Dios: Fuente de esperanza, alegría y amor

Todo lo abarca la misericordia

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El Papa Francisco dedicó el año 2016 a la misericordia de Dios, para lo cual emitió una “bula” es decir, un documento oficial a tal efecto, en el cual declaró en repetidas ocasiones que la misericordia es una característica eminente de Dios, un atributo importantísimo en el apostolado de Jesús y un fundamento esencial de la misión de la Iglesia: “El Señor nos pide sobre todo no juzgar y no condenar” y “ser instrumentos de la misericordia” (El rostro de la Misericordia o Misericordia Vultus 14).

Pero la misericordia de Dios no terminó al clausurarse el Jubileo de la Misericordia. Por el contrario, la misericordia de Dios es un valor permanente que todos debemos conocer y practicar no solo durante un año, sino todos los días de nuestra vida.

Siendo así, reflexionaremos un poco más sobre lo que significa que Dios es misericordioso, que Jesús practicó la misericordia y que nosotros, todos, estamos llamados a ser también compasivos y prontos a perdonar. Y qué mejor que hacerlo en la Cuaresma. Por eso, meditaremos en la forma de actuar de nuestro Padre de misericordia, amor y compasión; en que la misericordia de Dios puede librarnos de la culpa y la vergüenza de nuestras maldades y en que la gracia del Señor nos puede mover también a que seamos más compasivos y comprensivos con los demás.

Las obras de misericordia. La palabra “misericordia” puede tener dos significados básicos. Por un lado, se refiere a la decisión de perdonar o compadecerse de alguien que esté en necesidad. Esta forma de misericordia se manifiesta en actos de bondad, generosidad y amor. Es el tipo de misericordia que demostró el “buen samaritano” cuando encontró al hombre que había sido asaltado, golpeado y dejado por muerto al borde del camino (Lucas 10, 30-35).

La tradición católica nos enseña que hay catorce “obras de misericordia” que ilustran este tipo de compasión y solidaridad, y que todos podemos y debemos practicar: siete obras corporales de misericordia y siete obras espirituales de misericordia, las que mencionamos más adelante.

Jesús hizo plena demostración de estas obras de misericordia a lo largo de su ministerio público. De hecho, vio que estas obras eran un aspecto esencial de la misión que Dios le había encomendado. En efecto, al comienzo de su ministerio, después de ser bautizado y haber salido victorioso de las tentaciones que le puso el demonio, visitó la sinagoga de Nazaret, el pueblo de su infancia, y en la asamblea del sábado leyó del libro del profeta Isaías:

“El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha consagrado para llevar la buena noticia a los pobres; me ha enviado a anunciar libertad a los presos y dar vista a los ciegos; a poner en libertad a los oprimidos; a anunciar el año favorable del Señor.” (Lucas 4, 18-19)

Luego, mirando a todos los presentes, declaró enfáticamente: “Hoy mismo se ha cumplido la Escritura que ustedes acaban de oír” (4, 21).

Un plan de trabajo sumamente inspirador, ¿no es así? Esta es la misericordia que movió a Jesús a sanar al ciego Bartimeo, hacer revivir a la hija de Jairo que había muerto, y entregarse de lleno a la enseñanza y la predicación (Marcos 10, 46-52; Lucas 8, 40-56; Marcos 6, 30-34). Esta es la clase de misericordia que motivó todo lo que Jesús dijo e hizo.

La misericordia y el perdón. El otro significado básico de la misericordia es la decisión de perdonar a la persona que es culpable de un gran mal. Esta es la clemencia que se manifiesta en la forma del perdón inmerecido. Se expresa cuando alguien renuncia a pronunciar una condena, deja pasar el delito y ofrece la paz al infractor en lugar de dictar castigo o exigir venganza. Este es el tipo de misericordia que supera el “juicio” y que trata al culpable, no del modo que él se merece, sino de acuerdo al superabundante amor de Dios (Santiago 2, 13; Salmo 103, 10).

Este es el tipo de misericordia que demostró Cristo Jesús, no una, sino muchas veces: Perdonó a la mujer sorprendida en adulterio (Juan 8, 3-11); perdonó a Pedro cuando éste negó siquiera conocerlo (21, 15-19); perdonó a la samaritana que se había divorciado cinco veces y que vivía con otro que no era su marido (4,5-42), ¡incluso perdonó a aquellos que lo torturaron y le dieron una muerte cruel e inhumana! (Lucas 23, 33-34). Jesús demostró una y otra vez en la práctica y con obras concretas la afirmación de la Sagrada Escritura: “Yo quiero misericordia y no sacrificios” (Mateo 9, 13).

Por último, Jesús hizo la mayor demostración de su gran misericordia cuando se entregó voluntariamente al sacrificio supremo por todos nosotros en la cruz. Este sacrificio de su vida para nuestra salvación es la culminación de todos los actos de misericordia que él realizó. De hecho, todos esos otros actos perderían su significado más profundo y trascendente si no fuera por el amor y la compasión que nuestro Salvador demostró cuando padeció y murió para ganar nuestra salvación inmerecida pagando por nuestros pecados con su propia vida.

La esperanza de un padre. El Papa Francisco propuso que, al meditar en la misericordia de Dios, leyéramos tres parábolas de Jesús: la oveja perdida, la moneda perdida y el hijo perdido [pródigo] (Lucas 15, 1-32). En las tres parábolas, dice el Santo Padre que “Jesús revela la naturaleza de Dios como la de un Padre que jamás se da por vencido hasta tanto no haya disuelto el pecado y superado el rechazo con la compasión y la misericordia” (MV 9). Siguiendo el consejo de nuestro Papa, usaremos la imaginación por un momento.

Pensemos en el gesto de preocupación que sin duda se dibujaba en el rostro del pastor cuando, dejando las 99 ovejas se internó por los matorrales en busca de la que se había descarriado y extraviado. También podemos imaginarnos la mirada de profunda tristeza de la mujer que barre cuidadosamente toda su casa, centímetro a centímetro, buscando la valiosa moneda que se le había perdido. Y vemos también el dolor esperanzado del padre que sale a mirar hacia el valle cada día para ver por si acaso su hijo volviera a casa.

Ahora, querido lector, usa de nuevo tu imaginación para verte en medio de estos tres relatos. Piensa que ves en el rostro de Dios, tu Padre celestial, la misma determinación de rescatarte cuando tú te pierdes o estabas perdido en el pecado. Ve la gran esperanza con que sale a buscarte para traerte de regreso a casa y que no descansa sino hasta que te vuelve a abrazar con un amor infinito y una alegría desbordante. Él sabe que tú también lo estás buscando, aunque tú mismo no lo sepas, pero él tiene la gran esperanza de que pronto se producirá el encuentro.

La alegría del Padre. Estas tres parábolas nos hablan de que nuestro Padre se alegra muchísimo de ser misericordioso con sus hijos. Nuevamente, trata de imaginarte las escenas de los relatos mencionados anteriormente. Contempla la alegría con que el pastor, la mujer y el padre de familia vieron que el Señor hacía realidad sus esperanzas y premiaba su persistencia.

Piensa en la figura del pastor que al encontrar su oveja perdida se la pone sobre los hombros y la lleva de camino a casa, y luego llama a sus amigos para compartir con ellos su alegría. Ve cómo la mujer que encontró su moneda, de gran valor sentimental para ella, hizo lo mismo: “Alégrense conmigo,” invita a sus amigas emocionada (Lucas 15, 9).

Por último, hazte la imagen mental del padre que se pone feliz al ver que su hijo pródigo regresa a casa. Tan pronto vio al muchacho, corrió a encontrarlo, abrazarlo y besarlo, y no le preguntó nada ni le reprochó por haber derrochado su fortuna y malgastado su vida. En cambio, lo trató con gran dignidad, lo hizo vestirse con uno de sus atuendos más finos, le hizo colocar un anillo en el dedo como señal de su pertenencia a la familia, y ordenó hacer una gran celebración.

En cada una de estas historias, la esperanza fue más grande que la preocupación, la alegría fue más grande que el temor y la misericordia fue más grande que la condenación. Y esto es exactamente como nos trata nuestro padre, sin importar cuán grandes o pequeños sean nuestros pecados. Probablemente el profeta Miqueas lo dijo de la manera más elocuente: “¿Qué Dios hay como tú, que perdona la iniquidad y pasa por alto la rebeldía…? No persistirá en su ira para siempre, porque se complace en la misericordia” (Miqueas 7, 18).

El amor del Padre. Estas parábolas de Jesús nos dicen que Dios nuestro Padre es “tierno y compasivo; es paciente y todo amor.” (Salmo 103, 8) y nos exhortan a volvernos a él para que nos muestre su misericordia y nos dan la confianza de que el Señor no nos rechaza. De hecho, él está mirando al camino, ahora mismo, con el corazón lleno de esperanza para ver si volvemos a su lado.

Hermano, si tú te sientes lleno de sentimientos de culpa y vergüenza, o si crees que tu vida es un fracaso porque en el pasado has cometido pecados graves, decídete a contemplar a tu Padre compasivo y convéncete de que él quiere perdonar todo tu pasado y tu presente. Ten la plena seguridad de que Dios recibe a todos los que quieran acercarse a él sin distinción, cualquiera haya sido su pasado, con tal que tengan un deseo de arrepentimiento y reforma. El perdón, la curación emocional, la restauración, la esperanza, y en última instancia la salvación, todos estos regalos te los ofrece Dios a ti y nos los ofrece a todos nosotros, si dejamos que el Padre nos encuentre y nos abrace.

Si no vas a Misa regularmente, por la razón que sea, disponte a hacerlo de nuevo en esta Cuaresma y entrar en la presencia de Dios. Dedica algún tiempo en estos días a reflexionar en tu vida; haz un alto en tus actividades diarias y piensa detenidamente en estas parábolas. Deja que el infinito amor y la bondadosa esperanza que Dios tiene para ti se conviertan en realidad. Ahora mismo él está delante de ti diciéndote que te ama y que tú eres muy valioso para él.

De hecho, te ama tanto que está dispuesto a hacer cualquier cosa para que tú llegues a ser la persona que él siempre quiso que tú fueras: una persona bondadosa, compasiva y amable, que seas una luz y una bendición para todos los que te conozcan.

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