Dios recuerda sus promesas

La Pascua es la prueba de que Jesús no nos abandona nunca

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¡Feliz Pascua de Resurrección! Que la buena noticia de la resurrección de Jesús llene nuestros corazones con alegría.

 ¡Cristo ha resucitado! ¡Ha vencido el pecado y la muerte! Ha vencido al diablo y nos rescató de sus manos. Ahora, resucitados con él, hemos recibido la fuerza para vivir en paz, libertad y esperanza. 

Este es el corazón del mensaje del Evangelio, un mensaje que celebraremos a lo largo de estos cincuenta días del tiempo pascual; un mensaje que recordaremos cuando el sacerdote encienda el cirio pascual cada domingo en la santa Misa. Es el mensaje que resplandece a través de las vestimentas doradas y blancas que usa el celebrante y en la constante repetición de “Aleluya” que vamos a cantar con alegría y júbilo. 

No obstante, con todo lo glorioso y lleno de esperanza que es este mensaje, a veces no nos cuesta perderlo de vista de un domingo al siguiente. La Iglesia dedica siete semanas a celebrar el glorioso triunfo de la Pascua, pero nuestro mundo cotidiano dedica apenas un par de días para esta fiesta. La rutina de la vida continúa como si nada hubiera sucedido y muchos de nosotros tendemos a seguir esa rutina también. 

Pero todo depende de nosotros. Hagamos que esta Pascua sea diferente; dediquemos tiempo a pensar en la resurrección de Cristo y experimentarla de una manera nueva. Y para eso queremos contemplar las bendiciones que llegan cuando acatamos las palabras de San Pablo: “Acuérdate de Jesucristo, resucitado de entre los muertos” (2 Timoteo 2, 8). Los recuerdos influyen mucho en nosotros y si nos dedicamos a recordar al Señor resucitado, nos acercaremos más a él y sentiremos su amor más profundamente.

Empecemos meditando en la forma en que Dios nos recuerda a nosotros.

“Recuerdo”. En numerosos pasajes de las Escrituras se habla de que Dios recuerda a su pueblo, especialmente cuando ellos meditan en el pacto que él hizo con ellos. Después del Diluvio Universal, Dios le prometió a Noé que su arco iris aparecería en el cielo como un constante recordatorio de su pacto (Génesis 9, 15). Más tarde, hablando a través de Moisés, les dijo a los israelitas que, aun cuando el pecado de ellos les llevara al exilio, él nunca olvidaría las promesas que les hizo cuando iniciaron una solemne relación de alianza con él en el monte Sinaí (Levítico 26, 44-45). Y a través del profeta Ezequiel, cuando su pueblo estaba sufriendo en el exilio, les promedió que recordaría el pacto hecho con ellos y los rescataría (Ezequiel 16, 60).

La prueba suprema y definitiva de que Dios no olvida las promesas hechas a su pueblo viene en el Evangelio según San Lucas. María viene a visitar a su prima Isabel para compartir con ella la noticia de la visita del ángel y su sorpresivo embarazo, y cuando ésta la saluda y la alaba, María, rebosante de alegría y admiración por la nueva vida que crece en su seno, ofrece una hermosa oración de alabanza a Dios conocida como el Magnificat de María. Así elevándose en alabanzas por la bondad del Señor, ella proclama que Dios “vino en ayuda de Israel, su siervo, como lo había prometido a nuestros padres, a Abraham y a su descendencia, para siempre” (Lucas 1, 54-55).

 

¿No es esto maravilloso? ¡Dios nunca olvida su misericordia! Siglos tras siglos después de que había prometido bendecir a todas las naciones a través de Abraham, envió a su Hijo unigénito al mundo. Así terminaban largos años de espera y finalmente, Jesús, la personificación del deseo de Dios de recordarnos, vino al mundo y nos trajo una nueva alianza sellada mediante la sangre de su cruz. En cada palabra que pronunciaba y en cada uno de los milagros que realizó, Cristo Jesús nos enseñó que Dios nunca olvida a su pueblo, nunca se olvida de sus promesas y nunca se olvida de su misericordia.

Acuérdate de mí. Pero Dios no solo recuerda su alianza; también recuerda a cada uno de nosotros, como un padre cariñoso que siempre mantiene a sus hijos cerca de su corazón. Dios recordó a Noé y su familia y los salvó del diluvio (Génesis 8, 1). También se acordó de su amigo Abraham, y accedió a rescatar a Lot, sobrino de Abraham, de la destrucción de Sodoma (Génesis 19, 29). Se acordó de que Ana le suplicaba el poder concebir un hijo y la bendijo para que tuviera un niño, que más tarde se convertiría en el profeta Samuel, uno de los grandes profetas, jueces y líderes de Israel (1 Samuel 1, 19).  Cada una de estas personas, y muchas otras, puede garantizarnos que Dios no nos olvidará y se acordará también de nosotros. El Señor está siempre atento a todos sus hijos y no hay nadie que quede excluido de su cuidado.

Por el contrario, nosotros los humanos nos olvidamos fácilmente de Dios. Nos cuesta obedecer sus mandamientos porque, generalmente, no los tenemos presentes en nuestros pensamientos. Muchas veces se nos escapan mentiras o falsedades de nuestros labios y también pronunciamos el nombre de Dios en vano. Tal vez no matemos a nadie voluntariamente, pero guardamos rencores y en lo interno deseamos que ciertas personas no fueran parte de nuestra vida.

Pero no son solo los mandamientos de Dios los que olvidamos. Cada vez que vamos por la calle y no hacemos caso a una persona sin hogar que pide limosna o cuando nos mostramos indiferentes con algún familiar que está en dificultades, nos olvidamos de que Jesús está especialmente presente en los pobres y los necesitados. Luego, tenemos aquellos días en los que estamos demasiado ocupados para hacer oración y así nos olvidamos de que Jesús está allí, esperándonos para prodigarnos generosamente su gracia y su guía. Sí, somos nosotros los olvidadizos, ¡Dios no!

La memoria selectiva. Es curioso lo selectiva que es a veces nuestra memoria. Olvidamos los mandamientos de Dios cuando se trata de lo que nosotros hacemos, pero rápidamente los recordamos cuando vemos que otras personas no los han cumplido, especialmente si nos afectan personalmente a nosotros. O bien, nos olvidamos de ser misericordiosos con los demás, pero sin demora nos acordamos de quienes no han sido amables con nosotros. En general, esto no sucede de manera intencional; es nada más que la manera como funciona nuestra mente. ¡Tenemos que dedicar tiempo y esfuerzo a recordar lo que Dios nos pide y hacerlo!

Un claro ejemplo de memoria selectiva es la parábola del servidor inclemente (Mateo 18, 21-35). El servidor no tenía problema alguno para recordar que su patrón era compasivo y amable, por eso le rogó que le diera más tiempo para pagarle su enorme deuda. Pero ni pasada una hora después de que le perdonaran toda su deuda, el mismo servidor se olvidó de la misericordia de su patrón y, en cambio, recordó claramente cuánto le debía su compañero, una suma muy pequeña. 

La memoria selectiva de Dios. Ahora comparemos esto con el proceder de Dios. Nosotros recordamos las cosas negativas y se nos olvidan las positivas, pero la “memoria” del Señor funciona, al parecer, exactamente en sentido opuesto. Él olvida lo negativo y recuerda lo positivo. Se olvida de nuestros pecados, pero se acuerda de nuestros actos de fidelidad y obediencia. La Escritura nos dice que nuestro Padre lanza nuestras transgresiones “como está de lejos el oriente del occidente” (Salmo 103, 12). A través del profeta, Dios promete “no recordaré tus pecados” (Isaías 43, 25). Cuando nos presentamos ante el Señor en la Confesión, él nos perdona rápidamente y borra todos nuestros pecados. En lugar de quedarse pensando en nuestras fallas, sana pronto nuestras heridas y nos envía de regreso al mundo para que seamos sus testigos.

Por otra parte, el Señor atesora cada acto de generosidad que nosotros realizamos, cada sacrificio que hacemos y cada palabra amable que digamos, y nos bendice cuando damos de nuestro tiempo para ayudar a alguien, especialmente a quienes viven solos o que luchan para sobrevivir. La Carta a los Hebreos dice que “Dios no es injusto como para olvidarse de la obra de ustedes y del amor que han mostrado hacia su nombre, habiendo servido, y sirviendo aún” a su pueblo (Hebreos 6, 10).

Otro caso de la Biblia que demuestra lo muy amplia que es la memoria de Dios es el siguiente. En los Hechos de los Apóstoles leemos acerca de un soldado romano llamado Cornelio. Según el relato, un ángel se le apareció a Cornelio y le dijo: “Tu oración ha sido oída, y tus obras de caridad han sido recordadas delante de Dios” (Hechos 10, 31). De todas las cosas, tanto buenas como malas, que Dios pudo haber recordado de este centurión romano, lo que tuvo en mente fue su devoción y actos de bondad. Y por eso lo bendijo grandemente enviándole al apóstol Pedro para que le presentara la buena noticia del Evangelio. Gracias a la “memoria selectiva” de Dios, Cornelius pasó a la historia como el primer gentil convertido.

Recordar significa actuar. En muchas historias de la Biblia vemos que cuando Dios recuerda algo, también actúa, ya sea que se trate de una sola persona, como Ana, o todo un pueblo, como los judíos en Egipto. Lo que impulsa a Dios a actuar es su recuerdo. Ya sea que se acuerde de su alianza con el pueblo o de una persona que esté en gran necesidad o alguien que haya demostrado humildad y fidelidad, el Señor entra en acción para rescatar, redimir, reconfortar o prodigar su gracia.

Nuestro Dios está siempre trabajando, recordando nuestras acciones y oraciones y ofreciéndonos sus bendiciones; está siempre trabajando, fijándose en lo bueno que hay en nosotros y animándonos a hacer lo mismo. El Señor sabe que si recordáramos lo bueno que tienen otras personas, todos trataríamos a los demás con la misma compasión y misericordia con que él nos trata a nosotros. 

En cada Pascua leemos el relato de la aparición de Jesús resucitado cuando les dijo a sus discípulos: “Yo estoy con ustedes todos los días, hasta el fin del mundo” (Mateo 28, 20). Esta hermosa promesa es prueba de que nuestro Dios jamás se olvidará de nosotros; nunca va a dejar de pensar en nosotros, porque somos demasiado importantes para que él se olvide o nos abandone a nuestros propios miedos y tentaciones. Y si Jesús está siempre con nosotros, si él siempre se acuerda de nosotros, eso quiere decir que siempre nos está ofreciendo su bendición y su paz. ¡Quiera el Señor que nunca nos olvidemos nosotros de él y siempre recordemos que Dios está con nosotros!

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