El peregrino celestial: el peregrino celestial

Por Patricia Mitchell

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Frente a las costas de Guinea, 1541. El “Santiago” llevaba 40 días varado bajo los ardientes rayos de un sol implaca­ble, sin una sola brisa que hinchara sus velas, para poder continuar la travesía alrededor del Cabo de Buena Esperanza y proseguir luego rumbo a la India.

Los víveres comenzaban a des­componerse, escaseaba el agua y muchos de los pasajeros ya lo daban todo por perdido.

Pero entre los muchos descorazo­nados había un hombre de gran espe­ranza, el Padre Francisco de Jassu y Javier, que se dirigía a la India con la misión de cosechar almas para el cielo. Con la sotana hecha jirones, el sacerdote atendía incansablemente a los enfermos de a bordo. Más tarde, él mismo contaba que las tribulacio­nes de ese viaje, que duró todo un año, fueron tantas que “ni por todo el mundo volvería a enfrentarlas ni un solo día”. Pero todos encontraban consuelo, y a Cristo, en su afable son­risa y en la paciencia y la bondad con que los atendía.

Francisco, vasco noble de gran edu­cación, probablemente jamás se ima­ginó que un día emprendería un viaje tan arriesgado hacia el otro lado del mundo, en un barco lleno de bus­cadores de fortuna. Nació en 1506 en Navarra y fue el menor de seis hermanos. A los 19 años, teniendo gran potencial de erudición y atle­tismo, se fue a estudiar a la Univer­sidad de París. La guerra había diezmado las finanzas de su familia, de modo que en París vivió al borde de la pobreza; allí compartía la habi­tación con un ex oficial del ejército vasco, Ignacio de Loyola. Éste, tras sufrir una grave herida en la pierna, había experimentado una profunda conversión.

Francisco era alto y de contextura atlética, buen mozo y muy emprende­dor, totalmente distinto de su com­pañero de cuarto. De hecho, miraba con desdén a Ignacio, que era 15 años mayor. “Casi no podía mirarlo sin burlarse de sus planes”, comen­taba más tarde Juan de Polanco, otro jesuita compañero de Francisco.

Un día en que Francisco le contaba los planes que tenía de emprender una gran carrera en la Iglesia —le habían ofrecido una canonjía (ocu­pación sencilla y bien pagada) en la Catedral de Pamplona—, Ignacio le preguntó: “¿Y de qué le sirve al hom­bre ganar todo el mundo si pierde su propia alma?” Esta fue la pregunta que transformó a Francisco para el resto de su vida. El 15 de agosto de 1534, fiesta de la Asunción, Ignacio, Fran­cisco y otros cinco entraron en una capilla de Montmartre, cerca de París, y allí se comprometieron a renunciar a sus respectivas familias y todos los bienes mundanos e irse a Jerusalén. Los Ejercicios Espirituales escritos por Ignacio —que luego serían usa­dos por incontables creyentes en los siglos venideros— los habían llevado a romper radicalmente con el mundo y dedicar todas sus energías, todos sus talentos y todo su amor a Cristo. Su trabajo fue la chispa que encendió un fuego de reforma en toda la Iglesia.

En 1536, Francisco se fue de París a Italia, junto a otros de los que se habían comprometido en Montmar­tre. Cuando vieron que era impo­sible llegar a Jerusalén, decidieron ponerse al servicio del Sumo Pontí­fice como grupo, adoptando el título de “Compañía de Jesús” (nombre de la orden de los jesuítas) y fueron orde­nados sacerdotes. Alojaban en hospi­tales cercanos, en los que atendían a los enfermos y predicaban por las calles. Ignacio enseñaba sus “ejerci­cios” a otros y la influencia del grupo comenzó a crecer.

Dos hombres de la Compañía se propusieron viajar a Portugal, a fin de prepararse para el trabajo misio­nero en los territorios portugueses de la India. Cuando uno de ellos cayó enfermo, Ignacio le pidió a Francisco, su secretario personal, que lo reem­plazara. “¡Excelente!”, respondió éste sin la menor vacilación, “Estoy listo.” La separación, empero, fue un sacri­ficio para ambos. Más tarde, Fran­cisco le escribía a Ignacio: “Creo que en esta vida no podremos vernos sino por carta. Vernos cara a cara y abrazar­nos… ¡eso será para la otra vida!”

Cabo Comorín, extremo sur de la India, 1542. Francisco llegó a la ciudad de Goa, India, en la prima-vera de 1542. Su prestigio y su fama crecieron rápidamente. Los peni­tentes formaban largas filas delante de su confesionario y enormes gen­tíos venían a escuchar sus sermo­nes. Francisco solía trabar amistad con personas que obviamente vivían en pecado y se invitaba a cenar a sus casas; allí conversaba con facilidad y demostraba su gran conocimiento de muchos y variados temas, para luego exhortar a sus anfitriones y demás invitados a reflexionar sobre el estado de su propia vida espiritual. Mucha gente de Goa comenzó a llamarle “el peregrino celestial” o “el santo”.

En septiembre de 1542, el gober­nador colonial envió a Francisco al Cabo Comorín, lugar de tierras desér­ticas constantemente azotadas por el viento, situado a 600 millas de Goa, donde los lugareños se ganaban la vida extrayendo perlas. Usando un método que luego emplearía en otras tierras, Francisco buscó algunos nati­vos que entendían un poquito de por­tugués y con su ayuda logró escribir los principios básicos del catecismo en el idioma del lugar. Dos veces al día reunía a la gente y les enseñaba. Había días en que Francisco bauti­zaba a tanta gente que se le dormían las manos y perdía la voz. Por carta le rogaba a Ignacio que le enviara más misioneros.

Islas de las Especias, 1546 a 1547. En 1545, exhausto y necesi­tado de un tiempo de profunda ora­ción para discernir sus próximos pasos, Francisco se fue a la antigua ciudad de Mylapore, en la costa orien­tal de la India. Tras cuatro meses de intensa oración, decidió encomendar su trabajo a varios compañeros jesui­tas y partir hacia las “Islas de las Espe­cias”, en Malasia, para llevarles la fe. Desde principios de 1546 hasta 1547 trabajó, muchas veces comple­tamente solo, entre los nativos isleños, atravesando espesas selvas y llegando incluso a lugares de los que se decíaque sus habitantes eran caníbales.

En Málaca, Francisco conoció a Anjiro, soldado “samurai” japonés que, habiendo oído hablar del santo sacerdote, venía a buscarlo. Por su parte, Francisco quedó fascinado por lo que Anjiro le contaba de su patria, que había abierto sus puertas al mundo occidental hacía pocos años. Francisco quedó encantado con esta nueva tierra de gran cultura y refina­ción, no contaminada todavía por la corrupción europea.

Japón, 1549 a 1551. Francisco arribó al extremo sur del Japón en la fiesta de la Asunción de 1549, junto con Anjiro y dos jesuitas españoles. El gobernador local les dio permiso para predicar en su territorio, pero la cosecha fue pequeña. Los sacerdo­tes budistas hacían muchas pregun­tas, y pocos se dejaron persuadir por la enseñanza que daba Francisco, en japonés, de las verdades básicas de la fe.

En el otoño de 1550, Francisco y sus amigos fueron autorizados para ir a Kyoto, la antigua capital japo­nesa, para entrevistarse con el Empe­rador. Posteriormente, uno de los sacerdotes españoles, que permane­ció con algunos cristianos recién bau­tizados, describió en una carta el viaje de los misioneros con las siguientes palabras:

“Partieron de aquí justo cuando el yamassee —viento de las monta­ñas orientales— empezaba a soplar y cuando ya se veían las primeras escarchas y nieves de estas frías tie­rras. ¡Pero ya conocemos al Padre Francisco! Tal es el fuego del amor de Dios que hay en él que no hay nieve ni escarcha, ni miedos ni peligros que le impidan propagar el Evangelio… La nieve honda pronto les rompía las sandalias a los caminantes, de modo que sus pies cubiertos de llagas iban dejando una huella sangrienta en la nieve. Multitudes de niños y un rui­doso gentío los seguía remedando su modo de hablar, insultándolos, arro­jándoles piedras y gritándoles obsce­nidades. Pero a pesar de todo, jamás dejaron de predicar ni de confesar nuestra santa fe.”

El pesaroso viaje a Kyoto terminó en decepción. El Emperador no tenía autoridad alguna; eran los gobernado­res de cada lugar los que decidían si autorizaban o no la propagación de la fe. Francisco se dio cuenta de que sus vestimentas raídas y su vida sencilla comprados a mercaderes portugue­ses. Los conversos venían a verlos en una fila constante y pronto hubo 500 nuevos bautizados.

A fines del verano de 1551, Fran­cisco se enteró de que lo llamaban urgentemente desde la India, de modo que partió de regreso. En la tra­vesía, una barca pequeña en la que navegaban algunos de los hombres de su grupo desapareció en medio del violento oleaje. Francisco fue a su cabina y oró por el regreso de los náu­fragos. Al anochecer, volvió a apare­cer la barca y los hombres dijeron que de seguro habrían perecido si el Padre Francisco no hubiera venido a resca­tarlos a tiempo. Como resultado de este incidente, dos musulmanes que iban en la barca se convirtieron y fue­ron bautizados.

Desembocadura del río Cantón, 1552. El barco atracó en una isla situada a unas seis millas de la costa de China, donde un capitán de barco hablaba de las maravillas de ese país. El capitán se había aventurado furti­vamente tierra adentro, práctica que era prohibida para los extranjeros y castigada con tortura y muerte. Fran­cisco estaba convencido de que si en China aceptaban la fe, era seguro que en Japón harían lo mismo. La idea fue aceptada. Francisco buscaría el modo, por peligroso que fuera, de llevar la Buena Noticia a China.

En su viaje, esperaba contar con la compañía de su amigo, el merca­der portugués Diego Pereira, que iba a asumir el cargo de Embajador por­tugués en China, pero el plan nunca llegó a concretarse. Francisco y un muchacho chino de Goa se pusie­ron de acuerdo con un comerciante chino para ayudarles a entrar de con­trabando en el país, pero este plan también fracasó.

El 21 de noviembre de 1552, Francisco cayó enfermo con fiebre. Durante diez días fue sintiéndose cada vez más débil y pronto empezó a delirar en su lengua vasca nativa, mencionando con frecuencia el nom­bre de Jesús. Amanecía el 2 de diciem­bre y el intrépido misionero de Cristo aspiró por última vez en una pequeña choza azotada por las fuertes ráfagas de viento que solían desolar la isla casi desierta. Fue la muerte el final de una vida llena de actos cotidianos de morir a sí mismo. El propio Francisco había comentado años antes: “¡No hay feli­cidad igual a la de morir un poco cada día, de romper nuestra voluntad para buscar y encontrar, no lo que es nues­tro, sino lo que es de Cristo.”

Francisco nunca llegó a leer una carta en la que Ignacio lo llamaba a regresar a Europa. Como él mismo lo había predicho, jamás volverían a verse los dos en esta vida. Pero en 1622, la Iglesia les rindió el debido homenaje: ese día, ambos fueron declarados santos, y Francisco fue nombrado patrono de las misiones en Oriente, compartiendo el patro­nato universal de las misiones católi­cas con Santa Teresita de Lisieux.

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