El Señor es nuestra fortaleza

La esperanza de la comunidad cristiana de Alepo, Siria

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Hasta hace poco tiempo, Alepo era la ciudad más grande de Siria: la capital industrial de la nación, ubicada en el centro de las rutas comerciales del Mediterráneo. Es también una de las ciudades más antiguas del mundo que han estado habitadas de forma continua. En los tiempos del Antiguo Testamento, Alepo pertenecía al reino de Aram. En los siglos posteriores, otros imperios poderosos, entre ellos los romanos del tiempo de Jesús, ocuparon la ciudad.

Pero no es solamente su propia tradición milenaria lo que sostiene la ciudad. Así como las ruinas cristianas se entremezclan con las mezquitas en el centro de la ciudad, así también los musulmanes y los cristianos han vivido y trabajado ahí pacíficamente y codo a codo, los unos junto a los otros, a lo largo de los siglos. Es por esta razón que Alepo se ha convertido, desde hace mucho tiempo, en un refugio para todas las denominaciones de cristianos perseguidos en el Medio Oriente.

Sin embargo, desde que estalló la guerra civil en 2011, no muchos dirían hoy que Alepo es un lugar donde reina la paz. Más bien, se ha convertido en una ciudad diezmada por las bombas. Dentro de la ciudad, cientos de miles de personas se han visto desplazadas, y muchos de sus barrios ancestrales se han convertido ahora en un infierno de escombros y ruina.

Pero cerca de donde las más feroces batallas han hecho estragos, hay una pequeña comunidad de cristianos que permanece en la ciudad. Se hacen llamar “Emmanuel”, es decir, “Dios con nosotros” y no piensan abandonar Alepo.

Un martirio viviente. Entre sus miembros hay padres de familia, estudiantes y hombres de negocios, unos cien en total. Durante el verano pasado, su realidad cotidiana se volvió peligrosa pues los ataques de ambos bandos rodearon la ciudad y los cortes de electricidad se hicieron frecuentes. Los precios de los elementos más básicos, como el agua potable, las medicinas y el combustible para la calefacción, se triplicaron.

Aquellos que alguna vez dieron empleo a docenas de personas antes de la guerra, se vieron obligados a mendigar o vender cigarros para tener algo de dinero al final del día. El automóvil de un hombre, en el que había invertido los ahorros de toda su vida, desapareció con el humo cuando una bomba lo hizo pedazos. Edificios completos de apartamentos han colapsado, y sus ocupantes han muerto o quedado atrapados. Estos son testimonios de primera mano que mis amigos de la comunidad Emanuel compartieron conmigo cuando hicieron una corta visita a Beirut, Líbano, antes de regresar a Alepo.

Es desgarrador escuchar los relatos sobre la presión cotidiana que aflige a nuestros hermanos de Alepo, sobre quienes se cierne constantemente el peligro real de ser asesinados como “infieles” por aquellos que odian la fe cristiana. Viven en un permanente estado de alerta, pues las incesantes explosiones les interrumpen el sueño para recordarles que las cosas no son normales. Con justa razón los padres se afligen por la seguridad de sus hijos.

Un joven cristiano, brillante estudiante universitario, cuenta que iba un día cruzando la calle cuando de pronto algo en su interior le hizo detenerse en seco. Justo cuando se detuvo, sintió el zumbido de una bala que pasó frente a su cara, tan cerca que pudo percibir el calor del proyectil frente a su nariz. “¡Me salvé por un milímetro!” me dijo, con los ojos brillantes de emoción.

Providencialmente, mientras escribo estas líneas, ninguno de los integrantes de la comunidad Emanuel ha sido herido durante el conflicto. Sin embargo, en cierta forma, la realidad que allí viven es un martirio viviente, porque están convencidos de que la “muerte” a la comodidad y a la seguridad que están sufriendo será un testimonio vivo del amor redentor de Cristo en esa ciudad.

Más como Jesús cada día. Cuando pregunté “Pero ¿por qué se quedan allí?” un amigo de Alepo respondió con profunda convicción: “Nuestra lucha es de naturaleza espiritual.” Otro añadió: “Lo que peligra allí es el futuro y la supervivencia de los cristianos de Alepo, en Siria, y quién sabe si en todo el Medio Oriente.”

Los integrantes de la comunidad Emmanuel se han unido cada vez más y el fuerte compromiso de unos con otros se ve claramente evidente. Algunos han decidido permanecer en su ciudad aun cuando han tenido la oportunidad de alejarse del peligro o trasladarse a otro país. El empleador de un joven esposo que pertenece a la comunidad le ofreció reubicarlos a él y a su esposa en una parte más segura de Siria para trabajar allá e incluso le ofreció un aumento de salario. Pero la pareja decidió quedarse afirmando que: “Nuestro mayor temor es no poder colaborar más con la misión a la que Dios nos ha llamado aquí junto con los demás.”

¿Cuál es esa misión? Es, a diferencia de lo que fácilmente pudiera suponerse, proclamar la buena noticia del amor de Dios y seguir juntos la guía del Espíritu Santo. Como lo expresó uno de los hermanos de la comunidad en el apogeo de la Batalla de Alepo que hubo en el otoño pasado: “El llamado de cada cristiano es ser más como Jesús día tras día.”

Así pues, en lugar de dejarse dominar por el miedo y por el afán de tratar de satisfacer sus necesidades básicas, los miembros de la comunidad que han permanecido en la ciudad decidieron más bien dedicarse a cultivar los frutos del Espíritu Santo: apoyo mutuo, humildad y fe. Todos continúan reuniéndose como grupo para orar y crecer espiritualmente en términos de carácter y propósito de vida.

Cada día se hace más difícil ejercitar la fe y la confianza en la protección de Dios, a menos que sean descuidados o negligentes. Un error o un paso equivocado puede costarles la vida, pero el hecho de ver las formas milagrosas de cómo Dios los protege, les animan a seguir perseverando.

La cosecha de la perseverancia. Uno tras otro van surgiendo relatos que muestran el poder de la intercesión. Una madrugada, a las cuatro en punto, cayó una granada de mano como si fuera una brasa junto a un joven de la comunidad que estaba muy lejos de su casa. A cientos de kilómetros de donde él se encontraba, su madre se despertó exactamente a esa misma hora, lo vio como en un sueño y rezó por él. Más tarde, el joven le contó a su madre que cuando la granada cayó cerca de sus pies él se sintió completamente paralizado. Pero la granada no explotó y él no sufrió ningún daño. Los dos se quedaron maravillados por la forma como el Señor contestó la oración de ella por la seguridad de su hijo.

Los integrantes de la comunidad Emmanuel también han orado mucho como grupo para que se resuelvan las dificultades impuestas por la guerra. Por ejemplo, cuando un camino de vital acceso a Alepo quedó cerrado, toda la comunidad rezó para que lo abrieran. Después de siete días de oración, el camino fue abierto para la entrega de víveres y bienes esenciales para los sobrevivientes. “Exactamente como sucedió en Josué 6, 20 —comentaba una señora con emoción— en el último y séptimo día de humillarnos ante Dios… los muros de Jericó se derrumbaron.”

Cada día, los hermanos de la comunidad están presenciando las maravillas de Dios, y ven en esos eventos una oportunidad para compartir su fe. Según dicen, más de lo que sucede en tiempos de paz, hay muchos que están respondiendo al mensaje que ellos comparten y entregándose a Cristo.

Unidos en esperanza y confianza. Cuando hablo con los hermanos y las hermanas que han decidido permanecer en Alepo se me viene a la mente el Salmo 91. Ellos demuestran la misma confianza que tenía el salmista cuando dijo: “Tú eres mi refugio, mi castillo, ¡mi Dios en quién confío!” (Salmo 91, 2).

Aun así, creo que debemos seguir orando continuamente por su seguridad, sabiendo que las tribulaciones y el sufrimiento en Alepo no han llegado a su fin. Por favor, no dejemos de orar por ellos. Sigamos el ejemplo de Emmanuel y ayudemos a llevar las cargas de los demás, compartamos la alegría unos con otros y amémonos unos a otros como Cristo nos amó.

André Codouni es uno de los dirigentes de la comunidad Pueblo de Dios en Beirut, Líbano, que pertenece a la comunidad cristiana internacional La Espada del Espíritu.

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