo de Dios de darse a conocer de una manera más directa, el Evangelio según San Juan pone énfasis en la gracia y la gloria de Dios, cuando nos dice: “El Verbo se hizo carne, y habitó entre nosotros, y vimos su gloria, gloria como del Unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad” (Juan 1, 14).

Por su parte, San Pablo presenta la llegada de Jesús al mundo desde otro punto de vista, porque hace resaltar el hecho de que Dios haya tomado carne humana con un propósito sacrificial:

Él, siendo de condición divina, no consideró esta igualdad con Dios como algo que debía guardar celosamente: al contrario, se anonadó a sí mismo, tomando la condición de siervo y se hizo semejante a los hombres. Y mostrándose igual que los hombres, se humilló a sí mismo haciéndose obediente hasta la muerte y muerte de cruz.

Así pues, cuando Jesús se encarnó, lo hizo para pronunciar la Palabra de Dios de una manera nueva; revelar el amor de Dios de una manera nueva y entregarse al sacrificio por la humanidad.

Jesús, nuestro Salvador. Entonces cabe preguntarse: ¿Era en efecto necesario que Jesús cumpliese una misión tan drástica? ¿Tuvo realmente que hacer un sacrificio tan extremo? Hay un antiguo adagio que dice “a grandes males, grandes remedios.” En otras palabras, si una situación es sumamente adversa, uno hace todo lo que sea necesario para solucionarla. Ahora, seguramente todos reconocemos que la idea de que el Dios infinito se confinara a las limitaciones de un ser humano es sumamente extrema, por lo que se deduce que el Señor lo tiene que haber hecho para remediar un “mal enorme”, ¿no es así? En efecto, el mal que había que resolver era en realidad extremo.

Si la mayor necesidad del mundo hubiera sido lograr un gran descubrimiento de medicina, Dios podía haber inspirado y capacitado a un médico o un grupo de médicos para encontrar una cura milagrosa para las enfermedades. Si la mayor necesidad del mundo hubiera sido lograr la estabilidad política, Dios pudo haber enviado a un gobernante bien iluminado que retomara el trono del Rey David. Pero no fue eso lo que Dios hizo. Lo que hizo fue enviar a su propio Hijo como “Cordero de Dios” para quitar el pecado del mundo (v. Juan 1, 29).

Nuestra mayor necesidad no era material, sino espiritual y el pecado era el impedimento más grande que había para que se cumpliese el designio de Dios para su amada creación. Hay, naturalmente, otros obstáculos también, como la injusticia social, la violencia y la pobreza, pero esas son situaciones que los humanos podemos resolver por nuestros propios medios. El pecado es como un virus sumamente agresivo que es imposible erradicar de nuestro interior sin la intervención de Dios mismo. Y eso es precisamente lo que sucedió el Día de Navidad.

La Encarnación del Verbo fue la manera que Dios dispuso para resolver la necesidad más grande y urgente que teníamos los humanos. Sí, claro que la Virgen María y San José cooperaron con Dios, y era necesaria su buena voluntad y disponibilidad para acoger con amor al Niño Jesús en el seno de su hogar, pero lo que celebramos en la Navidad es principalmente la voluntad de Dios y su plan para la salvación de la humanidad, más que las heroicas decisiones que María y José tuvieron que tomar. O sea, se trata de un Padre celestial que estuvo tan comprometido con su creación que envió a su Hijo unigénito, no para condenarnos por los pecados cometidos, sino para salvarnos de ellos (Juan 3, 17).

El amor hace cosas como éstas. Pero ¿por qué quiso el Hijo de Dios dejar la insondable gloria del cielo para venir a la tierra? ¿Por qué quiso renunciar a tan enorme poder y completa libertad para someterse a un cuerpo limitado y mortal? No puede haber ninguna otra razón que el amor. En efecto, el Hijo de Dios se hizo “Emmanuel”, Dios con nosotros, porque para él somos más valiosos que un gran tesoro. Dios nos creó precisamente para compartir su amor con el ser humano y no pudo soportar la idea de perdernos para siempre.

Mientras mejor comprendamos la magnitud del amor de Dios a todo ser humano que existe, más apreciaremos todo lo que sucedió aquel día de Navidad. No sólo tendremos el sentido de expectación y alegría que generalmente se asocian con la Navidad; también surgirá en nosotros una profunda paz y un sentimiento de enorme gratitud al Señor, que nos llevarán a llenarnos de admiración y alabanza a Dios por haber intervenido para rescatarnos del pecado; por haber abierto para nosotros las puertas del cielo. Y más que nada, desearemos conocer su amor de una manera más profunda y corresponderle más completamente su gran amor.

La Virgen María logró comprender el inefable amor de Dios y esa es la razón por la cual ella reflexionaba en todo lo que le sucedía (Lucas 2, 19. 51). Isabel se llenó de gozo y el bebé Juan saltó en su vientre porque así los movió el amor de Dios (1, 42-44). A esto se debió también que Simeón y Ana se regocijaran cuando vieron al Niño Jesús (2, 25-26. 36-38). Y fue naturalmente el amor de Dios que movió a José a aceptar de buena gana su vocación de padre adoptivo del Niño Jesús y protector de María, su esposa (Mateo 2, 18-25).

¿Quiere Dios que nosotros también descubramos su amor hoy día? ¡Por supuesto! El Señor quiere acercarnos más a su corazón, tal como lo hizo con María y José; anhela llenarnos de su paz como lo hizo con Simeón y Ana, y quiere bendecirnos y hacernos fructíferos, como lo hizo con Zacarías e Isabel. Pero por mucho que desee Dios hacer estas cosas, muy poco sucederá si nosotros no venimos a su presencia y le pedimos estas bendiciones.

No basta con creer en un Dios distante que habita en un cielo muy remoto. No basta creer que Jesús nació en un establo o que murió en la cruz. Especialmente, en esta temporada de gracia, todos tenemos la oportunidad de experimentar personalmente lo valiosos que somos para Dios. Es la ocasión perfecta para pedirle al Espíritu Santo que nos abra los ojos para ver a Jesús como lo que es, es decir, Dios con nosotros, y llenarnos del conocimiento de que efectivamente podemos experimentar su salvación de un modo personal y lleno de vida.

Señor, ¡concédenos la salvación! Si usted quiere experimentar este amor más profundamente durante el Adviento, hay algo muy sencillo que usted puede hacer: dedicar tiempo cada día a leer en oración los relatos del nacimiento de Jesús (Mateo 1, 18 a 2, 23; Lucas 1, 5 a 2, 52).

Deje que estos pasajes le hablen profundamente de lo mucho que Dios quiere permanecer a su lado, y le muestren los extremos hasta los cuales ha llegado el Señor para salvarlo a usted y llevarlo finalmente de la mano al cielo. Reflexione sobre las palabras que lea. Mientras se va imaginando las diversas escenas que se describen, reafirme en su interior su fe de que este Bebé que está en el pesebre es en efecto Dios encarnado.

El Hijo de Dios quiso realmente rebajarse y venir a la tierra para poder estar con usted, porque él sabe quién es usted; sabe todo acerca de usted: sus ilusiones y sus sueños, sus preocupaciones y sus temores. Conoce perfectamente las dificultades que le toca afrontar, las victorias y los fracasos que ha experimentado y el camino que aún tiene por recorrer.

El Señor ve todo esto claramente y tiene el gran deseo de que usted esté a su lado en todo momento. Deje que, en este Adviento, Jesús, Dios con nosotros, sea “Dios con usted”.

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