El Mensaje del Evangelio: ¿Cuál es?

No solo lo que parece a primera vista

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Cada Miércoles de Ceniza escuchamos estas palabras de San Pablo, que nos invitan en la Cuaresma a recibir nuevamente a Jesucristo Nuestro Señor en el corazón, y nos ofrecen una singular oportunidad para crecer en la fe y experimentar el amor de Dios de un modo más profundo, porque Dios ofrece una gracia adicional en esta temporada a todo el que quiera aceptar su invitación.

Pero, ¿cómo podemos aceptar la invitación de Dios si no sabemos qué es la “salvación”? ¿Cómo podemos crecer en la fe y profundizar nuestra relación con el Señor si no entendemos claramente lo que Él quiere hacer en nuestra vida? En el mundo hay muchas corrientes y enseñanzas diferentes sobre Dios y es fácil confundirse. Además, el mundo tiende a reservar a Dios solo para la mañana del domingo y eso nos impide esperar algo más grande; la fe se nos reduce nada más que a ir a Misa y tratar de obedecer una serie de reglas.

Pero en cada Cuaresma, Jesucristo nos ofrece algo mucho más extraordinario: una temporada en la que se manifiesta la gracia de Dios de un modo que es capaz de hacernos cambiar profundamente y abrirnos a una vida nueva. Sí, ¡ahora es el momento oportuno! No el próximo mes ni el próximo año. ¡Hoy mismo es el tiempo de la gracia, hoy es el día de nuestra salvación!

Siendo así, para aceptar la invitación del Señor, queremos reflexionar sobre la salvación que Jesús ganó para nosotros y lo haremos contemplando este hermoso y significativo pasaje: “Pues Dios amó tanto al mundo, que dio a su Hijo único, para que todo aquel que cree en él no muera, sino que tenga vida eterna” (Juan 3,16). Estas palabras sintetizan, como en una cápsula, todo el mensaje del Evangelio, pero ¿qué significa esto para mí personalmente?

Creo … Probablemente no hay mejor resumen del mensaje de la salvación que el Credo que profesamos cada domingo en Misa, en el que declaramos que Dios es nuestro Creador y Padre y que Jesucristo es su único Hijo, una Persona divina de la Santísima Trinidad. El Credo nos dice que Jesús se hizo hombre como nosotros, y que “por nosotros y por nuestra salvación” murió en la cruz y resucitó de entre los muertos. Nos enseña que Jesús envió al Espíritu Santo para comunicarnos una parte de la vida divina y que Jesús instituyó la iglesia como señal de su poder y su presencia para todo el mundo. Nos enseña, además, que Jesucristo vendrá otra vez al final de los tiempos para resucitarnos a todos los fieles a la vida eterna.

Esta es la esencia de nuestra fe, el corazón del mensaje de salvación; el mismo mensaje que Pedro predicó el día de Pentecostés y que Pablo propagó en todos sus viajes misioneros. Es el mensaje de todos los apóstoles, un mensaje que la Iglesia ha custodiado con amor y proclamado durante más de dos mil años. Es el mensaje que llenó de valentía a los primeros mártires, que captó la atención de personas como Francisco de Asís y Catalina de Siena y les llevó a una vida de oración; es el mismo mensaje que inspiró a la Madre Teresa y a Juan Bosco a llevar una vida de amor y servicio.

En cualquier parte de la historia de la Iglesia encontramos que este es el mismo mensaje de transformación que actúa en todos: somos pecadores, pero Jesús nos salvó de nuestros pecados, y por la fe en su Nombre podemos vivir una vida nueva.

Más que perdón. Cuando hablamos del Evangelio, casi automáticamente decimos que Jesús murió por nuestros pecados, lo cual es una verdad maravillosa, pero en realidad, la obra de Jesús fue mucho más que perdonar a los pecadores. Es algo como lo siguiente: Si tú tuvieras una deuda de un millón de dólares y un extraño viniera y la pagara por ti, ¿no te llenarías de alegría y estarías tan agradecido que no sabrías cómo agradecerle? Tu situación económica cambiaría radicalmente, pero seguirías siendo la misma persona, incluso podrías seguir viviendo del mismo modo y hasta haciendo las mismas cosas que te metieron en esos terribles problemas, porque, en tu interior, nada habría cambiado.

Pero lo cierto es que Jesús murió por todos nuestros pecados; nos redimió realmente de la muerte y nos libró del juicio condenatorio que merecíamos. Pero, aunque todo esto es asombroso y maravilloso, no es más que una parte de la magnífica obra que Cristo realizó por todo el género humano en la cruz: Jesús vino al mundo no solo a salvarnos de nuestros pecados, sino también a transformarnos interiormente y darnos una vida completamente nueva.

Si la misión de Cristo se hubiera limitado solo al perdón de los pecados, no habría enviado al Espíritu Santo a habitar en el corazón de sus fieles, ni nos habría dado los sacramentos y las enseñanzas de nuestra Iglesia. Sí, es cierto que Jesucristo vino a perdonar nuestros pecados, pero también vino a darnos la vida nueva del Espíritu. ¡Vino para hacer del ser humano una nueva creación, un Pueblo nuevo!

Seguir unidos a Cristo. Unos 500 años antes de Jesucristo, el profeta Ezequiel nos presentó un panorama de la espléndida obra que el Mesías vendría a realizar, y anunció que Dios quería purificar a sus hijos, darles un corazón nuevo y colocar en su interior un espíritu nuevo e incluso llegó a decir que Dios quería darles su propio Espíritu (Ezequiel 36,26-27). ¿Qué significa esto? Que el Todopoderoso quería salvar y comunicar su propia vida divina a los seres humanos imperfectos, rebeldes y pecadores: nosotros.

Jesús mismo se refirió a esta gran promesa cuando le dijo a Nicodemo: “Todos tienen que nacer de nuevo” (Juan 3,7) y lo explicó mejor aún en la Última Cena cuando les dijo a los apóstoles: “Sigan unidos a mí, como yo sigo unido a ustedes… Yo soy la vid y ustedes son las ramas” (Juan 15,4.5).

¿Qué vemos cuando miramos una parra? Un tronco, hojas, ramas y racimos de uva, pero en realidad no vemos estas cosas en forma aislada unas de otras; todas ellas son realmente partes diferentes que constituyen la misma parra. De modo similar, Jesús quiere que todos estemos tan unidos a Él como las ramas con la vid, es decir, que vivamos “en Él.” El Señor, siendo Dios, quiere que la corriente de su poder y su vida fluyan en nosotros, los humanos, tal como la savia de la parra comunica vida a las ramas para que vivan y produzcan la uva. Cristo quiere llenarnos de su vida hasta un grado tal que sepamos que estamos unidos a Él con un vínculo profundo e íntimo.

Podemos ser “divinizados”. Al principio del cristianismo, esta promesa de vivir llenos de la vida misma de Dios era la esencia del mensaje del Evangelio y ninguno de los Padres de la Iglesia fue capaz de explicarlo con mayor claridad ni elocuencia que San Atanasio, un obispo de fines del siglo III en Alejandría, Egipto. En su Tratado sobre la Encarnación, escribió la famosa frase que dice: “Dios se hizo hombre para que nosotros llegáramos a ser Dios” (54) y lo explicó declarando que Dios nos ha “divinizado” uniéndonos a Cristo en el Bautismo. Así como Jesús tomó carne humana, así también Dios quiere que los humanos lleguemos a adquirir la semejanza divina de Jesús.

Por supuesto, la palabra “divinización” no significa que vayamos a ser como “dioses” individuales, ¡en absoluto! Lo que significa es que el Espíritu Santo de Dios puede comunicarnos la gracia santificante al punto de que lleguemos a pensar y actuar, vivir y amar como Jesús.

Ahora es el tiempo propicio. Cualquier momento es bueno para acercarse al Señor, pero la Cuaresma es realmente un tiempo muy propicio, el “momento oportuno” para que nos acerquemos a Jesús y experimentemos su amor y su poder. Toda esta temporada es “el día de la salvación” para nosotros (2 Corintios 6,2). Aprovechemos, entonces, esta magnífica oportunidad para recibir la salvación, despojarnos del pecado y pedirle perdón a Dios; pero hagamos también lo necesario para que empiece a hacerse realidad en nosotros la promesa de la salvación.

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