El misterio de la intercesión

El ayuno, la intercesión y las oraciones sin

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En marzo de 1887, un ladrón de nombre Henri Pranzini asesinó brutalmente a tres mujeres en París. La grotesca imagen del crimen, junto con el hecho de que una de las víctimas era muy conocida, hizo que la investigación apareciera en la primera plana de todos los periódicos de Francia. El juicio duró sólo cuatro días; Pranzini fue declarado culpable y sentenciado a la pena capital en la guillotina.

A lo largo de todo el proceso, Pranzini no demostró ninguna señal de pesar ni arrepentimiento, y fue precisamente este hecho lo que llamó la atención de una jovencita que vivía a más de 100 millas de distancia. Ella se conmovió tanto ante la perspectiva de que este criminal muriera sin haberse arrepentido que decidió ayunar y orar por su conversión. “Yo quería a toda costa evitar que fuera al infierno, y para lograrlo usé todos los medios que pude imaginar, porque me parecía que por mi propia cuenta yo no podía hacer nada. Por eso, le ofrecí a Dios todos los méritos infinitos de nuestro Señor.”

El día de la ejecución, algo sorprendente sucedió. Cuando Pranzini subía al patíbulo, se volvió hacia el capellán que lo acompañaba, pidió un crucifijo y lo besó tres veces, tras lo cual fue ejecutado.

Al día siguiente, la niña leyó las noticias de ese acto de penitencia que realizó Pranzini antes de morir y se sintió extasiada. “El Señor respondió a mi oración al pie de la letra”, escribió más tarde. La niña se llamaba Teresa y era de Lisieux, en Francia, la cual finalmente entró en el convento, desarrolló una profunda vida de oración como religiosa. Tras su muerte, fue canonizada y posteriormente nombrada Doctora de la Iglesia.

“Mi primer hijo”. ¿Influyeron las oraciones y el ayuno de Teresa en la conversión de Pranzini? Ella creyó que sí y esta experiencia le convenció para interceder por aquellos que necesitaban con urgencia la intervención de Dios. Tan crucial fue este caso para ella, que luego dijo que Pranzini había sido su “primer hijo”, vale decir, el primero de los muchos que serían bendecidos por sus oraciones de intercesión.

De esta manera, Santa Teresita nos enseña que la oración de intercesión no es sólo para nosotros mismos ni para grandes dificultades, sino que debería ser una práctica normal de nuestro caminar con el Señor. Cada día podemos interceder por nuestra esposa o marido, nuestros hijos, nietos y toda la familia, la parroquia y el mundo en el que nos desenvolvemos.

Así pues, hagámonos el compromiso de orar día a día por las necesidades de los demás, convencidos de que no hay ninguna petición que sea demasiado insignificante ni indigna. Y adoptemos la antigua práctica de ayunar cuando elevemos nuestras peticiones a Dios, tal como lo hizo Jesús y también Teresa de Lisieux.

El ayuno y la intercesión. El ayuno y la intercesión son prácticas que siempre han estado íntimamente vinculadas entre sí. Moisés ayunó durante 40 días antes de recibir las tablas de los Diez Mandamientos (Éxodo 34, 28). Ana ayunaba cuando le pedía a Dios que le diera un hijo (1 Samuel 1, 7-8). El mismo Jesucristo ayunó antes de comenzar su ministerio público (Mateo 4, 1-2). Los apóstoles y discípulos cristianos ayunaban y oraban cuando el Espíritu Santo les dijo que apartaran a Pablo y Bernabé para su primer viaje misionero (Hechos 13, 1-2).

El ayuno es una hermosa parte de nuestra herencia espiritual. Nos hace más humildes y nos enseña a depender más de Dios; nos enseña que “no sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios” (Mateo 4, 4). Cuando libremente nos decidimos a negarnos a nosotros mismos, declaramos algo como “Quiero ser más obediente al Señor.” En otras palabras, afirmamos que no queremos buscar la satisfacción solamente en la comida o la diversión, sino en la presencia de Dios y en la guía de su sabiduría y su providencia.

Cuando combinamos el ayuno con la oración de intercesión, nos vaciamos de nuestras propias ideas y nos abrimos más para ver una situación o problema determinado como lo vería Dios. En resumen, el ayuno nos hace más flexibles y menos egocéntricos, de modo que Dios puede usarnos y guiarnos mejor.

Entonces, ¿cómo es exactamente que el ayuno influye en aquellas personas por quienes oramos? Es cierto que no lo entendemos a fondo, pero lo cierto es que sí influye. Jesús dijo a sus discípulos: “Cuando ayunes, lávate la cara y arréglate bien… y tu Padre que ve en lo oculto te dará tu recompensa” (Mateo 6, 17-18). O sea que, al parecer, Dios recompensa el ayuno que hacemos cuando rezamos y derrama sus bendiciones sobre las personas por las cuales intercedemos.

Piensa en cómo reacciona tu corazón cuando ves que alguien hace un sacrificio en bien de otra persona. ¿No se te ablanda el corazón y te inspira a ser más generoso? Lo mismo sucede con Dios. Es como si, al ver que estamos ayunando, nos dijera: “Estoy muy contento de ver que estás haciendo un sacrificio por amor. ¿Cómo no voy a bendecir a la persona por la cual estás orando?”

Pero también hay otra razón por la que nos conviene unir el ayuno y la intercesión. En la Iglesia primitiva, los primeros cristianos hacían mucho hincapié en el ayuno como forma de fortalecer la vida de oración (Hechos 13, 2-3; 14, 23). Los cristianos, que eran fieles a las Escrituras hebreas, entendieron que en algunos casos de mucha necesidad —como una enfermedad grave, el desempleo, las relaciones personales interrumpidas, los pecados mortales— era necesario hacer oración y ayuno (Esdras 8, 21-23; Ester 4, 15-17; 2 Macabeos 13, 9-12). Lo mismo sucede con nosotros. A veces las situaciones son tan apremiantes que hay que tomar medidas extremas, o bien son tan complejas que tenemos que estar más dispuestos a que Dios nos enseñe y nos utilice como instrumentos.

¿Por qué Dios no contesta mis oraciones? Pero todavía queda algo que tenemos que considerar cuando queremos acatar el llamado del Señor a practicar la oración de intercesión: Qué pasa con aquellas oraciones a las que pareciera que nunca recibimos respuesta. Sobre esto mismo, hay otra antigua interrogante que nos inquieta: ¿Por qué hay tanto sufrimiento en el mundo, especialmente entre aquellos que tratan de obedecer al Señor? ¿Por qué Dios deja que los buenos mueran jóvenes? ¿Por qué no interviene y detiene todos los abortos, la guerra y el genocidio? ¿Son acaso nuestras oraciones tan débiles que ni siquiera pueden ayudar a poner fin a las situaciones de maldad que hay en el mundo y que todos están de acuerdo en que son malas y perversas? Si nos sirve de consolación, podemos leer pasajes como el Salmo 13 y Habacuc 1, 1-3, donde vemos ejemplos de cómo incluso las personas santas —los profetas y los salmistas— se quedaban perplejos pensando en estas mismas cosas.

En realidad, no es fácil responder a estas preguntas, pero el hecho de admitir que se trata de un misterio no debe llevarnos a concluir que la oración de intercesión es inútil, ni hacernos pensar que Dios está demasiado lejos para preocuparse de los seres humanos. De hecho, si a Dios no le importara la suerte del hombre, no habría enviado a su Hijo a morir por nosotros.

Innumerables santos y relatos bíblicos nos aconsejan que siempre debemos orar cuando nos vemos frente a situaciones difíciles; pero también que nuestra oración no debería limitarse a suplicarle a Dios que elimine el problema o que nos conceda la solución que nosotros consideramos la mejor. En lugar de eso, al hacer la intercesión, debemos pedirle al Espíritu Santo que nos ayude a aceptar que estamos ante un misterio y entender cómo actúa él en las situaciones por las cuales estamos pidiendo.

El misterio de la voluntad de Dios. En el lenguaje cotidiano, la palabra “misterio” significa generalmente un enigma insoluble o que hay que resolver, como en una novela de misterio o un crucigrama. Pero este no es el tipo de misterio al que se refiere la Biblia. En las Escrituras, la palabra misterio se refiere al plan de la salvación que Dios ha tenido desde la eternidad, un plan tan vasto que lo abarca todo y que los humanos no podemos comprender. Esto significa que, a veces, sólo tenemos que confiar en Dios como un niño y reconocer que él dispone todas las cosas para el bien de quienes lo aman (v. Romanos 8, 28).

De modo que cuando nos enfrentamos a una gran dificultad o un dilema, lo primero que nos toca hacer es orar. Y si la solución no llega pronto, hay que seguir rezando, como la viuda persistente. Nosotros también podemos decirle al Señor con toda libertad y honestamente lo que sentimos, incluso si uno se siente enojado o desanimado. Pero, al mismo tiempo, no podemos jamás limitar a Dios ni decirle precisamente lo que debe hacer. A veces basta con repetir las palabras del salmista frustrado: “Señor, yo confío en tu amor” (Salmo 13, 5).

Cambiar situaciones mediante la intercesión. En todas nuestras oraciones de intercesión, ya sean por los enfermos, para poner fin a la guerra o al aborto, por la Iglesia o para que nuestros seres queridos conozcan al Señor, debemos tener cuidado de no caer en un estado de agitación o impaciencia. En tales casos, hay que tratar de seguir la exhortación de San Pablo: “Por nada estén afanosos; antes bien, en todo, mediante oración y súplica con acción de gracias, sean dadas a conocer sus peticiones delante de Dios”, porque si lo hacemos, “la paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento, guardará sus corazones y sus mentes en Cristo Jesús” (Filipenses 4, 6).

Aunque a veces es muy difícil creerlo, nuestras oraciones de intercesión pueden cambiar las circunstancias, e incluso la vida misma de una persona, como sucedió con la intercesión de Santa Teresa de Lisieux por Henri Pranzini, que se convirtió en el último minuto. Tal vez no sea exactamente lo que nosotros deseamos, pero cada vez que el pueblo de Dios se dirige al Señor en oración, él obra maravillas. Por lo tanto, nunca dejes pasar un día sin elevar a Dios oraciones por las inquietudes y necesidades que tú llevas en el corazón, tanto las grandes crisis mundiales como las pequeñas dificultades personales. El Señor es un Dios amoroso y no dudes de que te escuchará y te responderá.

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