El Poder de la Oración

Testimonio por María Teresa "Teruca" Fernández

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Nací en Chile hace 73 años y crecí rodeada de amor en una familia alegre, buena para cantar con guitarra y piano.

Cuando nos reuníamos, terminábamos a altas horas de la noche muy felices. Me casé en 1955. Tengo siete hijos, ahora ya todos casados, menos mi “niño eterno”, el “Chino” que actualmente tiene 45 años. Es mi tesoro de pureza y alegría, regalo del Señor. Tiene un retardo mental que le impide leer y escribir, pero es muy inteligente dentro de sus limitaciones y sabe ayudar en todo; no se le escapa nada. Del resto de los hijos, tengo una descendencia de 25 nietos y un bisnieto por ahora.

La vida espiritual. Pienso que mi relación con el Señor y la Virgen empezó en el momento en que me bautizaron, pero la primera vez que los sentí muy dentro de mí fue en mi Primera Comunión, a los siete años. Luego empecé a recorrer un camino que me ha resultado muy difícil. Tengo que decir que cada “partida” de un ser querido (como la de papá, cuando yo tenía 11 años, y de mamá, cuando tenía 14, y después ya de adulta cuando fueron partiendo cada uno de mis hermanos), ha sido un paso para crecer en el amor a Jesús. Un sendero difícil y pedregoso, pero que siempre muestra la luz al final y nos enseña a comprender y amar el dolor de María al pie de la Cruz.

Otro dolor que aún me toca profundo es la separación de mi marido. Fuimos una pareja muy unida; trabajamos juntos en la Acción Campesina Católica, el Movimiento Familiar Cristiano y otras muchas actividades de iglesia. Él es ingeniero agrónomo y por motivos de su trabajo, fuimos enviados a Roma por un año, con toda la familia. Todo fue maravilloso. Éramos pareja y conversábamos en las tardes con un traguito en la mano, o salíamos con amigos a cenar, donde a veces se bebía más de la cuenta, pero no fuera de lo normal.

Nubarrones en el cielo. Cuando vivíamos en Roma, en 1971, mi marido fue a un congreso en Venezuela y allí conoció a otra mujer. Al final del congreso vino a Chile y estableció con ella una relación que dura hasta el día de hoy. Cuando regresó a Italia intuí que algo había pasado. Nuestra relación cambió, sin romperse, pero el dolor y el cansancio de ocultar lo que pasaba me llevó gradualmente a beber más de lo prudente. Así fui alcoholizándome sin darme cuenta. Durante los cinco años que siguieron hasta la separación en 1976, guardé en silencio el problema, tratando de arreglarlo sola, pero lo único que logré fue dejarme llevar por el alcohol hasta que bebía sin parar, a toda hora, y mis pobres hijos tenían que acostarme. Incluso a veces terminaba en el suelo. Es muy fuerte recordar esto, pensando en el daño que les hice a mis hijos.

En 1980, hice un alto, con la gracia del Señor y la ayuda de mi director espiritual. El nos pidió a mí y a dos amigas que formáramos una pastoral para mujeres solas. Esto me mantuvo más en contacto con el Señor y preocupada de la situación de otras personas que sufrían de soledad. No dejé de tomar, pero lo hacía en menor cantidad. Al cabo de dos años empecé a beber nuevamente, llegando a alcoholizarme diariamente.

El poder de la oración. El Día de la Madre, 9 de mayo de 1990, estaba preparando el aperitivo para el asado, y por supuesto probándolo, cuando entró mi hijo menor en la cocina. Me dijo: “Viejita, ¿por qué no dejas de tomar? Todos te ayudaremos con la oración y no te dejaremos sola.” Me abrazó y yo me puse a llorar. Me fui a mi cama y ellos vinieron a imponer las manos sobre mí. Se pusieron a rezar con mucha fe y devoción y me acariciaban la cabeza.

En la tarde, todos mis hijos rezaron conmigo y me prometieron no abandonar la oración, promesa que hicieron extensiva a todos mis amigos, que son muchos. Así con la fuerza de la oración de mis hijos y de mis amigos se ha producido el milagro de mi liberación, porque desde ese Día de la Madre, en 1990, he dejado de tomar alcohol, gracias a mi adorado Jesús y a mi Madre del cielo.

Con relación a mi liberación del alcohol, estoy segura del poder de la oración, que me ha acompañado el resto de mi vida desde aquel día, y la fuerza que te da la gente que te ama y te respeta, como lo son mi maravillosa familia y mi gran cantidad de amistades, que me quieren. Después de la liberación, soy realmente libre en el amor de Dios, y me sostengo por la oración y el amor de mis seres queridos.

A quien tenga una situación parecida a la que yo pasé, de alcoholismo o bien de droga, podría decirle que, para liberarse, lo primero es reconocer que tiene un problema y pedir ayuda a sus seres queridos, a quienes lo aman. Y a los que tienen enfermedades graves, como el cáncer, hacer oración, recibir la Santa Comunión y pedir oración. Y con mucha fe en el Señor y en nuestra querida Madre María, apoyando la cabeza en su Amoroso Corazón y orando sin descanso, se puede encontrar alivio, salud y liberación, porque nuestro Redentor nunca nos abandona.

Nubarrones de otro tipo. Empezaba el mes de febrero de 1996 y nos preparábamos para las vacaciones más aventuradas que habíamos soñado pasar todos juntos en familia. Decidimos arrendar un pequeño “fundo” (granja) con dos casas y una cabaña junto al Lago Rupanco, situado a unos 800 km al sur de Santiago. Era un paraíso en la tierra, lleno de vida, de bosques naturales y cascadas de agua entre matorrales, aislado del mundo y sin electricidad. La luz que teníamos era de las velas, que nos iluminaban mientras hacíamos nuestra oración nocturna con cantos en guitarra y el infaltable coro familiar, acompañado del inspirador sonido nocturno de la maravillosa creación del Señor.

Hacía algún tiempo que sentía molestias para tragar, por lo que al regreso a Santiago fui al médico. La radiografía de contraste que me hicieron dio como resultado un reflujo estomacal. El médico me mandó al radiólogo, quien me tomó miles de placas en todas las posiciones, una de ellas igual a la que indicaba reflujo. Me las mostró y vi el tumor en el esófago que se veía en ambas radiografías. Mi destino: la cirugía.

Antes del procedimiento, en marzo me hicieron una endoscopia con biopsia y el resultado me lo entregaron el 8 de abril, día de mi cumpleaños. Fui sola a buscar el resultado, como acostumbro hacerlo con todos mis exámenes y por supuesto lo leí. No sé describir o no recuerdo lo que sentí al saberme con cáncer; sólo me recriminaba por haber fumado tanto en el pasado y daba gracias por haber dejado de hacerlo hacía tantos años. Pero la fiesta de cumpleaños con mi familia debía hacerse, por lo que celebré feliz mis 61 años con mis hijos. Cuando ya se iban, los reuní y les conté lo que me estaba pasando. Sólo recuerdo que oramos y nos dimos las buenas noches. Esa noche la lloré toda al ver el dolor de mis “pollitos”.

Oración y curación. Ingresé al hospital acompañada de todos mis hijos con sus esposas y esposos. Pedí que me dejaran unos minutos a solas con mi familia y cerramos la puerta para poder rezar tranquilos, nos tomamos de la mano y oramos hasta que me vinieron a buscar para operarme. Se hizo una verdadera cadena de oración por mi salud, a lo que se sumó el regalo maravilloso de recibir diariamente a “Jesús Sacramentado” traído por sacerdotes conocidos, por amigos o el voluntariado del hospital. Pienso que el amor tan grande de comunión en la oración me ha permitido hoy decir con certeza que mi sanación del cáncer se debió al poder de la oración.

Al cabo de dos años me apareció un dolor en la tráquea que me molestaba mucho: era un tumor de 5 centímetros prácticamente inoperable, por lo que tuve que someterme a un tratamiento de quimioterapia intensiva. Pero el espíritu siempre lo tengo alto y el poder de la oración me mantiene aún junto a mi querido “familión.” En mis horas de angustia, dolor, alegría y meditación, el Señor me inspiró las siguientes palabras:

Quiero hablarte …

Cristo de mis amores que te entregaste por mí,

dame muchos más dolores para más darme a Ti.

Tu inmenso regalo, Vida, debe enseñarme a amar

dándome toda, escondida entregándome a Ti sin parar.

Me has regalado mil seres, difícil de enumerar,

tantos niños, hombres, mujeres para con mi corazón amar,

parientes, conocidos y amigos siempre entregándome amor,

pienso no merecer, te digo, tan lindo regalo, Señor.

Me encanta vivir contenta pensando en lo que me amas,

pero sí debo estar atenta a responder cuando me llamas.

Me has vuelto el alma a la vida millones de veces, mi Amor,

tantas sanaste mi carne herida, volviéndola a vivir sin dolor.

Aunque sabes lo que te diré de lo hondo de mi corazón,

algo grande te pediré, no sé si con o sin razón,

Te pido mi Dios, mi Amor, que cuando quieras llevarme,

a mi “Tesoro” no le des dolor; junto a Ti llévalo a esperarme.

Que se haga tu voluntad, sé que no lo harás sufrir,

pero mi pobre humanidad quiere verlo primero partir.

Perdóname, mi dulce Cristo, por mi falta de humildad.

Tanto me has dado y he visto derramar tu amor en cantidad.

Lo más bello que me has dado es el sentirte a Ti profundo,

y muy profundo al corazón atado ¿qué más quiero en este mundo?

Abrí la boca para hablarte, ahora me voy corriendo a abrirla para recibirte, ¡mi alma ya te está sintiendo!

Teresa Fernández vive en Santiago de Chile y desde 1994 es Ministro Extraordinario de la Comunión para los enfermos, pertenece a la Comunidad de Carmelitas en el Mundo, comprometidas en la oración, y también integra las “Comunidades Fe y Luz” para ayudar a los padres de hijos con deficiencias mentales y sus familias.

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